A la luz del Espíritu

Un nutrido grupo de personas nos reuníamos hace poco en torno a una mesa para poner fin a un curso Alpha. Impresiona ver como hay muchos corazones abiertos a la llamada del Espíritu, reforzados por la gracia y honrados por el amor de Cristo. Impresiona y emociona. Pero hay muchos que nos desean oír hablar de espiritualidad porque ignoran lo que se esconde detrás de esta palabra. Desconocen que va más allá de la religiosidad y de la piedad. Vivir espiritualmente es vivir unido al Espíritu de Dios pero sólo ocurre cuando a Dios se le da acceso en cada una de las experiencias de la propia vida.
Cada mañana cuando invoco al Espíritu Santo para que llene mi vida siento como Él se ocupa de despertar en mi corazón el amor por la vida y a la vida. Cómo a pesar de mi pequeñez, de mis caídas, de mis debilidades, mis angustias y mis incoherencias el Espíritu Santo me da la fortaleza para que mi corazón vibre ante la expectativa de la gracia que me deparará ese día. Me enseña a no tener miedos y si estos llegan, a atemperarlos. A vivir sin la armadura de la desesperanza. Me hace comprender que mi anhelada vida de santidad –de la que estoy tan lejos– la puedo vivir desde la experiencia del Espíritu Santo. Me ayuda a comprender que debo amar la vida como la ama Dios, ver la vida como la ve Dios, sentir la vida como la siente Dios: desde la belleza, la bondad, la dignidad, el amor y siempre abierta a la felicidad eterna. Me permite entender que mi fe es un don que viene de lo alto, que todos los dones que voy a recibir hoy son un regalo del Dios del Amor; que mi vida es finita pero abierta al infinito y debo aprovecharla al máximo intentando hacer el bien aunque muchas veces no lo consiga. Que todos mis afanes y mis deseos deben estar supeditados a la voluntad de Dios. Poner la vida en manos del Espíritu es una garantía de ir a mejor, por eso no quiero dejar nunca de invocarlo porque es Él quien me renueva, me transforma, me purifica y me llena de la luz divina.

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¡Señor, envía tu Espíritu Santo para completa en mi la gran obra del Padre, para perfeccionar mi alma y llenarla de tu gracia y de tu amor! ¡Espíritu Santo, concédeme el don de la sabiduría para aspirar siempre a las cosas eternas y dejar de lado lo mundano de esta vida! ¡Concédeme también el don de entendimiento para que ilumine siempre mis pensamientos y mi mente con el fin de ver siempre la luz de Dios en mi vida! ¡Concédeme, Espíritu de Dios, el don de consejo para escoger siempre el camino correcto y que todas mis acciones agraden siempre a Dios! ¡Mi objetivo es el cielo y allí quiero llegar con mis buenos actos! ¡Concédeme el don de fortaleza para que sepa siempre llevar mi cruz junto a Jesús con entereza y confianza y saber sobrellevar todos los problemas con capacidad de superación! ¡Concédeme, Espíritu divino, el don de conocimiento para que en mi oración tenga una mayor cercanía con el Señor, para conocerlo mejor y conocerme también a mi mismo para ir creciendo cada día en perfección! ¡Concédeme el espíritu de piedad para que, a través de mi oración, lleve a los demás ternura, amor, consuelo y paz y que mi servicio sea siempre por amor a Dios, un servicio amable y generoso! ¡Concédeme, Espíritu Santo, el don de temor de Dios para amar siempre al Padre con respeto y reverencia y sea muy consciente de cuáles son los actos que pueden molestarle! ¡Dame la alegría cristiana, Espíritu divino, para que allí donde vaya me reconozcan como un verdadero discípulo de Jesús!

Una canción dedicada al Espíritu Santo:

 

 

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