Sostenido por la fuerza del Amor

Ayer fue un día intenso, con muchos frentes abiertos que te obligan a multiplicarte por doquier y, en algunos casos, con dolor. Me presento en la oración con frialdad, con el alma helada, con un cierto vacío interior que hiere mi corazón. Le pido al Padre una palabra, al Espíritu una luz, al Hijo un señuelo. Y abriendo la Biblia, surge esta palabra del Salmo 24: «Tengo los ojos puestos en el Señor porque Él me libra de todo peligro. Mírame, Dios mío y ten piedad de mí que estoy solo y afligido».
Y claro, sobre los nubarrones oscuros de mi fe frágil, surge de nuevo esa luz que ilumina intensamente el camino. Sorprende siempre como el Señor levanta el ánimo cuando la tentación susurra cantos de desánimo al oído e invita al corazón a agobiarse y entristecerse. Dejarse vencer por el príncipe de las tentaciones hace que el corazón se llene de angustias, el camino sea más difícil de transitar y los pasos que se dan estén llenos de incertezas.
El salmo canta a la esperanza. Uno tiene la certeza que es mirado desde lo alto con ternura. La Trinidad oye, escucha, siente, ama. Contempla los miedos del hombre y da respuestas a su desesperanza, a sus desvelos y sus miedos. Y lo más consolador para mí: mi nombre, mi vida… resonaron en el corazón de Cristo cuando agonizaba en la Cruz… Dios me ama, Cristo me ama, el Espíritu me ama… Entonces, ¡Qué puedo temer!
Puedo caminar con pasos vacilantes pero mi fe no puede decaer jamás. ¡Estoy sostenido con la fuerza del Amor!

orar-con-el-corazon-abierto

¡Creo en Ti, Señor, porque siento que me acompañas siempre… pero aumenta mi fe! ¡Hazte, Señor, el encontradizo conmigo; no permitas que pierda tus referencias, que la fe se tambalee, que dude cuando las cosas no salen como las tengo previstas; haz que sea receptivo a tu luz, atento a tu voz; no permitas que me acostumbre a tus llamadas! ¡Necesito, Señor, que por medio de tu Santo Espíritu sea sensible a tu paso por mi lado! ¡Concédeme, Señor, la gracia de vivir con coherencia, con una fe viva y firme, que lo mundano no me confunda, que sea capaz de ver en cada acontecimiento el destello vivo de tu presencia en mi vida, esa manera que tú tienes para hacer las cosas y para insinuarte! ¡Ayúdame a ser siempre un templo vivo del Espíritu! ¡Señor, cuando los ruidos exteriores me alejen de ti frena mis pasiones, no tengas en cuenta ni mis pretextos ni mis excusas y dame la inteligencia y la vivacidad para interpretar hasta el más mínimo signo de tu presencia! ¡Creo en Ti, Señor, pero aumenta mi fe cada día!

Del compositor ruso Anton Rubinstein, disfrutamos hoy de su Sueño angelical op. 10 nº 22 de su colección de retratos musicales Kamennïy-Ostrow:

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