«Haced lo que Él os diga»

Tercer sábado de febrero con María en nuestro corazón. La escena de las bodas de Caná me impresiona siempre por esa capacidad de María para acercarse a los demás a través de la bondad de Cristo. Ella es la que marca siempre el camino, el ejemplo a seguir, el modelo a imitar.
María les dice a los que sirven la mesa en la boda de aquellos jóvenes cuyas nupcias podían arruinarse por falta de vino el «haced lo que Él os diga». Así, sin más. Es una frase directa y sin contemplaciones. Es una frase que también va dirigida a mí, a cada uno de nosotros. Hemos de ser como aquellos servidores que siguieron las palabras de María, obedecieron su consejo, siguieron la dulzura de sus palabras. Ese «haced lo que Él os diga» no lo pronunció la Virgen exclusivamente en Caná; lo ha hecho también en todos aquellos lugares donde las apariciones marianas han sido aprobadas.
¿Y qué implica para mí el «haced lo que Él os diga»? Simple y llanamente llenar los cántaros de agua de mi vida. Llenar mi pobre corazón y mi alma sencilla con el agua pura de la vida, del Jesús vivo y resucitado, de la doctrina que emerge de la Iglesia Santa creada por Cristo, de las verdades del Evangelio, de las enseñanzas del catecismo, de la experiencia de la vida de sacramentos, de la pureza de mi vida, pensamientos, intenciones, palabras y actos, de mis oraciones, de mi encuentro cotidiano con el Padre en la oración… En ese «haced lo que Él os diga» hay todo un camino que María recorre también conmigo.
Por eso hoy le pido a la Virgen que le susurre a Jesús al oído y le diga: «No tiene vino». Ella se ocupará de que en los odres viejos de mi vida ponga Jesús el vino nuevo para hacer que mi corazón se regenere, cambie, se purifique, se transforme, se convierta en un corazón de carne y no en un corazón de piedra, en un corazón ardiente y no en un corazón de hielo. Es María capaz de obrar este milagro porque Cristo la escucha sabedor que Ella mira siempre desde el interior del corazón.

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¡María, las últimas palabras que el Evangelio conserva de Ti dirigida a los hombres es el «haced lo que Él os diga»! ¡Me la diriges a mí, María, y te doy gracias por ello pues me haces entender que la plenitud de mi vida tiene que estar unida a Cristo tu Hijo! ¡Gracias, María, porque me haces entender que por mi mismo no puedo conseguir la salvación! ¡Que por mis solas fuerzas no alcanzaré nada! ¡Gracias, María, porque me haces ver que la salvación viene de Dios, que para alcanzar la vida eterna tengo que llenar el cántaro de mi vida con el agua pura de Cristo! ¡Gracias, María, porque me enseñas la importancia de esperar y acoger lo que venga del Señor con el corazón abierto! ¡Gracias por esta invitación a encontrarme con el Dios que me ama infinita y desinteresadamente, que me espera con los brazos abiertos y todo lo soporta! ¡Gracias, María, porque me haces entender que su gracia debe trabajar en mi para convertirme en instrumento vivo de su amor! ¡Quiero aprender de Ti, María, a ver siempre lo que nadie es capaz de ver, de mostrarme siempre afectuoso con los demás, estar más pendiente de las necesidades de mi prójimo, vivir siempre con una actitud de respeto, amor y generosidad para con los demás! ¡Quiero hacer como Tu, María, que pusiste en práctica los valores del Evangelio para dar más amor! ¡Y a ti, Señor, te pido me envíes tu Santo Espíritu para que ilumine siempre mi corazón para ser capaz de comprender y descubrir como habitas en mi interior! ¡Ayúdame, como hizo tu Madre, a reconocerte siempre en lo más humilde y sencillo! ¡«Haced lo que Él os diga»; quiero hacerlo María, de tu mano, bajo tu amparo y con tu consejo!

Y una bella canción en inglés (The Wedding in Cana) para acompañar esta meditación sabatina:

Sostenido por la fuerza del Amor

Ayer fue un día intenso, con muchos frentes abiertos que te obligan a multiplicarte por doquier y, en algunos casos, con dolor. Me presento en la oración con frialdad, con el alma helada, con un cierto vacío interior que hiere mi corazón. Le pido al Padre una palabra, al Espíritu una luz, al Hijo un señuelo. Y abriendo la Biblia, surge esta palabra del Salmo 24: «Tengo los ojos puestos en el Señor porque Él me libra de todo peligro. Mírame, Dios mío y ten piedad de mí que estoy solo y afligido».
Y claro, sobre los nubarrones oscuros de mi fe frágil, surge de nuevo esa luz que ilumina intensamente el camino. Sorprende siempre como el Señor levanta el ánimo cuando la tentación susurra cantos de desánimo al oído e invita al corazón a agobiarse y entristecerse. Dejarse vencer por el príncipe de las tentaciones hace que el corazón se llene de angustias, el camino sea más difícil de transitar y los pasos que se dan estén llenos de incertezas.
El salmo canta a la esperanza. Uno tiene la certeza que es mirado desde lo alto con ternura. La Trinidad oye, escucha, siente, ama. Contempla los miedos del hombre y da respuestas a su desesperanza, a sus desvelos y sus miedos. Y lo más consolador para mí: mi nombre, mi vida… resonaron en el corazón de Cristo cuando agonizaba en la Cruz… Dios me ama, Cristo me ama, el Espíritu me ama… Entonces, ¡Qué puedo temer!
Puedo caminar con pasos vacilantes pero mi fe no puede decaer jamás. ¡Estoy sostenido con la fuerza del Amor!

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¡Creo en Ti, Señor, porque siento que me acompañas siempre… pero aumenta mi fe! ¡Hazte, Señor, el encontradizo conmigo; no permitas que pierda tus referencias, que la fe se tambalee, que dude cuando las cosas no salen como las tengo previstas; haz que sea receptivo a tu luz, atento a tu voz; no permitas que me acostumbre a tus llamadas! ¡Necesito, Señor, que por medio de tu Santo Espíritu sea sensible a tu paso por mi lado! ¡Concédeme, Señor, la gracia de vivir con coherencia, con una fe viva y firme, que lo mundano no me confunda, que sea capaz de ver en cada acontecimiento el destello vivo de tu presencia en mi vida, esa manera que tú tienes para hacer las cosas y para insinuarte! ¡Ayúdame a ser siempre un templo vivo del Espíritu! ¡Señor, cuando los ruidos exteriores me alejen de ti frena mis pasiones, no tengas en cuenta ni mis pretextos ni mis excusas y dame la inteligencia y la vivacidad para interpretar hasta el más mínimo signo de tu presencia! ¡Creo en Ti, Señor, pero aumenta mi fe cada día!

Del compositor ruso Anton Rubinstein, disfrutamos hoy de su Sueño angelical op. 10 nº 22 de su colección de retratos musicales Kamennïy-Ostrow:

A la luz del Espíritu

Un nutrido grupo de personas nos reuníamos hace poco en torno a una mesa para poner fin a un curso Alpha. Impresiona ver como hay muchos corazones abiertos a la llamada del Espíritu, reforzados por la gracia y honrados por el amor de Cristo. Impresiona y emociona. Pero hay muchos que nos desean oír hablar de espiritualidad porque ignoran lo que se esconde detrás de esta palabra. Desconocen que va más allá de la religiosidad y de la piedad. Vivir espiritualmente es vivir unido al Espíritu de Dios pero sólo ocurre cuando a Dios se le da acceso en cada una de las experiencias de la propia vida.
Cada mañana cuando invoco al Espíritu Santo para que llene mi vida siento como Él se ocupa de despertar en mi corazón el amor por la vida y a la vida. Cómo a pesar de mi pequeñez, de mis caídas, de mis debilidades, mis angustias y mis incoherencias el Espíritu Santo me da la fortaleza para que mi corazón vibre ante la expectativa de la gracia que me deparará ese día. Me enseña a no tener miedos y si estos llegan, a atemperarlos. A vivir sin la armadura de la desesperanza. Me hace comprender que mi anhelada vida de santidad –de la que estoy tan lejos– la puedo vivir desde la experiencia del Espíritu Santo. Me ayuda a comprender que debo amar la vida como la ama Dios, ver la vida como la ve Dios, sentir la vida como la siente Dios: desde la belleza, la bondad, la dignidad, el amor y siempre abierta a la felicidad eterna. Me permite entender que mi fe es un don que viene de lo alto, que todos los dones que voy a recibir hoy son un regalo del Dios del Amor; que mi vida es finita pero abierta al infinito y debo aprovecharla al máximo intentando hacer el bien aunque muchas veces no lo consiga. Que todos mis afanes y mis deseos deben estar supeditados a la voluntad de Dios. Poner la vida en manos del Espíritu es una garantía de ir a mejor, por eso no quiero dejar nunca de invocarlo porque es Él quien me renueva, me transforma, me purifica y me llena de la luz divina.

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¡Señor, envía tu Espíritu Santo para completa en mi la gran obra del Padre, para perfeccionar mi alma y llenarla de tu gracia y de tu amor! ¡Espíritu Santo, concédeme el don de la sabiduría para aspirar siempre a las cosas eternas y dejar de lado lo mundano de esta vida! ¡Concédeme también el don de entendimiento para que ilumine siempre mis pensamientos y mi mente con el fin de ver siempre la luz de Dios en mi vida! ¡Concédeme, Espíritu de Dios, el don de consejo para escoger siempre el camino correcto y que todas mis acciones agraden siempre a Dios! ¡Mi objetivo es el cielo y allí quiero llegar con mis buenos actos! ¡Concédeme el don de fortaleza para que sepa siempre llevar mi cruz junto a Jesús con entereza y confianza y saber sobrellevar todos los problemas con capacidad de superación! ¡Concédeme, Espíritu divino, el don de conocimiento para que en mi oración tenga una mayor cercanía con el Señor, para conocerlo mejor y conocerme también a mi mismo para ir creciendo cada día en perfección! ¡Concédeme el espíritu de piedad para que, a través de mi oración, lleve a los demás ternura, amor, consuelo y paz y que mi servicio sea siempre por amor a Dios, un servicio amable y generoso! ¡Concédeme, Espíritu Santo, el don de temor de Dios para amar siempre al Padre con respeto y reverencia y sea muy consciente de cuáles son los actos que pueden molestarle! ¡Dame la alegría cristiana, Espíritu divino, para que allí donde vaya me reconozcan como un verdadero discípulo de Jesús!

Una canción dedicada al Espíritu Santo:

 

 

¿Hasta qué punto amo a la Iglesia?

La Iglesia. Tan criticada. Tan vilipendiada. Tan cuestionada. Tan humana a veces por las sombras imperfectas de los que la integramos. Pero la Iglesia es la gran obra de Cristo. Esta regida por la luz del Espíritu Santo que todo lo guía. Es la continuación de Dios en el mundo. Es un milagro lleno de vida y esperanza. Es la Iglesia la que crea, forma y sostiene a los elegidos de Dios.
La Iglesia. Más de dos mil años caminando sobre la tierra. La Iglesia ha educado en este tiempo a miles de millones de almas. Se asentó sobre la piedra de un hombre rudo y de once más elegidos que hoy no pasarían una mínima selección de personal. No tenían ni formación ni poder. Pero así sigue porque fue instituida por Dios mismo.
La Iglesia. Perseguida desde sus orígenes, humillada y masacrada, con hijos indignos que la han manchado y la ensucian con sus malas obras. Pero aquí sigue, viva, firme, próspera y esperanzada. Está ungida por la luz del Espíritu de Dios que combate con su aliento la malicia depredadora del ser humano.
La Iglesia. Germen de caridad y amor. ¡Qué harían tantas sociedades sin la presencia en su territorio de la Iglesia generosa y servicial, entregada y dadivosa!
La Iglesia. Recibo multitud de mensajes que critican al Santo Padre por sus declaraciones o por la poca claridad de la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia, por la actitud de ese o aquel sacerdote, por las declaraciones blasfemas de una monja benedictina sobre la Virgen María… ¡Recemos por la Iglesia, por los que están errados, por las cosas buenas, por nuestro propio interior y por la corrección de los que tenemos que cambiar nuestra actitud de cristianos descarados y demos gracias infinitas porque Dios nos ha permitido nacer en su seno! ¡Somos miembros vivos de una comunidad en la que Dios está en el centro! ¡Y sobre cada crítica a la Iglesia cada uno debería cargarla sobre sus espaldas porque cada uno de nuestros fallos, nuestros errores, nuestros pecados y nuestras caídas son también heridas que provocamos a la Iglesia!
La Iglesia. Un cristiano, miembro de la Iglesia, es hermano de los doce apóstoles -los escogidos del Señor-, de los primeros discípulos, de los patriarcas, de los profetas, de los mártires, de los confesores, de las vírgenes y de todos los Santos en la tierra y en el cielo. Hoy me planteo si soy digno hijo de la Iglesia.
La Iglesia es Madre. ¡Y, precisamente por eso y porque es obra de Dios, con todas sus grandes e imperfecciones, yo la amo!

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¡Señor, no me avergüenzo de ser miembro de Tu Iglesia santa, católica, apostólica y romana! ¡No quiero ver solo sus fallos, Señor, pues mientras esté en la tierra quiero amarla y quererla, rezar por ella y trabajar por ella para hacerla cada vez más santa! ¡Señor, amo a tu Iglesia y quiero ser digno de Ella porque es una institución creada por Ti! ¡Es parte intrínseca de tu cuerpo magullado en la Cruz! ¡Por eso la amo, Señor, y quiero ser digno de ella! ¡No te puedo amar a ti sino amo también a tu Iglesia! ¡Señor, la amo porque sigue siendo tu Esposa por muy pecadora o mediocre que sea! ¡Señor, amo a tu Iglesia y quiero ser digno de ella por es en ella donde crezco como cristiano y es por a través de ella que me acerco cada día a ti acompañado de tanta gente buena y santa! ¡Señor, es a través de mi mediocridad y la de tantos como yo que cada día puedo construir el Evangelio cotidiano! ¡Señor, amo a tu Iglesia y creo en ella porque creo en ti que eres su corazón y su esencia! ¡Amo a tu Iglesia porque es la casa de oración, el centro de la Eucaristía, sede de la verdad, templo del Espíritu Santo, fuente de gracia y de gloria, santuario vivo de caridad y amor, casa de perdón y misericordia! ¡Quiero ser digno de tu Iglesia, Señor, y amarla con el corazón abierto porque soy tan imperfecto como cualquier hombre y mujer que la formamos, viviendo nuestra mediocridad en un obra perfecta porque es creación tuya! ¡Pero sobre todo, Señor, quiero ser digno de tu Iglesia y amarla porque es mi Santa Madre, es mi templo espiritual, las de los que conviven conmigo y comparten mi vida cristiana! ¡Quiero vivir en ella y morir en ella, Señor, y quiero respetarla y honrarla a pesar de tantas manchas de pecado y tanta torpeza humana! ¡Señor, tú me conoces y sabes que soy pequeño, torpe, pecador, indigno e ingrato contigo, estoy cansado y camino a pasos lentos pero tu amas lo pequeño! ¡Quiero comer tu Cuerpo y tu Sangre y eso, Señor, solo puedo hacerlo en el seno de la Santa Madre Iglesia!

Iglesia, una bella canción de Lilly Goodman, para acompañar la meditación de hoy:

Mañana me pongo en serio, Señor

Soy plenamente consciente de que no intereso a mucha gente. Que no importo a según quien. Incluso que puedo caer mal a determinadas personas. Pero con mis virtudes e imperfecciones sí importo a Jesús. Le importo… y mucho. Y me ama más de lo que se ama a Sí mismo. Su sacrificio por amor en la Cruz es el sello que lo certifica. Su muerte en el Calvario dejó una impronta pero la certificación de esta verdad tiene lugar cada día en el momento que las manos consagradas de un sacerdote elevan hacia el cielo la Hostia sagrada y el cáliz de la redención. Ante esto no tengo palabras, tan profunda es la ternura, el amor, la misericordia… y la locura de Dios. Y, aún así, no soy capaz de dar alabanza permanente a Dios. ¡Qué ingratitud la mía!
Cada día el Sagrado Corazón de Jesús se hace vida para brotar esperanza y traer amor a mi corazón. Y ¿cuál es mi reacción? La indolencia mediocre. Mientras Él se entrega por completo yo me entrego a medias, cuando mis «múltiples» ocupaciones me lo permiten. Y así transcurren las jornadas escatimándole al Señor mi tiempo, mi oración, mi servicio, mi trabajo, mi apostolado, mi vida de sacramentos… yendo a lo cómodo y aparcando lo que me supone un esfuerzo.
«Mañana me pongo en serio, Señor». Excusas vanas, palabras vacías, promesas inciertas. Dios lo sabe. Lee mi corazón mezquino y quiere hechos concretos.
Por eso hoy vierto el frasco de mi esencia a los pies de Cristo, pongo todas mis incongruencias frente a Él, entrego mi soberbia al que es espejo de humildad y mi pobre voluntad al que representa la ternura infinita. Le doy la totalidad de mis defectos para que los destruya y la fealdad de mi pecado para que me purifique. Pero sobre todo le entrego la mediocridad de mi vida y se la ofrezco con el propósito firme de nacer de nuevo en el seno de mi familia, de mi trabajo, de mi comunidad eclesial, en el círculo de mis amistades… para que sea luz en la realidad de mi mundo.
Cada día Jesús me entrega lo mejor que tiene: su vida. Su Corazón amante y misericordioso. ¿Estoy preparado y predispuesto a darle el mío?

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¡Señor, gracias porque siempre piensas en mí cuando yo soy tantas veces olvidadizo contigo!  ¡Señor, Tú siempre caminas a mi lado y yo me alejo de ti con frecuencia! ¡Señor, Tú trabajas conmigo y yo casi nunca trabajo por ti! ¡Bendito seas, Dios mío, porque eres el origen y destino de todo lo que existe, te reconozco como el Creador del universo, porque eres el que deposita en cada pequeño rincón de este mundo la semilla de la Vida! ¡Te doy gracias porque la meta es vivir eternamente en tu compañía! ¡Concédeme, te lo suplico, un corazón grande para amar, sensible para servir y agradecido para responder a tanto amor y cariño que recibo de ti! ¡Te doy gracias por el gran regalo de tu hijo Jesucristo! ¡Mi vida se siente muy unido a Él aunque tantas veces mi mundanidad me nubla y me aleja del camino correcto pero deseo volver una y otra vez a su mensaje original que no es un rito sino una llamada a entregar mi vida al prójimo, que no consiste en mirar solo al cielo sino también a la tierra con todas sus problemáticas y su gente, que no es únicamente predicar sino servir con sencillez y humildad a los demás, y hacer entre todos un mundo más humano donde reine el amor y la verdad!

En el cielo no hay hospital, cantamos con Juan Luis Guerra:

Ofrezco lo que tengo y lo que soy

Luz Casal es una cantante de voz desgarrada. Sus canciones están llenas de sentimiento. Hace más de 20 años publicó el single titulado «Te ofrezco lo que tengo». Ayer, de casualidad, escuché esta canción en la radio. Y aunque no es un tema espiritual provocó en mi un profundo revuelco interior. Para entender esta meditación hay que leer la letra de la canción:

Perdido en el intento
inútil de buscar
en medio de la nada
malvives descontento,
te quiero ayudar,
me sobran sentimientos
y te los quiero dar.
Lo que tengo te lo ofrezco,
lo que tengo y lo que soy,
lo que tengo, todo te lo doy.
Primero la ilusión
que alegrará, lo se,
a ese helado y pobre corazón,
segundo mi vigor
para darte poder,
tercero grandes dosis
de valor y fé.
Ajena al desaliento,
tenaz en perseguir
la suerte y la fortuna
como un recien nacido
me empeño en existir,
son míos sol y luna,
los quiero compartir.

Vivimos en una sociedad y en un entorno en el que es muy frecuente que personas nos hagan promesas que nunca van a cumplir, que entreguen aquello que no es suyo, que digan sentir emociones que realidad no sienten simplemente por quedar bien, pronuncian palabras vacías que quieren llenar de contenido, te hacen creer que eres maravilloso (eres un crack, dicen) aunque en realidad piensen lo contrario… Yo mismo me he comportado así en muchas ocasiones, incluso hay momentos que intento enmascarar mi desazón con una sonrisa, fingir que me encuentro bien cuando por dentro estoy roto. Demostrar alegría cuando en realidad lo único que soy capaz es de llenar un río con mis lágrimas.
Pero Luz me ha iluminado. Ha puesto un foco incandescente en mi corazón. Me ha hecho ser consciente que la fragilidad con la que me muevo tantas veces y que busco camuflar con la máscara del «todo bien» no me permite ser la persona auténtica que quiero ser. Que la mayor autenticidad es ser quien soy realmente con mis defectos y mis virtudes. No se puede poseer lo que no se tiene. Pero si puedo hacer una fotografía de mi yo y enseñársela a Dios. Y es ante Él donde la verdad emerge con toda su realidad colocándote en su debido lugar.

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¡Señor, tú me enseñas aprender de las situaciones difíciles, de aquellos momentos en que la realidad me exige que afronte con valor, sin miedo, descubriendo mi fragilidad y retirando esas máscaras que esconden mis miedos y mi inestabilidad! ¡Señor, ayúdame con la fuerza de tu espíritu a ser auténticamente quién soy y darte todo lo que hay en mi interior! ¡Ayúdame, Señor, a no juzgar nunca los demás y mirarme siempre en el espejo del Padre que es el único lugar donde la verdad me sacude con una gran intensidad y me posiciona en el lugar que me corresponde! ¡Señor, ayúdame a dar siempre lo mejor de mí con palabras de ánimo que puedan entrar en un corazón desgarrado, ese abrazo amoroso y lleno de cariño para consolar al hombre o a la mujer que a mi lado esté abatido, compartir mis sentimientos amorosos y misericordiosos con aquellos que sufren, regalar mis oídos para escuchar con sencillez de corazón a quien necesita trasmitir una sentimiento, dolor, sufrimiento o frustración, secar con el pañuelo de mi alma tantas lágrimas que muchos derraman por su situación personal, Dar palabras de esperanza en la de aquel corazón que sufre! ¡Señor, simplemente quiero hacer lo que hacías tú! ¡Para ello, Jesús, ayúdame a no ir por la vida con dobleces y tratando de mascarar mi vida con un halo de bondad sino con mis defectos, mi fragilidad, mi corazón abierto, para que todo el mundo vea cómo soy y en mi debilidad poder descubrirme a los demás y demostrar que intento caminar siguiendo tus pasos, sin prisas, levantándome cada vez que caigo, con mis imperfecciones que tú vas modelando a través de la oración! ¡Señor, a ti nada tengo que esconderte porque lees hasta el último recóndito rincón de mi corazón! ¡Señor, hay algo que me da mucha esperanza y es que Dios escoge siempre a los débiles y a los pequeños para que avancen en la vida y es a ellos a los que les muestra las sendas de la vida que, aunque no sean fáciles y estén llenas de espinas, puedan al final estar coronada por la inmensidad de tu amor, gratificada por tus favores y llena, sobre todo, de tu misericordia! ¡Señor, tú sabes que tengo poco pero lo poco que tengo te lo doy y por eso quiero cada día esforzarme en tener más pero no de lo material sino de lo verdaderamente importante que es lo del corazón para dar más amor para darte más a ti y a los demás, para acercarme más a ti y a los demás y, sobre todo, para beber del agua viva y esa misma agua repartirla con mis pobres y frágiles manos a los demás!

Y como no podía ser de otra manera, la canción de Luz Casal que abre esta meditación:

Reconocer la equivocación

Ayer me dieron un consejo sabio, que no esperaba y que no pensaba vendría de esa persona a la que, humildemente tengo que reconocer, no había tomado en consideración. Fue una lección de humildad profunda, que agradezco, porque abajó mi soberbia y me coloco en mi debido lugar.
Hay momentos que nuestra cerrazón nos hace defender a ultranza nuestras opiniones. Estamos convencidos de que la razón nos asiste cuando, en realidad, estamos equivocados. ¡Cuánto cuesta reconocerlo!
Más doloroso es cuando alguien al que apreciamos nos recuerda que el camino que hemos tomado es el incorrecto pero, en su momento, no supimos o no quisimos hacerle caso.
Estas dos situaciones son muy comunes en nuestra vida. La lección que nos deja es la importancia de saber escuchar un consejo de los demás, y hacerlo con el corazón predispuesto y humilde.
La objetividad es la que nos permite ver con claridad esos espejismos que surgen en mitad del desierto. Observar con claridad esas dificultades que surgen en el camino, esas realidades complejas que se enredan en nuestro corazón y que nos hacen incapaces de hacer ese bien que en realidad anhelamos y hacer el mal que no deseamos. Nadie encerrado en sí mismo puede ser objetivo porque la falta de objetividad lleva a crear una coraza en el corazón, una especie de muro de piedra que nos aleja y separa de las personas que nos rodean y, fundamentalmente, también de Dios.
Cuando uno pone barreras a su alrededor pone límites a la relación con el prójimo pero, sobre todo, hace imposible ver con claridad lo que sucede más allá de uno mismo. Cuando uno camina por el mundo desde la propia razón, con una única perspectiva sea más o menos cierta, tiene grandes posibilidades de caer en la zanja del orgullo y la autocomplacencia.
Buscar o aceptar el consejo de alguien no nos convierte en personas más débiles o vulnerables. Al contrario, nos fortalece. Da mayor perspectiva a nuestra vida, nos educa interiormente, nos ofrece una mejor visión de la situación y de uno mismo y nos lleva a una vivencia más intensa de la humildad.

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¡Señor, ábreme siempre a la verdad y hazme ver cuáles son mis limitaciones y todo aquello de lo que me puedo equivocar! ¡Señor, ayúdame a cumplir el plan que tú tienes pensado en mi vida y házmelo ver con claridad como tú quieras, cuando tú quieras y de la manera que tú quieras! ¡Señor, envíame tu espíritu para saber siempre discernir, aprender a mirar la realidad de la mejor manera posible y ver las cosas siempre con humildad y con mucha serenidad para tomar las decisiones correctas! ¡Señor, hazme dócil a tu palabra pero también ayúdame a saber escuchar siempre, a saber discernir, a no rechazar los consejos ajenos sino interiorizarlos para ver si vienen de ti! ¡Señor, aplaca mi orgullo para no pensar que lo mío es lo importante, que tengo siempre razón, que aceptar un consejo no me debilita sino que, por el contrario, me hace más fuerte, me ofrece mayor luz, me permite experimentar la cercanía de los otros que me quieren ayudar, me educa en la humildad y sencillez y me enseña a poder aconsejar siempre con serena docilidad! ¡Señor, ayúdame a escuchar siempre a los demás que es una manera de aprender también a escucharte a ti que no dejas nunca de hablarnos, de aconsejarnos, de iluminarnos y de guiarnos! ¡Pero, sobre todo, ayúdame a abrir mi corazón para que sea el Espíritu Santo el que ilumine siempre en mi camino y dejarme guiar por él para encontrar siempre la senda justa y con la gracia de Dios recorrer el camino de mi vida y buscar siempre mi santidad! ¡Señor, hazme dócil a los consejos prudentes para aprender a crecer en confianza y dar mayor luz a mi vida cristiana y ver aquello que quizá no soy capaz de ver para corregirlo, para abrir más mi corazón y compartir mis experiencias y mi testimonio con los demás!

Manos Unidas es la Asociación de la Iglesia Católica para la ayuda, promoción y desarrollo del Tercer Mundo. Es, a su vez, una Organización No Gubernamental para el Desarrollo, (ONGD), de voluntarios, católica y seglar. Hoy se celebra la campaña de Manos Unidas con el lema: “El mundo no necesita más comida. Necesita gente comprometida”. Es una llamada elocuente a asumir nuestra responsabilidad ante 800 millones de personas que siguen pasando hambre en el mundo.ofrecemos nuestras oraciones por el éxito de esta iniciativa.

Un bello Sanctus cantado por unas voces angelicales para acompañar la meditación de hoy:

Unidos a los enfermos junto a María

Segundo sábado de febrero con María en nuestro corazón. En este día más unido a la Virgen pues celebramos la festividad de Nuestra Señora de Lourdes. Para los que tenemos en la familia a un familiar enfermo es un día especial porque la Virgen es la Madre de los débiles de cuerpo y de alma.
Cuando uno viaja a Lourdes entra en una gran galería donde los más frágiles y débiles representantes de la condición humana, con su discapacidad aflorando a los ojos del mundo, quedan al descubierto para ser acogidos por las manos misericordiosas del Padre a la luz de la bondad y gracia de Nuestra Señora. Es un entorno de paz interior ajeno a la mirada despreciativa del mundo. En Lourdes uno aprende a contemplar la enfermedad con ojos de misericordia, a desprenderse del yo para entregar la vida, a ver en la fragilidad y debilidad de los enfermos la mirada del Dios del amor.
Lourdes es la escuela del amor al débil. Pero no siempre se puede ir de peregrinación a este lugar santo. La peregrinación es un camino del alma. Por eso hoy este día me invita, en el entorno en el que me encuentre, a ser más consciente de mi ser cristiano que implica que mi corazón debe estar predispuesto para la obra de Dios, sirviendode manera desinteresada y por amor.
Hoy, he comenzado la oración con el canto del Magníficat porque no es la oración de los afortunados y de los que les sonríe la vida. Es la oración de los sufrientes, de los que dan gracias y alabanza a Dios por su obra redentora a pesar de los problemas que jalonan su vida. Es el canto de aquellos que expresan la fe de tantos hombres y mujeres que a lo largo de la historia depositan en Dios todos sus anhelos, ilusiones y esperanzas y tienen el compromiso personal firme, como hizo Nuestra Madre, de ponerse en manos de los más necesitados. El Magníficat es el canto de la caridad, de los que permanecen cerca de los sufrientes, de los que derraman lágrimas de dolor y conocen en su vida la angustia pero saben que Dios realizará en ellos el gran milagro del gozo, fruto maduro y santo del amor.
Dios, a través de María, obra grandes y prodigiosas maravillas en las personas humildes y sencillas. Cuando acepto el sufrimiento y lo ofrezco por amor, afronto el dolor desarmado por la fuerza de la fe y la esperanza en Cristo y hago florecer la cruz en el corazón. Esto es lo que quiero injertar de verdad en mi corazón.

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¡Señor, tu eres médico de cuerpo y de almas; tu recorrías los polvorientos caminos de Palestina sanando a los enfermos que se dirigían a Ti, los llenabas de ternura, amor y misericordia; te pido te apiades de todos los enfermos, les des paz en el corazón para sobrellevar la enfermedad y los cures de sus aflicciones! ¡A Ti, María, Madre de Dios y Madre nuestra, te pido derrames el tesoro de tu misericordia sobre cada uno de los enfermos de nuestra familia y amigos y viertas tu mirada de bendiciones sobre los que sufren! ¡Sostén también, María, a todos los que cuidan de los enfermos para que sean capaces de dar amor y servir con alegría cristiana, concédeles la fortaleza para consolar y acompañar al que sufre, que cada uno de ellos sea consciente de la gran misión que tienen entre sus manos para ser instrumentos misericordiosos en el servicio diario y que su corazón esté siempre abierto a la entrega y a la compasión! ¡Virgen María, tu eres la consoladora de los afligidos, ruega por nosotros! ¡Tu que eres salud de los enfermos, ruega por nosotros! ¡Fija también tu mirada, Señora, sobre mis miserias espirituales y haz que sea tan sencillo como Bernadita, que sea capaz de acogerte como lo hizo ella, de asumir en su vida las enseñanzas de las bienaventuranzas, ser capaz de cantar contigo humildemente el Magníficat, ser igual de servidor que ella, tener la predisposición para una auténtica conversión del corazón y valor para la penitencia! ¡Ayúdame siempre, María, a rezar con el corazón abierto por todos las personas que me rodean!

En este sábado dedicamos a la Virgen su Ave María de Lourdes.

Quién esté libre de pecado…

Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Nadie que yo conozca, empezando por mí mismo, es perfecto. Y a mí, como a tantos otros, nos gustaría tener el don de borrar esos episodios del pasado de los que te abochornas y te avergüenzas y que están escritos con tinta imborrable en el ayer de nuestra vida.
Hechos y circunstancias que preferimos callar para no remover el pasado, parte de nuestra historia escrita y sellada. Los pequeños matices que conforman el lienzo de nuestra vida no siempre han tenido los trazos más adecuados. Pero están ahí y no pueden borrarse. Solo están en el olvido de la misericordia de Dios.
Además, las batallas cotidianas imposibilitan muchas veces cicatrizar esas heridas profundas que cada uno atesora. Cuando un daño interior es profundo y no se ha sanado a base de perdón, renuncia y mucho amor no hay curación completa y la marca del dolor dura para siempre.
Es conveniente reconciliarse con los “fantasmas” del pasado, armazón de muchos desánimos. Dejarlos pasar y tratar de que se vayan acomodando en el baúl de nuestros recuerdos. Sabemos que existen pero no condicionarán nuestra vida ni harán que caigamos en la desazón y la tristeza. Con ello seremos capaces a enfrentarnos a ellos sin miedo.
Dios es el único propietario de nuestro pasado, del presente de nuestra vida y del futuro que nos espera. Solo queda confiarle la vida y Él, que sabe de nuestros anhelos y limitaciones, nos permitirá caminar sin miedo, sin límites y sin temores y se ocupará de iluminar el camino de nuestra vida.

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¡Señor, tú sabes bien que habido en mi vida muchos episodios en el pasado en los que me egoismo ha permitido que mi corazón se llene de rencor, de envidia, de dolor, de resentimiento! ¡Te pido perdón, Jesús, porque estos momentos me han alejado de ti! ¡Señor, envíame tu Espíritu para que me de la luz para caminar y no volver a vivir momentos como aquellos que me amargaban a mí y a los demás! ¡Señor, tú eres misericordioso y puedes ayudarme siempre a través de la fuerza de tu Santo Espíritu para que mis emociones pueda controlarlas siempre para hacer el bien y unirme más a ti! ¡Te pido, Señor, que borres de mi corazón aquellas heridas que puedo no haber cicatrizado para dar amor, para llevar bondad, para mirar a los demás con ojos de misericordia, para unirme más a ti a través de los demás! ¡Dame, Señor, la fortaleza necesaria y capacítame para vivir en el amor y no en el resentimiento! ¡Anhelo, Señor, crecer en mi unión contigo, vigilar con atención y humildad mis errores, equivocaciones, faltas y pecados para estar muy unido a Ti! ¡Necesito, Señor, con la guía del Espíritu Santo aprender a dominar mis impulsos! ¡Ayúdame a ser perseverante en mi vida de oración y tener un espíritu contemplativo de conciencia de lo que soy, de lo que quiero ser y de cómo debo comportarme! ¡Fórmame y moldéame para convertirme en un auténtico testigo de tu verdad! ¡Quiero, Señor, ser un cristiano fiel caminando por los senderos de la santidad! ¡Señor, te pido algo sencillo y grande a la vez: sé mi Camino, mi Verdad y mi Vida!

Hoy el Sanctus en Re Mayor, BWV 241 de Juan Sebastian Bach. Una de mis preferidas por su belleza y delicadeza musical:

Como los discípulos de Emaús

Me siento muy identificado con los discípulos de Emaús. Como ellos tengo mi alma llena de Cristo. Como ellos trato de hablar de Jesús, el Nazareno, a las gentes que se cruzan en mi camino. Como ellos lo llevo en el corazón. Como ellos me encuentro con Él en la oración y en la Eucaristía diarias. Como ellos siento que hace obras grandes por mí. Como ellos siento que Jesús es alguien poderoso en obras y palabras, que su Buena Nueva proclamada en el Evangelio es la verdad que debe regir mi vida. Como a ellos se ha dirigido a mí en multitud de ocasiones obrando grandes maravillas. Como ellos también yo estoy repleto de dudas. Como ellos digo con frecuencia esa palabra en pasado que hace que quiebre mi confianza: «Esperábamos». Como ellos soy débil. Mi fragilidad humana es parecida a la suya.
Pero como con ellos el Señor continúa caminando a mi lado. No lo reconozco. Puede proseguir su camino pero no lo hace. Sigue unido a mí. Se acerca a mí. Esa es la ternura maravillosa del Señor, condescendiente con mi debilidad y mi fragilidad como persona. Es la mayor lección de amor que puedo recibir de ese Cristo resucitado que espera que no decaiga en la confianza y no me abandone a la desesperanza.
Cristo no pasa de largo. Se queda junto a mí, como hizo con ellos. Se sienta a mi mesa, como con ellos. Me instruye, como a ellos. Lo hace con su palabra de agua viva, con sus enseñanzas, con su presencia adorable y misteriosa en la Eucaristía, en la oración, en mi pequeño corazón. Me habla a través de las personas, de los acontecimientos y de las circunstancias de la vida.
Por eso, como ellos le suplico que no se aleje, que se quede junto a mí que el día declina. «Señor, quédate conmigo, no te vayas, no te alejes de mí», es una súplica que no debería dejar de salir de mis labios cada día. Y lo hace, como hizo con ellos para reconfortarme e instruirme, para alimentarme con Su Cuerpo y Su Sangre.
Me siento así reconfortado, como pasó con los dos discípulos del camino. Soy poca cosa, un alma indigna, de merecer la más mínima atención pero a Él no le importa lo que soy porque lee en lo más profundo de mi corazón, sabe de mi voluntad de crecer, de mejorar, de caminar lleno de la luz de su Espíritu. Por eso, le suplico hoy con todo mi corazón que me conceda cada día la gracia de reconocerle siempre, de glorificarle siempre, de agradecerle siempre, de adorarle siempre y exclamar con amor, confianza y esperanza: «Señor, quédate conmigo, no te vayas, no te alejes de mí» para a continuación levantar la voz y gritar lleno de alegría: «¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!»

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¡Señor, camino muchas veces por la vida triste y presuroso como los discípulos de Emaús y tu te acercas a mí con ternura, respeto y misericordia para acoger mis dudas, mis desánimos y mis incertezas! ¡Gracias, Señor! ¡Tu caminas a mi lado, Señor, aceptas siempre el ritmo de mi vida, a veces excesivamente rápido y otras más lento; pero a ti no te importa porque me das libertad para elegir! ¡Gracias,  Señor! ¡Señor, te haces palabra en la lectura de los Evangelios, en las palabras de otras personas, en tu presencia en los rostros de tantos! ¡Gracias, Señor! ¡Sosiegas mi corazón, Señor, curas mis heridas y mis rencores, abres mis ojos cegados por el egoísmo y la soberbia,  me llenas de paz y serenidad, me devuelves la esperanza y la alegría! ¡Gracias, Señor! ¡Compartes conmigo tu Cuerpo y tu Sangre como un regalo maravilloso que muchas veces no aprecio en toda su intensidad! ¡Gracias, Señor! ¡Escuchas mi súplica del «Señor, quédate conmigo, no te vayas, no te alejes de mí» y tu compañía me sosiega, me tranquiliza, me serena y llena de confianza! ¡Gracias, Señor! ¡Gracias, por el amor que tienes por mí, porque sales a mi encuentro como hiciste con los discípulos de Emaús, por darme siempre luz, por permitirme caminar junto a Ti, porque me envías a Tu Espíritu Santo para que me guíe! ¡Gracias, Señor, porque el camino de la vida es siempre difícil e incierto y junto a Ti es más fácil de recorrer! ¡Gracias, porque caminando a Tu lado es más fácil dar impulso y poner orden a mi vida! ¡Quédate, Señor, con nosotros y danos la vida para llevar la Buena Nueva a todos los que nos rodean!

Para acompañar este meditación, una canción del camino de Emaús: