En el nombre del Señor: «¡Levántate!»

Tomo hoy el Antiguo Testamento para iniciar la oración. Abro aleatoriamente una página. Del libro de Isaías (Is 60:1) surge, resplandeciente, esta frase tan motivadora: «¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti!». ¡Qué gozo esta sentencia tan aleccionadora tras la llegada de Jesús en Navidad!
Todos hemos vivido situaciones en las que se hacía imposible «resplandecer»; una vez entras en el túnel de la rueda de los problemas la oscuridad te impide ver la luz. Sin embargo, esta frase es un canto a la esperanza. Cada uno sabe de lo que tiene que levantarse. Uno de las heridas de su corazón; otro de la soledad en la que se encuentra; del pecado en el que ha caído; de la desesperación por un momento de turbación; del matrimonio que hace aguas por todos lados; del estancamiento en la vida espiritual; de los problemas en el trabajo; de la incomprensión de alguien al que estimas; de los problemas con un hijo; de las adicciones que tanto encadenan; de las dificultades económicas que ahogan cada mes; de esa enfermedad que aparece de improviso… En el nombre del Señor: «¡Levántate!».
El pasado nadie lo arregla. Pero Dios, cuya gloria brilla sobre cada uno, me ofrece un presente para que el futuro no se asemeje al pasado. El «¡Levántate y resplandece!» es un levántate de donde estoy postrado para dejarme llenar por la luz de Dios que se halla en mi interior. Que nada, bajo el manto amoroso de Cristo, está perdido. Que el pasado está olvidado. Que lo que cuenta es el presente y el futuro que deben ser transformados. Que uno se puede quedar apelmazado debilitado por el fracaso, en el desengaño, en la frustración, en las excusas y las justificaciones. Entonces, en el nombre del Señor: «¡Levántate!».
El «¡Levántate y resplandece!» es luchar por los sueños, para resplandecer en la vida familiar, en la vida de oración, en el trabajo, en el círculo de amigos, en la vida comunitaria pero no desde la honra y el éxito sino desde la sencillez, desde el amor, la amistad, la generosidad, la paz interior, la armonía y, sobre todo, desde la libertad que implica gozar del influjo del Espíritu de Dios.
El «¡Levántate y resplandece!» supone no vivir en el desánimo, ni en la desesperanza, ni en la frustración, en el ahogo por lo mundano sino en el crecimiento personal, en la búsqueda de la verdad. Crecer para vivir.
«¡Levántate y resplandece!». No es un mandato imperativo. Es una invitación a la esperanza. Es decir: no me puedo permitir andar entre tinieblas porque lo que hay en mi interior es la luz que emana de Dios. Y con una luz tan radiante, ¿cómo negarme a seguir este «¡Levántate y resplandece!»?

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, que has venido a nosotros en esta Navidad, que has entrado en mi corazón, que me has dado la luz, ayúdame a levantarme para crecer en mi amistad contigo y con los demás! ¡Serena mi vida, Señor, para que sea capaz de percibirte en medio de los ruidos de la vida, en la oscuridad de mi pecado, entre mis alegrías y mis penas, entre mis esperanzas y mis desalientos, entre mis fortalezas y mis cansancios! ¡Que tu presencia, Señor, sea una constante en mi corazón! ¡Me aferro a ti, Señor; me acojo a tu Palabra, a tus mandatos y a tus enseñanzas! ¡Ayúdame, con la fuerza de Tu Espíritu, a levantarme del lugar donde me encuentro postrado porque tu me invitas, con la fuerza de tu gracia, a resplandecer! ¡Gracias, Señor, porque eres tú con el influjo de tu Santo Espíritu, el que me ayudas a levantarme y a avanzar! ¡Gracias, Señor, por tus múltiples bendiciones! ¡Gracias, Dios de los imposibles, que de las tinieblas hiciste la luz, y que a quienes estamos cansados, alicaídos, agobiados, débiles o turbados nos invitas a levantarnos y a resplandecer, a caminar sin intentar comprender el por qué, a creer en tu Palabra! ¡Gracias, Señor, porque cuando quieres entrar en mi vida no me pides permiso sino que tu gracia recae directamente sobre mí! ¡Espíritu Santo, ayúdame a levantarme y a resplandecer, ayuda a renovar mi vida, mis pensamientos, mis sentimientos, mis acciones; ayúdame a enfrentar la raíz de mis debilidades; ayúdame a ser mejor hijo de Dios, mejor padre, mejor esposo, mejor amigo, mejor profesional, mejor cristiano! ¡Lléname, Espíritu Santo, del fuego divino y toma el control de mi vida para convertirme en un auténtico adorador en espíritu y en verdad! ¡Que el secreto de mi fuerza sea siempre, Señor, mi relación contigo!

Hoy, día de san Esteban, le pedimos al primer mártir cristiano que dio su vida por su amor ardiente por el Evangelio y que tuvo la valentía de proclamar que Jesús es el Salvador del Mundo, por todos los cristianos perseguidos por defender su fe para que se mantengan firmes en la dificultad y en la tribulación.

Y que esta música tan espiritual nos puede ayudar a levantarnos cada día con mayor vigor:

 

 

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