Vivo para que el Dios vivo habite en mi

Viajaba ayer en metro. Mi vagón estaba repleto de gente. A mi lado, una veintena de jóvenes mantienen una conversación a varias bandas con los decibelios por todo lo alto. Sus bocas escupen burradas. Se burlan de todo. Utilizan palabras groseras para describir situaciones que, en algunos casos, como cristiano me hieren profundamente. Y cierro los ojos. Busco un pequeño desierto de paz interior. Vaciarme de este ambiente y sustraerme del estruendo que me rodea. Desde el silencio de mi oración llegar a la intimidad del alma. Podía haberme cambiado de vagón, pero no lo hice.
Y rezo. Entre la algarabía soy capaz de concentrarme y orar. Trato de desapegarme de la esclavitud de esta sociedad que pierde las formas y el respeto. Hablan de chicas como mercancía, de marcas de moda como iconos, de profesores como alienígenas, de sus padres como reptilianos. En ellos está la perfección, los demás son unos inútiles. No piensan en realidad lo que dicen porque no hay poso en su interior. Viven a trompicones.
Hoy me planteo que no deseo vivir ebrio de algarabía y de exterioridad. Quiero que mi corazón se convierta en una pequeña capilla en la que, de vez en cuando, pueda encerrarme para alcanzar el silencio. Poder convertirme en un sencillo ermitaño no contemplativo en mitad de la vorágine del mundo. Que mi alma sea algo así como una diminuta ermita en la que Dios reposa en su interior. Y como la llevo en el corazón, viajar con ella a todo lugar. Poder abrirla tranquilamente mientras a mi alrededor el ruido es explosivo y la sonoridad excesiva. Entrar en ella apaciblemente en todo momento y en todo lugar.
Soy cristiano. Y, por tanto, soy templo del Espíritu Santo, un templo de Dios del que obtengo bendiciones físicas, emocionales y espirituales. Vivo para que el Dios vivo habite en mí. He sido creado para ser santo. Cuanto más habite Dios en mí más santificará mi pobre corazón.

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, quiero ser un pequeño y humilde templo donde mores siempre! ¡Haz la obra en mí y en las personas que me rodean, en quienes no te conocen y en quienes están alejados de Ti! ¡Limpia mi interior, Señor, cámbiame y transfórmame por amor de tu nombre, lléname para sentir que habitas en nosotros! ¡Lléname, Señor, con tu sangre preciosa y santifica mi pequeño templo interior! ¡Espíritu de Dios, purifica y santifica  mi vida, lléname para que mi interior no se quede nunca vacío, para que ningún pensamiento negativo invada mi mente, para que ningún acto nocivo dañe mi vida ni la de los demás, para que ninguna palabra mía sea motivo de crítica o juicio malintencionado! ¡Jesús mueve tus manos hacia mí y sopla tu Santo Espíritu, para llenarme de tu amor y de tu paz! ¡Señor, quiero ser un auténtico templo del Espíritu Santo porque he sido creado para ser templo de Dios y hacer siempre tu santa voluntad! ¡Por eso, Señor, te pido que elimines de mí todo pecado, todo temor, toda amargura del corazón, todos los recuerdos dañinos, todas las reminiscencias de mis fracasos, toda desapego a lo material, todo rencor que me impida perdonar! ¡Anhelo, Señor, que mis ojos sean los tuyos, que tus manos sean las tuyas, que tu pensar sea el mío, que mi amar sea el tuyo! ¡Señor, he sido creado para darte gloria y para que Tú, el Dios vivo, puedas habitar en mí!

Hoy celebramos la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo por María y José, conocida también como la fiesta de la Candelaria. Cristo viene al mundo para cumplir la voluntad del Padre y, como dice Simeón, para convertirse en luz que alumbre a las naciones. Excepto Simeón y Ana nadie en el interior del templo repara en la figura de Jesús, un niño como los demás, hijo primogénito de dos padres de una familia humilde. Ni siquiera los sacerdotes son capaces de vislumbrar los signos de la presencia del Mesías. Sólo estos dos ancianos, guiados por el Espíritu Santo, ven en Jesús la luz de Dios, que viene para iluminar el mundo. San Juan Pablo II escogió esta fiesta para celebrar la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Pido hoy a todos los lectores de esta página que hagan de su jornada de hoy una oración por los consagrado/as de la Iglesia para que su acción apostólica se convierta en un auténtico compromiso de vida esplendor de la verdad de Cristo, que el Espíritu Santo les guíe siempre y sean testigos de amor, esperanza, alegría y misericordia. Y, por intercesión de María, de San José y de los santos Simeón y Ana, que seamos todos siempre capaces de presentarnos y entregarnos ante Dios con el alma limpia.

Acompaño esta meditación con la bella pieza del compositor Johannes Eccard, La Presentación de Jesús en el Templo:

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