«Tranquilo, ¡serénate!»

Comienzo la oración con la lectura del Salmo 139: «Si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha». Me viene la memoria la imagen de mi padre. Fue él quien me animaba a nadar en las aguas tranquilas de la costa donde pasábamos parte de nuestras vacaciones estivales. Recuerdo sus grandes manos como me sujetaban con suavidad por encima de las tímidas olas de la quietud del mar y, cuando menos me lo esperaba, me soltaba poco a poco para que fuese yo el que moviera mis pequeños brazos y piernas y me dejase llevar siguiendo el curso de la corriente. «¡Tranquilo, serénate!», eran sus palabras de ánimo y confianza. Pero yo, un niño de cuatro o cinco años, agitaba con fuerza mis manos para quitarme el miedo de hundirme en el agua. «Cuanto más relajado estés, mejor te mantendrás en la superficie». ¡Cuanta razón tenía mi padre!
Superada la cincuentena, la experiencia me demuestra que la vida es como ese mar lleno de olas. El principio fundamental para nadar en sus aguas es, inicialmente, relajarse pero, sobre todo y por encima de todo, recordar que a mi lado, siempre y en todo momento, Alguien se preocupa de mí sujetándome con sus manos. Y puede que mi vida dependa de un hilo muy fino pero ese hilo está sujetado por los dedos del Señor «me alcanzará por la izquierda y me agarrará por la derecha» para caminar siempre recto y de rectitud.
Con Cristo todo es más sencillo. Hoy quiero hacer con Él lo mismo que hacía con mi padre. Darle la oportunidad de que sea quien me sostenga y me de la fortaleza y la seguridad. ¡Soy muy imperfecto pero en esta imperfección se derrama la gracia de Dios sobre mí!

orar-con-el-corazon-abierto

¡Llévame siempre en tu regazo, Señor, y no me sueltes! ¡Acompáñame, Señor, siempre en mi caminar diario porque necesito de tu aliento, de tu sabiduría, de tu amor, de tu fuerza, de tu misericordia, de tu conocimiento, de tu bondad, de tus consejos y de tu entendimiento! ¡Llévame siempre de tu mano, Señor, y envíame tu Espíritu! ¡Señor, todo lo puedo en ti que me fortaleces! ¡Todas mis capacidades vienen de Ti, Señor por eso que puedo lograrlo todo si Tú estás conmigo guiándome! ¡Señor, ya sé que te deleitas en amarme y guiarme por eso te entrego mis esfuerzos cotidianos! ¡Te entrego también, Señor, la preocupación por mí mismo y la de mis seres más queridos, por los asuntos que llevo entre manos, por las responsabilidades profesionales, familiares y laborales! ¡Dios mío, aquí tienes mi corazón, mi alma, mis manos, y mis pies y mi mente! ¡Utilízalos, Señor, como mejor te convenga a Ti, para que glorifiquen en mi y en el prójimo tu presencia! ¡Gracias, Señor, por la gran cantidad de cosas que haces por mí y por medio de mí cada día!

Tu mano me sostiene es el canto propuesto para hoy:

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