Manos vacías

Hoy, festividad de los Santos Inocentes, me encuentro por razones laborales en un país africano donde la pobreza es endémica. A las seis de la mañana he asistido a misa en la catedral del país. Todavía no ha salido el sol. En las escaleras de la iglesia decenas de mujeres con niños muy pequeños, semidesnudos, piden compasión y limosna. Son niños con rostros desencajados, hambrientos y llenos de moscas que cubren sus rostros sucios y sus ojos de mirada perdida.
El Evangelio, que ha leído un joven sacerdote de voz dulce, refiere la muerte de los niños inocentes de Belén consecuencia de la actitud de los magos de Oriente que, avisados en sueños, regresaron a su hogar haciendo caso omiso a la indicación de Herodes. Éste, defraudado y lleno de ira, ordena matar a todos los niños menores de dos años de Belén y comarca.
Herodes representa a los opresores de este mundo que asesinan por temor a perder los privilegios de su poder. En los inocentes de Belén hay una realidad que se repite año a año, siglo a siglo. Los santos inocentes viven en nuestro mundo y muestran sus rostros perseguidos ante nuestra indiferencia. Niños que mueren de hambre, niños abandonados al amor, niños abortados, niños sin esperanza. Al salir de misa mi corazón está sobrecogido mientras me dirijo al hotel, a pocos pasos de la catedral, rodeado de almas cándidas que extienden su mano para pedir una limosna.
Y me pregunto: ¿cuál era el mérito de esos niños para morir si apenas balbuceaban una palabra para que los veneremos como santos en la gloria del cielo? Hacernos ver que esos niños mártires tienen en la actualidad nombres concretos en niños, jóvenes, adultos, ancianos, enfermos, desamparados, heridos del corazón, inmigrantes… que reclaman ardientemente amor, misericordia y caridad. Poner en práctica toda nuestra capacidad para convertirnos en cristianos cercanos y solidarios con los sufrientes sin olvidar que nuestras buenas obras, nuestros méritos personales, nuestros esfuerzos por ser personas buenas carecen de valor sin los méritos que adquirimos de Cristo.
Pero viendo tantos inocentes sufrientes extendiendo sus manos vacías en torno a mi reprocho mi orgullo. El creerme demasiado, el que me tengan agradecer mis acciones, el poder ser más generoso y entregado y no serlo, el pensar que me voy a salvar por mis propios méritos. Que todos los méritos que pueda atesorar como ser humano no sirven para el cielo, mis manos estarán vacías si no soy capaz de hacerlo por amor a Dios. Que es importante apartar de mi vida la mundanidad de las cosas terrenales que nada valen y entregarme de verdad a Cristo. Que mi fe en Dios implica mi propia vida y que debo estar más atento a las cosas que suceden a mi alrededor, porque —con relativa frecuencia— es el lugar donde Dios se hace presente y habla.

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¡Señor, te imploro en este día en que rememoramos la entrega martirial de los santos inocentes por las necesidades de todos los seres humanos, especialmente de los que carecen de lo básico para subsistir! ¡Enséñame, Señor, a entender que toda vida humana es sagrada, desde la que surge del embrión en el vientre de una madre a la de ese enfermo al que han desahuciado; desde la de ese niño con discapacidad a la de ese adulto en la vejez; la del niño enfermo terminal al adulto moribundo! ¡María de Belén y de Nazaret, esposa de José, Madre dolorosa, modelo de fe y esperanza, te encomiendo a todas las mujeres que sufren el dolor de haber abortado y a sus bebés abortados, dales tu cuidado maternal! ¡Perdona, Dios bueno, a los padres que abusando de la libertad destruyen el don de la vida que Tú nos has dado! ¡Quisiera hacer mío el sufrimiento de los niños abandonados por sus padres, los niños que no gozan del cariño paterno, de los niños que mueren de hambre en manos de padres impotentes ante esa injusticia, de los niños de la guerra, víctimas inocentes de la prepotencia de los nuevos Herodes, de los niños que sufren el turbio poder del abuso o el tráfico sexual! ¡Me uno a tu sufrimiento por ellos, Dios de la misericordia y del amor! ¡Padre bueno, gracias por darnos la vida y recordarnos que con independencia de la edad, raza o credo, cada ser humano ha sido creado a tu imagen y semejanza, y hemos sido redimidos por Cristo y esto nos hace sentir que ante todo nos contemplas con tu mirada! ¡Te pido, finalmente, Señor que, a semejanza de estos niños inocentes, sea capaz de acercarme a Dios y a los demás con una actitud llena de sencillez y disponibilidad!

Del compositor inglés John Ireland escuchamos hoy su bellísimo Ex ore innocentium que agradece a Dios los dones que nos entrega:

 

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