La mirada interior

No hay que pensar que las personas de bien son las que subrayan forzosamente la injusticia, la sinrazón, la maldad, la falta de criterio o la deshonestidad que hay en los otros. Con frecuencia, los que poseen esos defectos son los que tienden a verlos por doquier en cualquier esquina; su actitud es la de la crítica permanente, sospechando y prejuzgando a los demás a través de su propia realidad. E, inversamente, los que atesoran grandes cualidades morales evitan resaltar los defectos ajenos porque son capaces de observar a los demás a través de sus propias cualidades.
Las personas sólo deberíamos mirar desde una óptica: la de nuestra mirada interior. Que nuestros ojos miren desde lo profundo; que sean el espejo de nuestros sentimientos, emociones y pensamientos. Si me encuentro en el grupo de los que al hablar sólo soy capaz de resaltar los defectos de los demás, estaré revelando lo que siente mi corazón. Si mi interior estuviera lleno de justicia, de bondad, de generosidad, de paciencia, de misericordia, de nobleza, de honestidad y, sobre todo, de amor, sería capaz de ver en los demás estas cualidades tan elevadas.
Ver la vida ajena con los ojos de Cristo es hacer de la propia vida un proyecto de Salvación. Es aprender de la mirada del Señor y de sus encuentros con tantos con los que se cruzó. Es orientar mis valores, mis sentimientos y mis pensamientos en la autenticidad para convertir mis relaciones con los demás en unas relaciones basadas en el respeto y en el amor.
Es lo que le pido hoy al Señor, que pueda experimentar la gracia de esta convicción, ensanchar mi corazón para que se abra por completo a su acción transformadora que tiene en el pecado su principal enemigo.
Y antes de terminar la oración miro el pequeño crucifijo que me acompaña en este tiempo de oración y me pregunto, ¿hasta qué punto me inquieta que Cristo muriera en la cruz para redimirme del pecado?

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¡Padre, tu nos dices “volved a mí de todo corazón”! ¡Soy consciente, Padre de bondad, que no puedo regresar a Ti de verdad si no lo hago desde el corazón pero también tengo claro, Padre, que me es imposible vivir si no es desde el corazón! ¡Tú me llamas en el corazón pero bien sabes que muchas veces me olvido de Ti por el trasiego de la vida, por mis faltas y mis pecados, por lo mucho que me cuesta a veces llegar a la profundo del corazón donde Tú anidas y quieres que escuche tu voz! ¡Padre, sabes que mi corazón se distrae con lo mundano, que me cuesta regresar a lo esencial, que dudo muchas veces porque no sé ver tu mano providente en cada uno de los sucesos de mi vida! ¡Cuánto me cuesta, Padre, contemplar tu presencia que me llama para que yo regrese a lo esencial, a mi interior, para ser la persona auténtica que Tú quieres que sea! ¡Espíritu Santo, ayúdame a examinarme desde la autenticidad y la verdad, a medir mi vida, a pensar las cosas desde la dimensión interior! ¡Concédeme la gracia de descubrir lo importante de encontrarme a mi mismo para ser un cristiano auténtico sin dobleces que corrija sus constantes defectos desde la sencillez y con una gran capacidad de amar, de servir y de darse a los demás! ¡Ayúdame a no enmascarar mi vida con maquillajes inútiles para descubrir en mi corazón la mirada amorosa y misericordiosa de Dios! ¡Concédeme la gracia de engrandecer mi espíritu para que Tú puedas obrar en mi corazón, para que Dios pueda entrar en él con serenidad, para que se rompan todas aquellas barreras que me impiden tener con Cristo una relación de amistad! ¡Ayúdame a que mi vida de oración sea un momento en el que Dios llene de verdad mi alma con su presencia y con sus silencios! ¡Y a Tí, Jesús, no permitas que nunca puedas gritarme desde la Cruz el “¿Por qué me has abandonado?” pues esta frase me situa ante autentica medida del pecado y es la expresión de hasta que punto me amas, el ejemplo de que Tu amas hasta despojarse de todo por amor!

Me sanaste con tu bien, cantamos hoy dando gracias al Señor porque nos ha amado hasta morir por nosotros en la Cruz y porque su amor nos sanó:

 

 

 

Vértigo en aceptar la voluntad de Dios

A pesar del vértigo que, en ocasiones, me produce aceptar la voluntad de Dios cuento con la fuerza del Espíritu. El Espíritu Santo ofrece al hombre el don del discernimiento cuyos apellidos pueden ser perfectamente sabiduría y prudencia. Pero cuando este miedo me invade puedo enfrentarme a la tentación de abandonar y recular lo andado. Este miedo es, por otro lado, normal. Es el miedo a la acción del Espíritu. Sin embargo, la seguridad auténtica se encuentra en el Espíritu Santo que es el que guía siempre, dirige –si se lo permito– mi vida, el que me otorga la confianza para avanzar y me marca el camino de mi exigencia en lo cotidiano de la vida.
Existe otra tentación también muy peligrosa, la del ir por libre. Seguir mi propio instinto, agarrarme a las propias seguridades y seguir aquellos valores, ideas, principios y reglas que más me convienen. El riesgo es enorme porque no distingo entre el bien y el mal.
El camino real –el de la libertad plena– lo otorga la guía del Espíritu Santo. Sólo Él da la sabiduría para alcanzar la auténtica libertad y me permite discernir con claridad cuál es la voluntad del Padre en mi vida. Por eso para que sea auténtico, real, veraz, el discernimiento debe venir de lo más profundo del alma. Es un sentimiento que anida en lo íntimo, en el interior de cada uno, porque es Dios quien lo deposita en el corazón. Es lo que le pido hoy al Espíritu Santo, la gracia de discernir siempre lo que es mejor para mí y, según mi comportamiento, para con Dios y con los demás. Consagrar mi vida a la verdad, a la autenticidad y a la recta razón para discenir espiritualmente las cosas que vienen de Dios.

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¡Espíritu Santo, te pido me otorgues el don de discernir siempre cuál es el camino que me conduce hacia Cristo para convertirme en un seguidor fiel de su Palabra y para ser capaz de difundir su Buena Nueva y convertirme en un auténtico instrumento en sus manos! ¡Tú, Espíritu Santo, que eres el alma de mi alma, guíame e ilumíname siempre! ¡Revélame, Espíritu divino, cuáles son los designios de Dios; hazme saber siempre lo que el Padre desea de mí; lo que debo realizar; lo que debo sufrir, lo que debo experimentar, los que debo aceptar, lo que debe cargar, lo que debo soportar! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a convertirme en un auténtico «Sí» a la voluntad, los deseos y el querer de Dios! ¡Invoco tu santa presencia, Espíritu de Dios, para que todos mis actos estén iluminados por la voluntad de Dios con el único fin de cumplir la misión que Dios me ha encomendado obsequiándome con la vida! ¡Te consagro, Espíritu divino, mis pensamientos, mis palabras, mi intelecto, mis sentimientos, mí espíritu, mi alma, mi cuerpo y todo mi ser, para actuar siempre iluminado por la gracia de tu dadivosa gracia! ¡Concédeme, Espíritu de Dios, la gracia de recuperar el tiempo perdido en todos aquello sin importancia o que no tenía sentido alguno y me capacites para comprender que en la vida hay que caminar hacia la santidad, con rectitud de intención y perfección! ¡Concédeme, Espíritu divino, una total perseverancia para seguir la voluntad de Dios!

Cantamos al Espíritu Santo para que nos ilumine cada día:

 

¡Pongo tantas veces freno al amor de Dios en mi vida!

Pienso hoy como gozaría más mi corazón con la fuerza de la fe si fuera verdaderamente consciente del amor que Dios siente por mí; cada vez que el Padre me abraza —y lo hace con frecuencia porque soy como el hijo pródigo que regresa con frecuencia hogar— mi corazón se debería encoger de alegría; si fuera consciente del sentir de Dios que me ha dado la vida y ha pensado en mí antes de mi existencia; si fuera consciente de hasta qué punto habita en mí la presencia del Padre pues soy templo del Espíritu Santo; si fuera realmente consciente de que Dios busca mi amistad, tiene necesidad de relacionarse íntimamente conmigo como Padre, como amigo, como confidente, como huésped del alma… mi corazón debería estar siempre rebosante de alegría.
Pero con mi cabezonería, mis mundanidades, mi fragilidad humana, mis egoísmos… ¡pongo tantas veces freno al amor de Dios en mi vida! ¿Por que cuesta tanto abrirse al amor de Dios y comprender que sin su amor yo no viviría, no existiría? ¿por qué cuesta tanto abrir la puertas del corazón a ese Dios que nos ama, que busca nuestra mirada, que quiere ser invitado para entrar en lo más profundo del alma?
El problema es que ni siquiera me siento como aquel centurión del Evangelio, consciente de quien tenía delante y consciente también de su pequeñez pero con una fe grande, que le dijo al Señor aquello tan impresionante del «no soy digno de que entres en mi casa». Al contrario, yo pienso que sí, que lo soy, cuando en realidad estoy repleto de miseria e iniquidad.
En este día lo único que le pido al Señor es que no cese de llamar constantemente a la puerta de mi corazón, porque quiero invitarle a entrar. Está en su derecho. Es su hogar. Por el bautismo soy templo del Espíritu Santo, es decir, morada de Dios. Pero le pido también que no llame a la puerta única y exclusivamente porque tiene derecho entrar sino porque yo necesito que entre pues soy pequeño, pecador, frágil y débil y necesito de su perdón, de su amor y de su misericordia. Anhelo ser testigo de su esperanza y de esa misma generosidad que le llevó a mirar misericordiosamente a Zaqueo, invitarle a bajar del árbol para invitarse a cenar con él en su hogar.
Sí, Dios no excluye a nadie. Dios no se deja condicionar por nuestros prejuicios tan humanos y mundanos. Al contrario, quiere morar en el corazón del ser humano porque ve en cada persona un alma que tiene necesidad de ser salvada, y se siente profundamente atraído por aquellas almas que considera perdidas y las que, además, lo consideran de sí mismas.
Como cada día Cristo me muestra la grandeza de su misericordia y me da la oportunidad de renovarme interiormente, te recomenzar, te buscar una conversión auténtica, de convertirme con el corazón abierto y de abrirle, humildemente, de par en par las puertas de mi pobre y sencillo corazón.

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¡Señor, hazme pequeño porque es la manera de comprobar que Tú eres lo más grande! ¡Quiero, buen Jesús, abrirte las puertas de mi corazón y disfrutar de tu compañía porque cuando tú entras en él me das mucha paz, mucha serenidad, mucho sosiego y mucho amor pero sobre todo me traes la salvación que es el gran tesoro que puedo recibir del Padre a través de Ti! ¡Deseo, Señor, que mi corazón se convierta en tu morada permanente para que me traigas el alimento y la salud que mi corazón necesita! ¡Señor, tocas tantas veces las puertas en mi corazón y yo hago oídos sordos que no te quiero dejar fuera; necesito que transformes mi vida y me llenes de amor, de tu bondad, tu misericordia y de tu generosidad; ven Señor Jesús! ¡Señor, me invitas a abrir la puerta de mi corazón a la misericordia del Padre; tu y yo sabemos que las puertas siempre se abren hacia afuera porque si las abro hacia dentro solamente quedan mi egoísmo, mi soberbia, todas aquellas cosas que me separan de ti; permite que se abra la puerta hacia fuera para poder recibir tu amor en mi propia pequeñez y miseria pero abrirlas también para darte todo lo que tengo de bueno a los demás y convertirme también es portador de misericordia con el corazón abierto y las manos entregadas al bien! ¡Señor, concédeme también ser grande en lo que yo que soy pequeñito y pequeño en aquello que soy grande! No pases de largo cuando estés cerca de mi, Señor, porque bien sabes que son constantes los tropiezos y muchos los obstáculos que tengo que superar para llegarme hasta tu encuentro!

¿Cómo podré estar triste? cantamos hoy con la soprano Kathleen Battle:

Mirar y contemplar a María

Último fin de semana de febrero con María en nuestro corazón. María constituye un motivo de gran alegría y satisfacción porque hablar de María es hacerlo de alguien a quien amo profundamente y que ha estado siempre presente en mi vida con su amor y ternura de Madre, en especial en los momentos de mayor sufrimiento y dolor.
Miras a María y te das cuenta lo mucho que le debes. No olvido nunca que es Ella la que me mantiene firme en la fe. Es a Ella a quien encomendé mi Primera Comunión apenas cumplidos los ocho años. Es Ella la que me ha permitido inclinar la cabeza tantas veces para imitar su «fíat» del día de la Anunciación. Es ella la que me ha protegido a mí y a mi familia en más de una ocasión. Es Ella la que me ha acompañado de manera incondicional al pie de la Cruz. Cada jornada de mi vida siento que María está a mi lado cubriéndome con su manto. Es la Madre perfecta, la mujer dulce que consuela y exhorta.
Son muchas las veces que le pido al Espíritu Santo que me ayude a ver en María todo el esplendor de su belleza espiritual y moral para aprender de Ella, para verme en el espejo de su perfección y entrega. Contemplarla en los diversos momentos de su vida: desde el día de la Anunciación hasta el momento crucial de su Asunción al Cielo. Los Evangelios son el documental vivo de su vida y de su obra, fuente de inspiración de su amor de Madre.
De María solo puedo contemplar sus virtudes y tratar de parecerme a Ella en cuanto a mi manera de hablar, de hacer, de pensar, de sentir, de mirar y, sobre todo, de querer. Aprender de su fidelidad al Señor y convertirme en un auténtico colaborador en su obra redentora que como cristiano debo cumplir como seguidor de Cristo.
Por otro lado, cada vez que me dirijo a María con sencillez y humildad, con el corazón abierto, y le pido con devoción de hijo María lo alcanza todo de Dios. Ella es la intercesora por excelencia. La más efectiva ante el Padre.
¡Gracias, María, te pongo de nuevo toda mi vida y la de los míos bajo tu manto protector para que nos socorras con tu protección y nos lleves de tu mano hacia la casa del Padre con santidad y buen corazón!

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¡Salve María, llena eres de gracia! ¡María, Madre, digna de toda alabanza, tu pariste al Verbo santo, acompañas siempre a todos tus hijos, me siento reconfortado por tu presencia en mi vida, líbrame de toda desgracia, de todo sufrimiento, enderézame en las dudas y cuando me desvíe del camino, ayúdame a ser perseverante en la fe y en la esperanza! ¡Ayúdame, María, a ser diligente con las cosas de Dios! ¡Al contemplarte a María, recibo también una gracia muy grande, la de poder contemplarme a mi mismo, mi propia vida con mis alegría y mis penas, con mis problemas y mis esperanzas, con mis incongruencias y mis virtudes! ¡Sé tú mi luz, María, para poder encarar mi camino espiritual bajo tu manto protector! ¡Tu eres el Arca de la Alianza, María, ayúdame en mi modestia y sencillez ser también arca en la que se avive el fuego del amor, la palabra de Dios, el servicio generoso, la llama vivificante de la presencia de Dios en mi corazón, vivir en comunión con Él! ¡Tú, María, acogiste con tu «sí» generoso a Jesús, ayúdame a darle siempre también mi sí y seguir siempre la voluntad del Padre!

Miles de ermitas, una sencilla y hermosa canción dedica a María en este último sábado de febrero:

La sabiduría que viene de Dios

La sabiduría comienza con el silencio. Tanto la palabra como el silencio revelan lo que hay en el interior de nuestro ser, de nuestra alma, aquello que hay dentro de cada uno. Y yo necesito silencio, mucho silencio, porque mi vida ya está de por sí llena de ruidos y alboroto. Por eso, en lo sereno de la oración, Cristo se me presenta como una voz interior que me llama, me susurra, espera mis palabras a veces llenas de alegría y otras de lamentos.
Cuando mis labios permanecen sellados y no dicen nada, el corazón de Cristo también me escucha porque Él es el único que lee en mi interior. Ese es el gran misterio de la presencia misteriosa de Cristo en la vida del hombre. Es cuando reposas a los pies de Jesús cuando puedes atisbar esa voz suave y amorosa del buen Dios, que exclama: “No te preocupes, hijo, porque aquí estoy y nunca te abandono”. Y te sientes lleno de paz y de serenidad interior al comprender que Dios está siempre, por encima de todo, en tus pensamientos, en tus sentimientos, en tu vida misma. Comprendes que Dios lo llena todo. Absolutamente todo. Que está siempre a tu lado, que jamás te abandona ni siquiera en esas noches oscuras que tantas veces cubren la vida. En los momentos más complicados y difíciles en los que caminar se hace pesado. Que su bondad siempre acompaña, que su misericordia no se termina ni se acaba sino que se renueva cada día porque así de sublime es su fidelidad y así de grande es su Amor.
¿Por qué, entonces, no detenerme con más frecuencia a contemplar la belleza de esta sabiduría que viene de Dios?

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¡Dios mío, te pido con toda confianza, la sabiduría del corazón! ¡Ayúdame a hacer más silencio para llenarme más de ti! ¡Padre, Tú eres el que quieres entrar en mi intimidad y yo no te lo permito porque hay demasiado ruido en mi interior y a mi alrededor! ¡Entra si quieres, Señor, y dame la gracia para acoger tu revelación en mi! ¡No permitas, Señor, que te cierre el corazón deslumbrado como estoy tantas veces por el resplandor de las cosas mundanas, de mi propio yo, de mi soberbia y mi egoísmo! ¡Señor, siento con gozo que me amas y yo quiero amarte también más a ti, por eso necesito hacer más paradas, hacer más silencio, para encontrar más momentos de intimidad contigo, para abrir mi corazón, para a través tuyo servir a los demás y ser capaz de irradiar esperanza, amor y caridad! ¡Permíteme estar siempre contigo, Señor, sin etiquetas, sin prisas, sin parámetros que fijan distancias, sin normas, sin contrapartidas, simplemente en silencio escuchando tus palabras y saboreando tu presencia en cada uno de mis muchos vacíos! ¡Permíteme, en el silencio, sentado a los pies de tu presencia, recostado en tu regazo de sabiduría, sintiendo tus abrazos de amor y de misericordia! ¡Y en este tiempo de silencio, acoge con magnanimidad mis secretos!

Dame más sabiduría, le pedimos cantando al Señor:

Dar gloria a Dios con la propia vida

Cada vez que conservo la paciencia con alguien por amor a Dios; cada vez que, postrado en el banco de la iglesia o en un rincón del salón para hacer oración y beneficiarme de la ternura de Dios; cada vez que, con amor, santifico mi trabajo cotidiano; cada vez que tengo una palabra amable con alguien; cada vez que practico cualquier buena acción siguiendo el consejo de quienes procuran mi salvación; cada vez que cumplo con una norma de obediencia; cada vez que en mi camino se hace presente el afecto o el cariño de alguien o a alguien; cada vez que me marginan o me desprecian; cada vez que perdono; cada vez que doy gracias por mi sufrimiento o mi enfermedad; cada vez que mi corazón se alegra; cada vez que mis sueños se quedan pequeños por lo que siento o tengo; cada vez que tengo que callarme porque me he equivocado o no quieren escucharme; cada vez que ejerzo mi libertad; cada vez que disfruto de los pequeños detalles de la vida; cada vez que doy como limosna lo que a mi me falta; cada vez que doy gracias en la oración; cada vez que no abuso de lo que recibo o lo empleo sólo para el bien común y para que se cumpla la voluntad de Dios; cada vez que aprendo a estar satisfecho de cualquier situación por muy dura que esta sea; cada vez que no me preocupo de mi presente ni de mi futuro porque Dios proveerá aunque aplique el dicho a Dios rogando y con el mazo dando; cada vez que confío en la fuerza de Dios en lugar de mis propias fuerzas; cada vez que sirvo desinteresadamente a los demás; cada vez que demuestro mansedumbre, benignidad, bondad, paz, paciencia, fidelidad, gozo, amor en mi vida; cada vez que asumo mi fragilidad y mi pequeñez y lo pongo en las manos de Dios; cada vez que entrego mi corazón a Cristo y soy consciente de que mi condición de pecador y de que solo no puedo alcanzar la vida eterna; cada vez que… estoy elevando a Dios una incesante oración; estoy dando gloria a Dios con mi propia vida. ¿Qué más puedo hacer para seguir dándole gloria? ¿Qué sensación experimento al tener conciencia del infinito amor que Dios siente por mí?

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¡Padre bueno, te glorifico con mi pequeña vida! ¡Te glorifico con el gran amor que siento por Ti! ¡Padre, tu nos das la libertad de amarte y yo quiero hacerlo cada día con mi entrega generosa, con mi acción de gracias, con mi obediencia ciega, con mi fidelidad cotidiana, con mi servicio a los demás, con el despojo de mi mismo, con la aceptación de tu voluntad en mi vida! ¡Gracias, Padre, por todo lo que me das que no merezco! ¡Gracias, Padre, porque gozas con nuestro bien, porque deseas mi felicidad y porque me ofreces la vida en abundancia que es tu Hijo Jesucristo para que lo siga con su Palabra y lo vivifique diariamente en la Eucaristía! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque iluminas mi vida y me haces tomar conciencia de lo que soy y de que todo lo que tengo es recibido de las manos generosas de Dios no para mi propio provecho, no para abusar de ello y emplearlo mal sino para dar gloria, para desde mi beneficio darlo a los demás, para que se cumpla siempre la voluntad en mi vida y para el bien común! ¡Quiero, Padre, glorificarte con mi propia vida! ¡Que mi relación contigo, Padre, este presidida por el amor, por la experiencia personal, por el gustar de tu presencia y beber de tu Espíritu! ¡Que mi alabanza no sean solo conceptos y palabras sino sentir en mi vida la emoción y el asombro de tu presencia, tu amor y tu misericordia! ¡Configurarme, contigo Padre, con Jesús tu Hijo, y con el Espíritu Santo, pues en esta Trinidad está el camino, la verdad y la vida!

A Dios sea la gloria, le cantamos hoy al Dios bueno y misericordioso que nos ha dado la vida y todo cuanto tenemos:

Me he propuesto ser muy egoísta

Una gran variedad de pecados los cometemos por puro egoísmo y por una ausencia de visión sobrenatural. El egoísmo es un pecado capital, grave por tanto, porque nos lleva a amarnos más de lo que debemos amar a Dios. Y, aún así, hoy me he propuesto ser profundamente egoísta. Muy egoísta. Y aunque el egoísmo se enfrenta al verdadero amor, y me invita a salir de mi mismo para darme a los demás haciéndome uno con ellos, aún así no desisto de mi idea de ser egoísta.
¿Y para qué y por qué quiero ser una persona egoísta? Simple y llanamente para convertirme en alguien mucho mejor. Quiero convertirme en un «egoísta del bien», invertir en mí lo máximo que pueda, porque quiero mejorar como ser humano; porque anhelo vivir y crecer en virtud; porque quiero amar más; servir con más generosidad; santificar mejor mi trabajo; ser más auténtico con mi manera de pensar, hablar y actuar; convertirme en mejor esposo, mejor padre, mejor amigo, mejor compañero de trabajo; ser más fiel a mis principios y valores cristianos; ser más firme en mis creencias para que no se conviertan en veletas que se mueve en función del ambiente en el que me encuentro; ser siempre leal a las personas y a los compromisos adquiridos; estar más preocupado por las necesidades de los demás que de las mías; ser fiel cumplidor de las normas sociales…
Quiero ser egoísta para buscar mi bien desde el corazón, para acoger en él el amor de Dios y darlo a los demás pero sin buscar ventajas sino por mero amor. Quiero invertir en mí todos los recursos de la vida cristiana porque así mi ser estará acorde con la imagen y semejanza de Dios que me corresponde por ser hijo suyo. Quiero ser egoísta para dejarme acariciar por su ternura y sabiduría y cantar así un cántico nuevo; cantar con alegría que el Señor me ha transformado en alguien diferente con la fuerza de su Espíritu.
¿Egoísta? Sí, porque invirtiendo en mí en el camino de la virtud seguro que lograré una gran transformación interior, creceré humana y espiritualmente y mejoraré como cristiano que lleva la impronta de Cristo en su corazón.

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¡Señor, concédeme la gracia de ser un cristiano comprometido, consciente, que siempre busque la verdad y el amor, que sea capaz de conocer cuáles son mis limitaciones y mis defectos, que sea valiente defendiendo los valores cristianos y la verdad, que no me hunda ante las dificultades y los problemas, que sea siempre humilde y sencillo, que sea capaz de descubrir siempre tu voluntad en mi vida, que sepa llevar la cruz con entereza y con amor, que convierta mi vida en un dar y no en un recibir! ¡Con tu ayuda, Señor, y con la fuerza del Espíritu Santo sé que será más sencillo conseguirlo! ¡Cuando se me presente la prueba y el dolor en mi vida, Señor, que lo vea siempre como un acto de amor hacia mi y no como un castigo! ¡Concédeme la gracia de verlo como una oportunidad de crecer y caminar más estrechamente unido a Ti y poder demostrarte lo mucho que te amo, la profundidad de mi amor hacia Ti, como una manera de testimoniar de verdad la fe que profeso! ¡Te pido la gracia de la fortaleza, de la sabiduría, de la serenidad, de la fe para madurar como persona y como cristiano, para ser consciente de mi yo, de las cosas que debo cambiar, para ser siempre más comprensivo con las personas que me rodean, para no juzgar, para ser siempre más humano y amable, más misericordioso y condescendiente! ¡Ayúdame a crecer para hacer siempre el bien, para transformar todas aquellas cosas que en mi vida deben ser cambiadas y para que en lo más profundo de mi corazón estés siempre Tu!

Todos valemos lo mismo a los ojos de Dios, cantamos hoy acompañando esta meditación:

Llenar de paciencia el cántaro de las dificultades

La paciencia es el amor transformado en vida pues la persona que ama lo tolera todo, lo acepta todo, lo soporta todo incluso aquello que se presenta como un incordio o algo desagradable. Por eso para recibir la virtud de la paciencia es tan imprescindible pedirle al Espíritu Santo que nos una este don al de la fortaleza.
La paciencia forma parte de esa exigencia del amor que Dios siente por cada uno de los hombres porque a través de esta virtud es posible lograr la fe, cultivar la esperanza, arraigar la virtud de la fortaleza, tres pilares que enfrenta al hombre al sufrimiento y al dolor por mucha dureza con la que se presenten.
Por medio de la paciencia es posible adquirir la reciedumbre interior para abandonarse al querer de Dios y aceptar lo que venga de Él.
Hoy la paciencia es más necesaria que nunca. La siento como imprescindible en mi vida para no permitir que las dificultades y los problemas que me rodean puedan abrumarme. Tengo ante mí el mayor ejemplo de paciencia, la de dos personas que supieron hacer de su vida testimonio de virtud. Son San José y la Virgen María, dueños ambos de un corazón humilde y sencillo, que aceptaron los designios divinos con gran generosidad. Ambos supieron soportar siempre de manera paciente todo aquello que Dios dispuso en su vida: la pobreza material, las espinas de la persecución, las travesías silenciosas de la incomprensión, la dureza del trabajo… Los padres de Jesús hablan desde el ejemplo no desde la queja, aceptaban la voluntad de Dios desde la santificación cotidiana, llenan de paciencia el cántaro de la dificultades.
Eran pacientes porque eran humildes, porque en su corazón no había espacio para la soberbia, porque tenían una idea clara de la justicia y del valor de las cosas, porque sus sentimientos eran sencillos y puros y no buscaban la ambición del tener, porque toda su vida estaba fijada en Dios, en su bondad, en su misericordia, en su gracia y en su generosidad.
Con el ejemplo de José y María veo claro que la santidad surge también como consecuencia de la virtud de la paciencia pues esta implica negar la propia voluntad en favor de los demás y para agradar siempre a Dios haciéndolo todo por amor y con sentido sobrenatural.

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¡Espíritu Santo, concédeme el don de la paciencia para vivir en conformidad con la voluntad de Dios y poder llevar las cruces de la vida con serenidad y resignación! ¡Ayúdame a ser consciente de porque a mí me falta tantas veces la virtud de la paciencia que tiene que cambiar de mi interior para conseguir este precioso don! ¡José y María, convertíos vosotros en el espejo de mi vida para que sea capaz de imitar vuestra paciencia, ponerla en práctica y pensar siempre como actuaríais vosotros! ¡A ti, Padre bueno, te pido que me ayudes a conformar mi voluntad con la tuya para practicar la paciencia con el fin de adquirir paz en el corazón, serenidad en el alma, un mayor fervor, un valor en Los esfuerzos cotidianos! ¡Jesús, tú dijiste que aprendamos de ti que eres humilde y paciente de corazón, tú sabes perfectamente que la impaciencia es uno de los principales errores; que tantas veces el no obtener lo que quiero me puede llevar al desánimo. Ayúdame a entender que el camino al cielo requiere de mucha paciencia, y mucho desprendimiento, mi mucho abandono de uno mismo! ¡Enséñame, Señor, con la gracia del Espíritu, a ser paciente y a afrontar la adversidad con serenidad interior! ¡Espíritu de Dios, dame el don de la sabiduría para pensar siempre con claridad y ver siempre en mi vida la voluntad del Padre!

La Familia Sagrada del cantautor católico Jesed para acompañar hoy la meditación:

Con el espíritu a mi lado…

El principal inconveniente del ser humano no se encuentra en el exterior, se halla en el interior. En el corazón de cada uno. El problema radica en que el yo trata de rebelarse, exige mayores derechos y quiere posicionarse en el lugar más privilegiado, ocupar el mejor espacio. Así que el principal inconveniente del ser humano es el ser humano mismo. Lo veo al menos en mí. Si potencio mi soberbia y me egoísmo, si doy alas a mi ego, si trato de colocarme siempre en el primer lugar lograré llenarme de reconocimientos pero mi corazón no estará lleno; o tal vez sí, de más necesidad de yoísmo y de mayor amargura.
Por eso siento tan necesaria la presencia del espíritu en mi vida. Y de colocarme junto al Señor, allí donde la fragilidad, la sencillez, la mansedumbre y la pequeñez se hacen vida. Con el espíritu a mi lado cada vez que mi ego quiera ensalzarse y exija el lugar que no le corresponde, cada vez que mi voluntad quiera imponerse a la voluntad del Padre, el espíritu me colocará en el lugar adecuado.
Quiero aprender que cuando no busco mis propias ventajas, mis propias satisfacciones y no alimento mi ego y, en su lugar, hago la voluntad de Dios y le sirvo a Él, y a través de Él a los demás, es cuando mi vida adquiere un verdadero sentido que es el sentido de la obediencia a la voluntad divina.
El mundo que nos rodea está repleto de egoísmo. Pero, al mismo tiempo, esta sociedad en la que vivimos ansía ardientemente llenarse de amor, de misericordia, de humildad, de compañerismo. El mundo necesita que yo no sea como quiero ser sino como el Señor quiere que sea. Sólo así podré darme de verdad a los demás. Si todo el mundo hiciéramos lo mismo el mundo cambiaría de verdad.

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¡Señor, manso y humilde de corazón, concédeme un corazón semejante al tuyo! ¡Te necesito, Señor, necesito que te hagas muy presente en mi vida! ¡Necesito, Señor, que me llenes de tu Espíritu para aplacar mi soberbia y mi egoísmo, mi busca de lo mundano, mi hacer mi voluntad y no la tuya, para no caer en el endiosamiento! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que en cada ocasión que mi ego exija su lugar por encima de tu voluntad y el lugar de otros me haga ser consciente de mi realidad!  ¡No permitas, Señor, ser un utilitarista de las cosas y las situaciones, compararme con los demás, alimentar mis egos, buscar ventajas, sacar partido de las personas o de las situaciones…! ¡Me postro ante ti, Señor, porque reclamo tu misericordia para transformar mi corazón, para buscar tu guía y tu dirección, para aplacar mis ambiciones, para entregarte mi fragilidad!
 

Open the Eyes of My Heart (Abre los ojos de mi corazón) cantamos hoy acompañando a la meditación:

Dame de beber

Uno de los episodios que más me conmueven de la vida pública de Jesús es el encuentro con la Samaritana junto al pozo de Sicar. Es día muy caluroso. El polvo del camino hace más pesado el caminar del Señor. Ese día está realmente fatigado. Ha sido una jornada agotadora. Es medio día, cuando el sol es más abrasador. El Señor se sienta junto al pozo pues tiene necesidad de reposar. Necesita humanamente un descanso. La samaritana se le interpone, con el cuerpo cansado, el corazón roto, el alma en pena y el cántaro vacío. El Señor le dice: «Dame de beber» y, desde ese encuentro, se entabla un diálogo en la que Jesús manifiesta todo el amor y la misericordia que siente por ella. No le reprocha su pasado. Se consagra enteramente a su salvación. Se dirige a ella con ternura, como debía hacer siempre Jesús, con un cariño que llega al corazón de la mujer. Mientras ella calma a Jesús su sed física, Cristo le calma a ella su sed del alma. ¡Es profundamente conmovedor! Y, desde ese momento, se convierte en una criatura nueva, regenerada, sanada. Una mujer transformada en un alma de Cristo. En una apóstol de la verdad.
Basta para una frase para que Jesús lo haga todo nuevo: «Dame de beber». Un fuerte sentimiento me rasga hoy el corazón. ¡Tantas iglesias vacías en la que Cristo está descansando en la penumbra del sagrario! Ahí esta la Hostia Santa esperándome para iniciar conmigo un diálogo franco. Allí en el sagrario está Jesús. ¡Y tantas veces está tan solo!
Es el mismo Jesús que se encontró con la samaritana del pozo de Sicar. El mismo Señor. Ella desconocía quién era aquel hombre, pero yo -nosotros- sí sabemos quien es y todo lo que ha hecho por cada uno. ¿Por qué, entonces, cuesta tanto visitar al Señor en una iglesia y tener la gran dicha de entablar con Él una conversación íntima! ¡Señor, dame de beber del agua viva que eres Tú! ¿Por que tantas reticencias sí cada encuentro contigo transforma la vida?

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¡Tengo sed de ti, Señor! ¡Señor, tu eres el Maestro, y al igual que hiciste con la samaritana yo también necesito encontrar la vida y el perdón ahondando en mi propia verdad dejándome guiar por tu amor, por tu palabra y por ejemplo! ¡Señor, al igual que la samaritana yo también estoy en búsqueda y te quiero encontrar en la oración y en la Eucaristía para que acojas mi fragilidad y penetres en la profundidad de mi corazón para escuchar mis anhelos y yo oír tus palabras sanadoras! ¡Señor, al igual que la samaritana quiero encontrarme contigo cada día para saciar tu sed de amor que tan reacio soy a entregarte! ¡Pero soy un cántaro roto, Señor, por tantos problemas, tantos golpes de la vida, algunos fortuitos y otros son consecuencia de mis acciones! ¡Señor, comprendo que Tú bajas a mi corazón, entras en la profundidad de mi pozo y bebes del agua que comunica con la vida eterna! ¡Señor, en este clima de intimidad tu me ayudas a encontrarme conmigo mismo, bajar al fondo del alma para encontrarme con tu Santo Espíritu, me abres el corazón para sentir tu presencia y, al ritmo pausado de la oración, sentir la realidad de mi pobre vida, llena de luces y sombras, pero amparada por tu gracia, por tu amor y por tu misericordia! ¡Señor, tu me hablas hoy de la sed del alma, de saciarme con la sed de lo absoluto que están presente en lo más profundo de mi corazón! ¡Tu me haces comprender, Señor, que el agua viva es la de Espíritu de la Vida eterna que tanto me ayuda a buscar las respuestas que necesito para mi vida! ¡Quiero llenarme de Ti, Señor, hasta desbordar por completo mi pequeña vasija vacía! ¡Señor, como la samaritana quiero sentirme amado por Ti, quiero entregar mi vida a tu servicio sirviendo a los demás, experimentar tu plenitud y tu finitud y rendirme a ti para que seas siempre mi todo!¡Dame de tu agua viva, Señor, para saciar mi sed!

Alma misionera, la canción que nos acompaña hoy: