Buscar la serenidad

Ayer por la mañana, saliendo de una reunión, asisto a Misa en una pequeña capilla de un hospital cercano junto a una veintena de personas, la mayoría gente del barrio, profesionales del centro y algún enfermo con su bata. Comenzada la ceremonia entra una joven de unos dieciocho años sentada en silla de ruedas acompañada de su madre. Viene de su habitación y, por su aspecto, parece que padece cáncer pues lleva el pelo rasurado. Terminada la Eucaristía el oficiante se acerca a ella y le saluda afectuosamente. Le oigo como le pregunta por su estado de ánimo: «Sinceramente estoy sufriendo mucho, pero estoy serena porque tengo al Señor que me acompaña», contesta con una sonrisa serena. Y lo demuestra, con sus fuerzas menguadas, asistiendo a la Eucaristía. Lleva en su corazón la dicha del amor de Dios, el poderío de la fe, el ímpetu de la juventud y la serenidad del alma.
Esta joven tiene muy cerca de su corazón a Dios. Tiene la dicha de Dios. Y su serenidad le permite aguantar el embate de la enfermedad. El cielo reposa sobre ella. Y a tantos nos cuesta levantarnos por la mañana para orar, para abrir las páginas del Antiguo o el Nuevo Testamento y leer la palabra de Dios y la Buena Nueva de Cristo, ponernos en manos, ir a comulgar, rezar el Santo Rosario, reparar el daño producido a los que nos rodean o hacer el bien al semejante.
Ayer, viendo a esta joven alegre en medio del sufrimiento, me digo: «Señor, no siempre me resulta fácil abrir mi corazón, tener una relación íntima y personal contigo, abandonarme a tu amor y a tu misericordia, convertir mi alma en un pequeño templo donde te sientas a gusto y mantener la serenidad ante los problemas que se me presentan».
Pienso en lo complacido que se debe sentir el Señor cada vez que ve a esta joven risueña envuelta en el sufrimiento de su enfermedad. Bienaventurado el enfermo que sabe aprovechar su enfermedad para vivir de manera diferente y serena haciendo fecunda su vida interior porque se convierte en testimonio vivo y auténtico del Evangelio de Cristo y es capaz de mostrar a quienes les rodean el rostro del Señor. Ayer me sentí muy bendecido, muy humanizado, lleno de la ternura de Cristo pero sobre todo consciente de la importancia de hacer de la serenidad virtud en todas las circunstancias de mi vida.  La serenidad es la virtud que une a todas las demás virtudes, la que permite creer firmemente que la providencia divina se ocupa de uno como si fueses el único ser que habita en la tierra. ¡Qué gran don para uno y para los demás que tanto me olvido de pedir al Espíritu Santo!

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, ayúdame a comprender que Tu caminas siempre a mi lado, que eres un Padre amoroso que no me abandona nunca, que me ayudas, me inspiras, me bendices, me perdonas y me acompañas! ¡Ayúdame a descansar serenamente siempre en Ti con una confianza plena, repleto de fe en Tu divina Providencia, capaz de encontrar la serenidad que viene de Ti en cada acontecimiento de mi vida! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, a tener serenidad interior, paz interior y exterior, y una vida espiritual serena y rica para ser siempre un alma de oración que trate confiadamente a Dios en todo momento! ¡Señor, ayúdame a ponerme ante Ti en el Sagrario en los momentos de dificultad para que, serenamente, sepa escuchar tu voz y dejar ante Ti todas mis preocupaciones! ¡Custodia, Señor, mi corazón y hazlo tuyo para que en la serenidad de mi encuentro contigo sea capaz de responderte siempre convirtiendo cada momento de mi vida en una ocasión para amarte más a Ti y a los demás! ¡Dame, Espíritu Santo, la gracia de la humildad para acoger en mi vida todo lo que venga de Dios! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a mantenerme siempre sereno y confiado ante los problemas, la enfermedad, las críticas, las angustias profesionales o económicas, el sufrimiento por alguien a mi alrededor que lo pase mal! ¡Dame, Espíritu de Amor, la confianza filial para entregarme siempre a Dios con fidelidad! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a sobrellevar con serenidad las incomprensiones de los demás y las contradicciones que Dios permite en mi vida y saber llevar al mismo tiempo con entereza el peso de la Cruz! ¡Concédeme, Espíritu Santo, identificarme siempre con la Voluntad de Dios!

Y una canción al Espíritu Santo, al que le decimos que está bienvenido aquí. Y ese aquí es en cualquier lugar, especialmente nuestro corazón:

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