Donde el amor tiene cabida

Escucho en el tren una conversación entre dos jóvenes. Una le dice a la otra: «En mi casa hay tan mal rollo que he decidido pasar las fiestas fuera. Total, a nadie le va a importar». ¡Qué tristeza pensar que quien me quiere no me espera; que quien me espera no me busca! Gran vacío en esta familia y en el corazón de esta joven donde no hay cabida al amor.
Y, sin embargo, el día de Navidad -tan cercano ya- es la cuna del amor. ¡Y hay tantas familias sin amor! Pero allí, en Belén, como un imán, hay una invitación a la cercanía, al calor del amor y el refugio de la esperanza. Porque en el portal de Belén estamos todos los hombres invitados a postrarnos de rodillas ante la cuna donde descansa el Niño Dios que nos conoce perfectamente, nos espera con alegría y nos necesita con amor. El pesebre de Belén es como esa tienda que Dios pone en el lugar adecuado para cobijar a cada uno de sus hijos. A todos. A los que no le conocen, a los que le conocen pero renuncian a Él, a los que han sucumbido a la miseria del pecado, a los que se han dejado barrer por la indiferencia, a los que han abandonado la esperanza, a los que viven presos de la soledad, a los que han dejado crecer en su corazón la soberbia y el egoísmo, a los que han pactado cómodamente con la tibieza, a los que se han dejado seducir por la avidez de lo mundano, a los que la codicia les ha cegado… A mí también me espera, sabedor que caigo siempre en la misma piedra.
La Navidad es la manifestación de Dios y la fuerza de su luz en la figura de un Niño que ha nacido, en toda su debilidad y su indigencia, de un Dios poderoso, para llegar al corazón de cada uno. Y se da una relación de afecto intenso, como haríamos con cualquier recién nacido.
Pero sobre todo en este Niño Dios se manifiesta en la inmensidad de su amor. Quiere que yo lo acoja libremente para vencer mi soberbia, mi orgullo, mis desórdenes vitales, mi vanidad, mi falta de caridad y de amor… Se postra ante mi, pobre y desangelado, para que mi corazón se conmueva y, desde la adoración, conducirme a mi auténtica identidad. Es aquí donde el amor tiene cabida.

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, hazme entender bien el misterio de la Navidad!  ¡Hazme entender que es lo importante de mi existencia como cristiano! ¡Ayúdame a acogerte con un corazón de niño! ¡Concédeme, Padre, la gracia de tener un corazón sencillo para reconocerte en este Niño que va a nacer en Belén! ¡Te pido hoy, Señor, por todas las familias del mundo para que reine en el corazón de sus miembros el amor y la paz! ¡Lleva, Señor, tu que eres la Paz y el Amor, la paz, la armonía, la buena disposición de espíritu entre todos los miembros de nuestras familias! ¡Haz, Señor, que cesen las discordias y las diferencias, los rencores y las indiferencias y en su lugar trae la generosidad de sentimientos y el amor! ¡Señor, Tú viviste en una familia en la que por encima de todo el ambiente estaba impregnado de amor, servicio y generosidad! ¡Haz que cada uno de nuestros hogares esté impregnado de este ambiente y que se convierta en una morada de tu presencia, en lugares de acogimiento y paz! ¡Que todos, padres e hijos, se sientan siempre amados y se aleje de ellos la ingratitud, el egoísmo y el desdén! ¡Líbranos, Señor, de  tanta vanidad mundana y tanta ambición que roba la poca bondad de nuestro corazón! ¡Y a Ti, María, Reina de las familias, enséñanos a amar!

Acompañamos hoy la meditación con esta bella canción que nos invita a interiorizar:

 

 

 

 

Como sarmiento asido a la vid

Seguir a Cristo, permitir que su Espíritu dé brillo en esos espacios de oscuridad y sombra que a menudo encontramos en el camino, enderece esas actitudes inadecuadas y lave nuestros múltiples pecados, es un proceso complejo que se enfrenta a una multitud de obstáculos. En el exterior —en la sociedad que nos envuelve— pero, sobre todo, en nosotros mismos —en lo más profundo de nuestro corazón—.
Pero toda la tribulación, dificultad, problema… forma parte de ese camino para alcanzar el cielo. Cristo llegó a la gloria de Dios glorificándose en la Cruz. Y la Cruz la hallaremos siempre lo largo de nuestra vida.
Reflexiono ahora en este tiempo de Adviento. Y no me desanimo porque Cristo está de camino. Y sobre mi planea la fuerza del Espíritu que me da la fortaleza para derrotar tanto desánimo y vencer cualquier dificultad que se presente. El Espíritu de Dios me ayuda también a seguir en el camino de la fe con una esperanza renovada. Aquí radica parte del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo me otorga la valentía para avanzar cada día. Para ir a contracorriente. Pero ir a contracorriente exige valentía y es el Espíritu divino quien la reparte si uno la pide.
Visitaba el otro día los viñedos de un cliente. Me explicaba el enólogo todo el proceso de la elaboración del vino, lo importante del abono, de que los sarmientos estén bien unidos a la vid. Así tiene que ser nuestra vida con Cristo. Nuestra unión con él, como un sarmiento asido  a la vid. Firme en la alegría. Fuerte en las dificultades y tribulaciones. No abandonar nunca su confianza. No dejar que mi amistad con Él se diluya por nada. Abrir la puerta del corazón para que entre en lo más profundo. Hacerse pequeño para que esa debilidad la tome con sus poderosas manos y la fortalezca con las vitaminas de la gracia. Cristo obra siempre el milagro de enriquecer mi debilidad y mi pobreza. El tiene la potestad de liberarme del pecado. Es cuestión de confiar plenamente en la acción de Dios en mi vida.
Le pido al Espíritu Santo que en este tiempo de Adviento sea capaz de abrir de par en par las puertas de mi corazón a Cristo para que me transforme de nuevo interiormente.

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, te doy gracias por resplandecer en mi vida cada día y cada año! ¡Gracias, Señor, porque puedo mirarte con confianza y porque sé que tus manos pondrán todo en orden e instaurarán todas las cosas y situaciones incluso en los momentos de dificultad! ¡Que mi corazón, Señor, reciba la fuerza para perseverar siempre y continue alabándote sólo a ti! ¡Tú eres mi Dios y Señor y tú nos has enviado al Salvador y así nosotros podemos acercarnos a ti! ¡Tú nos has prometido que tu día llegará cuando verdad y justicia surjan sobre toda la tierra para gloria de tu nombre! ¡Haz, Señor, que mi corazón y los corazones de muchas personas se vuelvan a ti adorando y pidiéndote ayuda, para la gloria de tu Hijo! ¡Ayúdame a ser sarmiento que ofrezca la savia a mi vida para dar frutos abundantes! ¡Ayúdame a ser también sarmiento firme que nada pueda desprender ni que las malas hierbas destruyan! ¡Y ayúdame a ser sarmiento para que tu gracia recorra todo mi ser hasta llegar al corazón que se vea regado por tus grandes bendiciones! ¡Pero sobre todo, Señor, deseo ser sarmiento de tu viña para saciar a todos los que se acerquen a mi en cualquier momento de la vida!

Del compositor estadounidense Richard Burchard escuchamos su himno Creator Alme Siderum, composición para coro a cuatro voces para el tiempo de Adviento basado en un himno gregoriano del siglo VII:

Si dos oran unidos… Dios se lo concederá

Fernando pide oraciones por Xavier, con un tumor cerebral que no remite y que le ha obligado a pasar varias veces por el quirófano. Carlos por Isabel, enferma del alma por la depresión. Ana Cristina por Andrés, su marido, que ha perdido el trabajo y también la esperanza. Cuca por uno de sus hijos que ha caído en el drama de la droga… Y, así, una interminable cadena de peticiones para llevarlas a la oración.
Un fruto sabroso de la caridad en la comunidad cristiana es la oración conjunta del pueblo de Dios. Estas son las palabras de Cristo: «Si dos de vosotros se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». ¡Cómo conmueve y enternece mi corazón esta frase! ¡Es Palabra de Dios!
La oración personal es fundamental. Indispensable. Necesaria. Vitamina para crecer cada día y para esperar la gracia que viene del cielo. Pero Cristo también nos garantiza su presencia viva entre los creyentes -por muy pequeña que sea la comunidad-, si entre nosotros existe una unión perfecta, una caridad sincera y un amor auténtico. Una comunidad de creyentes que ora es el reflejo mismo de ese Dios uno y trino, que representa la comunión perfecta del amor.
«Si dos de vosotros». Bastan dos corazones entregados para crear una comunidad unida en la oración. Dos voces que se entrelazan en la unanimidad para pedir por la esperanza de los vivos. Dos corazones que se enlazan para, en el amor recíproco, elevar sus plegarias al cielo para ser acogidas por las manos amorosas del Padre. Y, en el centro, Cristo mismo.
¿Por qué la oración fraterna en la comunidad llega con más potencia al corazón de Dios? Probablemente porque estando «reunidos en mi nombre» la oración está más purificada, descontaminada de todo egoísmo y desprendida de todo yo. Es Cristo, quien unido al corazón de los miembros de la comunidad, eleva a Dios las súplicas de los fieles -«cualquier cosa»- para que sean escuchadas por el Padre. ¿No es maravilloso, por no decir, extraordinario? ¿No multiplica por mil la esperanza en la eficacia de la oración?
Hay que pedir sin desfallecer. No tener miedo a compartir nuestras peticiones. Pedir que oren por nuestras necesidades y nuestros anhelos. Pedir por las necesidades y los anhelos de los más cercanos. Orar por los demás y con los demás. Orar y pedir en familia. Orar y pedir en la comunidad eclesial. Orar y pedir en los grupos de oración. Orar y pedir en cualquier momento o situación. Orar y pedir que Cristo se haga presente en la oración. Dios lo espera. Jesús lo anhela. El Espíritu Santo lo suscita.
Orar por el ser humano y sus necesidades. ¡Qué gran obra es esta de amor y de misericordia!

orar-con-el-corazon-abierto

Oración de intercesión de nuestra página:
Padre, te pido bendiciones para esta persona que está en mi corazón, revélale cada día tu amor, tu bondad y tu poder. Te pido que seas la guía para su alma. Acompaña a esta alma buena con tu amor. Si tiene dolor, dale tu paz y tu misericordia. Si tiene dudas, renuévale la confianza. Si tiene cansancio, te pido que le des la fuerza para seguir adelante. Si hay estancamiento espiritual, te pido que le reveles tu cercanía, para un nuevo comienzo en la fe. Si tiene miedo, revélale Tu amor, y trasmítele tu fuerza. Donde haya pecado, bloqueando su vida, permite que busque la reconciliación y dale tu perdón y bendición. Concede a esta persona que tanto quiero tus siete sagrados dones para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo y saber distinguir las fuerzas negativas que le puedan afectar, y revela a su corazón el poder que tienen en Ti para superarlo. Tú sabes lo que vive, lo que le preocupa, lo que siente, lo que piensa, lo que anhela, lo que le hace falta y lo que desea. Concede a esta alma toda la fuerza del Espíritu Santo y tenla presente siempre en tu Sagrado Corazón. Amén

Oración de sanación para los enfermos del Padre Tardif:

Jesús. Señor Jesús. Creemos que estás vivo y resucitado. Creemos que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar y en cada uno de nosotros. Te alabamos y te adoramos. Te damos gracias Señor, por venir hasta nosotros como pan vivo bajado del Cielo. Tú eres la plenitud de la vida. Tú eres la resurrección y la vida. Tú eres, Señor la salud de los enfermos. Hoy te queremos presentar a todos los enfermos que están aquí, porque para ti no hay distancia ni en el tiempo ni en el espacio. Tú eres el eterno presente y tu lo conoces. Ahora, Señor, te pedimos que tengas compasión de ellos. Visítalos a través de tu Evangelio proclamado en la Santa Biblia, para que todos reconozcan que tu estás vivo en tu Iglesia de hoy; y que se renueve su fe y su confianza en ti. Te lo suplicamos Jesús. Ten compasión de los que sufren en su cuerpo, de los que sufren en su corazón y de los que sufren en su alma que están orando y viendo los testimonios de lo que Tú estás haciendo por tu Espíritu Renovador en el mundo entero. Ten compasión de ellos, Señor. Desde ahora te pedimos. Bendícelos a todos y haz que muchos vuelvan a encontrar la salud, que su fe crezca y se vayan abriendo a las maravillas de tu amor, para que también ellos sean testigos de tu poder y de tu compasión. Te lo pedimos Jesús, por el poder de tus santas llagas, por tu santa cruz y por tu preciosa sangre. Sánalos Señor. Sánalos en su cuerpo, Sánalos en su corazón, Sánalos en su Alma. Dales vida y vida en abundancia. Te lo pedimos por intersección de María Santísima, tu Madre, la Virgen de los Dolores, la que estaba presente, de pie, cerca de la cruz. La que fue la primera en contemplar tus santas llagas y que nos distes por madre. Tú nos has revelado que ya has tomado sobre ti todas nuestras dolencias y por tu santas llagas hemos sido curados. Hoy, Señor, te presentamos en fe todos los enfermos que nos han pedido oración y te pedimos que los alivies en su enfermedad y que les des la salud. Te pedimos por la gloria del Padre del Cielo, que sanes a los enfermos que van a leer este oración o libro. Haz que crezcan en la fe, en la esperanza, y que reciban la salud para la gloria de tu Nombre. Para que tu Reino siga extendiéndose más y más en los corazones, a través de los signos y prodigios de tu amor. Todo esto te lo pedimos Jesús, porque tú eres Jesús. Tú eres el buen pastor y todos somos ovejas de tu rebaño. Estamos tan seguros de tu amor, que aún antes de conocer el resultado de nuestra oración, en fe te decimos Jesús por lo que tu vas hacer en cada uno de ellos. Gracias por los enfermos que tu estás sanando ahora, que tu estás visitando con tu misericordia. Que lo cubras de tu sangre divina, y que a través de este mensaje tu corazón de buen pastor hable a los corazones de tantos enfermos que van a leerlo. ¡Gloria y alabanza a ti, Señor! Amén

Sáname, Señor, Jesús le cantamos hoy al Señor como complemento a estas oraciones de sanación interior:

En el desierto del Adviento

El Adviento es como un desierto personal. Es un tiempo breve que Dios me ofrece para, alejado de la mundanidad de lo cotidiano, acercarme con el corazón abierto más a Él. Pienso entonces en san Juan, tan presente en este tiempo de Adviento, que exclamaba: «Una voz grita en el desierto:  Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos».
San Juan vivió en la soledad del desierto desde muy temprano hasta que, siguiendo el impulso del Espíritu, se dispuso a anunciar el misterio de su Precursor. La enseñanza de san Juan es maravillosa. Permaneció mucho tiempo en el silencio para aprender a hablar; vivió una vida de profunda de penitencia exterior e interior para ser capaz de transmitirla a los demás; se llenó de la luz de Dios y, desde la luminaria de su fe, santificó su vida cotidiana para convertirse en el más preclaro ejemplo de virtud; supo cuidarse de si mismo para luego atender a los demás. ¡Qué gran ejemplo para este tiempo de Adviento!
San Juan me invita a hoy para, desde la soledad de mi desierto el lugar de encuentro entre uno y Dios, disponer mi corazón para recibir al Señor en el pesebre de mi corazón. Para recibir al Niño Dios en mi alma con mayor abundancia de gracia, de esperanza y de amor. Me invita a guardar más silencio para prepararme mejor; más interiorización para dirigirme a lo que debe ser esencial en mi vida; más oración para conocerme mejor y conocer mejor al Señor; más prestancia interior para descubrir la presencia de Dios en mí; más mortificación para abandonar mi mundanidad; y, sobre todo, un mayor deseo de unirme a Él. Y en este Año Jubilar de la Misericordia sentir la misericordia infinita de Dios en el desierto de mi vida, en mis tristezas y mis sufrimientos, en las heridas de mi corazón y en los infortunios de mi vida. Vivir en la confianza plena en Él. Sentir esta predilección que tiene por mí y por cada uno a título individual.
El desierto del Adviento es una invitación para cambiar. Para crecer interiormente. Para mudar de piel. Para crecer en autenticidad, en verdad, en profundidad interior, en amor, en misericordia, en generosidad…Para huir de los compartimentos estancos que tantas veces acomodan mi vida. Para ver con otros ojos la vida. Para dar paso a un aire fresco que refrigere mi vida. Para darle un nuevo impulso a los fluidos que vigorizan mi corazón. Para desligarme de lo que me ata y deshacerme de lo que más me pesa. Para romper esas cadenas que me esclavizan por esa falta o aquella imperfección.
En definitiva, para seguir el consejo del Bautista: «Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca». En realidad no es lo que predica san Juan. Es lo que desea el mismo Dios. Es lo que anhela para mí el Señor: llenarme de sus bendiciones, colmarme con sus gracias, ungirme con su amor. Pero el Señor sólo se contentará si soy capaz de darle por entero mi corazón.

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, ayúdame a pasar por este breve desierto con fortaleza! ¡Ayúdame, con la fuerza de Tu Santo Espíritu, a cambiar interiormente! ¡Hoy, como cada día, pongo ante ti mi pequeñez, mis debilidades, mis incertezas y mi pobreza!  ¡Ayúdame a cambiar porque Tú sabes lo difícil que me resulta mudar mi corazón! ¡Ayúdame a cambiar para acogerte en mi corazón lleno de alegría y virtud! ¡Ayúdame a convertir mi corazón, a serte fiel, a creer con una fe firme! ¡Ayúdame, Señor, a que mi testimonio como el san Juan sea un testimonio coherente, auténtico y veraz con obras y no con meras palabras! ¡Ayúdame, Señor, a no tener miedo al cambio porque me dirijo hacia Ti que todo lo sostienes! ¡Quiero prepararme bien, Señor, para que cuando te hagas de nuevo presente en el portal de Belén te alegres de mi presencia! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a que en estos pocos días que quedan hasta Navidad que sea capaz de abrir mi corazón al cielo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, para que mi corazón deje de mirarse tanto en si mismo y sea capaz de mirar más a Dios! ¡Ayúdame a desprenderme de esos egoísmos que tan bien arraigados están en mi alma! ¡Ayúdame a romper todas las ataduras que me alejan de los demás, que se rompa la coraza de mi corazón y que se fragmenten mis seguridades mundanas! ¡Sé Tu, Espíritu Santo, el que dirija mi vida interior y el que me acompañe en esta conversión de mi corazón! ¡Ven, Señor, ven que te espero con ilusión!

Encendemos la cuarta vela de Adviento con esta oración: “Señor, se enciende esta cuarta luz que irradia toda nuestra vida, redoblando nuestro deseo de llegar limpio e irreprochable a tu gran Día sin ocaso. Te pido, Señor, que me restaures mi corazón; que brille tu rostro y nos salve. Te necesitamos, Cristo, Luz Viva y Verdadera, para aclarar e iluminar los caminos que nos conducen a ti. Que te alumbremos, como María, Aurora del Sol naciente, en nuestras palabras y obras”.

Far away, muy propia para este tiempo de Adviento:

Alégrate, no temas, el Señor está contigo

Tercer fin de semana de diciembre previo al nacimiento del Niño Jesús. Resuenan en mi corazón estas palabras: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo y no temas porque has hallado gracia delante de Dios; vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús». Las pronuncia el ángel a María, modelo para la Iglesia y para los cristianos. Se lo dice a la mujer humilde, que escucha con confianza y alegría a Dios.
«Alégrate». Son las primeras palabras que resuenan en el corazón de María. Palabras que vienen de Dios y las que yo, como cristiano, debo seguir escuchando hoy. La alegría de la vida, de la esperanza, de la fe, del seguir adelante… porque nos falta mucha alegría interior. Porque con demasiada asiduidad la tristeza, la congoja y el desánimo contagia lo cotidiano de la vida. ¿Qué ocurre? ¿Acaso Cristo no es para mí la Buena Nueva? ¿Por qué renuncio con tanta frecuencia a sentir la alegría de convertirme en su discípulo? Y en esos momentos que merma la alegría, que el abatimiento se cierne sobre uno, la fe se marchita, el virus de la desesperanza inocula el corazón, el carácter se agria, la amabilidad pierde toda su frescura, los gestos de amor desaparecen y la esencia del «ser cristiano» se diluye. Sin alegría todo es más complicado. «¡Alégrate». Es la llamada de Dios a revolucionar mi corazón por dentro.
«El Señor está contigo». ¡Siempre! ¡En todo momento! Pensarlo es lo que me da el ánimo y la esperanza. Sentirlo es lo que fortalece la confianza. Nadie que tenga fe puede negar que el Señor no le acompaña porque el hombre no está huérfano de Dios. Cada día se debe convertir en una invocación a ese Padre bueno y misericordioso que me protege, ampara, acompaña y busca mi bien. Y, en este tiempo de Adviento, Jesús me busca. Su Espíritu me ilumina. Uno llama a la puerta de mi corazón, el otro me inspira para que le abra.
«No temas». ¿Seguro? Porque son muchas las inseguridades que pueblan mi corazón y me paralizan. Son muchas las incertidumbres que se ciernen sobre mi futuro y mi persona. Son muchos los miedos Son muchas las dudas que me paralizan. Son muchas las debilidades que me dañan. El miedo me impide avanzar hacia el futuro con la esperanza renovada porque el miedo engulle la alegría y me encierra en los males del pasado. El «no temas» es poner el pilar básico de la confianza en mi vida y, apoyado por el Espíritu Santo, darle la fortaleza a mi vida para que no desfallezca nunca ante la llamada del Padre.
«Vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús». Esa es la gran misión de María, ser Madre del Hijo de Dios. Pero yo, como cristiano, también tengo una gran misión: la de ser una pequeña luz en la oscuridad de la vida. Luz en mi corazón para crecer como cristiano; y luz en mi entorno familiar, social y profesional para sembrar la esperanza cristiana. Ser luz para que brote la fe y en tantas semillas plantadas que no han acabado de dar fruto.
Soy pequeño y una nadería aunque me pueda creer un dios en minúsculas. Pero miro a María, una joven de doce años de una aldea remota que a nadie interesaba y comprendo que Dios se fijó en lo pequeño. Estoy curtido por las manos de Dios y eso me da el impulso de crecer porque soy de su estirpe, creado a su imagen y semejanza. Así, que en este sábado no puedo más que exclamar: «Alegre estoy, Señor, por sentirme lleno de tu gracia, por sentir que estás conmigo y no temo nada porque sé que ante Ti, Padre, gozo de la gracia y me has encomendado una labor que deseo llevar con confianza, alegría y esperanza».

orar-con-el-corazon-abierto

¡Alegre estoy, Señor, por sentirme lleno de tu gracia, por sentir que estás conmigo y no temo nada porque sé que ante Ti, Padre, gozo de la gracia y me has encomendado una labor que deseo llevar con confianza, alegría y esperanza! ¡Quiero, Señor, preparar mi corazón para recibirte dentro de unos días! ¡Quiero, Señor, desterrar de mi corazón aquellos miedos que me paralizan y me alejan de la verdad! ¡Necesito, Señor, que me ayudes con la fuerza de tu Espíritu a transformar mi vida! ¡Dame la paciencia y la serenidad para vivir las cosas con mesura! ¡Para conocer aquello que Tú deseas de mi! ¡Ayúdame a esperarte con paz interior y con alegría cristiana! ¡Dame una fe sencilla, Señor, para creer más en ti, para no ponerlo todo en las manos de mi mundanidad sino en las tuyas que todo lo pueden! ¡Dame la esperanza para que los miedos no me atenacen tanto! ¡Dame la sabiduría para llevar una vida más acorde a tus enseñanzas y más oración para cuidar mi vida interior, para vaciarme de mis yoes y mis egoísmos, para hacerme menos vulnerable a lo mundano, para ganar en confianza en Ti, para hacerme cada día más pequeño! ¡Dame, Señor, en este tiempo la verdadera esperanza! ¡Ayúdame a celebrar la Navidad desde el corazón, dejándote a Ti el mejor lugar! ¡Conviérteme en una persona que sea capaz de dar mucha ternura, mucho amor, mucha misericordia! ¡Hazme una persona que abra siempre los brazos, que acoja y no condene, que ame y perdone, que sirva y se entregue! ¡Ayúdame a proclamar cada día tu grandeza, Señor, que sepa decirte que «sí» aún sin saber exactamente a dónde me llevará mi obediencia! ¡Ayúdame a buscarte con confianza, abriéndome al bien, a la verdad y al amor! ¡Hazme humilde, Señor, como hiciste a María, siempre a la escucha de tus mandatos! ¡Hazme atento al sufrimiento de todos los que me rodean como hizo tu Madre, que se olvidó de sí misma y rauda partió para estar cerca del que lo necesitaba! ¡Hazme, Señor, también contemplativo que saber guardar y meditar en mi corazón» el misterio de Dios encamado en Jesús y poder proclamarlo como experiencia viva del amor que Tú sientes por nosotros!

Del compositor renacentista neerlandés Matthaeus Pipelare escuchamos en este sábado mariano su himno Memorare Mater Christi, a 7 voces:

La mortificación callada

La vida cristiana exige sacrificio, abnegación, desprendimiento, penitencia, expiación, reparación. En Adviento es un buen momento para mirar el interior del corazón y analizarse bien. Con la colaboración del Espíritu Santo y el concurso de Dios uno va descubriendo en su día a día todos los padecimientos que la vida le ofrece. Cada paso que uno da permite tomar conciencia de su vida asumiendo la intención de cambiar y mejorar. Y ante el defecto, una pequeña mortificación.
La mortificación no es un tema agradable para el hombre de hoy, aunque es un tema crucial para estos tiempos que corren. La mortificación es causa de rechazo pero se convierte en medicina que alimenta el alma y que equilibra interior y espiritualmente. Son como las pilas Duracell de nuestra vida. La mortificación cristiana tiene un valor positivo, de vida y de resurrección.
El sacrificio es innato a la vida de cualquier persona. La mejor mortificación es aquella que se realiza, desde la pequeñez del corazón, no para ganar el aplauso, ni para adquirir gloria, poder o fama, ni para ascender profesionalmente o que se hace por motivos estrictamente de ego y soberbia. En lo terrenal todo sacrificio y esfuerzo suele tener su elogio merecido. En lo espiritual los derroteros son otros: provoca desconcierto, confusión e, incluso, indignación manifiesta.
La mortificación auténtica es la mortificación callada, la que no daña al prójimo, la que nos convierte en seres más atentos y considerados, la que nos vuelve más tolerantes, la que nos coloca en el lugar del otro, la que nos desprende de nuestra soberbia y de nuestro orgullo, la que nos niega a nosotros mismos para hacerlo en beneficio del prójimo, la que pone en orden los sentidos, la que no nos aflige cuando no conseguimos lo que nos proponemos o nuestra voluntad no se sale con la suya.
Al cuerpo y al alma hay que domarlos como el domador hace con un caballo salvaje: así se aplaca nuestras susceptibilidades, nos hace estar menos pendiente de nuestros yoes y nuestros egoísmos, aplaca nuestra furia interior.
Decía un santo sacerdote que cuando uno se decide a ser mortificado su vida interior mejora y acaba siendo más fecundo. ¡Ya me puedo, entonces, poner las pilas!

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, dame el espíritu de la mortificación porque sé que es principio de vida y dame también la fuerza para que mi vida se organice en torno a la mortificación! ¡Soy consciente, Señor, que el amor me transformará y que necesito ser más mortificado para demostrarte lo mucho que te quiero! ¡Dame Espíritu Santo la la humildad para confesarme con mayor frecuencia y confesarme de corazón lo que más me humilla! ¡Espíritu de paz y de gracia, ayúdame a no salirme con la mía y dejar a los demás lo más honroso! ¡Concédeme, Espíritu de fortaleza, para luchar contra la comodidad y ese espíritu de independencia que tanto me caracteriza!

El Rey vendrá al amancer, música para este tiempo de Adviento:

Cuando uno grita, el Padre le escucha

Sentado ante el Santísimo le pido al Señor que me escuche, que no haga oídos sordos a mi oración, que esté atento a mis lamentos. Hay veces que la necesidad apremia y para evitar el desasosiego toque fondo la llamada es angustiosa. Y aquí hay que desprenderse de todo porque cada lamento del hombre no cae en el pozo del olvido ni el grito desgarrador se pierde en la inmensidad del horizonte, ni la llamada de socorro se pierde entre los ecos del vacío. Cuando uno grita, el Padre escucha. Y, en el desprendimiento de uno mismo, basta con mirar la Cruz. Con la mirada atenta y el corazón abierto, ahí está el Señor sufriendo por mi y junto a mí. Ahí permanecerá clavado hasta la finitud de los tiempos. Y está ahí, en la «ignominia» de la Cruz por amor. Simplemente porque me ama.
Cada lamento, cada lágrima, cada suspiro me acerca más a Jesús y me hace partícipe de la Cruz redentora. Miras la cruz y, en silencio, escuchas al corazón. Allí dentro está Jesús y yo con Él porque han sido sus manos las que lo han moldeado y sólo Él, incluso mejor que yo, conoce hasta el más ínfimo recoveco de mi corazón. Así de grande es Dios.
«Escúchame, Señor, tu que lo sabes todos y sabes que te amo a pesar de mi miseria y de mi pequeñez».

orar-con-el-corazon-abierto

¡Ven, Señor, a mi vida y mírame para compadecerte de mi! ¡Sana este corazón orgulloso y soberbio! ¡Este corazón que tanto necesita de ti! ¡Este corazón herido que quiere ser un reflejo tuyo, un espejo de tu amor y de tu misericordia! ¡Señor, ¿qué te puedo decir que no conozcas?! ¡Nada, Señor, nada! ¡Por eso te pido que vengas y me llenes de tu amor eterno y profundo misericordioso! ¡Señor, ven a mi vida y mírame! Ven para que no me desvíe del camino, para que no me aleje de Ti, para que sienta el poder de tu gracia, para que no me desmorone ante las dificultades, para ser consciente de cuales son mis pecados pero también tus gracias! ¡Ven, Señor, transforma mi vida en una oración de alabanza y de agradecimiento! ¡No son, Señor, la amargura y el pesimismo lo que tengo que ofrecerte sino la esperanza por todo lo que Tu realizas en mi! ¡Envía tu Espíritu para que en este tiempo de Adviento sea una verdadera ocasión para abrir mi corazón, cambiar profundamente!

Temprano yo te buscaré con Marcos Witt:

¿Entender o aceptar el misterio de la Cruz?

Me decía enojado un amigo que está pasando un mal momento personal y profesional que no le hable de la Cruz. Todo porque le comentaba que no hay que entender sino aceptar el misterio de la Cruz. Que a mi no me asusta la Cruz. Que hay que pedirle al Señor en la oración que nos permita entender la paradoja del gozo de la Cruz.
Comprendo que una sociedad –o una persona– que no tenga a Dios como referente desprecie el misterio de la Cruz. Ninguna lógica humana puede comprender que en manos de Cristo el sufrimiento queda dinamitado por completo. Por eso cuesta tanto aceptar la Cruz en nuestra vida. ¿Y cómo vencer ese miedo a la Cruz? Aceptándola de manera generosa, en las luchas y caídas cotidianas; en la aceptación de aquellos imprevistos que llevan al traste todos nuestros proyectos; dando gracias por los fracasos que nos enseñan a levantarnos y a mejorar; aceptando con serenidad las dificultades económicas que nos permiten entender el valor de lo material; santificando los problemas profesionales y laborales, dando gracias por tener trabajo; realizando con alegría aquellas tareas que tanto nos cuestan; renunciando a nuestro yo y aparcando la soberbia para poner a los demás por delante; soportando las incomprensiones y las humillaciones de terceros; sufriendo la enfermedad con entereza; no quejándonos por cualquier cosa, más al contrario sonriendo siempre con espíritu generoso; ofreciendo nuestras caídas constantes para aprender de lo equivocado… Todos estos pasos son una semilla de intensa fecundidad apostólica. En la Cruz está la perfección de la santidad.
El problema es nuestra propensión a convertirnos en dioses en minúsculas. Por eso no comprendemos la Cruz. ¿Cuántas veces he pensado yo que todo lo que tenía era producto de mis propios méritos? ¿Cuántas veces he querido construir mi mundo y mis seguridades con mis propias fuerzas sin comprender que todo era un regalo que venía de Dios? ¿Qué me enseña, por tanto, la Cruz? Que me tengo que vaciar del orgullo, de la vanidad, de la vanagloria, de la suficiencia, del engreimiento para llenarme de la misericordia, del amor y de la caridad de Dios. Sólo así seré capaz de amar a los demás, darme a los demás y comprender la realidad de mi vida. Autoafirmándome a mi mismo sólo encuentro una felicidad artificial. Saliendo de mi mismo me entrego al amor. Un cristianismo que no tenga como raíz el esfuerzo y el sufrimiento es un cristianismo sin Cruz.

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, que no me acostumbre a verte crucificado! ¡Que no me canse de adorar y besar la Cruz de cada día! ¡Señor, ayúdame a ponerme a los pies de Tu Cruz para abandonarme enteramente a Ti y confiar en que Tu me darás siempre lo que es mejor para mi! ¡María, Madre, ayúdame a contemplar el misterio inefable de la Cruz! ¡Te ofrezco, Señor, mi cruz de cada día! ¡Cuando lleguen, Señor, esos momentos de Cruz que tanto me cuesta aceptar que sea capaz de ofrecértelos con amor! ¡Ayúdame, Señor, a no rebelarme, a no quejarme, a no protestar, a no agitarme ni perturbarme! ¡Ayúdame a penetrar en los secretos de tu corazón doliente, Señor, para corresponder en mi limitada vida cotidiana a tu fidelidad y a tu amor!

Ponemos alegría a esta meditación con este villancico: Nace el Niño en un Portal:

¿Quieres ser importante?

El anhelo de reconocimiento y de ser considerado importante germina en el corazón de todo ser humano. Con frecuencia tenemos la necesidad de escuchar que alguien nos diga: «Tú eres importante para mí». Nos infla de orgullo el corazón.
Hay personas a las que no les importa pasar desapercibidos a los ojos de los hombres y convertirse en alguien importante para el Dios de Amor y Misericordia que, en breve, se hará pequeño y humilde en el pesebre de Belén.
Podemos ser importantes de dos formas antagónicas: desde lo más alto del pedestal o desde lo más bajo del escalafón; es decir, desde el oropel de lo llamativo o desde la sencillez del conmover con el corazón.
Miro el pesebre. Allí se encuentra, entre dos padres sencillos y humildes, entre una mula y un buey, y en la frialdad de un establo desangelado el ejemplo de más grande sencillez. E, inclinando la cabeza en señal de piedad y adoración, musito: «contemplándote a Tí, Niño Dios, comprendo que el que se haga pequeño como un niño, ése es el más grande en el reino de los cielos».
Si deseo ser importante para Dios que no intente jamás tratar de deslumbrarlo; no lo lograré por más que se empeñe. A Dios le basta con conmoverlo. Ser y comportarse como un niño. Es en este momento cuando se desata con toda su potencia la ternura de Dios.
«¿Quieres ser importante?», me cuestiona hoy el Señor. «Solo quiero ser importante en la medida en que lo sea para Ti y para los demás si soy capaz de dar testimonio de Ti».

orar-con

¡Señor, Tú eres mi Rey y mi Señor! ¡Eres quien decide todas las áreas de mi vida, el que me guía y gobierna mi existencia! ¡Eres, Señor, lo verdaderamente importante, el que me guía en las pequeñas y grandes decisiones! ¡No te apartes de mí, Señor! ¡Proclamo, Señor, tu Señorío, que eres lo más importante de mi vida! ¡Necesito, Señor, que entres en mi corazón en este tiempo de Adviento, que lo inundes con tu Luz! ¡Quiero que seas el centro de mi existir! ¡No permitas que seas un mero adorno decorativo de mi vida sino alguien real que anida en mi corazón y que gobierna todo mi ser! ¡Señor, quiero darte la importancia que tienes en mi vida, quiero que seas el auténtico Rey de mi vida! ¡Quiero ser un verdadero discípulo tuyo, un cristiano que viva siempre según tu voluntad, regido por los valores del Evangelio y según los dones y gracias del Espíritu! ¡Tu, Jesús, eres el Señor de mi pasado, de mi presente y de mi futuro; eres el Señor de mi familia y mis amigos; eres el Señor, de mi cuerpo y de mi alma; eres el Señor de mi salud y mi enfermedad; eres el Señor de mi riequeza o mi pobreza; eres el Señor de mis alegrías y tristezas; eres el Señor de mis esperanzas y mis miedos; eres el Señor de mis posesiones y mis carencias; eres el Señor de mi inteligencia y mi voluntad; eres el Señor de mi cuerpo y de mi alma; eres el Señor de mis formas y mis actitudes; eres el Señor de mi inteligencia y de mis carencias… lo eres todo Señor para mi! ¡Ya lo sabes, Señor, sólo quiero ser importante en la medida en que lo sea para Ti y para los demás si soy capaz de dar testimonio de Ti!

En la espera, cantamos hoy al Señor:

Preguntas en el ecuador del Adviento

«Adviento» no es una palabra vacía de contenido; al contrario tiene una fuerte expresividad cuando en ella hay una viva experiencia interior.
Adviento es tiempo de espera; y esperamos con ilusión aquello que anhelamos firmemente. Lo normal es desear siempre lo que consideramos que más nos hace falta. Desde el punto de vista espiritual el problema es que decimos que esperamos a Jesús y en realidad es mera palabrería, lo deseamos pero no tenemos una necesidad viva de su presencia. La evidencia es que no hay esperanza sin un deseo auténtico; y sin necesidad tampoco hay un deseo real.
Desde el punto de vista personal la esencia del tiempo de adviento es la invocación sincera y auténtica para que Jesús se haga muy presente en lo más profundo del corazón. Transcurrido el ecuador del Adviento te planteas hasta qué punto está afirmación se puede considerar una verdad porque quien espera a Cristo se siente iluminado en cada momento. La vida tiende a la plenitud. ¿Hasta qué punto siento la visita de Dios en mi corazón? ¿Siento que entra en mi vida y se dirige a mí para una transformación interior? ¿En la vorágine de mi día a día soy consciente del poco tiempo que dedico al Señor porque también es poco el tiempo que tengo para mí y eso acaba llevándome por la dinámica del «hacer»? ¿Soy consciente de que las actividades cotidianas son las que me dominan y los falsos ídolos de lo mundano lo que monopoliza mi atención? ¿Hasta qué punto me detengo en silencio un tiempo para captar la presencia viva del Señor en mi corazón? ¿Hasta qué punto trato de comprender todos los acontecimientos cotidianos como gestos que Dios me dirige como signo de atención por mí? ¿Por qué me cuesta tanto percibir en mi vida los regalos del amor de Dios como signo vivificante de la certeza de su presencia? ¿Por qué no trato de ver el mundo desde otra perspectiva? ¿Por qué no soy capaz de considerar toda mi existencia como una «visita», un sentirse visitado por el Señor? ¿Por qué como cristiano no vivo el misterio de la venida real de Dios hacia el hombre y esta realidad no palpita y late con fuerza en mi corazón? ¿Qué me ocurre? ¿Es tal vez porque no se hacerme pequeño, sencillo y humilde? ¿O tal vez porque pienso que mi mundo y mi vida no necesitan una salida o una salvación que viene de Dios mismo? ¿Tan autosuficiente soy? ¿Qué he hecho de mi espera desde qué comenzó el Adviento? ¿Por qué me cuesta tanto comprender que los giros inesperados que se producen cada día en mi vida son gestos personalísimos que Dios me dirige, que no son más que signos de su mirada amorosa? ¿Por qué estoy solo atento a los problemas y a las dificultades y no pongo apenas atención a las cosas hermosas y buenas que vienen del Señor? ¿Por qué me cuesta tanto vislumbrar que el Adviento es un tiempo para sentir como Él me protege, guía y ayuda en las múltiples vicisitudes de mi vida; para alabarle por la infinitud de veces que ha hecho cosas maravillosas por mi y sigue haciéndolas todavía? ¿Qué espero? ¿Cuál es mi esperanza? ¿Qué sentido tiene mi presente, mi hoy y mi ahora? ¿Soy capaz de dar un pedazo de mi ser para construir el corazón de los demás con los pedazos de mi corazón?

orar-con-el-corazon-abierto

¡Ilumina, Señor, con tu presencia mi vida! ¡Que pueda proclamar con alegría «Él vendrá, vendrá de nuevo»! ¡Porque tu vienes, vienes a mi en cada instante y estos momentos no tienen otro valor que el de tu llamada a mi corazón para que te abra! ¡Desde mi pobre oración te imploro por la salvación de nuestro mundo y de mi propia historia! ¡Ayúdame a permanecer en vela en espera de tu llegada, Señor aunque siéndote sincero muchas veces voy a la mía y no espero nada! ¡Ayúdame a avivar la llama para renovar la esperanza y el deseo de tu venida! ¡Necesito una profunda conversión, Señor, para cambiar mi corazón, para revisar mi vida, para reconocer mis errores y mis egoísmos, para alejarme del pecado, para vivir en tu presencia y escuchar tu voz! ¡Necesito una auténtica conversión, Señor, para aprender a discernir lo que me conviene, lo que es tu voluntad y no la mía, para descubrir tus exigencias, para asumir la verdad que esconde el Evangelio! ¡Necesito una firme conversión, Señor, ayúdame, envíame tu Espíritu como hiciste con tu Madre para que nazcas verdaderamente en mi corazón, para dar luz a mi alrededor! ¡Marana-thá! ¡Ven, Señor, Jesús! ¡Dame la sabiduría para vivir misericordiosamente en este tiempo de adviento y que mi pobre espíritu sea un digno pesebre para que tú puedas nacer, Señor, en mi corazón!

Hoy celebramos la festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, Emperatriz de las Américas y Patrona de México: «Virgen de Guadalupe, Madre de América. Tiende tu protección sobre todas las naciones del Continente y renueva su fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Suscita propósitos de equidad y rectitud en sus gobernantes. Protege a los hermanos de Juan Diego para que no sufran discriminación. Cuida a los niños. Guarda la unidad de las familias… Que desde esta tu imagen manifiestes siempre tu clemencia, tu compasión y tu amparo. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén».

En honor a la Virgen le cantamos en este día La Guadalupana: