El gran tesoro de mi corazón

Tengo auténtica sed de amor, necesidad de entregarme, de darlo todo por Cristo. Si es así, ¿cual debe ser entonces mi deseo en la vida? Tratar de agradar en la medida de mis posibilidades a Jesús, y unido espiritual y humanamente a Él, a Dios. En este sentido, ahora que camino hacia la Pascua, siento algo que me llena de consuelo. En esta unión con el Señor, Jesús nunca me pedirá que le sacrifique. Me podrá pedir cualquier otra cosa. Me podrá exigir que acepte el sufrimiento, que renuncie a cosas que son importantes para mi, que me haga pequeño en los éxitos y sumiso en los fracasos, que no abandone en la tribulación, que sirva a los demás, que haga más apostolado… pero nunca que le sacrifique. Jesús espera de mi todo y desea ardientemente concedérmelo.
Por eso comprendo que debo vivir siempre con el propósito de agradar a Jesús, el gran tesoro de mi corazón. Con independencia del plan que Dios tenga pensado para mi, del camino que deba seguir según su voluntad, tanto en los momentos de consolación como de sufrimiento, debo siempre agradar a Jesús. Y hacerlo porque Él es la razón que vivifica mi alma. Jesús es la razón de todo, sin Él nada es posible. Él mismo es consciente. Y espera. Espera con paciencia infinita. Y para agradar a Jesús solo he de poner mis pocos medios, ofrecerle mi buena voluntad y dar lo mejor de mi. El resto llegará por añadidura. Y esto lo puedo hacer siempre, incluso en los momentos de mayor desolación personal o espiritual. Jesús es tan bueno y misericordioso que no pide nada más porque Cristo nunca pide imposibles. Cristo pide que haga lo posible por seguirle, que de el todo por hacer el bien, que viva en la verdad y en integridad las virtudes cristianas incluso en entornos de indiferencia u hostilidad. Tan simple y complicado lo hago siempre.

¡Señor, seguir tu camino puede parecer difícil, pero es más sencillo de lo que parece porque solo hay que hacer tu justicia y vivir con coherencia cristiana! ¡Ayúdame entonces a ser consecuente, Señor! ¡Señor, tu no me pides imposibles sino que haga lo imposible por dar el todo por todo por hacer el bien, por vivir en la verdad, por vivir las virtudes cristianas y ser luz! ¡Ayúdame, Señor, a ser consecuente con esto! ¡Tu me pides, Señor, que sea transparente, que mis palabras estén acordes con mis hechos, que mis pensamientos estén acordes con mi corazón, que no utilice dobles discursos según el ambiente en que me encuentre, caminar con la verdad aunque implique sufrimientos y duela denunciando el mal y proveyendo de amor! ¡Señor, sé que soy un pecador y que necesito tu perdón sanador! ¡Creo, Señor, que moriste por mis pecados en la Cruz y resucitaste al tercer día para darme vida nueva! ¡Sé, Señor, que tu eres el único camino que me lleva hacia Dios! ¡Cambia, Señor, mi vida con la fuerza de tu Espíritu y enséñame a conocerte mejor para irradiarte a los demás!

Spem in Alium de Thomas Tallis, muy adecuada a la meditación de hoy:

La cruz que yo mismo me construyo

Las cosas no salen siempre como uno las tiene previstas. Y, entonces, se vislumbra en el horizonte como un profundo desierto. Cuando te sientes abatido por los problemas, cuando te abate de manera dura la enfermedad, cuando un fracaso te llena de desazón y desconcierto, cuando alguien te juega una mala pasada y te hiere, cuando un juicio malicioso te daña el corazón… circunstancias todas ellas habituales en nuestra vida es cuando hay que ver con mayor claridad la mano de Dios que interviene en esos acontecimientos.
Me sorprendo porque aun sabiendo que la fe sostiene la vida son muchas las veces que no soy capaz de ver como las costuras de Dios van tejiendo el vestido de mi vida, hasta el más insignificante de los detalles que nadie aprecia pero que Dios ha diseñado cuidadosamente porque forma parte de su gran obra. Todo lo permite Dios. Y lo permite desde la grandeza de su amor infinito. Y lo hace con el único fin de lograr que me desprenda de mis oyes y de la mundanalidad de la vida para acercarme más a Él. ¡Pero qué difícil es esto, Dios mío!
Esta falta auténtica de confianza, de fe, de abandono y de esperanza provoca mucho sufrimiento interior. En este momento, la cruz que Dios me envía no es la suya ni no la hago mía porque es una cruz que construyo a mi justa medida. Cuando cargas esta cruz las penas son más pesadas, los disgustos más profundos, las pruebas más dolorosas, las inquietudes más atormentadas y la imaginación te lleva a realidades poco realistas… tal vez para nada porque en muchas ocasiones lo que prevés que sucederá nunca sucede por la intercesión misericordiosa del Padre que se compadece de la fragilidad humana.
El aprendizaje en este camino de Cuaresma es que no puedo crucificarme a mi mismo con mi propia Cruz. Dios lo único que desea es que acompañe a Cristo en el camino hacia el Calvario abandonando el cuidado de mi corazón y de mi alma a la acción redentora de su Hijo para mirar las cosas a la luz de la fe y de la confianza.

orar con el corazon abierto

¡Señor, cuánto me cuesta acostumbrarme a que tu me acompañas siempre, que caminas a mi lado, que no me abandonas nunca! ¡Cuántas veces me olvido, Señor, que mis sufrimientos y mis temores son también los tuyos que sufres junto a mí y haces tuyos mis pesares! ¡Señor, olvido con frecuencia que tu no me abandonas nunca! ¡Concédeme la gracia de confiar siempre en Ti! ¡Concédeme la gracia de verte en cada acontecimiento de mi vida! ¡Enséñame, Señor, como en el silencio de la vida y de los acontecimientos en los que no soy capaz de verte por mi ceguera tu te haces presente y cual es el sentido profundo y certero de lo que quieres para mí y es tu voluntad santa! ¡Ayúdame a dejar de lado esa cruz fabricada a mi medida y llevar la cruz verdadera! ¡Ayúdame a no preocuparme excesivamente por las cosas materiales y abrir más mi alma al cielo! ¡Espíritu Santo, dador de vida y de esperanza, a ti te confío también mis incertidumbres para que me ayudes a que mi alma se libere de todas las preocupaciones materiales y me hagas más fuerte espiritualmente! ¡Concédeme la gracia de ser más confiado, de tener una fe más firme y entregarme sin miedo a las manos extendidas de este Cristo clavado en la cruz que me abraza con amor eterno!

Victoria, tu reinarás, oh Cruz tu me salvarás:

Los labios y los pies de Judas

Me viene esta mañana una escena que recoge un momento álgido en la vida de Cristo horas antes de la Pasión. Profundamente conmovido, Jesús exclama: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar». Uno se imagina la perplejidad de los apóstoles allí reunidos ante estas palabras en cierto modo enigmáticas. A continuación, mojó el pan y se lo dio a Judas. Y, este, con los pies limpios pues Cristo se había humillado ante él como signo de servicio, salió para rematar esa traición que bullía desde hace tiempo en su corazón.
Nos acordamos de los labios de Judas porque es a través de la palabra como vende al Señor. Son sus labios los que le besan y desatan su detención. Son sus palabras postreras las que tratan de deshacer el daño causado ante el Sanedrín. Los labios de Judas me provocan desconcierto, desazón e incomodidad porque ponen en evidencia que mis labios también besan de manera infame y pronuncian palabras que hieren y traicionan a los demás.
Pero olvido con frecuencia los pies de Judas. Esos pies cansados de tanto caminar acompañando al Señor en jornadas extenuantes por Palestina pero que Cristo lavó con la misma ternura y amor que hizo con Pedro y el resto de los discípulos. Los mismos pies que, de manera delicada y amorosa, Cristo secó con el paño de la amistad, de la humildad y de la servidumbre. Esos pies de Judas, tocados con delicadeza por Jesús, los contemplo como un símbolo extraordinario de redención, ese lavar las manchas del pecado que uno experimenta cuando camina por el mundo y que necesita con tanta frecuencia una limpieza general. Es una limpieza de salvación, purificación y redención.
Mientras le lavaba los pies a Judas el Señor sabía cuál iba a ser el destino de su discípulo. Y como siempre en Él respetó su libertad. Es el misterio impresionante de la libertad del hombre. Mientras le secaba los pies, Cristo aceptaba lo sucio y lo desagradable de Judas pero, en su infinita misericordia, perdonaba la elección equivocada de aquel discípulo al que tanto amaba.
Se que Cristo también me lava los pies en la figura de los apóstoles. Y me deja actuar con plena libertad. Pero también borra mis pecados desde el trono de la Cruz y me ofrece su Espíritu, para que viva en mí a través del lavamiento del agua por la palabra, para caminar hacia la santidad. Y este lavatorio es continuo porque continua es también mi necesidad de vivir limpio de toda mancha de pecado. Salvación o perdición. Mientras sientes como Cristo te lava los pies tu interior ha de ir tomando su propia decisión.

orar con el corazon abierto

¡Señor, lávame los pies para caminar siempre puro y limpio y ser digno de Ti! ¡Señor, Judas te traicionó y es el símbolo viviente de quien errando le mantienes tu amor incondicional! ¡Señor, que aprenda a que cuando me lavas los pies y me los secas con profundo amor y misericordia sepa revisar mi vida, mis comportamientos, mis actitudes respecto a los demás para no llevar mi vida hacia el mal y hacia la senda equivocada! ¡Ayúdame, Señor, con los pies limpios a caminar hacia la santidad, sin pisotear los sentimientos ajenos, sin llenarme de egoísmo y de soberbia, actuando con gratitud, apelando a la ternura, sin utilizar la palabra para dañar, sin desviarme del sendero correcto, sin romper las amistades, sin resquebrajar las confianzas con el prójimo! ¡Señor, cuando derrames sobre mis pies el agua tibia de tu misericordia, ayúdame a orar siempre con el corazón abierto hacia Ti para acoger tu amor y saberlo darlo a los demás y mientras secas mis pies cansados que mi corazón experimente un profundo arrepentimiento por tantas traiciones que cometo contra tí y contra los demás! ¡Salvación o perdición: Señor opto por la primera opción pero envía tu Espíritu para hacerme más fácil mi camino de cruz!

Lava mis pies, es la canción que propongo hoy para acompañar esta meditación:

Una experiencia del amor de Dios

El domingo tuve la ocasión de vivir una jornada maravillosa del amor de Dios. La experiencia de como Dios sana los corazones heridos. Fue en un desayuno Alpha. Se habló de sanación física y espiritual y después de la charla unos oraron por otros. Se derramaron muchas lágrimas de amor, perdón, reconciliación, esperanza, sanación física…
Viví la experiencia final de pie en un rincón de la sala. Orando en silencio. Sentí algo especial. Sentí como el Señor me miraba con ojos de amor. Que me miraba cuando hay tantas miradas de otros que antes se fijaban en mi y ahora me ignoran o de tantos que ni siquiera se han percatado de mi presencia.
Sentí como el Señor extendía sus manos y las unía a las mías y acogía mis sufrimientos y heridas para se alejaran de mí y me permitieran ser libre.
Sentí como derramaba palabras de consuelo, bálsamo sanador de tantas desesperanzas y que llena esos vacíos que de vez en cuando emergen en mi corazón.
Sentí como el Señor me dispensaba un trato de favor otorgándome la oportunidad de acercarme a Él y descubrirle desde mi pequeñez.
Sería injusto silenciar tanto amor recibido. Gritar al mundo que me siento como una bandera —con el signo de la cruz— oteando al viento.
Quiero dar gracias y pensar en todo lo bueno que el Señor generosamente me proporciona, todos esos bienes que ha tenido a bien obsequiarme y que hacen de mí una persona bienaventurada. No deseo caminar alocadamente anhelando aquello que solo me ofrecerá un placer pasajero, un instante de gozo momentáneo, unas ilusiones que se apagan tan rápido como los fuegos artificiales, cosas tan fugaces como el segundo de un minuto que pasa volando.
Quiero, junto al Señor y los míos, ser feliz y tener paz interior y no fingir que soy feliz en este juego de tratar de sembrar tierras estériles.
Mi ambición es crecer como persona y como cristiano, permanecer siempre fiel a su lado, cobijado bajo la sombra de la Cruz, sin miedo a las  tormentas, sabedor de que a su vera todo es victoria.
Quiero que el mundo —ese mundo que le niega y trata de ocultarlo—  sepa que el Señor es el aliento que da vida a mi pequeña alma, el que llena mi frágil corazón de esperanza, el que me corona de amor, gracias y mucha misericordia.
Deseo que mi oración con el corazón abierto se deshaga en alabanza, piropos, gloria, halagos, cánticos, agradecimientos, jaculatorias hacia el Señor que lo acoge y escucha amorosamente; quiero que se aprenda la letra de esa canción que he compuesto desde la fragilidad de mi vida y que Él tararea susurrándola a mi oido cuando, con tanta frecuencia, me olvido alguna de sus estrofas.

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Señor, gracias! ¡Gracias por lo mucho que me amas! ¡Gracias infinitas por cómo me cuidas y me proteges! ¡Gracias por esa mirada misericordiosa que conmueve mi corazón y alegra mi alma! ¡Gracias, porque me conoces perfectamente y aún así me amas intensamente! ¡Gracias por las capacidades que me has dado y por todos aquellos que se cruzan en mi camino que me ayudan a ponerlas en práctica y ambién por los defectos que me permiten corregir mi vida y mejorar para ser cada día mejor! Gracias por la fortaleza que me has regalado para superar las dificultades y cargar con tanta dureza, sacrificio, esfuerzo y trabajo! ¡Gracias, Señor, por la gran confianza que me has otorgado en Ti que me permite elevar las manos al cielo y exclamar con determinación: ¡Abba, Padre, te amo, te bendigo y te glorifico! ¡Gracias por la fe que me llena la vida de esperanza y de creer que Tu eres el Camino, la Verdad y la Vida!  ¡Gracias, Señor, porque me permites serte fiel y encontrarte cada día en mi particular camino de Emaús entre desconciertos, temores, tentaciones y dudas! ¡Gracias por mi trabajo porque me permite glorificarte a través del esfuerzo cotidiano! ¡Gracias por la persona que has puesto a mi lado para formar una familia. La vida en el matrimonio no es sencilla, Señor, pero me la has entregado para constituir una familia cristiana basada en el amor y en el respeto! ¡Gracias por los hijos que nos has regalado, cada uno de ellos con sus particularidades y sus dones! ¡Gracias por mis amigos que me quieren, que rezan por mí y han estado a mi lado cuando más los necesitaba! ¡Gracias por mi grupo de oración en la parroquia, o en otros grupos de oración, por los encuentros de oración con los más pobres, por los que están más necesitados con los que comparto en el voluntario que me hacen pequeño pero consciente de que Tú estás presente en los desvalidos! ¡Gracias por los sacerdotes y consagradas que has puesto en mi camino! ¡Gracias por tantas personas anónimas que se cruzan cada día en mi camino, en mi trabajo, en mis iniciativas pastorales, en mis tiempos de ocio. Gracias, porque cada uno de ellos aporta algo nuevo a mi vida! ¡Gracias por todas las personas que leen estas meditaciones porque son un estímulo para seguir rezando desde el corazón y desde la fe! Gracias por las oportunidades que me ofreces cada día, por las esperanzas que se abren en el peregrinaje de la vida! ¡Gracias por que siempre me estás esperando con los brazos abiertos y la mirada misericordiosa. Gracias porque tienes una paciencia infinita conmigo y nunca te cansas de decirme: “Ven”! ¡Gracias, Señor, gracias!

Mandatum, bellísima pieza del tiempo Cuaresmal: 

https://m.youtube.com/watch?v=pvDELQri9Ik

Allí está Él, orando con uno

Ayer domingo, durante una sesión de un curso Alpha, una persona que está en un proceso de caminar pausadamente hacia la fe me decía que no encontraba palabras para hablar con Dios. «¿Sabes rezar el Padrenuestro, el Avemaría, el Gloria? ¿Puedes coger la Biblia y recitar un salmo?»; «Sí», responde con una sonrisa. «Pídele que te enseñe a orar como hizo con los apóstoles e, incluso, puedes lanzar al vuelo una jaculatoria: «Te amo, Señor, con toda mi humildad y mi pequeñez porque no se rezar», cualquier frase que te salga del corazón sirve -le digo-, pero no lo hagas a toda prisa sino poniendo todo tu amor, tu entrega, tu pobreza, tu fragilidad, tu desnudez. Eso lo toma el Señor con la mayor de las alegrías porque esa es la más auténtica de las oraciones».
Se lo digo porque lo pienso. Se lo recomiendo porque lo siento. Una frase sencilla pronunciada desde el corazón abierto es un encuentro íntimo entre uno y el Señor. Y en ese santuario íntimo que es el corazón de cada persona cuando se profiere una jaculatoria dicha con amor Dios fija allí su morada. Allí está Él, orando con uno.
Cristo habita en lo más profundo de nuestro corazón. Solo por eso, nuestra vida debería ser en cada palabra, en cada gesto, en cada pensamiento, en cada sentimiento… una oración auténtica impregnada de amor.

 

orar con el corazon abierto

Y hoy, mi oración, son sucintas jaculatorias al Señor que impregnadas de amor y paz interior y dichas desde el corazón llegan al Corazón de Cristo:
¡Jesús manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío! ¡Sagrado Corazón de Jesús, perdóname y se mi Rey! ¡Corazón de Jesús, que te ame y te haga amar! ¡Corazón divino de Jesús, hazme santo! Dulce corazón de Jesús, haz que te ame siempre más y más! ¡Sagrado Corazón de Jesús, protege mi familia! ¡Sea por siempre bendito y adorado Cristo, Nuestro Señor Sacramentado, Nuestro Rey por los siglos de los siglos! ¡Te alabo y te doy gracias en cada instante y momento, Buen Jesús! ¡Viva Jesús en mi corazón por siempre! ¡Viva Cristo Rey! ¡Te adoro ¡oh Cristo!, y te bendigo porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo! ¡Buen Jesús, amigo de los niños, bendice a mis hijos y a los niños de todo el mundo! ¡Buen Jesús, me uno a ti de todo corazón! ¡Señor eres mi pastor, nada me puede faltar! ¡Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo! ¡Por ti, Jesús, vivo; por ti, Jesús, muero; tuyo soy, Jesús, en vida y en muerte! ¡Señor, auméntame la fe! ¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo! ¡Creo, Señor, pero ayuda mi incredulidad! ¡Jesús Dios mío, te amo sobre todas las cosas! ¡Jesús, ten misericordia de mi que soy un miserable pecador!

Seguimos caminando por la Cuaresma acompañados de música bellísima; hoy con el responsorio Ecce Quomodo Moritur Justus (He aquí como muere el Justo) de Jacob Handl (1550-1591) compuedto para el Sábado Santo:

Tengo una profunda sed de ti

Me surge hoy en la oración un sentimiento profundo. Cristo, desde la Cruz, con sus brazos extendidos, desde ese trono de amor que es el madero santo, me susurra: «Te amo profundamente. Te amo como nunca me amarás tu a mí. Estoy aquí, con los brazos extendidos en cruz, porque quiero entrar en tu corazón, abrazar tu vida, tu fragilidad y tu humanidad. Tengo una profunda sed de Ti. Dame de beber».
Una grieta profunda se abre en mi corazón. ¡Cuanto me cuesta comprender que el Señor anhela ardientemente ganarme para Él. Ese «¡Tengo sed!» que pronuncia desde la Cruz es un «Dame de beber». Cristo no desea sólo mi salvación, quiere algo más, necesita conquistar mi pobre corazón para unirse a mí y desde la horizontalidad y verticalidad de la cruz llevarme hacia la santidad.
¿Cómo puedo ser ajeno a esta llamada amorosa del Señor? ¿Cómo no ser receptivo a este «¡Tengo sed!» si esta sed es la necesidad de mi amor, de mi entrega, de mi confianza, de mi olvido de mi mismo, de mi renuncia al pecado? ¿Cómo voy renunciar a ese clamor del Señor que tiene sed de mi santidad? ¿Como no ver que este «¡Tengo sed!» es para saciarse de mi unión con Él, de mi renovación interior, de mi purificación, de mi transformación personal, de mi conversión auténtica a su amor y su misericordia? ¿Cómo no ver que ese «¡Tengo sed!» es reclamar mi atención cuando no merezco darle de beber por tantas incongruencias, desprecios, miserias, infidelidades, abandonos que me alejan una y otra vez de Él?
Y, sin embargo, desde la Cruz, Jesús exclama: «Tengo sed». Y lo hace en el momento de la agonía, cuando parece que sus fuerzas lo han extenuado. Así es también el amor de Cristo. Firme en el dolor, fiel en la adversidad.
«Tengo sed», me dice el Señor. ¡Yo también tengo sed de ti, buen Jesús, aunque me olvide de decírtelo cada día!

orar con el corazon abierto

¡Señor, permanezco a los pies de la Cruz contemplando tu rostro y tu cuerpo doloridos y mi corazón compungido te da las gracias por tanto amor! ¡Señor, gracias, por necesitar de mi cercanía Tú que eres la bondad infinita, la ternura viva, el amor dadivoso, la misericordia generosa! ¡Gracias, Señor, porque desde la penuria de la Cruz deseas ardientemente mi cercanía, mi entrega confiada y mi amor! ¡Yo también, Señor, tengo sed de ti, de amarte y de que Tú también me ames! ¡Tengo sed de Tí para que sanes todas esas heridas que hay en mi corazón y me impiden avanzar! ¡Tengo sed de Ti para llenar mi corazón de paz y serenidad! ¡Tengo sed de Ti para no dudar nunca de Ti ni de la grandeza de tu misericordia! ¡Tengo sed de Ti, Señor, para llenar de sosiego mi vida cuando se presentan las pruebas y me ahogue en las tormentas de lo cotidiano! ¡Tengo sed de Ti, Señor, porque sé que tu amor es infinito y tus bendiciones colman de paz mi vida! ¡Tengo sed de Ti, Señor, porque soy consciente de que me perdonas y me amas por muchos errores que haya cometido! ¡Tengo sed de Ti, Señor, porque tu amor me basta y así puedo hacerme pequeño y más sencillo a los ojos de los demás, llevando mi orgullo y mi soberbia al pozo del adiós para inundarme de la humildad que viene de Ti! ¡Señor, quiero abrirme siempre a Ti! ¡No permitas, Señor, que me acostumbre a verte crucificado y hazme ver siempre tus huellas en el presente de mi vida!

Sitio! (Tengo Sed) es la quinta de las palabras de Cristo en la Cruz. Hoy escuchamos esta impresionante versión de Theódore Dubois para acompañar la meditación:

Un «sí» al Señor como el de María

Último sábado de marzo con María en nuestro corazón. Surge luminoso a mitad de la Cuaresma el día de la Anunciación del Señor y siguiendo el ejemplo de María, la mujer que dio su «sí» a Dios, es el día propicio para exclamar de corazón: «¡Hágase!». Un «¡hágase!» auténtico, veraz, hasta las últimas consecuencias. Un «sí» al Señor como el de María. Un «sí» que encierre una entrega auténtica, sin limitaciones de ningún tipo, sin reservas de ninguna especie.
Un «sí» que nos sitúe en el mismo espacio sagrado donde estaba la Virgen para lograr esa intimidad que permite el encuentro personal con Dios; que nos lleve también a la profundidad de nuestro ser, de nuestra vida y de nuestra historia. Ese lugar dónde el Dios de bondad y misericordia puede tocar nuestro corazón.
La jornada que hoy celebramos es un día de auténtica alegría porque dando el «sí» que tanto espera Dios, le dejamos obrar en nuestra vida aunque en ocasiones ese «sí» comporte dificultades, sufrimiento e incertidumbres.
¿No fue así el «sí» de María? ¿No fue así la incertidumbre en la noche del nacimiento de Jesús en un sombrío pesebre de Belén, sin comodidades, sin cuna, sin pañales, sin nada que ofrecer? ¿No fue así en la huida a Egipto huyendo del odio de un rey hacia una tierra desconocida? ¿No fue así la desaparación del niño Dios en el templo de Jerusalén? ¿No fueron así los treinta años que duró el silencio divino en la casa de Nazaret? ¿No fueron así los tremendos días de la Pasión del Señor hasta la muerte en la Cruz? ¿No fueron así los tres días de desconcierto hasta la Resurrección? Fue así, pero el «sí» de María fue el «¡hágase!» a la voluntad del Padre, el «¡hágase!» de la que nunca cuestionó lo que le ofreció Dios, la que nunca se opuso a la acción de Dios en su vida, la que nunca protestó por las privaciones y el sufrimiento que le tocó vivir. Fue, en definitiva, el «¡hágase!» de aquellos que abren sus manos para ponerlo todo en manos de Dios. Fue el «¡hágase!» de la máxima confianza en Dios.
Sí, María fue la escogida por Dios. Entró en su corazón. Pero Dios está también aquí, a la puerta de nuestro corazón. Y llama. Y ante la propuesta de Dios… ¿permite mi corazón que entre el Señor? ¿Le revelo a Dios mis deseos, mis sueños, mis anhelos, mis esperanzas? ¿Permito que Dios actúe en mi, que haga posible lo imposible? ¿Soy capaz de entregarme de manera auténtica, absoluta, confiada? ¿Soy cada día capaz de pronunciar un «sí» a Dios, abrirme a Dios, ofrecerme a Dios? Son las preguntas que ponen en evidencia la premisa de mi «¡hágase!».
Nos encontramos en el mismo lugar sagrado que se encontró la Virgen. Y en un momento determinado el ángel desaparece. Y María, en la soledad de la estancia, permanece sola, en silencio, en oración. Pero hay algo que ha cambiado en su vida: ha dicho «¡Si!» a Dios.

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero darte también hoy mi «¡Sí!»! ¡Hacerlo, Señor, sin cálculos, sin medidas, sin intereses, sin poner por encima de todo mi voluntad! ¡Quiero, Señor, que hagas posible lo imposible en mi vida! ¡Quiero poner, Señor, mi pobreza humana, mi pequeñez, mi nada en tus manos para que hagas de todo ello algo grande! ¡Señor, que sepa escuchar tus mensajes, que sepa aceptar lo que me transmites en la oración, que me impregne de tu Palabra, que todo mi ser se abra a la escucha y que mi forma de ver, pensar y actuar en esta vida sea un reflejo tuyo! ¡Señor, quiero darte un «¡Sí!» auténtico y confiado, alegre y convencido para aceptar todo aquello que sea tu voluntad! ¡Y a ti Madre te pido con humildad me ayudes a crecer como cristiano! ¡Enséñame a amar, a tener con los demás una actitud de acogida y aceptación, gestos humildes y sencillos, llenos de amor y de misericordia! ¡Ayúdame en la oración, María, para aprender siempre de tu «¡Sí!»! ¡Espíritu Santo ayúdame a que cada día sea una oportunidad para darle a Dios un «¡Sí!» lleno de amor en lo pequeño y en lo grande de mi vida! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que cuando Dios me pida algo no cuestione lo que cuesta sino que lo considere como un regalo del Señor que visita mi corazón y le habla con amor! ¡Ayúdame a comprender, Espíritu de Dios, lo que el Señor puede hacer en mí como hizo en la Virgen María! ¡Que mi vida sea, Espíritu de Amor, una vida feliz en medio del trabajo, la vida familiar, del dolor y la tribulación, de la sencillez de lo cotidiano, de las actividades mundanas, de la vida de oración…! ¡Que mi vida sea siempre un «¡Hágase en mí según tu Palabra!», Señor!

En el día de la Anunciación cantamos con la Hermana Glenda este Angelus:

Comprender que todo está impregnado de Su presencia

Hace unos días al escuchar esta frase del Génesis mi corazón se turbó por completo: «Y Dios hizo pasar un viento sobre la tierra y disminuyeron las aguas».
¿Cómo una frase tan simple puede turbar un corazón humano? Porque en ocasiones la tribulación me inunda. Las aguas de mi vida no están siempre en calma. Se levantan olas bravías envalentonadas por el viento. Y uno se siente perdido mar adentro entre tan devastadora tormenta y siendo salpicado por tanta lluvia de dolor. Experimentas esa desoladora fuerza del espíritu roto. Esas aguas que te ahogan y que te demuestran que uno no está avezado en el siempre complejo arte de la navegación. Pero Dios sopla suavemente para calmar la tempestad. Lanza sobre la tierra un viento pausado y hace que las aguas disminuyan. Lo hace así porque es consciente de la fragilidad de uno, de sus ineptitudes y sus incapacidades. Entonces comprendes que ese desvarío solo puede manejarlo Él en quien pones toda su confianza.
Y comprendes que todo, absolutamente todo, lo que uno experimenta, vive y le rodea está impregnado de su presencia. Que es necesario sentir el aliento de Dios y comprender lo que Él quiere mostrarte.
El corazón se turba pero todo está sellado por su presencia, y es necesario abrir los ojos salpicados del salitre marino y comprender lo que Él quiere mostrarte. Sabes que Dios no reposa en las tranquilas aguas de un mar en calma, que también se encuentra en lugares hostiles, en lugares poco transitados o en zonas agrestes. Que te hace pasar por zonas inundadas de zarzas, en desiertos secos y sombríos, donde la incertidumbre es ley.
Lo hermoso de la fe es que te permite comprender que cuando las aguas disminuyen y se calman surge un gran arco iris multicolor que conforta el corazón y sosiega el alma. Es el signo de las promesas de Dios que se hacen eco en la vida de cada uno. Escuchas la voz del Padre y la tempestad queda en calma, los temores desaparecen, las palabras sanan, las flaquezas se convierten en fortaleza y las incertidumbres en esperanza. Y te sientes en sus manos rebosantes de amor y misericordia completamente libre de ataduras.
La clave es la confianza. La espera paciente. La fe firme. Y cuando observas al Espíritu sobrevolar los cielos todo es más clarividente. Con Dios todo lo puedo, con el Hijo cargo la Cruz y con el Espíritu me sostengo.

orar con el corazon abierto

¡Señor, haz que todo se silencie en mi interior para escuchar la fuerza de tu palabra y así serenar mi espíritu cuando las tempestades hagan presencia en mi vida! ¡Señor, tu sabes cuántas situaciones de angustia, de incomprensión, de crisis económica o familiar, en la comunidad, de enfriamiento de mi compromiso cristiano, de caídas, de fracasos en mi tarea evangelizadora, de tener la sensación de ir a la deriva, de no comprender tu silencios! ¡Tu me interpelas, Señor, por mi falta de fe! ¡Sí, Señor, mi fe se tambalea a veces por lo que sucede en el exterior y, sobre todo, por mi fragilidad personal! ¡Lo que me impide acoger el evangelio es mi cobardía! ¡Que no me de miedo atender tus llamadas, Señor, y abrirme con fe a tu persona y comprender que tu sabes vivir en la tempestad y en la bonanza! ¡Espíritu Santo, ayúdame a buscar la calma en medio de tantas preocupaciones, incertidumbres y miedos! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a saber vivir en la confianza! ¡Concédeme la fuerza interior para soportar los golpes de la vida, los fracasos, los vacíos, las incoherencias, la falta de sentido y todo aquello que dificulta mi vida de fe! ¡No permitas que jamás el miedo me invada porque los temores hace que me vuelva pequeño y nos mire hacia mi interior, sino sólo ver las tempestades que hay en mi interior!

Protégeme Dios mío que me refugio en ti:

Quemar etapas

En la vida es frecuente quemar etapas. Pensamos que cuando las hacemos arder es que no va a ser necesario cruzarlas. ¡Pero qué equivocados estamos!
Uno se va fijando en la infinidad de pequeños detalles que van creando su rutina diaria, esas nimiedades sin importancia que nos inundan y que, de manera pausada, van edificando poco a poco la realidad de nuestra vida. Uno piensa en esa cantimplora de agua bendita, fresca y pura, que bebe para ir tomando fuerzas; son los detalles hermosos de la vida que, como retazos, se van haciendo presente en lo cotidiano.
Sin embargo, un día como hoy sientes ese viento gélido, fuerte, que te envuelve y que te impide avanzar; que te empuja descontrolado y te tambalea. Comprendes esa inseguridad que a veces hace mella en tu vida, esos miedos que te atenazan, esa fragilidad que se despliega con toda su fuerza. En ese momento no queda más que doblegarse ante Dios y pedirle, con el corazón abierto, que se convierta en la pantalla que frene estas envestidas, que vierta toda su gracia sobre este pobre hombre que en toda su fragilidad se siente incierto en el momento de cruzar el puente quebradizo la vida formado de tablones de madera enmohecidos, que crujen cuando caminas y que son incluso más inestables que uno mismo.
Es, entonces, con todos los miedos que te atenazan que te aferras dignamente a la Palabra, la única que esconde la verdad cierta, y que te invita a tener una fe firme y una confianza ciega. Y le dices a tu corazón: «Avanza y no tengas miedo, dirígete hacia el otro extremo confiadamente porque en el otro lado Alguien te espera con los brazos abiertos». Sí, en la vida hay momentos de confusión, desconcierto y desorientación. Por eso es tan importante pedir cada día una fe cierta y firme, la gracia de la confianza, el no tener miedo a caminar sobre travesaños de madera que crujen sobre el abismo. No tener miedo a cruzar el puente y quemarlo con la seguridad de que no lo voy a necesitar de nuevo porque no regresaré jamás al punto en el que me encontraba pues los horizontes que se abren son infinitamente mejores.
Si soy capaz de superar esta situación, de vencer esta prueba, de entregarme sin vacilaciones a la voluntad de Dios, de aceptar lo que Él tiene preparado para mí ¡por qué temer esta travesía! Mi vida experimentará una profunda transformación interior, un cambio profundo y, me convertiré, estoy convencido en alguien mucho más cercano a la belleza, amor y misericordia del corazón del Padre. ¡Voy a intentarlo!

orar con el corazon abierto

¡Señor, hay veces que la incertidumbre me invade y los miedos me aprisionan! ¡Hay ocasiones, Señor, que todo son incertidumbres que desmoronan de por si mi frágil existencia! ¡Aún así, Padre, tu eres la fuerza de mi corazón aunque mi espíritu sea débil y mi capacidad de confianza flaquee! ¡Te pido que me sostengas, Padre, y no me dejes caer nunca, que me guíes con los sabios consejos de tu Palabra y me conduzcas hacia ti con una fe ciega! ¡Soy consciente, Padre, de las grandes maravillas que obras en mi, que estar cerca tuyo y de tu Hijo es una gracia, porque sois mi refugio y mi auxilio, pero a veces tengo dudas porque los problemas a mi alrededor me dificultan crecer en confianza! ¡Ayúdame a quemar esos puntos que no sirven para vivir en la confianza cierta; yo confío en tu fuerza, cuando no puedo más creo en Ti, confío plenamente en que me bendices y me proteges porque eres el más grande y soberano Padre! ¡Envía tu Espíritu, Padre, sobre mí para que me de la fortaleza para avanzar, la sabiduría para confiar y la fe para crecer! ¡Gracias, Padre, por tu infinito amor y misericordia y perdona a este frágil pecador que tantas veces duda y se tambalea!

Alma mía recobra tu calma, rezamos cantando con esta hermosa canción:

Miedo a las sorpresas de Dios

Hay veces que uno pone todo su esfuerzo en una tarea que no acaba dando sus frutos. El desgaste personal es grande y eso hace mella en el alma. El desánimo te invade y los cansancios se convierten en una losa pesada. Me ha ocurrido con frecuencia: poner esperanza en algo que no se concreta. En estos momentos es cuando más confianza tengo que poner en el Señor; permanecer alerta con lo que desea transmitirme e invocar, esperanzando, el signo de su voluntad. El pequeño milagro anhelado.
En definitiva, el único que disipa las tinieblas de la incertidumbre con la luz es  Él. Sólo Él hace emerger la claridad de la oscuridad. Suavizar el áspero sentimiento de fracaso. Tranquilizar el ánimo antes de que el alma se sumerja en el desánimo. Es el momento de subir de nuevo a la barca, empezar a bogar aguas adentro, desalojar temores infundados y poner la mirada en ese Dios que nunca abandona. Y echar las redes en mitad del mar bravío confiando en su Palabra, consciente de que sólo es Él quien puede obrar el prodigio que uno anhela: que la red esté tan repleta de peces que sea imposible arrastrarla hasta la orilla. Y que la jornada finalice con la tan ansiada pesca.
El milagro solo puede producirse cuando crees de verdad que tu red vacía se llenará con abundantes frutos porque Él, el Padre que todo lo puede, actúa siempre cuando menos te lo esperas sorprendiéndote siempre. Y, entonces, te das cuenta que tienes miedo de las sorpresas de Dios. Pero Él es así, sorprendiendo siempre; uno no se puede cerrar nunca a la novedad que Dios desea traer a su vida, encerrándose en si mismo, perder la confianza y resignarse porque no hay situación que Él no pueda cambiar si uno está abierto a su gracia.

orar con el corazon abierto

¡Señor, muchas veces me empecino en trabajar solo sin tenerte a mi lado, confiando sólo en mis fuerzas; entonces solo observo que mis redes permanecen uno y otro día vacías! ¡Necesito escucharte, Señor, siendo dócil a tu Palabra y trabajar junto a Ti para que las cosas cambien y el milagro se produzca! ¡Quiero vivir en profunda comunión contigo para que al final del día, cuando no haya obtenido los frutos deseados, pueda volverme a tu Padre y escuchar su voz que me recomiende volver a echar las redes pero ahora haciéndolo en tu nombre! ¡Señor, qué diferente son las cosas cuando las hago en tu nombre! ¡No permitas que vaya quemando las horas inútilmente y que mi alma se seque sino que pueda confiar siempre en ti, abrir mi corazón, echar las redes y confiar siempre en los frutos de mi trabajo! ¡Espíritu Santo, dame la fortaleza para trabajar duro, con audacia, haciendo bien las cosas, incluso cuando haya tormentas y mares difíciles, y que no desfallezca cuando mi esfuerzo no de los frutos deseados! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a santificar mi trabajo para que sea semilla viva del Evangelio!

Seguimos nuestro camino cuaresmal musical con una bellísima pieza del maestro portugués Duarte Lobo, Pater Peccavi (Padre, he pecado) a cinco voces. Las palabras del hijo pródigo reconociendo sus errores y pidiendo perdón al padre son verdaderamente profundas: