No quiero que mi corazón se acostumbre al amor de Dios

En ocasiones es imprescindible dar pequeños pasos para lograr grandes cambios. Sin embargo, son escasas las veces que asumimos el riesgo de hacer cosas distintas. Vivimos acomodados en la rutina y no permitimos que nada nos sorprenda. Y eso ocurre también con nuestra vida espiritual en la que damos por hecho que todo lo que nos sucede es consecuencia de nuestros méritos y acciones y los beneficios que se obtienen son el fruto de nuestra generosidad, perseverancia, caridad, santidad y, sobre todo, de la grandeza de nuestro buen corazón.
Tengo un anhelo profundo: no quiero que mi corazón se acostumbre al amor de Dios. Convertirlo en algo rutinario. Quiero vislumbrar sus milagros cotidianos como su gran obra en mi. No deseo que pasen sin darles la relevancia debida ante la ingratitud de mi corazón creyendo torpemente que son consecuencia de los lances de la vida, hechos casuales que suceden porque sí.
Cada mañana amanece de nuevo. Cada nuevo despertar es una grata ocasión para agradecerle a Dios su gran fidelidad. Cada nuevo día es la oportunidad para dar gracias y alabar al Dios de la vida y exclamar con gozo que de nada me puedo quejar porque «todo» lo que acontece en mi vida me convierte en un privilegiado en las manos amorosas de Dios.
A Dios lo quiero contemplar en la cercanía. En la proximidad del corazón. Ansío y anhelo que mi corazón palpite de alegría y de amor y mi alma se conmueva por tanta inmerecida gratitud.
Quiero que Dios me sorprenda cada día con la gratuidad de su amor y su misericordia, que no dude en seguirle con la confianza consciente de que solo Él es capaz de transformar mi vida y obrar cada día un milagro en mí.
Ansío de verdad fijar mi mirada en Él, luz de luz, para que ilumine y guíe mis pasos indecisos y los lleve a un lugar seguro.
Anhelo que mire mi interior y pueda descubrir la verdad que anida en mi corazón, mi deseo de hacerme pequeño, porque Él es el Todopoderoso que siente predilección por los débiles y humilla a los poderosos.
No. No me quiero acostumbrar a ver a Dios desde la rutina porque cuando lo hago relativizo su amor, sus favores, sus gracias, su bondad y su misericordia y no permito que renueve en mi su obra santa.
En ocasiones es imprescindible dar pequeños pasos para lograr grandes cambios. Es la primera frase de este texto. Mi pequeño paso es permitir que Dios se manifieste en mi vida para que haga algo nuevo en ella. Dios siempre sorprende. Y sorprende porque es el Dios que hace posible lo imposible.
Tomo esta mañana el vaso de alabastro de mi vida y derramo el perfume de mi corazón para que, quebrada mi alma, sea inundada por el penetrante aroma del amor de Dios.

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¡Señor, antes de crearme ya me tenías en tu pensamiento! ¡Cada vez que me pierdo, ahí estás tú para encontrarme! ¡que a la vez que caigo, me levantas! ¡Tú, Señor, eres el único que hace que mi existencia tenga verdadero sentido, tu llenas de luces la oscuridad que en ocasiones sobrevuela mi vida! ¡Todo lo mío te pertenece, Señor, aunque tantas veces me cueste recordarlo! ¡Hoy quiero cantarte cánticos de alabanza para manifestar tu grandeza, tu bondad y todas tus maravillas! ¡Quiero elevar mi voz para que mis plegarias lleguen a ti y las acojas con tu corazón misericordioso! ¡Quiero que mis palabras suenen veraces porque tu sabes que muchas veces mis labios escupen palabras vacías que surgen de un corazón seco! ¡Quiero, Señor, que ocupes cada uno de los espacios de mi vida; que no olvide nunca quién eres, todo lo que haces por mí y lo mucho que me amas! ¡Haz que germinen conflictos abundantes aquellos espacios que tristemente aún permanecen yermos en mi vida! ¡Hoy te quiero dar gracias por tu amor infinito, por tu misericordia abundante, por tu bondad generosa, por tu cariño desbordante, por tu paciencia sin límite, por redimirme constantemente de mis caídas y de mis abandonos! ¡Señor, hoy te pido que tomes el timón de mi vida, que la hagas fecunda y evites que me desvíe del camino! ¡Ayúdame a mirar como mirarías tú, escuchar como escucharías tú, a pensar como lo harías tú, hablar como lo harías tú, a sentir como lo harías tú… amar como amas tú! ¡Revísteme de tu Espíritu, Señor, para que permitas que me despoje de esa piel tan dura que impide que me moldees cada día!

Dios está aquí, tan cierto como el aire que respiro:

 

Compensa testimoniar a Cristo

Comienza la semana. Miras la agenda y te das cuenta que tus jornadas están repleta de reuniones, compromisos, actividades y encuentros que llenan el día con personas de diferentes mentalidades. Unas con clientes y otras son con compañeros. El tiempo vuela. A veces parece imposible poder atender tanto compromiso.
Entre todo este ajetreo hay una misión. Esa misión implica que como cristiano debo trasladar al otro la buena nueva de Cristo allí donde esté. No implica levantarse en mitad de una reunión y proclamar el Evangelio. Es más sutil y eficaz. Si la responsabilidad fundamental en la vida es proclamar a Cristo eso sólo se logra por medio del testimonio personal. Es la forma de estar en misión, la misión del «id y proclamad el Evangelio».
Todo cristiano por el mero hecho de haber estado bautizado es misionero de Cristo. Pero no hace falta hacer las maletas e irse a un recóndito lugar de África o de Asia. Basta con girar la mirada y observar al compañero de la oficina, de la cadena de montaje, del hospital; observar al vecino o al familiar cercano. Son muchos los que a mi alrededor están tristes, angustiados, viven en la soledad rodeados de gente, perdidos y sin referentes, atribulados por los problemas y desesperados por no encontrar sentido a su vida… Aunque parezca mentira hay mucha gente a nuestro alrededor que no ha escuchado jamás una palabra de consuelo, de ánimo, de misericordia, de esperanza, de alegría. Que no ha oído nunca un «te quiero». ¿Parece mentira, verdad? Incluso muchos que llevan una vida ordenada -espiritual-, no conocen el infinito amor que Dios siente por ellos.
Un día como hoy, como en cualquier otro día de la semana, tengo la oportunidad de ejercer de misionero. De llevar una palabra de esperanza, de anunciar la buena nueva. Tengo que aprovechar ese pequeño resquicio que me ofrece un comentario, una palabra, una mirada… para anunciar a mi interlocutor que Dios le ama profundamente y que recibiendo ese amor la vida adquiere un sentido auténtico.
Testimoniar a Cristo compensa. Es una actividad que no conduce al fracaso.

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¡Jesús, creo en Ti y te amo! ¡Eso implica ser tu testigo ante el mundo, anunciar tu Nombre, tus palabras y tu mensaje en el ambiente en el que me corresponde vivir! ¡Dame la valentía para hacerlo y te pido la gracia de saber ser testigo de tu bondad y de tu amor, para que quienes me rodean, me escuchan y me vean, se sientan animados por mi testimonio y sientan la invitación a creer y a amar con una fe y un amor mayores, más profundos, más auténticos, más generosos y con más esperanza! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a sentirme hermano de todos los que se crucen por mi camino, incluso de aquellos que te niegan o no creen, te desprecian o están en búsqueda! ¡Muestra tu rostro a todos los que te buscan con el corazón abierto! ¡Señor tengo una misión que cumplir que pasa primero por los más cercanos y por los que me rodean, ayúdame a compartir con ellos tu gracia, tus bondades y tu misericordia! ¡Ayúdame, Señor, a transitar por la vida con la confianza de que eres tú el que me sostienes al llevar a cabo la misión que me tienes encomendada! ¡Ayúdame, Señor, a serte siempre fiel y no dejar pasar ninguna oportunidad para testimoniarte!

Hoy me doy un capricho: el Primer movimiento del Concierto para trompeta de Haydn:

Dios ama mi nada

Mi hijo de nueve años se sienta ayer sigilosamente a mi lado en el sofá del salón. Cierra la Biblia infantil que lleva entre sus manos. La coloca sobre sus rodillas y me pregunta curioso: «Antes de que Dios creara el mundo… ¿Qué había, papá?».  «Nada», respondo tajante.  «¿Nada? Es imposible que no hubiera nada», contesta incrédulo y poco conforme con mi respuesta. «No, no había nada. Ni el cielo. Ni la tierra. No existían las estrellas. Ni el sol. Tampoco existían los océanos. Solo existía Dios. Y en el pensamiento de Dios estábamos tú y yo. Y tu madre. Y tus hermanas. Y tus abuelos. Y tus tíos. Y tus profesores. Y tus amigos del colegio. Todos estábamos en el corazón de Dios. Y a todos nos envolvía con su amor». «Pero si no había nada y no existíamos, ¿por qué dices que nos quería?», insiste. «Precisamente por esto, porque el amor de Dios es eterno».
La conversación continúa varios minutos pero el mero hecho de rememorarla en la oración de hoy provoca en mí un consuelo increíble. Y de emoción profunda. En el universo no existía nada pero la ternura misericordiosa de Dios todo lo cubría. Conmueve pensar que no habiendo nada Dios amara profundamente esa nada; que la gratuidad del amor de Dios se fundamenta en amarme, simplemente, por nada. Y que Dios me ama para hacerme bueno no porque intrínsecamente lo sea sino porque el amor de Dios es incombustible, duradero, eterno. Es un amor que se sustenta sobre la nada, mi propia nada. Y eso es, precisamente, lo que permite transformar mi corazón, mis actitudes y mis obras. Dios fija su mirada en la pobreza y la fragilidad de mi vida. Y ama esa nada y esa insignificancia. «Señor, ábreme los labios para que mi boca proclame tu grandeza y mi nada y mi pobreza exulten en alabanza».

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¡Señor, Tú me amas porque soy un hijo amado, creación tuya! ¡Me amabas antes de la creación del mundo y me amas ahora que te soy tan ingrato tantas veces! ¡Y cuánto me cuesta a mí amar al prójimo! ¡Cuánto me cuesta reconocer mi pequeñez, mis torpezas, mi insignificancia, mi fragilidad y mi miseria! ¡Mi corazón debería estar rebosante de alabanza y gratitud pero se cierra muy a menudo al amor y me olvido con frecuencia de darte gracias! ¡Señor, tu me amas y me envuelves con un amor eterno y en cambio mi amor es volátil, frágil e interesado! ¿Qué puedo darte a cambio de este amor tan humano más que mis pecados para que los cubras con tu amor y tu misericordia? ¡Señor, gracias! ¡Gracias porque bendices mi vida y nunca te alejas de mi lado! ¡Tu, Señor, eres mi ayuda y mi consuelo! ¡Gracias por este amor tan grande que todo lo perdona y todo lo restaura! ¡Gracias porque este amor me sostiene siempre ante las adversidades y me fortalece ante las dificultades! ¡Soy poca cosa, Señor, pero soy tuyo y siento como me amas!

Con Danilo Montero cantamos Dios me ama:

María, modelo de lo que Dios quiere en mi vida

Último sábado de enero con María en el corazón. Hoy siento de nuevo a María en la felicidad de mi vida. Me imagino a María, la primera custodia viva de Cristo, tan unida a Él, tan cerca de Dios, tan llena del Espíritu Santo. Me imagino a María unida con el corazón al Padre Creador, al Espíritu Santo santificador y al Hijo vivificador.
Y me quiero llenar de esa alegría natural de la Virgen, hacerla mía. Sentirme uno con Ella porque cuando uno está lleno de gracia –por la gracia– su vida cambia y se transforma. Y me quiero llenar también de esa presencia viva de Dios en mi vida. Sentir como el Dios de la vida me consuela como consoló a María, me ilumina como iluminó a María, me guía como guió a María. Y anhelo hacer mía esa sobriedad, esa humildad, ese silencio de imperecedera profundidad, esa generosidad, ese espíritu de servicio, esa docilidad a la Palabra de Dios, esa disponibilidad sin cuestionamiento, esa fidelidad de María.
María es el modelo de lo que Dios quiere hacer en cada uno de sus Hijos. En ti y en mí. Por eso me quiero parecer más a Ella. Por eso ansío tenerla como maestra espiritual. Por eso quiero tomarla de la mano y marchar con Ella para seguir la llamada del Padre en mi camino hacia la santidad personal. Deseo seguir su camino de fe. Y su camino de servicio. Seguir su camino de certeza que es el que, en definitiva, yo debo recorrer para que el Dios de bondad me vaya colmando con sus infinitos bienes y con su honda misericordia. ¡Gracias, María! ¡Todo tuyo, María!

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¡Quiero caminar a tu lado, María, desprendido de todo, sin cargas, sin inquietudes, sin miedos, sin desvelos y hacerlo siempre alegre por tu presencia en mi vida, llenando mi alma de gozo, de optimismo y de esperanza! ¡Quiero caminar contigo, María, para vaciarme de mi orgullo, de mis certezas, de mi vanagloria, de mis tristezas y mis sinsabores y una vez vacío llenarme de lo auténtico y verdadero que es Cristo, tu Hijo! ¡Quiero ir al encuentro del Padre contigo, María! ¡Quiero llenar mi vida de la gratitud de Dios que tu misma experimentaste a lo largo de la vida, contento por ver la mano de Dios en todos los acontecimientos de mi vida, en los alegres y en los difíciles, en las alegrías y en las amarguras! ¡Quiero dar un «Sí» confiado como el tuyo, María, abriendo mi corazón para sentir la llamada del Padre! ¡Quiero mirar a todos los que me rodean y observar el mundo con tu mirada y con tus ojos de bondad, María! ¡Quiero aprender a detenerme en el camino para orar en silencio, para ser más contemplativo, para templar mi corazón y ser más dócil a la voluntad del Padre! ¡Quiero, María, a tu lado caminar hacia la santidad cotidiana, hacer extraordinario lo ordinario de vida como hiciste Tú cada día! ¡Quiero ser alegría para los demás como lo fuiste Tú, María! ¡Quiero que cada paso que dé este lleno de autenticidad y verdad, María, sin amedrentarme por las dificultes ni acobardarme ante los desafíos de la vida! ¡Quiero abrazar como abrazaste Tú al prójimo, María, y desde el cariño y el afecto transmitir a Dios a los que me rodean! ¡Todo tuyo, María, totus tuus! ¡Siempre tuyo, María, Madre de Amor y Misericordia!

Del compositor francés Philippe Verdelot escuchamos en este sábado mariano su motete Beata es Virgo Maria, a 7 voces. La peculiaridad de esta joyita musical es su bitextualidad pues al tiempo que se canta el texto propio de la música una soprano introduce con su voz el Ave María:

Vaciarse para crecer

No me avergüenza reconocer que me entristece mi fragilidad humana cuando profundizo en ella. Es mi debilidad la que conmueve mi corazón cuando caigo siempre en la misma piedra o en los mismos errores de siempre y los excuso como parte de esa auto indulgencia tan propia del hombre que se lo perdona todo pero no pasa ni una a los demás. ¡Claro que me agradaría ser un santo heroico, un hombre de fortalezas inquebrantables vencedor de todo tipo de pruebas, alguien que confía siempre, que no teme a la voluntad de Dios, que no se turba ante los embates de la vida, sólido ante las críticas y consistente ante las dudas!
Pero no, reconozco que soy de barro. Me muevo en la línea fina entre la santidad y la mediocridad, entre la fortaleza y la debilidad, entre la victoria y el fracaso. Y, entre medio, con frecuentes caídas para volver a levantarme. Hoy, sin embargo, me viene a la imagen la figura de san Pedro, el hombre de las negaciones y el apóstol de la fortaleza. La primera roca sobre la que se edificó la Iglesia no pudo ser quien fue sin antes haber sido Simón, el pescador rudo, de carácter firme, apasionado, orgulloso y humilde al mismo tiempo, ardoroso e impulsivo. Y su figura me permite comprender cómo toda transformación interior es posible en el momento en que reconozco, asumo y acepto cuáles son las sombras de mi vida pero también esas luces que todo lo iluminan. Únicamente desde el reconocimiento de mi fragilidad y mi debilidad seré capaz de iniciar un proceso de crecimiento interior y tolerar mis debilidades y las fragilidades que veo en los otros y que, por mi soberbia o mi falta de caridad, puedo llegar a magnificar. Cuando me creo mejor, más bueno, con más hondura humana y espiritual, más superior a los demás, más intolerante me vuelvo y más necesito de la gracia misericordiosa de Dios.
El día que Simón Pedro se encontró con Cristo todo cambió en su vida. Comenzó un proceso interior y una transformación del corazón. San Pedro conocía cuáles eran sus limitaciones y era consciente de su propia humanidad; su auténtico «sí» se produjo en el momento en que comprendió quién debería ser. Su camino de transformación, como el de cualquier ser humano, fue un proceso que implica vaciamiento interior. Desprenderse de las conductas erróneas, de los comportamientos orgullosos y de las máscaras que todo lo envuelven.
San Pedro traicionó a Jesús, pero suplicó con su mirada de perdón la misericordia del Señor. Y, así me veo yo también hoy. Reconozco mi debilidad, me siento herido por mi propia fragilidad y aspiro a vencer con la ayuda de la gracia las flaquezas de mi humanidad. Vaciar mi interior de mi mismo, de mis egos y mis apegos para dejarle espacio a Dios, para llenarme de Él y para sea Él quien me posea. Renuncio a mi mismo, pero gano a Dios.

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¡Y eso es lo que deseo, Señor, llenarme de Ti, abrirme a la gracia! ¡Señor, quiero aprender hoy que vaciándome de mis egos, de mis comodidades y mis apegos crezco interiormente y no me hago más pequeño! ¡Señor, quiero encontrarte desde mi fragilidad y mi debilidad porque Tu me buscas siempre, llamas a mi puerta para entrar y muchas veces la encuentras cerrada! ¡Quiero hacerte, Señor, un espacio en mi corazón! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a tener el don de la sabiduría para descubrir que mi vida estará más llena cuando más cerca tenga al Señor! ¡Espíritu Santo, ayúdame a ser más indulgente conmigo y con los demás; Tú sabes lo mucho que me cuesta levantarme, aceptar mi fragilidad y los errores que cometo! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a mantenerme firme y siempre fiel en los momentos de turbulencia y dificultad! ¡Ayúdame, Espíritu de Verdad, a que te deje actuar en mi vida, a ponerme en tus manos y en las de Dios, a aceptar siempre su voluntad; hazme ver que esto no es debilidad sino confianza! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a asumir siempre mis responsabilidades y adoptar siempre las mejores decisiones haciendo y pensando lo correcto, a no esconderme en la excusas fáciles y a no culpabilizar a los demás de las cosas que me suceden a mi! ¡Ayúdame a enfrentar la vida con valentía porque Tú eres mi fuerza y el poder está en Ti! ¡Y, perdóname, cuando caigo y no sé mantenerme firme! ¡No quiero fallarte, Señor, quiero ser auténtico y vivir en rectitud!

Fragilidad, con Sting, para hacernos conscientes de nuestra pequeñez:

Unido a Cristo en la Eucaristía

Siento que no hay nada tan sublime, hermoso e iluminador como recibir a Cristo en la comunión diaria. Es como colocarse a los pies de Cristo en el monte Calvario contemplando la Cruz. Instantes hermosos que unen mi alma, insignificante y pecadora, a la suya, amorosa y misericordiosa.
No me puedo imaginar la alegría desbordante que se debe vivir en el cielo entre el ejército de ángeles y la comunidad de los santos en el momento en que el sacerdote eleva la Hostia y el cáliz mientras me encuentro apaciguado en oración y contemplación en el reclinatorio. En ese momento uno siente esa trascendental prueba de Amor al escuchar las palabras del Señor que te susurra: «Ven, sígueme, acompáñame en este sufrimiento tuyo; en esta desazón que te embarga; en este problema que te ahoga. Ven y entrégamelo. También es mío». En un instante como este no puedes más que emocionarte y desgarrarte por dentro. Así es la Misa. Así es la Comunión. La unidad con Cristo. Por eso sólo puedes exclamar, agradecido y emocionado: «Señor mío y Dios mío, aquí me tienes. Lo mío es tuyo. Tómalo».
Son instantes muy breves de intenso recogimiento, llenos de amor profundo. Instantes en que la cercanía con Cristo es lo mejor de la jornada. Momentos de emoción viva. Y te sientes como el paralítico de Cafarnaún o como el ciego de Jericó o como la mujer del pozo de Sicar. Cristo pasó al lado de todos ellos y cambió lo profundo de sus almas. No su vida… ¡sus almas!
Sin embargo, tristemente este sentimiento ardiente de Dios se desmorona pronto debido a la mundanidad que me embarga, mi egoísmo, mi soberbia, mis faltas de caridad y de amor. Por mi resistencia a entregarme de verdad a Dios. De humillarme de verdad a los pies de la Cruz donde la humillación es amor.
«Señor, no soy digno de que entres en mi casa» exclamamos antes de comulgar. ¡Quiero cambiar, Señor, quiero cambiar para estar más unido a Ti y a través tuyo en los demás!

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¡Gracias, Señor, porque en la Eucaristía te nos haces presente cada día! ¡Gracias, Jesús, porque en cada trozo de pan y en cada gota de vino sacias nuestra hambre y nuestra sed y te haces presente en el corazón de persona! ¡Gracias, Señor, porque eres Tú mismo quien está en cada día en la Eucaristía entregándote a ti mismo de manera real y personal para enseñarnos que hemos de dar nuestra vida a los demás! ¡Gracias, Señor, porque en cada Eucaristía nos reunimos en torno al altar como hicieron tus apóstoles en la Santa Cena! ¡Gracias, Señor, porque es el mayor gesto de amor en el que nos enseñas a amar y a dar amor! ¡Gracias, Señor, porque cada vez que comulgamos nos unimos estrechamente a Ti! ¡Gracias, Señor, porque en cada Eucaristía podemos rememorar tu sacrificio en la Cruz! ¡Gracias, Señor, porque en cada Eucaristía está presente el Espíritu Santo! ¡Gracias por estos momentos de intimidad, por esta fiesta del amor, que nos anticipa la vida eterna cuando Tu, Señor, mi Dios, serás todo en todos! ¡Gracias, Señor, porque cada vez que me acerco a la Eucaristía siento que se alimenta mi alma! ¡Gracias, porque la Eucaristía me da fuerzas porque soy débil y con mis fuerzas no me basto! ¡Gracias, Señor, por la fe porque gracias a ella creo que realmente estás presente en la Eucaristía y como dice la oración te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente recibirte dentro de mi alma!

Un hermoso Pange Lingua para honrar a Cristo Eucaristía:

Mi particular camino hacia Damasco

Uno se enorgullece mucho de tener en su Iglesia a un santo como San Pablo ejemplo de conversión de calado, de furibundo perseguidor del cristianismo a adalid del Evangelio en nombre de Cristo. San Pablo es una columna viva para la fe de todo cristiano. Este ardiente apóstol del cristianismo que tanto ayudó a establecer los fundamentos doctrinales de la fe cristiana no tuvo una conversión inmediata cuando cayó del caballo que le conducía a Damasco. Perdida la visión, en el tiempo de reposo, comenzó su paulatino proceso de encuentro con el Dios de misericordia. Hoy, en el día de su conversión, san Pablo me enseña varias cosas.
Me enseña que Dios se hará un hueco en mi vida de la forma más insospechada porque los tiempos de Dios son inescrutables. Como con Saulo de Tarso escogerá al menos esperado para llevar a cabo su obra. No puedo por eso menospreciar a nadie, por muy pecador que sea. Dios puede hacer renacer en el corazón del hombre la bondad de la fe y de la esperanza. Transformar la vida para nacer de nuevo. No depende de uno sino del precioso momento que Dios decida.
Me enseña que, en su infinita misericordia, Dios no abandona nunca. Saulo, azote de los cristianos, no tenía condescendencia con los seguidores de Cristo. El dolor y la persecución herían las esperanzas de los cristianos. Pero de manera prodigiosa, el poder divino de Dios le hizo caer del caballo. Dios interviene siempre para sanar las heridas del alma incluso cuando, en nuestro pecado, parezca que no seamos merecedores de ella.
Me enseña también que Dios derriba siempre a los hombres de los caballos de la soberbia, del orgullo, de la falta de caridad, del amor propio, de la intolerancia, de la falta de generosidad, de la arrogancia, de la avidez por el poder o los bienes materiales para hacernos dóciles a Él y convertirnos en misioneros de su Palabra.
Pero, sobre todo me enseña, que debo ser humilde a la llamada del Señor. Que Cristo quiere llegar a mi pobre corazón y entrar en Él. Quiere que le acepte. Quiere que me llene de su amor y de su misericordia. Quiere que despierte de mi ceguera y me ponga en camino. Quiere que nazca de nuevo. Quiere que le acepte y que deje de ser lo que soy para ser una persona nueva. Quiere que cambie mi manera de pensar, mi forma de actuar y de comportarme, de pensar y de sentir, que modifique mis actitudes con los demás, mi íntima relación con Dios, los deseos profundos de mi corazón. Quiere que en mi corazón se arraigue el Amor. Y, esencialmente, quiere que le experimente de verdad. Quiere que me sienta protagonista de mi propio camino hacia Damasco para darme cuenta que ni soy tan bueno, ni tan piadoso, ni tan servicial, ni tan talentoso ni tan generoso como mi razón pretende hacerme creer. Soy un ser humano al que Dios ama profundamente pero que tiene todavía que comprender el verdadero sentido del Amor. Y, fundamentalmente, hacerlo suyo en lo más profundo de su alma.

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¡Señor, de algún modo por mi ceguera yo también te persigo cuando no amo a mi prójimo y te soy infiel con mis comportamientos pecaminosos! ¡Señor, postrado de rodillas, descabalgado de mi caballo, camino hacia mi Damasco particular a la espera que hagas el milagro de transformar mi corazón para hacerlo más sensible a tu llamada! ¡Derríbame, Señor, del caballo de mi orgullo, de mis ansias de ser reconocido, de mis seguridades mundanas, de mis autosuficiencias de barro, de mi soberbia… para que caído en el suelo y puesto de rodillas pueda preguntarte ¿quién eres?! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, para que no me conforme con lo que soy y lo que tengo sino que aspire a la grandeza y a la santidad! ¡Envíame, Señor, Tu Santo Espíritu para que me ayude a mirar hacia mi interior y darme cuenta de mi pequeñez y mi fragilidad y no me crea un hombre bueno y piadoso! ¡Envíame Tu Espíritu, Señor, para que sea dócil a tu llamada y a un encuentro personal contigo! ¡Quiero experimentar de verdad tu amor, Señor, ese amor tan amoroso, desinteresado y misericordioso! ¡Sáname, Señor, de mi ceguera para que desde la humildad del corazón y la sencillez del alma sea capaz de seguirte siempre! ¡Hoy, como san Pablo, Señor, te entrego mi vida, mi voluntad, mi ser, mi corazón; me entrego enteramente a Ti para que desde mi pequeñez, mi ineptitud,  mi incapacidad y mi insignificancia pueda convertirme en un auténtico apóstol del Evangelio! ¡Ayúdame a ser, Señor, un pequeño instrumento tuyo en este mundo! ¡Y a ti, san Pablo, te pido que te vea como modelo para ver lo que Dios puede hacer con cada uno de nosotros, para como tú dejarme tocar por su gracia y seguir tu ejemplo cuando uno se entrega de verdad a Cristo!

Himno al amor, con las palabras de San Pablo para este día tan hermoso para los cristianos:

Vidas trágicas

Ayer lloré por alguien que apenas conocía. Mejor dicho, sí lo conocía. Lo veía casi cada día en “su” esquina pidiendo limosna. Estaba enganchado a la heroína. Había días que su agrio carácter violentaba a los transeúntes. Otras veces cuando pasabas a su lado y le sonreías te soltaba alguna frase divertida. Seguro que era una buena persona pero su corazón estaba lleno de dolorosas cicatrices.
¡Qué difícil es la vida para algunos! Los caminos de cada persona son complejos pero a medida que transitas por ellos las enseñanzas se multiplican. Están llenos de estrecheces, de obstáculos, de recodos imposibles, de curvas pronunciadas, de polvo molesto, de agujeros en apariencia difíciles de sortear. Cuando camino por estas sendas pienso que no lo hago solo, tengo la plena confianza de que en la etapa final hallaré ese remanso de paz que tanto anhelo. Es verdad que mientras se camina hay que aprovechar la belleza de los paisajes que se presentan en cosas maravillosas que nos suceden o en encuentros agradables con las personas que nos rodean. Esos momentos ofrecen estampas bellas, conversaciones agradables, amistades sinceras, diversiones que alegran la vida. Esos momentos de luz te hacen comprender que hay que contemplarlo desde una mirada trascendente. Hacerlo con el corazón abierto; abierto a la alegría, a la ilusión, a la esperanza, a la confianza. Por eso duele tanto contemplar a tantas personas que ponen freno a su existencia y acaban con ella antes de poner la última palabra en su libro de vida. Haciendo mal uso de la libertad detienen su viaje en la trágica estación de la desesperanza. Me apena pensar que haya tantos que no sean capaces de ver los caminos de la vida como un itinerario que nos lleva hacia una eternidad soñada. Que sus valores, sus principios, su forma de entender la vida esté teñida de un negro chapapote que les impide dar pasos certeros. Vidas marcadas por la tristeza, el dolor, el sufrimiento, las adicciones, la desesperanza… angustias todas ellas que despedazan sus almas para conducirnos a lo más hondo de la desesperación humana.
He sabido de la muerte de este joven por el portero que vigila los despachos donde trabajo. Lo encontraron hace dos noches una pareja de policías en el cajero de enfrente. Entre las drogas y el frío se acabó su vida. Y he llorado su muerte. Y le pido sinceramente a Dios que sea capaz de llevar a tantos corazones rotos luz de esperanza, agua viva en sus almas secas. Que sea capaz de iluminar aquellos espacios de desesperanza donde todo está cubierto de una enorme capa de triste oscuridad. Que ese Dios bueno y misericordioso traiga la paz a tantos corazones rotos que ven en el desierto de la vida solo espejismos de esperanza.

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¡Padre de bondad y misericordia, Tú eres el creador de todos los hombres: de los ricos y de los pobres, de los que tienen abundancia y de los sin techo; de los que no tienen problemas y de los desprotegidos. Y, de los que han nacido en buena cuna y de los desheredados; de los que acumulan riqueza y de los que son herederos de la miseria; de los que tienen fe y de los descreídos; de los que creen en tu misericordia y los que te niegan! ¡Hazte, señor, presente en tantas o armas desgarradas que sufren en este mundo! ¡Para muchos, Señor, el pan nuestro de cada día son sus adicciones, su sufrimiento, la falta de trabajo, la pérdida de la esperanza, la soledad…! ¡Tu, Señor, eres el Dios de los humildes y de los sencillos porque eres un Dios humilde y justo; un Dios que ama, protege, perdona, enseña, levanta, extiende su mano, socorrer, comprende; te ruego por los que nada tienen, por aquellos que sufren la soledad, por los pobres y los que pasan necesidades de todo tipo, ayúdalos y dales la fortaleza para soportar los embates del camino!

En este día escuchamos una pieza del Requiem de Brahms, una de mis obras favoritas, en homenaje a todos aquellos que mueren sin esperanza:

Cristianos auténticos

Un buen amigo me envío hace unos días un video sobre la tolerancia (pincha aquí) que me ha dejado impactado. Una joven creyente (y valiente) afirma abiertamente ante otros estudiantes que cree en Dios. Y, desde ese momento, es infamemente atacada, humillada y ultrajada en su dignidad. Pero no recula, su fe está por encima del descrédito personal.
Los cristianos que afirmamos públicamente nuestra fe, incluso en países de tradición cristiana, resultamos incómodos para muchos: para los que dirigen grandes empresas, para los grupos de opinión, para la prensa, para los que están al frente de organizaciones políticas y ante cualquier grupo humano que no respete la libertad.
Un cristiano auténtico es ante todo tolerante porque cree en el amor de Dios, razón fundamental de su vida. Y ese encuentro con el Amor que ofrece una orientación nueva y otorga un nuevo horizonte a su existencia le une íntimamente con Cristo y a través de Cristo con el prójimo. Por eso en un mundo en que el nombre de Dios es vejado y relacionado con la venganza y el odio el cristiano auténtico lleva en su rostro el amor de Dios que quiere comunicar al cercano.
Un cristiano es alguien incómodo porque defiende siempre la verdad. Un cristiano auténtico no tiene miedo de defender la injusticia desde la tolerancia. No permanece en silencio ante la miseria humana y moral de la mayoría.
Un cristiano auténtico defiende hasta el extremo la verdad porque se esfuerza cada día, con sus imperfecciones y sus defectos, por vivir en ella. Porque, a pesar de sus dificultades y sus miserias, alaba al Dios de la vida y reza por la realidad del mundo en el que vive.
Un cristiano auténtico se muestra incómodo en una sociedad hedonista y materialista porque rechaza con vehemencia la pasividad, porque trata transformar el mundo desde la tolerancia y desde la óptica del Evangelio, porque lucha para que aquellos que viven en el yugo de la desesperanza, de las adicciones, de la intolerancia, del fracaso, de la falta de generosidad, de la intransigencia…se levanten y busquen su liberación por medio de la única verdad que es Cristo.
Un cristiano auténtico no se resigna ante lo que muchos en este mundo tratan de hacernos creer que es lo natural. Porque antepone la sabiduría de Dios a la razón del hombre.
Un cristiano auténtico se abandona siempre en las manos del Padre y no permanece con la boca cerrada cuando la ciencia y la tecnificación de este mundo pretenden hacernos creer que la prosperidad sólo está garantizada desde la realidad humana.
Un cristiano auténtico tiene una fe confiada en que todo lo que sucede va a ser mejor porque está bendecido por las manos de su Creador, que es Dios Todopoderoso.
Un cristiano auténtico no impone su fe ni sus ideas sino que, desde la tolerancia, la comparte con amor convencido de los beneficios que ha recibido de Dios y anhela en lo más profundo de su corazón participar de esta alegría con los demás porque es consciente, por experiencia propia, que el hombre no necesita de condiciones especiales de virtud sino creer en la Verdad que es Jesucristo, el Hijo de Dios. Un cristiano auténtico tiene la responsabilidad de compartir su manera de vivir desde el testimonio veraz, la tolerancia y  la autenticidad.
Un cristiano auténtico es aquel que no se considera mejor que los demás sino que, reconociéndose pecador, trata cada día de ser mejor. Y, aunque muchos no lo consideren digno de tal condición, viéndole actuar, sentir, hablar y comportarse nadie puede negar que es alguien diferente porque es fiel a sus principios y coherente con sus palabras.
Un cristiano auténtico es aquel que, permitiendo que Cristo entre en su vida, hace la vida más bella porque gracias a la amistad con Él experimenta la belleza de las cosas y la libertad del corazón. Y no hay nada más hermoso que comunicar a los otros, pese a la incomprensión que genera, una amistad tan sublime y natural a la vez.
Un cristiano auténtico testimonia lo que implica seguir a Cristo hoy; es cambiar el interior, es no encerrarse en si mismo, es buscar la santidad desde la sencillez de la vida; es poner la verdad y el amor por encima del éxito, del poseer, de la utilidad y de la ganancia. Es tener muy claro que verdad y amor no son valores abstractos sino principios que están al servicio del hombre. Y lo predica desde la tolerancia.
Un cristiano auténtico… Podría hacer una lista interminable. Pero ser cristiano auténtico tiene un precio muy alto. Vivir en cristiano no es fácil. Ni gratuito. Tiene sus consecuencias. Cristo nunca dijo que la salvación del hombre iba a ser sencilla: «Quien no renuncia a todo no puede ser mi discípulo».
La pregunta es franca y directa: ¿Soy un cristiano auténtico? Y si no lo soy, ¿qué me falta para conseguirlo?

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¡Señor, que no me avergüence nunca de ser tu discípulo! ¡Quiere serte fiel siempre, Señor, y someterme a la grandeza de tu señorío, aceptar siempre tu voluntad y que gobiernes siempre mi vida renunciando a las veleidades del mundo! ¡Señor, tu me pides ser santo y me pides fidelidad en medio del mundo! ¡Que Tu Palabra me ilumine siempre, Señor, para conocer tu Voluntad y someterme a ella, para conocer Tus mandatos y proclamarlos sin miedo, para estrechar mi relación contigo y amar y servir a los demás como hizo tu Hijo Jesucristo! ¡Ayúdame, Señor, a que se me reconozca siempre por mis buenos frutos! ¡Pero hoy especialmente, Padre de bondad, que escudriñas los corazones de los hombres y eres el único poderoso y misericordioso, pongo ante ti a los enemigos de los cristianos para que los rescates del poder de la oscuridad y la sinrazón, para que sanes de su corazón las cosas malas, les liberes del odio y del rencor y los llenes de tu paz! ¡Te pido, Dios de bondad, que les hagas conocer las riquezas de seguir a Tu Hijo Jesucristo, para que conozcan todos los tesoros de sabiduría que Tú atesoras, para que muera en ellos todo lo terrenal y abandonen todas maldad, pasión, ingratitud, insultos, ofensas y persecución, para que se conviertan en Hijos tuyos revestidos de compasión, humildad, amor, mansedumbre y paciencia! ¡Hazles, Señor, a través de la fuerza de Tu Espíritu, llegar a conocer y poseer el amor que sientes por ellos y que la paz de Cristo llegue a su corazón y les dirija siempre! ¡Ilumina, Señor, su ceguera, corrige sus errores y vivifica sus almas! ¡A mí, Espíritu Santo, ayúdame a amar a mis enemigos, a bendecir a los que nos maldicen, a hacer siempre el bien a los que nos aborrecen, a orar por los que ultrajan a Dios y a los cristianos, a perdonar a los que nos persiguen!

Hoy escuchamos una bella canción de Andrea Bocelli, Il mistero dell’amore. Para el cristaino el misterio del amor es dar amor porque Cristo está en nuestro corazón. La cantamos hoy con la alegría de perdonar a los que degradan nuestros valores cristianos:

Saborear el encanto de Dios en mi vida

Esta mañana me he levantado con este pensamiento: ¿Cómo es posible que sintiéndome cristiano y creyendo en Dios no me ponga a gritar de felicidad y alegría en cada momento de mi vida? Probablemente porque he sido bautizado con el agua del Bautismo pero me falta estar todavía bautizado con el fuego del Espíritu. Y por eso mi espíritu se queda amortecido ante la gracia de la fe y de mi ser cristiano. Y es que la apatía espiritual merodea con frecuencia mi vida. Me falta más experiencia de Dios. Cumplo sí, con mis prácticas religiosas, pero me falta profundizar más en el conocimiento de Dios. Tener un encuentro más cercano con el Dios vivo, amoroso y misericordioso que me ha dado la vida.
Dios no es un concepto. Dios es Amor. Y el amor necesita ser experimentado. Para conocer a Dios es necesaria la experiencia personal. Permitirle que entre en mi interior y dejarme asombrar por la gracia de su Espíritu. Dios da vida al interior del hombre. Es en el silencio de la oración donde mejor se conoce a ese Dios de amor y misericordia. Es en el silencio de la oración donde surge el encuentro estimulante con el Dios vivo que conforta el corazón, que ilumina el camino y que permite que crezca en cada uno la vida.
Hoy quiero a lo largo del día saborear el encanto de Dios en mi vida. Voy a tratar de acercarme a la fuente de agua viva y beber del Espíritu para que fluya en mi, sacie mi sed y se convierta en una caudal que inunde mi interior.

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¡Alabado seas por siempre mi Señor! ¡Alabado y glorificado seas! ¡Gracias, Señor, porque estoy edificado en el fluir del río de agua viva que eres Tú! ¡Creo en Ti, Señor, y deseo fervientemente que entres en mi corazón para saciar la sed, para que me llenes de tu amor y tu misericordia y del evangelio de la vida! ¡Permíteme, Señor, que el agua de vida corra en mi interior! ¡Hazme disponible a los demás, en todo momento y en todo lugar! ¡Padre de bondad, en este día pongo ante Ti mi voluntad y mi pobre corazón; te pido a cambio, Buen Dios, que actúes sobre todas mis palabras, mis obras y mis pensamientos! ¡Sostenme, Padre, para que en ningún momento algo que diga, que haga o que piense te desea desagradable! ¡Ayúdame a que cada momento de este día esté consagrado a Ti y tenga presente el Amor Santo y Divino que me tienes a mi y a todos los hombres y mujeres de este mundo! ¡Y Padre, Tu que eres amor infinito, vuelca toda Tu Misericordia sobre cada una de mis necesidades que son muchas!

Disfrutamos hoy del motete Sei Lob und Preis mit Ehren, BWV 231 (“Que sea alabado con gloria y honor) de J. S. Bach: