Unido a la Cruz en el Rosario

La Cruz está muy presente en el rezo del Santo Rosario. Nos persignamos al comenzar la oración, se encuentra en el decenario y la mayoría de sus misterios están muy relacionados con la cruz. Se convierte así este signo en el misterio central de esta hermosa oración mariana. Y lo es, también, porque la cruz como elemento crucial del cristianismo es la elección de Dios para Cristo y para todo cristiano. Haciendo la señal de la cruz unimos el corazón con los designios salvíficos de Dios con su Hijo amado en su dimensión vertical y, en la horizontal, es Cristo quien nos abraza con amor eterno.
Unido a la Cruz -es desde allí donde Cristo nos salvó- es como mejor siento el rezo del Rosario. Camino con Jesús y con María, pero la guía es la cruz porque con ella inicio la oración y con ella la termino. Y mientras voy pasando las cuentas del Rosario, la cruz preside el decenario. No tiene para mí esta cruz un valor meramente decorativo sino un valor de contemplación. Contemplar la Cruz de Cristo que me muestra mi camino como cristiano, el signo que me identifica como seguidor del Señor, que marca mi liberación del pecado y me muestra el profundo amor que Dios siente por mí y por todos sus hijos.
Rezo los misterios del Rosario, interiorizo cada pasaje, y contemplo la Cruz. Siento así la fuerza salvífica que tiene para mi camino hacia la santidad que tanto anhelo y que tanto esfuerzo me cuesta por mi miseria y mi pequeñez. El camino hacia la santidad siguiendo las huellas de Jesús no es sencillo pero se puede lograr con la ayuda inestimable de Dios y su gracia.
La eficacia salvífica que tiene la Cruz está representada en la fuerza del Santo Rosario, pues tiene a María como valedora e intercesora. A través del corazón de María tomo el mejor atajo para llegar al corazón de Jesús. Cristo no rechaza nunca nada que venga de Ella. ¡Que no olvide nunca, María, darte las gracias por tantas gracias que me han llegado de Ti después de habértelo suplicado en el Santo Rosario!

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Hoy mi oración son las letanías del Rosario porque son las más bellas invocaciones que podemos hacer a la Madre de Dios. Con ellas empezamos las invocaciones que tomamos de las letanías de los santos, le damos la consideración de Madre, de Virgen, la aclamamos con los títulos de origen bíblico y le pedimos ayuda y consuelo. Y todo ello rematado con el humilde «Ruega por nosotros» para lograr ante Jesús su gracia mediadora:

Señor, ten piedad
Cristo, ten piedad
Señor, ten piedad.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Dios, Padre celestial,
ten piedad de nosotros.

Dios, Hijo, Redentor del mundo,
Dios, Espíritu Santo,
Santísima Trinidad, un solo Dios,

Santa María,
ruega por nosotros.
Santa Madre de Dios,
Santa Virgen de las Vírgenes,
Madre de Cristo,
Madre de la Iglesia,
Madre de la divina gracia,
Madre purísima,
Madre castísima,
Madre siempre virgen,
Madre inmaculada,
Madre amable,
Madre admirable,
Madre del buen consejo,
Madre del Creador,
Madre del Salvador,
Madre de misericordia,
Virgen prudentísima,
Virgen digna de veneración,
Virgen digna de alabanza,
Virgen poderosa,
Virgen clemente,
Virgen fiel,
Espejo de justicia,
Trono de la sabiduría,
Causa de nuestra alegría,
Vaso espiritual,
Vaso digno de honor,
Vaso de insigne devoción,
Rosa mística,
Torre de David,
Torre de marfil,
Casa de oro,
Arca de la Alianza,
Puerta del cielo,
Estrella de la mañana,
Salud de los enfermos,
Refugio de los pecadores,
Consoladora de los afligidos,
Auxilio de los cristianos,
Reina de los Ángeles,
Reina de los Patriarcas,
Reina de los Profetas,
Reina de los Apóstoles,
Reina de los Mártires,
Reina de los Confesores,
Reina de las Vírgenes,
Reina de todos los Santos,
Reina concebida sin pecado original,
Reina asunta a los Cielos,
Reina del Santísimo Rosario,
Reina de la familia,
Reina de la paz.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
escúchanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
ten misericordia de nosotros.

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

ORACIÓN.
Te rogamos nos concedas,
Señor Dios nuestro,
gozar de continua salud de alma y cuerpo,
y por la gloriosa intercesión
de la bienaventurada siempre Virgen María,
vernos libres de las tristezas de la vida presente
y disfrutar de las alegrías eternas.
Por Cristo nuestro Señor.
Amén.

Un Salve Regina para honrar a María:

Hablar cuando conviene, callar cuando más conviene

Reconozco humildemente que, en más de una ocasión, he hablado más de la cuenta. Que esas palabras han podido herir a alguien. La oración y las experiencias de la vida me han ido demostrando que es importante aprender a callar. Valorar el silencio de las palabras. No se trata simplemente de permanecer callados, sino de gestionar bien lo que se dice, como se dice y cuando se dice. Y que esas palabras estén impregnadas de verdad y de bondad. Hablar cuando conviene, callar cuando más conviene.
La clave fundamental es la prudencia interior, que surge de un corazón orante. Desde la prudencia es más sencillo evitar hablar sin pensar lo que se va a decir; se evita así que de la boca vayan surgiendo palabras que no se han reflexionado previamente, y se evita decir o dañar a la persona que tenemos delante o de la que hablamos. Se evita malinterpretar lo que decimos por la forma como lo decimos. Pero esa prudencia también nos otorga la valentía de hablar cuando todo el mundo calla para defender a alguien o una verdad que se pretende ocultar porque callando se pierde la ocasión de favorecer el bien.
Un corazón orante, un corazón que es capaz de ponerse en presencia de Dios, sumiso a la voluntad del Padre, abierto a la gracia del Espíritu, capaz de ver en todos los acontecimientos la actuación de Cristo en su vida, es un corazón capaz de dominar su interior; habitualmente lo que uno manifiesta hacia fuera es lo que almacena en su interior.
Un corazón orante ayuda a no vivir de apariencias externas, que únicamente pretenden generar un buenismo exterior y buscar el aplauso y el reconocimiento de los que le rodean. La vida interior ayuda a llevar un verdadero camino de autenticidad desde lo profundo del corazón.
Y es aquí cuando te das cuenta lo mucho que tienes que aprender de Cristo. Lo mucho que tienes que recurrir al Espíritu Santo para que te inspire siempre lo que debes pensar, lo que debes decir, cómo debes decirlo, lo que debes callar, cómo debes actuar, lo que debes hacer, para gloria de Dios, bien de las almas y tu propia Santificación. Pero también agudeza para entender, capacidad para retener, método y facultad para aprender, sutileza para interpretar y gracia y eficacia para hablar. Ese hablar cuando es imprescindible, y no abrir la boca cuando no es necesario. Saber hacerlo así es saber caminar con libertad interior y con una vida verdaderamente auténtica.
Hoy me fijo especialmente en los silencios de Jesús. Las veces que pudo hablar y calló. Cristo me enseña que el silencio en el hablar es también un maravilloso camino que me ayuda a crecer en virtud.

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¡Señor, te pido que me ayudes a aprender de tus silencios! ¡Callaste, Señor, ante la apatía de tus discípulos; callaste ante las burlas de tus acusadores, callaste ante las falsas acusaciones y ante el juicio injusto al que fuiste sometido! ¡Padre Dios, Tú creaste el mundo desde el silencio, desde la calma y la prudencia y es desde ese silencio desde donde la naturaleza crea todo tu esplendor! ¡Enséñame, Señor, el valor del silencio para cuando hable no corra el riesgo de pronunciar palabras erróneas y cosas equivocadas! ¡Dame la sabiduría, Señor, de aprender a hablar y aprender a callar! ¡Ayúdame a hacer más oración para que mi alma reciba en el silencio la fuerza de tu luz y me ilumine luego en mis palabras, en mis pensamientos y en mis sentimientos! ¡Y a Ti, Huésped del Alma, entra en mi corazón para que éste exprese siempre sentimientos hermosos y palabras amables!¡Elimina, Espíritu divino, cualquier asomo de crítica y por medio de tu gracia lléname siempre de actitudes indulgentes y amorosas! ¡No permitas, Espíritu divino, que sea yo siempre el complacido sino convertirme en el siervo de los demás tratando de complacerles siempre de palabra y de obra! ¡Dame, Espíritu de Dios, la virtudes de la humildad y el amor para que, como hizo Cristo, nunca juzgue a los demás!

Quebrando tu silencio, cantamos hoy:

No hay lugar más elevado que estar a los pies de la Cruz

Ayer, al finalizar la misa, una pareja joven se pone de rodillas ante un crucifijo de gran tamaño situado en una capilla lateral. Ella se acerca a los pies llagados de Jesús y los besa amorosamente. Luego lo hace él y juntos musitan una oración que deseo hacer mía porque, aunque no los escucho, observo su ferviente devoción al Cristo crucificado. Hay abrazos y besos que tienen un gran poder de sanación, de curar heridas, de ahuyentar desasosiegos, de calmar pesares, de aminorar desesperanzas… hoy lo he sentido en estos dos jóvenes.
El amor auténtico puede vestirse de innumerables maneras; en ocasiones es una mano apoyada en el hombro, un abrazo cálido, una sonrisa cómplice, una palabra que llega al alma, un beso sencillo… Pero no siempre todas estás formas están teñidas de autenticidad.
El ejemplo clave es ese beso crucial en la historia de la humanidad que se dio en una mejilla. Un beso que marcó la historia de la Salvación. Es el beso de una traición, un beso repleto de falsedad, de rencor, producto de la avidez, de la hipocresía… es el beso trágico que entregó a Cristo para ser condenado a la muerte en la Cruz. Juzgamos con pesar tan traicionero beso. Lo juzgamos como juzgamos tantas cosas en nuestra vida, sólo sabemos ver como aquel beso mancilló una amistad que se sustentaba en el amor fraterno. La deslealtad de Judas, en la oscuridad de la noche, ha quedado grabada en la impronta de la historia y en la de los propios corazones de los cristianos. Convirtió la belleza de un gesto repleto de hermosura en uno de los actos más despreciables que ha conocido el género humano.
El beso es como un diálogo que transmite amor, ternura, compromiso, afecto, búsqueda, cariño, complicidad… Judas, en su sinsentido, le puso el sello de la traición y la deslealtad. Y eso nos ocurre muchas veces a todos. De manera consciente o inconsciente también nosotros dejamos la impronta del amor «aparente» cuando, en realidad, en lo más profundo de nuestro corazón los sentimientos que anidan son otros generando dolor, tristeza, insatisfacción o amargura en el receptor.
Tras aquel beso trágico hay una enseñanza. Nadie puede dar lo que no tiene. Y en el caso del amor uno solo puede dar amor si está lleno de él. Quien no tiene amor verdadero, tampoco puede donar un amor auténtico.
En este día mi sentimiento es muy intenso. Te ves reflejado en algunos actos de tu vida en el beso de Judas, pero también en la devoción ardiente de estos dos jóvenes que colman de besos amorosos los pies de Cristo, como hizo aquella mujer pecadora del Evangelio. Hoy me pongo a los pies del Señor y trato de besarle sus pies llegados con devoción manifestándole lo mucho que necesito de su gracia, de su amor, de su perdón y de su misericordia. No hay lugar más elevado que postrarse a los pies de la Cruz.

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¡Señor, hazme dócil siempre a la bondad y las buenas intenciones de corazón! ¡No permitas, Señor, que utilice tu amor en mi contra! ¡No permites que te bese como hizo Judas, Señor, porque soy tu amigo, te quiero y te necesito! ¡Señor, el beso de Judas fue intencionado y meditado, apoyado en su propia seguridad! ¡Señor, ¿cuántas veces me apoyo en mis propios medios y no pierdo la confianza en que Tú me sostienes?! ¡Señor, al igual que Judas yo nunca estoy dejado de tu mano, más al contrario hasta el último suspiro luchaste para acercarlo a tu corazón con los lazos de tu amor infinito! ¡Perdón, Señor, porque cada vez que peco te estoy besando como Judas; cada vez que trato de hacer mi propia voluntad, te beso como Judas; cada vez que no doy amor a mis semejantes te estoy te beso como Judas! ¡Señor, te beso los pies derramando mis lágrimas, me rindo ante Ti que eres el único que puede perdonar mis pecados! ¡Me postro ante Ti, Señor, con toda mi humildad y mi pequeñez para reconocerte mi pobre condición y mi gran necesidad de Ti! ¡Envíame la gracia de tu honra, Señor, que no merezco¡ ¡Hay algo, Señor, que te quiero agradecer: cuando más comprendo tu perdón, tu amor y tu misericordia más grande es el amor que siento por Ti! ¡Gracias, Señor, porque hoy me invitas a mirar hacia adelante, a vivir de la esperanza en Ti, a hacer grande mi pequeña vida, a renovar mi amor por Ti, a mirarme menos a mi mismo y a aprender a confiar más en Ti que me amas con amor eterno! ¡Que mi amor por Ti, Señor, tenga siempre la frescura del primer amor!

Hoy le cantamos al Señor esto tan bello de «A tus pies arde mi corazón/ A tus Pies entrego lo que soy / Es el lugar de mi seguridad»

Cristianos unidos

En mi ciudad hay una pequeña capilla donde se reúnen a orar los fieles de la Iglesia Ortodoxa. Hace unos días estuve para participar en una de sus ceremonias, llenas de cánticos y de fe. Hoy comienza la Semana de Oración por la Unidad de los cristianos que evoca la oración de Cristo para sus discípulos: «para que todos sean uno; para que el mundo crea».
Los ortodoxos veneran sus iconos hermosos pintados con las manos de la fe que se iluminan, en la oscuridad de sus templos, por infinidad de velas. Se lo comento al padre que guía a la comunidad. Y me explica los motivos.
En primer lugar porque la fe es la luz y la luz de la lámpara recuerda que Cristo ilumina las almas de los hombres. Y es verdad, ya lo dijo Cristo: «Yo soy la luz del mundo». Pero también para recordarnos el carácter radiante del Señor o del santo ante cuyo icono la lámpara ilumina su rostro porque todos los santos son «hijos de luz». Otro hermoso motivo es el de servir de reproche por los actos oscuros, los malos deseos o pensamientos y por el deseo de cumplir los mandamientos del Salvador. Y me recuerda lo que dice san Mateo: «Brille tu luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras».
La lámpara es también un pequeño sacrificio a Dios, que se entregó por completo como sacrificio por el ser humano y como un pequeño signo de gratitud y amor radiante por Él, a quién el hombre acude para pedir en oración por la vida y la salud humana y espiritual, la salvación, y todo lo que sólo el amor celestial ilimitado puede otorgar.
También para que el terror golpee a los poderes malignos que tantas veces asaltan al ser humano, incluso en el momento de la oración, alejando los pensamientos del Creador. Los poderes malignos aman las tinieblas y tiemblan en cada luz, especialmente cuando ésta viene de Dios. Además, esta luz despierta el corazón del desinterés. Así como el aceite y la mecha arden en la lámpara, sumisos a la voluntad del hombre, también nuestras almas arden con la llama del amor en todos nuestros sufrimientos, siempre sumisos a la voluntad de Dios.
Las velas también se encienden para mostrar que una lámpara no puede encenderse sin la mano humana, también el corazón, la lámpara de vigilancia interior, no se puede encender sin el fuego santo de la gracia de Dios. Cualquier virtud, después de todo, es sólo material combustible pero el fuego que las inflama proviene de Dios.
Y, finalmente, para recordarnos que el primer acto del Creador del mundo fue crear la luz y, a continuación, y en su debido orden, todo lo demás.
Y pienso que así debe ser también al comienzo de nuestra vida espiritual, de modo que antes de todo, la luz de la verdad de Cristo brille dentro de mí. De esta luz de la verdad de Cristo subsecuentemente cada buena acción será creada, brotará en mi y crecerá en mi interior.
¡Que la Luz de Cristo nos ilumine siempre!

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¡Padre, te glorificamos, te adoramos y te bendecimos porque nos transmites los dones espirituales que son necesarios para crecer en la fe, en la esperanza y en el conocimiento de Cristo Tu Hijo! ¡Te pido, Padre, que me ayudes a convertirme en un testimonio tuyo, a ser signo de abundancia, de amor, de misericordia y de paz! ¡Te pido que me ayudes a llevar los dones de tu reino a todos aquellos lugares donde haya incerteza, sufrimiento y dolor! ¡Lléname de tu Espíritu, Señor, para que en nombre tuyo haga llegar tu mensaje a todas las personas que se crucen en mi camino! ¡Quiero rezarte hoy, Padre, por la unidad de todos los cristianos! ¡Te pido Padre, que restaures la unidad de todos los que confesamos a Tu Hijo Jesucristo como Señor y Salvador del hombre! ¡Te pido, Padre, que envíes tu Espíritu para fortalecernos y apoyados en nuestra debilidad seamos capaces de caminar juntos! ¡Tu Padre, eres el Dios de la misericordia, haz que tu Espíritu vivificante llene nuestros corazones para que se eliminen todas las barreras que existen, desaparezcan las incertidumbres y los recelos, que paren todos los odios existentes y que todos los fieles, una vez hayan sanado las diferencias y las divisiones, podamos vivir en paz y en amor! ¡Te pido Padre, que siguiendo a Tu Hijo Jesucristo, seamos capaces de rezar con el corazón abierto por la unión de los cristianos y en nuestra propia Iglesia, para que pongas fin a todos sus sufrimientos y la reúnas en la unidad con el fin de que se convierta en una morada que sea luz para toda la humanidad! ¡Dios de amor, la Iglesia es la morada santa, haz que sea santa para todos sus habitantes! ¡Y a ti Jesús, que eres nuestra paz y nos reconciliaste con Dios en un único cuerpo por la cruz, que la paz esté siempre entre nosotros! ¡Somos tus embajadores en la tierra, Señor, haz que nuestras obras estén cargadas de reconciliación, paz y unidad!

Y os dejó con un bello canto de la Iglesia Ortodoxa que invita a la meditación interior y a abrir el corazón:

 

La humildad es… mezquindad

Me comentaba ayer un especialista en marketing que en nuestra sociedad hay que llegar con mensajes contundentes, que presentarse desde de la humildad es signo de debilidad, pequeñez, limitación. Vamos, lo opuesto al éxito que tanto se anhela.
Lamentablemente, en nuestras sociedades muchos identifican el concepto de humildad unido al fracaso. Y, así, se desestima el valor de las personas. Se menosprecian sus cualidades. Hoy, la humildad se considera unida a la carencia de habilidades y dones. Ser humilde no es un elogio, es una mezquindad. Así se estructura la sociedad y así nos la venden los medios. No está bien visto reconocer que uno carece de determinadas virtudes, que no posee determinadas habilidades, que su pericia está en esta o aquella actividad y no en otra, que los demás son mejores que uno. El humilde causa hilaridad y descrédito.
Pero el humilde no es aquel que niega sus cualidades, ni el que se menosprecia. Humilde es aquel que camina en la verdad. El que es capaz de reconocer como es. El que acepta sus cualidades y sus defectos, su dignidad de Hijo de Dios, su pobre condición humana y trata de crecer cada día, potenciando sus destrezas y corrigiendo sus fragilidades.
Humilde es aquel que asume los dones que tiene. Reconoce  su valor, los acepta, los cultiva, los hace crecer y da gracias a Dios por ellos. Y los conserva en lo profundo del corazón. No alardea de ellos, ni espera el reconocimiento ni el aplauso mundano. Humilde es aquel que administra esas cualidades como una responsabilidad adquirida de Dios. Pero al mismo tiempo es capaz de reconocer sus errores y sus carencias. Los asume con capacidad de cambiarlos, no hundiéndose en el cenagal de la tristeza y en las aguas movedizas de la excusa sino en el saberse pequeño, frágil y limitado. Esa es la manera más sencilla de llegar al corazón de Cristo.
La humildad es estrecha compañera de la autenticidad. Sin verdad no es posible avanzar en la vida. Y el referente de la Verdad es Cristo, la luz que guía cada uno de nuestros pasos. Un hijo digno de Dios debe ser, ante todo, humilde. ¡Cuánto tengo que trabajar desde hoy esta sublime virtud para caminar hacia la santidad!

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¡Señor, te pido que me regales la alegría que surge de la humilde adhesión a tu santa voluntad! ¡Muéstrame, Señor, Tu humildad, la de Tu Hijo y la de Tu Madre!  ¡Hazme ver tu rostro, Señor, para que al mirarte sea capaz de sentir mi pequeñez y mi nada; para ser consciente de que busco siempre halagos, reconocimientos, aplausos y felicitaciones y me olvido de ser humilde y sencillo! ¡Hazme, Señor, reconocer mis virtudes sin darlas a conocer y mis defectos para cambiarlos! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que transforme mi corazón porque solo un corazón humilde lo espera todo de Ti, y Tu, Dios de bondad, acudes a mi encuentro! ¡Quiero, Señor, acercarme cada día a Ti para ser más humilde porque cuando más lo sea más cerca estaré de tu corazón! ¡Señor, cuánto me cuesta reconocer que la humildad es la respuesta a la experiencia de tu presencia en mi vida! ¡Señor, hazme comprender que la humildad es el reino de Tu Corazón en mi porque Tú amas al humilde, a los pequeños y a los débiles! ¡Ayúdame a ser pequeño, muy pequeño, para ganar mi alma para Ti y ganar también almas para el cielo! ¡Ayúdame, Señor, a regar el árbol de la humildad para que mi vida no se seque con el orgullo y la soberbia! ¡Señor, ayúdame a servirme de mis miserias para crecer humana y espiritualmente! ¡Que mi alegría, Señor, sea permanecer en la sombra, ocultarme y humillarme! ¡Señor, no soy más que una criatura creada por Ti, imperfecta, necesitada, que cae una y otra vez, pero Tu me amas, me redimes y me llamas a dar frutos! ¡Ayúdame, Señor, a vivir cara a Ti y no de cara a los demás! ¡Señor, sin Ti no soy nada y todo te lo debo a Ti! ¡Gracias, Señor!

Del compositor Felipe Anerio disfrutamos hoy de su bellísimo motete Christus Factus Est:

No necesito más que sentir tu compañía

Me vienen a la memoria los últimos días de mi padre. Parecía un cáncer que se extendió por su cuerpo con saña y a una velocidad de vértigo. El desenlace fatal era irreversible. Antes de llevarlo al hospital, tres días antes de partir a la casa del Padre, le visitaba cada día. Me sentaba en un rincón de su habitación. Cuando estaba despierto y lúcido, que eran pocas veces, siempre le preguntaba: «¿Papá, necesitas algo? ¿Quieres un vaso de agua? ¿Estás bien?». Siempre ladeaba la cabeza y, en esos momentos que sus ojos abiertos buscaban mi voz, le contaba algo que acogía con una sonrisa, le rezaba en voz alta el Rosario o le leía alguno de los libros que tenía junto a su mesita de noche y que la enfermedad le había impedido terminar.
Un día, tras mis preguntas de rigor, me contestó con su voz cansina: «no necesito nada más que sentir tu compañía». Lo que mi padre realmente apreciaba era algo tan sencillo como senti la presencia de los seres que tanto quería.
Me ha venido hoy esta imagen cuando pienso que el Padre me llama a estar siempre en su presencia. Organizamos en nuestras parroquias, grupos y comunidades actividades pastorales y religiosas en las que ponemos todo nuestro empeño y nuestra dedicación; pero faltan adoradores. Faltan hijos de Dios que recogidos en el silencio de una capilla se postren a los pies del Sagrario y a la sombra de la Cruz para abrir su corazón a Dios. Hombres y mujeres cristianos que manduquen la palabra y la hagan vida en su vida. Hombres y mujeres que se dejen seducir por el amor de Dios en el silencio del Sagrario.
En un día podemos visitar enfermos; ordenar nuestras estancias; atender al pesado del compañero de trabajo que siempre explica las mismas cuitas; tomar decisiones trascendentales que conciernen a nuestra familia o nuestro trabajo; mantener una sucesión de reuniones interminables y «fundamentales» para nuestro negocio; planear esto y aquello… y así hasta el agotamiento y la extenuación de la jornada. Pero ¿qué valor tiene todo esto si me olvido de lo esencial: el encuentro vivencial con Cristo?
Cuesta sentarse aunque sean cinco minutos ante el Sagrario y entregarle al  Señor nuestra presencia viva, y decirle por ejemplo: «Aquí estoy, Señor, entre tanto ajetreo. Me he olvidado de ti, Tú que me lo has dado todo; me has acompañado durante la jornada y no he sido capaz de verte entre las personas con las que me he cruzado. Aquí estoy, Señor, que no me acostumbre a verte crucificado».

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¡Señor, ayúdame a ser más contemplativo y adorador! ¡Ayúdame a fijar mi mirada en la fe que es como fijarla en Ti! ¡Ayúdame a ser más contemplativo para poder escuchar con más atención tu Palabra! ¡Ayúdame a ser más contemplativo para que el silencio pueda inundar mi corazón y sea capaz de escucharte! ¡Ayúdame a no tener miedo a póstrame ante Ti en el Sagrario para que el Padre, a través del Espíritu, me permita conocerte más! ¡Te pido, Señor, que decidiste quedarte entre nosotros en el Sacramento de la Eucaristía, que aumentes mi fe en tu presencia y renueves en mi corazón el deseo de adorarte y amarte! ¡Ayúdame a crecer contigo en la adoración, que contemplando tu rostro crucificado sea capaz de amarte y de amar más a los demás! ¡Ayúdame, Señor, a unirte más a ti por medio de la oración y la contemplación! ¡Haz, Señor, que surjan más adoradores en el mundo para que haya más corazones unidos a Ti! ¡Y en este día, Señor, te pido también por todos los enfermos del mundo y por sus familias para que unidos sientan tu presencia amoroso en medio de la enfermedad, tu consuelo en medio del dolor y la esperanza en medio de la incerteza!

En recuerdo de mi padre, el Agnus Dei de Barber que tantas veces escuchamos juntos y que es de una belleza que sobrecoge:

Encontrar la verdadera mansedumbre

Es en el silencio de la entrega y el sacrificio, de la renuncia de la propia voluntad, en ese aceptar con humildad las cosas injustas que nos hacen los demás donde lograremos encontrar la verdadera mansedumbre.
El dolor purifica, santifica, engrandece a las almas y las une íntimamente con Dios, y Dios se recrea en ellas porque, llegada la prueba, saben salir a su encuentro, corren hacia el sacrificio de aquello que más repugna a la naturaleza, como es cuidar enfermos, aceptar el sufrimiento, soportar personas de carácter agrio y molesto, y toda una serie de cosas «desagradables» que de continuo salen a nuestro paso.
Hay que aprender a sonreír con alegría serena, sin murmurar, sino, por el contrario, con una gran capacidad de amor a Dios para ser semejantes a Él en su mansedumbre, que es lo que nos sostiene siempre en estas circunstancias. ¡Fácil es escribirlo y difícil ponerlo en práctica!

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¡Dame, Señor, esa mansedumbre necesaria para desterrar de mi corazón esa tendencia que oprime mis sentidos y me embarga hacia el orgullo cuando alguien me dirige una advertencia o una corrección! ¡Ayúdame, Señor, a aceptar el criterio de los demás sin tratar de imponer mis propias opiniones! ¡Señor, Tu que conoces todos los recovecos de mi corazón, infúndeme la virtud de la mansedumbre, haciéndome humilde! ¡Espíritu Santo, mora en mi alma, guíame y dirígeme, penetrando insensiblemente en mi corazón con suavidad para no herir mi alma en su delicadeza, enseñándome cómo debe ser el trato con los demás! ¡Cuando tenga que corregir a alguien, que sea capaz de demostrar la hermosura de la virtud sin decir nada del defecto o la mala acción obrada!

Del compositor inglés William Holst escuchamos su Himno a Jesús Op. 37:

¡Gracias, María, porque eres una escuela de vida para mí!

Existe un camino cuyo recorrido es muy corto. Va del corazón al corazón. Es verdad que muchas veces se utilizan atajos para evitarlo porque se considera un camino lleno de dificultades, peligros e incertezas. Pero en este segundo sábado del año te fijas en la figura de la Virgen y comprendes que Ella no tuvo nunca miedo a recorrerlo. Cada uno de sus pasos, lentos pero seguros, se guarnecían con la sombra del Espíritu Santo y se acompasaban con el susurro melodioso de la voluntad de Dios.
En su primer viaje —porque luego vendrán otros repletos de dificultades como el del camino a Belén, la huída a Egipto o el de Jerusalén en la fiesta de la Pascua—, cuando María visita a su prima tras el anuncio del ángel, Cristo tarareaba en su seno las hermosuras de la humanidad que iba a venir a redimir. María va al encuentro de Isabel para compartir el gozo de la espera. Es el viaje que ha avivado en cada uno de nosotros la espera del Señor hasta el día de Navidad. Un tiempo que vivenciamos hace unas semanas como una manifestación de la ternura de Dios que nos permite reflexionar sobre la paz y el amor que nos trae el nacimiento de Jesús. El año 2017 va dando sus pasos y siento que mi obligación como cristiano es llevar esa ternura a los corazones de los que se crucen en mi camino porque he visto nacer a Cristo en el portal de Belén y todavía siento su presencia viva en mi corazón.
Existe un camino que transita de los ojos misericordiosos del Padre a los ojos sencillos de los seres humanos. Y es la Virgen, la Madre del Dios hecho Hombre, quien lo va abriendo para permitir que Jesús camine a nuestro lado. Lo hace con una maleta repleta de amor, de un amor lleno de cariño, de entrega, de delicadeza, de sencillez, de generosidad, de humildad…
María es la mujer que nos ha traído a Dios y nos lleva hacia el corazón de Dios. Y es a Ella en quien quiero mirarme en este año para seguir su ejemplo de docilidad, de reverencia, de fidelidad, de sencillez, de capacidad de escucha, de sobriedad, de humildad, de pureza y de todas aquellas virtudes que rivalizan entre sí en el corazón de María para llevarlas al corazón del hombre. ¡Gracias, María, porque eres una escuela de vida para mí!

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¡Gracias, María, porque eres una escuela de vida para mí! ¡Gracias, Madre, por tus bondades, porque nos abres el corazón para llevarnos hacia tu Hijo! ¡Gracias, María, por tu ternura, por tu mirada maternal, por tus auxilios, por tus consejos, por tus orientaciones, por tu ejemplo! ¡Gracias porque me enseñas como abrirme a la gracia y a la escucha de la Palabra! ¡Gracias, María, porque me enseñas a mantener el “Sí” en todos los acontecimientos de mi existencia suceda lo que suceda! ¡Gracias, María, porque habiéndote abierto a la gracia me permites a mi también abrirme cada día! ¡Gracias, María, Madre buena y misericordiosa, que con tu “Si” engendastre al Hijo de Dios que ha venido a mi corazón esta Navidad pasada y das Vida y Amor a nuestra existencia a través de Cristo! ¡Gracias, María, porque eres un espejo puro y limpio en el que mirarse cada día! ¡Gracias, María, porque intercedes por mí con mis pobres y egoístas súplicas! ¡Gracias, Madre Celestial, porque cogerme entre tus brazos y protegerme a mí a y los míos cada día! ¡Gracias, María, porque tus gestos son un luz que ilumina mi vida! ¡Y en este sábado, Señora y Madre mía yo me ofrezco del todo a ti y en prueba de mi filial afecto te consagro en este día: mi cuerpo, mi alma, mi mente, mi espíritu y mi corazón, en una palabra todo mi ser; ya que soy todo tuyo, Madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya!

Ave María, le cantamos hoy a la Virgen:

La fe callada

La fe es hermoso vivirla también en el silencio contemplativo. En lo oculto, en la mirada personal hacia el encuentro con el Padre. Sin grandes gestos que llamen la atención de los otros. Lo bonito de la fe es que se puede vivir en el silencio de uno mismo, llevado a lo más profundo del corazón. Surgen en las páginas del Evangelio numerosos personajes que nos muestran esa fe callada, silenciosa, firme, auténtica, esperanzada, llena de vida y de alegría pero que a los ojos de los hombres ha pasado completamente desapercibida porque lo pequeño no suele llamar la atención.
Así, puedes ver aquel personaje que los apóstoles llaman antes de la Santa Cena para que les conduzca al Cenáculo. Dio un «sí» a Dios, conduciendo a los seguidores de Cristo al lugar donde se iba a instituir la Eucaristía. Y de su fe callada, nadie habla ahora. Tampoco se hace mención de ese joven personaje, que no sabemos quién es, que llevaba en un cesto los panes y los peces. Cristo quiso hacer con ellos el milagro de la multiplicación para saciar el hambre de tantos hombres y mujeres que necesitan de Dios. Y Cristo los tomó de alguien que ha permanecido anónimo a los ojos de la gente, pero no a los de Dios. Y su fe también fue callada y silenciosa pero a su manera dio un «sí» a Dios entregando lo que poco —o mucho, según se mire— que tenía.
Hay también un grupo de personas, amigos de un paralítico postrado en una camilla que, por amor a él, hacen lo indecible para subirse al tejado de una casa e introducirle en la estancia donde se encuentra Cristo. Su esfuerzo, regado por el valor de la amistad, es parte de una fe callada; convencidos están de que lograrán con ello sanar al amigo con las manos del mismo Dios.
Lo importante es lo que hacemos y por qué lo hacemos. Lo hermoso es el valor que damos a nuestros gestos, cuando más callados y desprendidos, más enraizados en la fe y más sustentados en la entrega generosa, más cerca de Dios están. El único que lee lo oculto de nuestro corazón es Dios y es a Él al que hay que rendir cuentas de nuestra entrega. Así actuó Cristo. Todos sus actos, desde el primer milagro a la última prédica, desde su primer gesto de amor hasta el último muriendo en la Cruz tenían mucho de callado cumplimiento de la voluntad del Padre. Cristo impregnó lo cotidiano de su vida de un amor sencillo pero grande al mismo tiempo. ¿Y yo, doy fecundidad a mi vida cotidiana dispuesto a que los gestos de mi vida estén visibles solo a los ojos de Dios y no al de los hombres? ¿Están mis pequeños gestos cotidianos untados del fruto amoroso de Dios y alejados de todo egoísmo mundano?

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¡Señor, te alabo con todo mi ser porque eres la luz que brilla en mi vida y das sentido a todo lo que me ocurre! ¡Aumenta, Señor, mi pequeña fe! ¡Dame, Señor, con la fuerza de tu Espíritu el valor para sobrellevar todas los acontecimientos de mi vida, la valentía para no temer los problemas que se me presenten! ¡Aumenta mi fe, Señor! ¡Ayúdame a seguir tu Palabra con el espíritu que has puesto en mí! ¡Señor, sé que para ti nada es imposible, ayúdame a seguir tu voluntad! ¡Aumenta mi fe para seguir adelante a pesar de los obstáculos, de los problemas, de las circunstancias, de lo que digan los demás y a pesar de mí mismo! ¡Aumenta mi fe para decirte siempre que “Sí”, sin temer a nada! ¡Aumenta mi fe para viviendo en el silencio del corazón impregne todos mis actos de bondad y de entrega! ¡Pero sobre todo, Señor, no me sueltes de la mano para que me no desvíe de la senda correcta sino que se haga tu voluntad en mi en cada paso que de! ¡Señor, te suplico desde lo profundo de mi corazón que no permitas que se extinga la hermosa luz de mi fe! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que con su gracia mi fe crezca cada día!

Here I am Lord; I, the Lord of sea and sky, I have heard My people cry. Hermosa canción para sanar el alma y aumentar nuestra fe.

Ir triste no es el camino

El día va a comenzar a dar sus primeros pasos. Hoy mi rostro al levantarme es el típico de «lunes» aunque en realidad estamos a jueves. A medida que la semana avanza uno trata de mostrarse más abierto, dialogante, tolerante, amable, simpático, generoso… es el fruto del caminar semanal intentando hacer el bien alrededor pero hoy, sin embargo, el rictus es más tenso, oscuro y entristecido. El día de ayer, no fue como el que esperaba y al acostarme es como si una tormenta de agua hubiera empapado todo el cuerpo dejándolo desangelado y tenso. Vuelve esa falta de confianza y ese intentar solucionarlo todo por los propios medios. Pero te levantas y comprendes que el Dios de bondad está ahí iluminando el nuevo día y que uno debe encauzar su vida ajustándose a la voluntad del Padre.
En la acción y alabanza de la mañana uno es consciente de que ir triste no es el camino correcto y que si las expectativas no se han cumplido es por algún motivo, que lo extraordinario va a producirse y que ese cambio que uno espera se convertirá en el haz radiante que la noche agazapó entre las brumas de la incertidumbre. Que cada paso que uno da, por muy pequeño que sea, le va acercando hacia algo mucho mayor. Que uno debe coger su cayado y avanzar sin temer porque quien está a su lado es el mismo Dios y ese no abandona nunca. Dios es aquel que pone su mirada fija en uno, que hace suya la desazón del corazón, que conoce perfectamente cuál es la necesidad que anhela el corazón y corresponderá a su debido tiempo. No permite que nadie quede desamparado. Por tanto ese rostro gélido, tortuoso, triste… de la noche anterior debe ser cambiado y esbozar una sonrisa de confianza, de entrega, por muy insulsa que se vea la salsa de la vida. Dios ya sabe que habrá días grises, los permite, permite que la tristeza se cuele en el corazón del hombre porque entrará por la más pequeña de las fisuras del corazón con su luz sanadora, esa luz que brilla todo, que lo ilumina todo, que da esperanza. Lo que en realidad Dios quiere es que en el interior del corazón pueda latir su voz, que sea plenamente audible porque es la voz que sana, restaura, purifica, lava y transforma. Esa voz viene por la fuerza del Espíritu. Es la voz del Padre bueno, amoroso y misericordioso y anhela que el hijo pródigo regrese pronto y esperanzado a sus brazos abiertos que todo lo acoge.

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¡Señor, tú moldeas mi vida como el barro en manos del alfarero por eso te pido que cada día la hagas nueva, porque quiero ser un vaso nuevo que llene de agua viva todo aquello que yo haga, sin miedos y sin restricciones, sin abonarme a la desilusión ni a la tristeza! ¡Espíritu Santo, muéstrame el rostro amoroso y misericordioso del Padre que tanto me ama y tanto me busca; que me perdona cualquier cosa siempre que yo esté dispuesto a volver a su lado! ¡Dios mío, se que tu amor y tu misericordia no conoce límites y que estos los pongo solamente yo que me niego a recibirte! ¡Sana, Padre, cualquier herida que pueda tener; entra en mi corazón, ayúdame a abandonar la desilusión y el pecado y a tener siempre plena confianza en ti que me amas con amor eterno; ayúdame a aceptar esa invitación a reconciliarme contigo, a ser fuente de alegría inacabable como me ha mostrado tu Hijo en esta Navidad pasada cuando, adorándolo en el pesebre, he sentido su mirada de amor y de misericordia que me ha llenado de paz y de alegría! ¡Santa María, Señora de la esperanza y de la misericordia, enséñame a meditar e interiorizar la Palabra de Dios en mi corazón! ¡Ayúdame, Santa María, a renovar mi mirada sencilla sobre la vida como hiciste tú que seguiste al pie de la letra las enseñanzas del Evangelio! ¡Espíritu Santo, no permitas que me enrede en mi vida espiritual y que lo confunda todo, que me engañe a mí mismo, que me complique en tonterías vanas y ayúdame a mirar en lo profundo de la vida, en lo esencial, y lo que me permita sacar conclusiones certeras y acercarme cada día más a Jesús con honestidad, poniendo mi mirada en ese rostro divino lleno de bondad y de misericordia que me tanto ama y que se alegra cuando vuelvo su mirada y corro a abrazarle mientras me espera con los brazos abiertos!

Llévate mi tristeza, le cantamos hoy al Señor: