Alegría por el bien

El bien es algo intrínseco de Dios. Nace de Él y a Él lleva. ¿Por qué nos cuesta entonces tanto alegrarnos del bien? ¿Por qué resulta tan difícil sentirse alegres por el bien ajeno cuando no nos afecta a nosotros? La alegría por el bien debería ser una constante en nuestra vida. Alegría por el bien con el que Dios nos obsequia; alegría por el bien que ofrece a los demás por medio de nuestras obras o palabras; alegría por el bien de otros que caen como una bendición en nuestras manos; alegría por el bien que unos generan con los otros; alegría cuando algo que considero justo para mi ni siquiera puedo disfrutarlo. ¡Esta sí que es la alegría más difícil!
Si hay algo propio de Dios es hacer el bien desde la apariencia de la nada. Sin embargo, nosotros hacemos buenas obras y esperamos que nos las reconozcan. Servimos para ser agradecidos. Nos ofrecemos para que nos aplaudan. Pero, ¿cómo me quedo cuando otros son más lisonjeados, alabados, aclamados, aplaudidos, reconocidos, consultados, aceptados, preferidos… y a mí se me aparta, no se me reconocen mis méritos, mis ideas se las apropian otros, mis buenas obras las monopolizan quienes menos lo merecen, lo conseguido es gracias a mí pero no me lo valoran o ese que menos ha hecho se lleva el reconocimiento que a mí me correspondería?
Si fuera verdaderamente auténtico no me importaría que tanto fruto maduro cayera de mis manos para que otros gocen de él porque hay alguien en lo alto que lee en lo más profundo del corazón. Y de una manera u otra me lo premiará.

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, tú nos quieres alegres y confiados, que seamos una fuente de alegría y esperanza, que nos alegremos de nuestros bienes y de los bienes que reciben nuestros prójimos! ¡Ayúdame a agradecerte siempre todo lo que recibo de ti aunque en ocasiones no lo entienda! ¡No permitas que el demonio aproveche mis estados de ánimo más débiles para tentarme y apartarme del bien! ¡Señor, tú sabes que al demonio le agrada vernos desesperanzados, tristes y abatidos por el infortunio de su tristeza eterna! ¡Ayúdame a combatir siempre la falta de alegría! ¡Ayúdame, Señor, a ser humilde, desconectándome de tantas cosas que me apartan de la verdad, de las cosas que tanto me apegan a este mundo! ¡Ayúdame a vivir siempre en la humildad y en la pequeñez de las cosas! ¡Ayúdame a darme cuenta, Señor, que es solo ante ti que me siento pequeño pero que cuando me enfrento al mundo voy pisando fuerte, reclamando reconocimientos y aplausos, sin reconocer mis limitaciones y mis defectos, sin aceptar mis faltas y mis errores! ¡No permitas, Señor, que no brille la humildad en mi vida! ¡Dame, Espíritu Santo, la gracia de mantenerme siempre alegre incluso en los momentos de los abandonos, los desprecios, los halagos a los otros, los olvidos a mi persona y mis éxitos, a las indiferencias por mis logros y hacerme sentir contento cuando no destaco frente a los demás! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a pensar menos en mí y más en los demás sin importarme lo que se diga de mi! ¡Dame, Espíritu divino, un corazón sencillo y humilde, paciente y agradecido, sereno y bondadoso; en definitiva, un corazón como el del mismo Cristo!

De J. S. Bach escuchamos hoy su motete  Komm, Jesu, Komm BWV 229 (Ven, Jesús, ven):

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