Un «sí» al Señor como el de María

Último sábado de marzo con María en nuestro corazón. Surge luminoso a mitad de la Cuaresma el día de la Anunciación del Señor y siguiendo el ejemplo de María, la mujer que dio su «sí» a Dios, es el día propicio para exclamar de corazón: «¡Hágase!». Un «¡hágase!» auténtico, veraz, hasta las últimas consecuencias. Un «sí» al Señor como el de María. Un «sí» que encierre una entrega auténtica, sin limitaciones de ningún tipo, sin reservas de ninguna especie.
Un «sí» que nos sitúe en el mismo espacio sagrado donde estaba la Virgen para lograr esa intimidad que permite el encuentro personal con Dios; que nos lleve también a la profundidad de nuestro ser, de nuestra vida y de nuestra historia. Ese lugar dónde el Dios de bondad y misericordia puede tocar nuestro corazón.
La jornada que hoy celebramos es un día de auténtica alegría porque dando el «sí» que tanto espera Dios, le dejamos obrar en nuestra vida aunque en ocasiones ese «sí» comporte dificultades, sufrimiento e incertidumbres.
¿No fue así el «sí» de María? ¿No fue así la incertidumbre en la noche del nacimiento de Jesús en un sombrío pesebre de Belén, sin comodidades, sin cuna, sin pañales, sin nada que ofrecer? ¿No fue así en la huida a Egipto huyendo del odio de un rey hacia una tierra desconocida? ¿No fue así la desaparación del niño Dios en el templo de Jerusalén? ¿No fueron así los treinta años que duró el silencio divino en la casa de Nazaret? ¿No fueron así los tremendos días de la Pasión del Señor hasta la muerte en la Cruz? ¿No fueron así los tres días de desconcierto hasta la Resurrección? Fue así, pero el «sí» de María fue el «¡hágase!» a la voluntad del Padre, el «¡hágase!» de la que nunca cuestionó lo que le ofreció Dios, la que nunca se opuso a la acción de Dios en su vida, la que nunca protestó por las privaciones y el sufrimiento que le tocó vivir. Fue, en definitiva, el «¡hágase!» de aquellos que abren sus manos para ponerlo todo en manos de Dios. Fue el «¡hágase!» de la máxima confianza en Dios.
Sí, María fue la escogida por Dios. Entró en su corazón. Pero Dios está también aquí, a la puerta de nuestro corazón. Y llama. Y ante la propuesta de Dios… ¿permite mi corazón que entre el Señor? ¿Le revelo a Dios mis deseos, mis sueños, mis anhelos, mis esperanzas? ¿Permito que Dios actúe en mi, que haga posible lo imposible? ¿Soy capaz de entregarme de manera auténtica, absoluta, confiada? ¿Soy cada día capaz de pronunciar un «sí» a Dios, abrirme a Dios, ofrecerme a Dios? Son las preguntas que ponen en evidencia la premisa de mi «¡hágase!».
Nos encontramos en el mismo lugar sagrado que se encontró la Virgen. Y en un momento determinado el ángel desaparece. Y María, en la soledad de la estancia, permanece sola, en silencio, en oración. Pero hay algo que ha cambiado en su vida: ha dicho «¡Si!» a Dios.

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero darte también hoy mi «¡Sí!»! ¡Hacerlo, Señor, sin cálculos, sin medidas, sin intereses, sin poner por encima de todo mi voluntad! ¡Quiero, Señor, que hagas posible lo imposible en mi vida! ¡Quiero poner, Señor, mi pobreza humana, mi pequeñez, mi nada en tus manos para que hagas de todo ello algo grande! ¡Señor, que sepa escuchar tus mensajes, que sepa aceptar lo que me transmites en la oración, que me impregne de tu Palabra, que todo mi ser se abra a la escucha y que mi forma de ver, pensar y actuar en esta vida sea un reflejo tuyo! ¡Señor, quiero darte un «¡Sí!» auténtico y confiado, alegre y convencido para aceptar todo aquello que sea tu voluntad! ¡Y a ti Madre te pido con humildad me ayudes a crecer como cristiano! ¡Enséñame a amar, a tener con los demás una actitud de acogida y aceptación, gestos humildes y sencillos, llenos de amor y de misericordia! ¡Ayúdame en la oración, María, para aprender siempre de tu «¡Sí!»! ¡Espíritu Santo ayúdame a que cada día sea una oportunidad para darle a Dios un «¡Sí!» lleno de amor en lo pequeño y en lo grande de mi vida! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que cuando Dios me pida algo no cuestione lo que cuesta sino que lo considere como un regalo del Señor que visita mi corazón y le habla con amor! ¡Ayúdame a comprender, Espíritu de Dios, lo que el Señor puede hacer en mí como hizo en la Virgen María! ¡Que mi vida sea, Espíritu de Amor, una vida feliz en medio del trabajo, la vida familiar, del dolor y la tribulación, de la sencillez de lo cotidiano, de las actividades mundanas, de la vida de oración…! ¡Que mi vida sea siempre un «¡Hágase en mí según tu Palabra!», Señor!

En el día de la Anunciación cantamos con la Hermana Glenda este Angelus:

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