Como los discípulos de Emaús

Me siento muy identificado con los discípulos de Emaús. Como ellos tengo mi alma llena de Cristo. Como ellos trato de hablar de Jesús, el Nazareno, a las gentes que se cruzan en mi camino. Como ellos lo llevo en el corazón. Como ellos me encuentro con Él en la oración y en la Eucaristía diarias. Como ellos siento que hace obras grandes por mí. Como ellos siento que Jesús es alguien poderoso en obras y palabras, que su Buena Nueva proclamada en el Evangelio es la verdad que debe regir mi vida. Como a ellos se ha dirigido a mí en multitud de ocasiones obrando grandes maravillas. Como ellos también yo estoy repleto de dudas. Como ellos digo con frecuencia esa palabra en pasado que hace que quiebre mi confianza: «Esperábamos». Como ellos soy débil. Mi fragilidad humana es parecida a la suya.
Pero como con ellos el Señor continúa caminando a mi lado. No lo reconozco. Puede proseguir su camino pero no lo hace. Sigue unido a mí. Se acerca a mí. Esa es la ternura maravillosa del Señor, condescendiente con mi debilidad y mi fragilidad como persona. Es la mayor lección de amor que puedo recibir de ese Cristo resucitado que espera que no decaiga en la confianza y no me abandone a la desesperanza.
Cristo no pasa de largo. Se queda junto a mí, como hizo con ellos. Se sienta a mi mesa, como con ellos. Me instruye, como a ellos. Lo hace con su palabra de agua viva, con sus enseñanzas, con su presencia adorable y misteriosa en la Eucaristía, en la oración, en mi pequeño corazón. Me habla a través de las personas, de los acontecimientos y de las circunstancias de la vida.
Por eso, como ellos le suplico que no se aleje, que se quede junto a mí que el día declina. «Señor, quédate conmigo, no te vayas, no te alejes de mí», es una súplica que no debería dejar de salir de mis labios cada día. Y lo hace, como hizo con ellos para reconfortarme e instruirme, para alimentarme con Su Cuerpo y Su Sangre.
Me siento así reconfortado, como pasó con los dos discípulos del camino. Soy poca cosa, un alma indigna, de merecer la más mínima atención pero a Él no le importa lo que soy porque lee en lo más profundo de mi corazón, sabe de mi voluntad de crecer, de mejorar, de caminar lleno de la luz de su Espíritu. Por eso, le suplico hoy con todo mi corazón que me conceda cada día la gracia de reconocerle siempre, de glorificarle siempre, de agradecerle siempre, de adorarle siempre y exclamar con amor, confianza y esperanza: «Señor, quédate conmigo, no te vayas, no te alejes de mí» para a continuación levantar la voz y gritar lleno de alegría: «¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!»

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, camino muchas veces por la vida triste y presuroso como los discípulos de Emaús y tu te acercas a mí con ternura, respeto y misericordia para acoger mis dudas, mis desánimos y mis incertezas! ¡Gracias, Señor! ¡Tu caminas a mi lado, Señor, aceptas siempre el ritmo de mi vida, a veces excesivamente rápido y otras más lento; pero a ti no te importa porque me das libertad para elegir! ¡Gracias,  Señor! ¡Señor, te haces palabra en la lectura de los Evangelios, en las palabras de otras personas, en tu presencia en los rostros de tantos! ¡Gracias, Señor! ¡Sosiegas mi corazón, Señor, curas mis heridas y mis rencores, abres mis ojos cegados por el egoísmo y la soberbia,  me llenas de paz y serenidad, me devuelves la esperanza y la alegría! ¡Gracias, Señor! ¡Compartes conmigo tu Cuerpo y tu Sangre como un regalo maravilloso que muchas veces no aprecio en toda su intensidad! ¡Gracias, Señor! ¡Escuchas mi súplica del «Señor, quédate conmigo, no te vayas, no te alejes de mí» y tu compañía me sosiega, me tranquiliza, me serena y llena de confianza! ¡Gracias, Señor! ¡Gracias, por el amor que tienes por mí, porque sales a mi encuentro como hiciste con los discípulos de Emaús, por darme siempre luz, por permitirme caminar junto a Ti, porque me envías a Tu Espíritu Santo para que me guíe! ¡Gracias, Señor, porque el camino de la vida es siempre difícil e incierto y junto a Ti es más fácil de recorrer! ¡Gracias, porque caminando a Tu lado es más fácil dar impulso y poner orden a mi vida! ¡Quédate, Señor, con nosotros y danos la vida para llevar la Buena Nueva a todos los que nos rodean!

Para acompañar este meditación, una canción del camino de Emaús:

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