Sí, Señor, santificado sea tu nombre

«Santificado sea tu nombre». Me he detenido en estas primeras palabras del Padrenuestro porque no caemos en la importancia que tiene pronunciarlas cuando el nombre de Dios es continuamente despreciado por tantos y con tanta frecuencia en nuestras sociedades. Me he propuesto este año conocer más al Padre, tratarlo más y darlo a conocer así como a Jesús. Desde la intimidad con Dios nace y se desarrolla nuestra vida.
Cuando santifico el nombre de Dios, y lo hago con el respeto y la devoción debida, en realidad le estoy diciendo lo mucho que le amo: «Sí, Señor: ¡santificado sea tu nombre!».
Cuando santifico el Nombre de Dios hago una declaración de principios. Lo coloco en el lugar que merece, por encima de cualquier cosa creada; revelo su divinidad; reconozco su santidad y su omnipotencia; ensalzo su hermosura; honro su grandeza y su misericordia; me maravillo por las gracias y los dones con las que nos obsequia; canto sus bondades; me inclino ante su majestad… «Sí, Señor: ¡santificado sea tu nombre!».
Cuando santifico el Nombre de Dios reconozco su ternura, su generosidad, su amor infinito, su gran misericordia. Es Él quien me lo ha dado todo: la vida, mi familia, mis virtudes, mis capacidades, mis dones, mi libertad, me fe, mi esperanza… La mía y la de todos los que me acompañan. «Sí, Señor: ¡santificado sea tu nombre!».
Cuando santifico el Nombre de Dios le estoy dando gracias por la entrega generosa de su Hijo que puedo vivenciar cada día en el misterio extraordinario de la Eucaristía. «Sí, Señor: ¡santificado sea tu nombre!».
Cuando santifico el Nombre de Dios le doy gracias por la generosidad de darnos a María, la que mejor supo glorificar a Dios en la Anunciación y en el canto del Magnificat. «Sí, Señor: ¡santificado sea tu nombre!».
Cuando santifico el Nombre de Dios me uno al coro celestial que, desde la gloria de Dios, entonan su alegre Sanctus cotidiano. «Sí, Señor: ¡santificado sea tu nombre!».
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¡Sí, Señor: santificado sea tu nombre porque Tú por encima de todo eres santo! ¡Santíficate en mi, Padre, es la petición de esta alma pequeña! ¡Ven a mi para que mi camino a la santidad esté apoyado en tu santidad infinita! ¡Envíame tu Espíritu, Padre, para que me ilumine, me purifique, me transforme, me lave! ¡Señor, que mi vida sea un camino de alabanza a ti, de agradecimiento por todas las cosas que haces por mí que tanto me ayudan a crecer cada día a pesar de mi miseria y de mi pequeñez! ¡Ayúdame, Señor, a darte gloria y agradarte siempre con mis palabras, mis pensamientos, mis sentimientos y mis gestos! ¡Señor, son muchos los dones, a las gracias y los regalos que me has hecho sin merecerlo y no puedo más que darte gracias y alabarte por haber sido tan generoso y tan bueno conmigo! ¡Gracias, Señor, por tu amor y misericordia! ¡Por el amor de mi familia, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por mis amigos, por mi grupo de oración, por mis compañeros de trabajo, por mis benefactores, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por las maravillas que puedo contemplar cada día, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por el regalo de la vida, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por el don de la fe y mi pertenencia a la iglesia católica, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por las dificultades que voy encontrando en el camino algunas resueltas y otras complicadas de solventar, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por las veces que me ensalzado y aplaudido y también por las que me han vejado, humillado y despreciado, Señor: santificado sea tu nombre!  ¡Por las veces que te veo en el otro, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por las capacidades y las virtudes que me has dado y por los defectos que tienen que ser corregidos, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por tu generosidad de morir en la cruz por la redención de nuestros pecados, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por mi trabajo y por el pan nuestro de cada día, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por tu gran misericordia al perdonar mis miserias y mis pecados en el sacramento de la Reconciliación, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Porque nos has dado a José, el padre adoptivo de Jesús y a María, Madre de la Misericordia y del Amor, a los que puedo acudir cada día para que interceda ante Ti, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Señor: santificado sea tu nombre cada instante de mi vida y de todos los seres humanos que han sido creados por la ternura de tu amor generoso!
Una curiosidad musical para acompañar la meditación de hoy, el Padrenuestro en arameo, la lengua con la que Cristo nos transmitió la oración:

 

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