Espejos de Dios en el mundo

Los ecos de la Navidad quedan ya en el recuerdo. Los signos externos -la corona de Adviento, el árbol, la decoración navideña, los turrones, los villancicos, los regalos…- han pasado. Permanece tan solo la luz del Niño Dios en nuestro corazón.
En Navidad los cristianos hemos celebrado el misterio más importante de nuestra fe. Hemos confesado que Jesús es Hijo de Dios. Con todo lo que significa creer que un hombre -un hombre como nosotros- ha devenido la grandeza de la finitud de Dios y que estamos llamados a participar de este hecho extraordinario. Como cristianos lo que nos permite participar precisamente de esta vida divina es el sacramento del Bautismo que ayer recordamos. La Navidad solo tiene sentido acabarse con el compromiso que cada uno como cristiano ha adquirido, el de ser testimonio de Cristo en medio del mundo, de la palabra de Jesús y de su vida en nuestra propia vida.
El gran misterio de la Encarnación, el misterio del Hijo de Dios hecho hombre, continua en cada uno de nosotros como cristianos. Hemos de llevar la esperanza de un cielo nuevo y una tierra nueva al corazón de los hombres y mujeres de buena voluntad que nos vayamos encontrando por el camino. Somos el espejo de Dios en medio del mundo porque somos seguidores de Cristo y hemos de procurar que nuestra vida se parezca los más posible a la vida de Jesús. Estamos llamados a que el misterio de Navidad se haga  realidad en la vida de cada día. Para los cristianos eso solo es posible no por nosotros mismos que somos débiles y estamos llenos de pecado, sino por la fuerza del Espíritu Santo, por la presencia de Dios en nuestra vida. Una presencia que todos hemos adquirido por el Bautismo.
Como cristiano debo adquirir el compromiso de que esta realidad se haga presente cada día, al menos en nuestra propia vida. Que cada uno de nosotros se convierta en un alter christus, otro Cristo. Que llevemos a los demás la esperanza y la ilusión al corazón de aquellos que están cerca nuestro. Hemos apagado las luces del árbol de Navidad. Ahora somos nosotros la luz del Niño Dios en Belén que ilumina el mundo. En nosotros los demás deben ver quien es Cristo porque a Cristo lo tienen que ver la coherencia de nuestra vida como cristianos. El compromiso es vivir como Jesús nos ha enseñado. Llevar la Navidad a la vida de cada día. Salir hoy al mundo, después de las fiestas de Navidad, convencidos de que somos la voz, los ojos, las manos, los pies y el corazón de Jesús en medio del mundo. Ser cristianos para vivir la vida de Jesús de manera real y efectiva. ¡Y eso solo depende de mi y de mi compromiso! ¡Qué gran tarea nos has encomendado, Niño Dios! ¡Qué gran tarea!

orar-con-el-corazon-abierto

¡Envía tu Espíritu sobre mí, Señor, porque si Ti no hay posibilidad de que mi vida brote con alegría! ¡Envía tu Espíritu, Señor, sobre esta pequeña alma porque sin tu presencia en mi vida no tengo fuerzas y me invade la incertidumbre! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que la rutina no se convierta en mi compañera de viaje y porque donde no estás Tu no puede haber verdad! ¡Señor, necesito que me envíes tu Espíritu que transforma el corazón y lo capacita para la entrega y el amor! ¡Necesito, Señor, que me envíes tu Espíritu para transforme mi alma y la llene de los dones de sabiduría e inteligencia, de consejo e fortaleza, de conocimiento y temor de Dios, para alcanzar la santidad que tanto anhelo! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, sobre mi para que no tema ser un auténtico seguidor tuyo, para que no me deje seducir por las tentaciones mundanas y me comprometa a vivir conforme al Evangelio! ¡Envíame, Señor, tu Espíritu que todo lo sabe, todo lo sugiere y todo lo muestra! ¡Ese mismo Espíritu, Señor, que ha transformado a tantos hombres y mujeres y que hace fuerte la debilidad y rico el testimonio de amor, de entrega y de generosidad! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que transforme por completo mi corazón y lo haga receptivo a tu Palabra y tus mandatos y hacerme así más disponible, más entregado, más fiel y más comprometido! ¡Señor, que mi vida sea una Navidad constante, que nazcas cada día en mi corazón, que sea verdaderamente tu voz, tus manos, tus pies, tus ojos y tu corazón! ¡Ayúdame, Señor, a caminar contigo y darme siempre a los demás como lo harías Tú!

Acompaña hoy la meditación el motete de Anton Bruckner, Os Justi Meditabitur, WAB30, que en silencio contemplativo me ha servido esta mañana para ponerme en oración:

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