El color de la piel de Dios es…

Ayer tarde, aprovechando que mi hotel se encuentra frente a la catedral del país africano donde me encuentro, entré a hacer un rato de oración. Lo hice sentado frente a un gran pesebre con figuras grandes (ver foto), en la que todos los personajes son de color con un ñú y un camello y otros animales propios de África como acompañantes del Niño Dios. Era la primera vez que lo veía y aquí reside la universalidad de nuestro credo.
Me acordé que rebuscando en el trastero de la casa de mi abuela nonagenaria encontré hace unos días una caja con discos de vinilo de cuando era pequeño. Me vinieron a la memoria aquellos tiempos en los que poner música era un ritual y siempre me advertían de que tuviese cuidado con no dañar el disco.
Entre los vinilos, tomé uno del grupo Viva la gente (Up with the People), que gozó de gran popularidad en la época. Su canción más famosa era aquella que decía: «Viva la gente, la hay dondequiera que vas…». Pero me llamó la atención otra que retóricamente se cuestiona de qué color es la piel de Dios cuya respuesta es: «negra, amarilla, roja y blanca es. Todos son iguales a los ojos de Dios…».
Ante este pesebre de tradición africana pienso que este tema se inserta claramente en el mensaje de Cristo para quien las diferencias raciales, sociales, humanas o sexuales no existen porque aceptándolo a Él y por el influjo de la gracia todos estamos llamados a vivir en armonía.
En este mundo en el que vivimos con tanta intolerancia religiosa y tantas desigualdades cabe pensar: ¿De qué color es la piel de Dios? Y me viene este pensamiento porque coincide también con mi estancia, por razones laborales, en África donde observo mucha pobreza y mucho sufrimiento a mi alrededor. Y me digo: la piel de Dios es la amalgama de colores de su amor que Él, según su sabiduría, emplea para pintar el corazón de cada ser humano, de cada necesidad humana; de cada sufrimiento, dolor, humillación, tristeza, preocupación, soledad, hambruna, desesperanza…
Entonces examino mi nivel de amor; cómo vivo el valor de la acogida y la hospitalidad con los demás. Si tiendo a rechazar a los que no piensan como yo, a los que no creen lo mismo que yo, a los que no tienen mi mismo color de piel o mi mismo origen social, o a los que no tienen gustos semejantes a los míos, ni mis costumbres y valores. Si la autenticidad de mi amor me permite ver en cada persona a un hermano, y en cada hermano al mismo Dios.
El resultado, lamentablemente, es un suspenso que exige una pronta recuperación. ¡Ojalá sea capaz de colorearlo todo con la piel de Dios!

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¡Señor, que sepa apreciar siempre a los demás con sus condicionantes personales, humanos, sociales, religiosos, políticos! ¡Señor, que sea capaz de vivir el valor de la hospitalidad y de la acogida a los demás sin importarme quien sea y qué represente sino mirar sólo el corazón para enriquecerme y complementarme con él! ¡Señor, tú viviste en tus propias carnes el rechazo, el abandono y la humillación y ahora esto a mí me escandaliza; sin embargo, muchas veces no me preocupan aquellas personas que no son valoradas por su corazón y por lo que son sino tan sólo por origen, el lugar donde han nacido, su formación intelectual, sus riquezas, sus capacidades! ¡Si alguna vez los rechazo, Señor, también te estoy rechazando a ti que estás en cada uno de ellos, en su corazón, en sus necesidades y sus anhelos! ¡Ayúdame, Señor, a que cada Eucaristía sea una mirada de fe sobre mi vida y sobre aquellas personas que se cruzan en mi camino y que esa fe me permita verte cada día en cada acontecimiento, en cada necesidad, en cada persona, en cada encuentro, en cada circunstancia, en cada situación que se me presente! ¡Derrama, Señor, tu Espíritu sobre los hombres y las mujeres, sobre los jóvenes y los ancianos, de este mundo! ¡Derrama, Señor, tu Espíritu en los corazones de todos nosotros que hemos sido creados a imagen y semejanza tuya; que somos piel de tu piel sin importar el color que tengamos! ¡Derrama, Señor, tu Espíritu sobre los que creen en ti, sobre los que dudan, sobre los que están solos, sobre los que sufren, sobre los que no tienen esperanza, sobre los que todos ignoran! ¡Y, sobre todo, Señor, ayúdame a amar como amarías tu!

y como no podía ser menos escuchamos la canción en su versión original:

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