Como un Zaqueo del Evangelio

Al tomar la Biblia para iniciar mi oración se me ha caído de las manos. Las páginas se han abierto en el pasaje de Zaqueo, una señal para comenzar la oración. De su lectura extraes que el Señor es realmente desconcertante. Apuesta por un personaje de reputación troquelada, un hombre poco apreciado por sus conciudadanos, alguien que genera contradicción, desprecio y aversión. Así era Zaqueo, que eleva su riqueza sobre el abuso y la corrupción.
Pero Cristo lee en lo más profundo del corazón. Y en Zaqueo —como en todos nosotros— solo encuentra lo bueno de Él. Porque no hay nadie que no atesore bondad. Y seguro que en lo más íntimo de su ser tenía imperiosa necesidad de cambiar.
La sociedad actual requiere de más «zaqueos» como el que surge de las páginas del Evangelio. «Zaqueos» que sean capaces de contribuir a crear un mundo más justo, más humano, más cristiano, mas servicial y más solidario. «Zaqueos» con un corazón generoso, humilde, sencillo, servicial y carente de orgullo, soberbia y ambición. «Zaqueos» que sean capaces de mirar a los demás con amor, que crean que incluso en los corazones de los hombres más duros la bondad y la humanidad es posible. «Zaqueos» que no duden en abrir de par en par las puertas a Cristo porque el encuentro con el Dios del amor es una posibilidad real que puede suceder en cualquier momento. «Zaqueos» que crean que este Dios que se hace presente en nuestra vida a través de Cristo sana corazones heridos, historias truncadas, almas desesperadas… y reconstruye todo aquello que a los ojos humanos parece más que perdido.
¿Por qué es posible que en este tiempo haya «Zaqueos» que se abran al amor de Cristo? Simple y llanamente porque Cristo, que murió en la cruz por la salvación del hombre, tiene viva esperanza en el género humano.
Jesús espera de mi —un «Zaqueos» más del Evangelio— que me levante de mis comodidades y le siga. Que lo hospede en mi casa —en mi corazón—. Que lo acomode en mi vida. Me invita a no perder la esperanza. Me propone a que salga de mi mismo y mire a mi alrededor. Me invita a buscar al prójimo y darle lo mejor de mi. Me invita a salir de mis medianías y buscar la excelencia personal. La santidad. Me invita penetrar en lo más profundo de mi ser donde habita Él y dejarme sorprender por su amor.
Quiere que sea un «Zaqueo» como el del Evangelio que, sintiendo su cercanía, irradiado por su paz y su amor, se puso en pie y escuchando la voz del Espíritu resonando en su interior dio un «sí» rotundo al Señor. Cuando uno entrega al Señor lo mejor de si mismo, su corazón, su vida, su fragilidad y sale de su mundo Jesús hace milagros. Y el más bello, el milagro de sentir su cercanía.

orar con el corazon abierto

¡Señor, como a Zaqueo hazme bajar del árbol de mis egoísmos, mi humanidad y mis comodidades y llévame a hacia Ti para que puedas entrar en mi corazón endurecido por las pruebas! ¡Gracias, Señor, porque siempre eres Tu con tu paciencia y bondad el que se acerca a mí para pedirme entrar en mi corazón y en mi vida! ¡Puedes entrar, Señor! ¡Concédeme, Señor, la gracia de tener todo siempre preparado para cuando llames! ¡Envía tu Espíritu para que haga limpieza en mi interior y te sientas más cómodo! ¡No te sorprendas, Señor, cuando en alguna ocasiones observes tanto desajuste, tanta inmundicia interior, tanto desorden, tanta falta de autenticidad! ¡Solo ten compasión de mí, Señor, que soy un humilde pecador! ¡Lo que yo deseo, Señor, es experimentar en mi vida tu amor, tu gracia, tu cercanía, tu perdón y tu misericordia! ¡Quiero sentir la paz de tenerte en mi corazón! ¡Quiero que, como a Zaqueo, me mires con una mirada de amor, me sonrías con la sonrisa de la bondad, me acerques la mano con la serenidad del que sabe va a perdonar! ¡Señor, ya sé que no te importa lo que soy porque lees en mi interior y sabes que tengo intención de cambiar, de mejorar, de crecer como persona y como cristiano! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que me ayude a optar por la santidad ¡Gracias, Señor, porque tu lo puedes todo y puedes sanar mi corazón!

Como Zaqueo, la canción que acompaña hoy la meditación:

Anuncios

En las manos delicadas de María

Último sábado de abril, antesala del mes de María, con la delicadeza de la Virgen en nuestro corazón. Si por algo destacó Nuestra Señora es por esa delicadeza y ese tacto amoroso para aceptar y cumplir el pensamiento que Dios tenía hacia Ella. Las manos de María siempre están extendidas acogiendo la voluntad del Padre. En la actualidad, manos sobran en demasía; de lo que careceremos es de tacto.La Virgen supo comprobar la textura interior de un Dios que le pedía algo en apariencia imposible, asumir la maternidad de un Dios hecho hombre y experimentar la congoja de ser Madre al pie de la Cruz. Con su delicada finura, María acogió a Dios y no lo alejó de su vida, distinguió el mal del bien, el error de la verdad, evitó las sendas erradas y trató con ternura su más preciado tesoro, a Cristo, porque era un don de Dios y a Dios estaba llamada a dar servicio.
En este sábado la delicadeza de María me hace plantearme como debe ser mi trato delicado con los demás en la vida cotidiana. En mi hogar. En mi trabajo. En mi círculo de amistades. En mi comunidad parroquial. Y todo se resume en una vida de entrega, de servicio, de preocupación por los demás, de generosidad, de caridad… Y de amor. Mucho amor. Actuar como María, para que a través de Ella mi vida, mis actitudes, mis pensamientos, mis sentimientos y mi ser se conviertan en un ejemplo de delicadeza cristiana.

d3f812ea8cbca3f43025d0dfef0c2396

¡María, Madre, que aprenda de ti a ser delicado con los que me rodean! ¡Ayúdame a actuar siempre con delicadeza! ¡A tu lado, María, me resultará siempre más fácil! ¡Ayúdame a ser una persona abierta, limpio para la acogida, generoso en el servicio, atento en la escucha, abierto en la oración! ¡Ayúdame también, María, a mantenerme siempre abierto a las llamadas de Dios y a acoger la gracia del Espíritu! ¡María eres la más preciosa por dentro por fuera!  ¡María, los Evangelios te presentan adornada de grandes virtudes; ayúdame a cultivarlas en todas las circunstancias de mi vida! ¡Ayúdame a ser delicado en la humildad, en la caridad, en la obediencia, en el servicio, en la paciencia, en la piedad, en la fortaleza, en la modestia…! ¡Y en este primer día de mayo, te ofrezco mis grandezas y mis pobrezas, mis virtudes y mis defectos, mis alegrías y mis penas, mis riquezas y mis miserias! ¡Te doy mi corazón y mi alma! ¡Te lo entrego, María, porque eres mi Madre y quiero a través tuyo conocer más a Jesús y vivir acorde con sus enseñanzas!

Oh María, cantamos hoy a la Virgen:

¡Gracias, Jesús Eucaristía!

A Dios tengo que buscarlo en la realidad de lo cotidiano. Y cuando lo buscas siempre se te aparece porque Él es un Dios que sale siempre al encuentro del hombre. En la historia personal y espiritual de cada ser humano Dios se hace habitualmente el encontradizo en las circunstancias y situaciones más insospechadas. Con Dios de nada sirve tratar de tenerlo todo controlado porque, en cuando uno menos lo espera, le envía el vendaval de gracia del Espíritu que desmorona las autosuficiencias y aplaca el orgullo del corazón. Con Dios no tiene sentido preconcebir las situaciones porque con ello solo sellas el corazón y el alma a los dones del Espíritu.
El gran encuentro de Dios con el hombre tiene lugar, fundamentalmente, a través de Cristo. Y tiene en la Eucaristía la forma más potente de dejar su impronta en el hombre. En la Eucaristía, memorial de las maravillas de Dios, sacramento del amor, fuente de vida, brota el camino de fe, de testimonio y de comunión. En la Eucaristía Dios posiciona a cada uno en su dignidad de hijos.
La Eucaristía, memorial y sacrificio ofrecido por el hombre, hay que vivirla en una actitud de fe, esperanza y caridad. Por eso me gusta recibirla diariamente porque da luz y esperanza a mi vida. En los momentos de incertidumbre, dolor, sufrimiento, duda o oscuridad allí está Cristo en la Cruz. Y sobre todo, allí está Dios, en su cercanía y ternura de Padre, contemplándome a través de su Hijo, escuchando y acogiendo mi súplica: «Dios mío, Dios mío…».
Ayer, durante la fracción de pan, tuve un sentimiento hermoso. Sentí la suavidad y ternura de Nuestro Señor descubriéndome su infinita bondad y amor tomando para sí las cosas tristes y penosas de mi vida para aplicarme el fruto provechoso de cada una de ellas. Comprendí que mis contradicciones, mis sufrimientos, mis debilidades, mis miserias, mis caídas son la ocasión que el Padre me ofrece diariamente, en mi fragilidad, para sentir su abrazo lleno de amor y misericordia para hacerlas suyas. Y algo todavía más impresionante. La fuerza de ese abrazo es el alimento de mi corazón que se une al pan de Cristo que me salva, me perdona y me une al Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¡Es tan hermoso que se hace difícil expresarlo con palabras!

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Jesús Eucaristía! ¡Deseo, Señor, recibirte cada día en la Eucaristía como te mereces, con un interior perfectamente engalanado, con el corazón limpio y puro, con mi alma refulgente! ¡Gracias, Señor, porque eres el Amor, porque has venido al mundo por amor, porque entras en mi vida por amor, porque has entregado tu vida por mi por amor, porque estás presente cada día bajo las especies de pan y vino por amor! ¡Gracias, Jesús Eucaristía! ¡Gracias, porque me haces comprender que el amor es tu signo de distinción y debe ser también el mío! ¡Gracias, Jesús Eucaristía, porque me haces comprendes que quieres entrar en mi corazón, quieres que goce con tu presencia, que tu amor llene por completo mi corazón, que todos mis sentimientos, mis palabras, mis pensamientos, mis miradas, mis acciones esté movidos por el mismo amor que tu presentas! ¡Gracias, Jesús Eucaristía, porque eres la fuerza que sostiene mi vida, tan frágil y débil! ¡Gracias, Jesús Eucaristía, porque tu presencia me sostiene y me alimenta! ¡Gracias, Jesús Eucaristía, porque tomas todo aquello que me abruma y lo haces tuyo! ¡Gracias, Jesús Eucaristía, porque eres el amor que se entrega hasta el extremo, porque tu amo es infinito, porque tu bondad es misericordiosa y compasiva, porque me buscas para que alcance la felicidad, porque quieres que ame como tu amas, sea fiel en el amor como lo eres tu! ¡Ayúdame, Señor, a olvidarme de mi, de mis apegos y de mis problemas y me entregue por completo a Ti como tu te has entregado hasta el extremo! ¡Gracias, Jesús Eucaristía, porque eres la ternura de Dios presente en las especies santas! ¡Gracias, Jesús Eucaristía, porque a tu lado siento que tu amor me salva, me sostiene, me cura y me conforta!

Jesús Eucaristía, milagro de amor, es el sentimiento que se desprende de esta meditación y que sea aúna en esta canción:

Mi límite es el infinito

Regreso ayer de un viaje relámpago en avión con una compañía low-cost invitado por una empresa. Mientras descendemos hacia el aeropuerto comienza una fuerte tormenta. Vamos poco a poco taladrando los densos nubarrones. El ambiente es gris y perturbador. Si observas por las pequeñas ventanas del avión, en un permanente balanceo, la catarata de agua de lluvia se une con las olas de mar bravío a poca distancia ya del avión. El martilleo del agua cayendo sobre la estructura del aeroplano con la luz resplandeciente de los rayos iluminando el camino hacia el aeropuerto no es una situación muy aleccionadora. Uno tiene ganas de llegar al destino, y mientras el avión penetra tierra firme miras por la ventana y vas viendo como las minúsculas casas que conforman aldeas, pueblos y la gran ciudad se van haciendo cada vez más grandes. Los predios agrícolas son a la vez más claros. A mayor cercanía, mayor es la seguridad. Hay que viajar en avión en momentos de turbulencia para ser claramente consciente de nuestra pequeñez y fragilidad. Visualizar objetivamente la miseria de nuestra nada.
El hombre está hecho para la seguridad perfecta, para los espacios grandes e inmensos, para los horizontes que no tienen fin porque su límite es el infinito. Ese es el destino del hombre. El Infinito, escrito en mayúsculas porque es el viaje lleno de turbulencias que uno debe realizar para alcanzar la felicidad eterna.

¡Señor, aspiro con mi pobreza y mi pequeñez a la vida eterna! ¡Eso me exige cambiar, Señor! ¡Me exige, Señor, tener un corazón limpio, comprensivo, servicial, generoso, desprendido, humilde, solidario, magnánimo, paciente, amoroso, sencillo, caritativo, humilde y misericordioso! ¡Un corazón que ame como tu amaste! ¡Aspiro a conocerte mejor y que te conozcan a ti que has resucitado para darme la vida! ¡Espíritu Santo, ayúdame a salir de mi mismo y empezar a ser otro! ¡Concédeme la gracia de vaciar de mi interior lo viejo para que nazca en mi el hombre nuevo que siente del fuego tu gracia y los bienes que tu otorgas! ¡Ayúdame a que mueran mis ideas «siempre estupendas», mis yoes innegociables, mis proyectos, mis normas establecidas, mis principios «inviolables» para dejar que entren en mi los auténticos de Cristo! ¡Señor, transforma y cambia mi corazón intoxicado por el pecado, contaminado por las tentaciones, turbado por los ruidos exteriores y límpialo con la Gracia del Espíritu Santo! ¡A los pocos días de haberme alegrado por tu Resurrección ayúdame, Señor, a resucitar como tu a la luz de tu verdad y aspirar a la vida eterna!

Anima Christi, sanctifica me, bello canto para acompañar hoy nuestra oración:

El gusto espiritual

Las personas estamos sometidas a un permanente combate espiritual. Cada uno conocemos nuestras flaquezas y debilidades. Yo me sorprendo muchas veces de la mías. La mejor forma de caminar hacia Dios es tener las armas para discernir el bien del mal. Es necesario, en el fragor de nuestras luchas cotidianas, que nuestro espíritu conserve la paz y la serenidad con el fin de que la mente sea capaz de asumir con claridad los pensamientos que proceden de Dios y arrojar al vertedero del mundo aquellos pensamientos negativos que envía el demonio para minar nuestro crecer como cristianos.
Tener la llama del Espíritu permanentemente encendida facilita al hombre caminar a la luz del conocimiento y la verdad. Sin embargo, para conocer la verdad y vivirla plenamente es necesario aprender a discernir, hacerle un hueco al Santo Espíritu. Un interior iluminado por Él ayuda a crecer en santidad y aparta con arrojo cualquier influencia negativa del príncipe del mal. Hay momentos que siento gran consternación interior, cuando consciente de mis faltas y mi pecado, un sentimiento de tristeza me abate por la pérdida de la gracia. En estos momentos le pido al Espíritu iluminación interior, gusto espiritual, sensibilidad para ser receptivo a los dones de su gracia. Que mi amor crezca y mi gusto espiritual se acreciente para que sea la bondad la que lo impregne y no la realidad de mi pecado la que se asiente.
Por eso es tan importante hacer uso del sacramento de la Penitencia, para congraciarme con Dios y para purificar mi alma tan entregada a satisfacer lo mundano y apegada a las falsas alegrías de este mundo.
Pero donde se adquiere el gusto interior es, sobre todo, en la oración frecuente ese diálogo a corazón abierto con Dios en el que participa por entero el alma, la voluntad y la imaginación para dar valor sobrenatural a la fragilidad de nuestra vida cotidiana. Y en la comunión diaria, la unión íntima con el Señor que se hace uno con nosotros.
Esto es lo que le pido hoy al Señor, que a través del Espíritu, me otorgue mayor sensibilidad por el gusto espiritual para, desde la sensibilidad interior, luchar con humildad, confianza y perseverancia para vencer los obstáculos que me alejan de Dios.

orar con el corazon abierto

¡Señor, tú sabes que hay momentos en que parece que mi espíritu y mi corazón se endurecen! ¡Reclamo la presencia de tu Santo Espíritu para deleitarme con tu presencia y sentirla vivificante en mi corazón! ¡Te pido, Señor, que me hagas muy humilde porque cuanto más lo sea más fácilmente podré ser sensible a las cosas de Dios! ¡Ayúdame a ser perseverante en la oración y encontrarte cada día en la comunión diaria para no perder el gusto por lo espiritual! ¡Ayúdame Espíritu Santo a no perder el gusto por lo espiritual porque es la forma de que mi espíritu se comunique con Dios y crezca mi fe! ¡Espíritu Santo, cuando al no rezar no sienta el deseo de entregarme a Dios, sea incapaz de abrir mi corazón o me despiste, cuando no pronuncie palabras a conciencia sino meras repeticiones, cuando al adorar a Dios mi corazón no se quebrante, cuando al servir a los demás mi espíritu no se inquiete, cuando el pecado no me genere sensación de culpa, cuando no sienta necesidad de entregarme a los necesitados de la sociedad, cuando mi corazón solo vea los errores y las faltas ajenos y no la gracia y la misericordia de Dios, cuando esté siempre a la defensiva, cuando, cuando, cuando… hazte presente en mi alma para coger gusto por lo espiritual! ¡No permitas que me convierta en alguien insensible a todo lo que tiene que ver con lo espiritual! ¡No permitas que lo mundano prevalezca en mi vida! ¡Concédeme mucha sensibilidad espiritual para gozar de una vida cristiana plena!

El Salmo 1 nos sirve hoy para meditar cantando:

Como luz del cirio pascual

Meditaba ayer contemplando el cirio pascual la belleza del significado de la Pascua. Con el testimonio del Cristo vivo y resucitado, la Pascua es la luz que alumbra sobre las tinieblas del mundo, la hermosura que se trasluce sobre tantas mascaras que encubren la maldad y fealdad de esta sociedad desacralizada, la bondad que vence al mal, la vida que vence definitivamente a la muerte, el perdón que se impone al odio y el rencor, el bien que supera el mal, la esperanza que ilumina cualquier desazón, la alegría que difumina la tristeza,  la paz que derrota a la violencia… pero soy yo, cristiano comprometido, el que tiene que mantener viva cada día la llama incandescente del cirio pascual. Solo alumbrando en mi entorno y dando luz a los demás dejaré testimonio fe de esa verdad de que ¡Cristo ha resucitado!
Y quiero ser testigo de la luz. Quiero ser luz pascual. Quiero ser cirio encendido en medio del mundo. Quiero ser luz de verdad. Quiero ser luz que ilumine el camino de la vida. Quiero ser luz siempre encendida para iluminar los corazones en tinieblas, tristes, heridos, sufrientes, doloridos… Quiero ser luz de la Palabra para transmitir la verdad de las enseñanzas de Cristo, esa Buena Nueva de esperanza, sabiduría y amor. Quiero ser luz en mis afanes cotidianos, en la realidad de mi vida, con mis errores y aciertos.
Quiero a la luz de Cristo contemplar las heridas en sus manos y sus pies y la llaga de su costado en las mías y en las de mi prójimo. Contemplar el glorioso rostro transfigurado de Cristo en la mirada del hermano.
Quiero ser luz que de amor. Y para lograrlo debo vivir en verdad, en autenticidad, en honradez, con paz interior, con total honestidad, con serenidad, con bondad y con limpieza de corazón.
Cristo es la luz. Soy cristiano y esta luz me propongo hacerla brillar.

Orar con el corazon abierto

¡Señor, con los salmos te canto: Tu Palabra es una lámpara para mis pasos y una Luz en mi camino, Dios mío, mírame, respóndeme, llena mis ojos de luz; Envía tu Luz y tu verdad, para que me enseñen el camino que lleva al lugar donde Tú habitas! ¡Señor, Tu dices «Yo soy la Luz del mundo. El que me sigue tendrá la Luz que le da vida y nunca andará en oscuridad», hazme luz para los demás! Fortalece, Señor, mis flaquezas para anunciar tu Palabra y que tu Luz resplandezca en mi vida y sea llama viva en mi corazón! ¡Señor, dame un corazón pobre, humilde, sencillo, compasivo, servicial, sufriente con el que sufre, entregado, dócil, generoso, transparente y misericordioso que siga tu voluntad y la haga ley en cada uni de mis quehaceres cotidianos!  ¡Señor, sé Tu mi luz y ayúdame a ser una pequeña luz en medio de este mundo desorientado que tanto necesita encontrar a Dios para dar sentido a su vida!

Enciende una luz, cantamos hoy con Marcos Witt:

¡Perdón!

¿Cómo se logra olvidar el daño recibido? Pregunta que encierra dos respuestas en una: perdonando y orando por la persona que te ha herido.
El verbo perdonar es de una profundidad desgarradora. Es un término tan en desuso que causa perplejidad. Eso de olvidar la afrenta y el dolor producido por alguien que pretendidamente te quería y que, de en un momento a otro, decide hacer de tu vida un infierno, no es algo sencillo de poner en práctica.
Tampoco es fácil intentar pasar página de un capítulo doloroso de tu vida e iniciar un arduo camino de regreso. Ni siquiera lo es amortiguar el resentimiento hacia otra persona por algo que nos ha hecho.
El perdón auténtico nunca viene de fuera, nace de uno mismo. Es la vía que nos libera de la carga siempre pesada del dolor. Es el bálsamo liberador que purifica las heridas con el fin de que cicatricen rápidamente. Cuando uno perdona alivia la desazón que invade su corazón y se obsequia con la oportunidad de ser más libre.
Nadie está exento del dolor. Personalmente he experimentado un dolor intenso en alguna ocasión. En el pasado estaba cerrado a la sanación. Ahora sé que Dios transforma mi vida y le otorga un nuevo sentido. Es poco virtuoso e insano dejarse mutilar por los sentimientos que surgen del ayer; ninguna tragedia que en el pasado dejó una huella que se ha quedado marcada ayuda a eliminar los rencores.
Cuando uno aprende a dejar de fustigarse abre nuevos horizontes a su vida. El dolor, la ira, el resentimiento, el rencor, el deseo de venganza, el ojo por ojo, el desprecio… lo único que hace es carcomer el alma, agriar el corazón, cargar la mochila de nuestra vida de sinsabores cuyo pedo es inaguantable
El rencor, que suele ir acompañado de la ira y el resentimiento, va carcomiendo paulatinamente el corazón. Y cuando el corazón está seco de amir el alma también se mustia. No tiene el abono de la alegría.
La demostración más clarividente de perdón la mostró Cristo hace pocos días desde lo alto de la cruz. Después de haber sido sometido a todo tipo de vejaciones, insultos, golpes, desagravios, maltratos…, dirigió su súplica al Padre con expresó con una frase untada de amor: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».

¡Señor, abre mi corazón al perdón que es la llave que permite entrar en mi corazón la paz interior! ¡Señor, Tú que en la cruz perdonaste a quienes te ofendieron enséñame a perdonar a quienes me han hecho sufrir! ¡Dame, Señor, muchas dosis de humildad y misericordia para perdonar! ¡Concédeme la gracia de reconocerme un auténtico pecador! ¡Quisiera, Señor, tener un corazón semejante al tuyo! ¡Que sepa poner siempre en práctica las palabras que nos enseñaste en el Padre Nuestro: «Perdona nuestros pecados como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»! ¡Envía tu espíritu, Señor para que esté abierto siempre al perdón y exclamar de verdad: En el Nombre de Jesús: te perdono; en el nombre del Corazón de Jesús: te perdono; en el nombre de la Misericordia de Jesús: te perdono, te bendigo y desato cualquier lazo de rencor que haya entre nosotros! ¡Dame, Espíritu Santo, la sabiduría de corazón para no guardar rencor a nadie y saber perdonar sus fallos! ¡Que no olvide nunca, Señor que tengo que perdonar, para que tú me perdones!

Perdón, Señor, cantamos hoy con la hermana Glenda:

Recibir la misericordia de Dios

Hoy es el Domingo de la Misericordia. La Fiesta de la Divina Misericordia tiene como fin llevar a los corazones el mensaje de que Dios es misericordioso y nos ama a todos y que cuanto más grande es el pecador, más derecho tiene a Su misericordia.Conozco a bastante gente con una imagen negativa de Dios; lo ven como un Dios sordo, vengativo, culpable, cruel, responsable de nuestras enfermedades y desgracias. Pero esta imagen deformada de Él es debido a que no le conocen.
Al mismo tiempo conozco a otros con argumentos suficientes para quejarse de Dios y renegar de Él pero que viven en la acción de gracias continuada. En los acontecimientos negativos que padecen o han sufrido no ven la culpa de Dios; al contrario, vislumbran su mano amorosa y misericordiosa que les ayuda a avanzar al contemplar el bien que ese «mal» les reporta. Así es Dios, ayuda a obtener un bien de lo que nos sucede. Nos devuelve la gracia para caminar en la dirección correcta pero no pone solución a los problemas de nuestra vida. Esto me lleva a comprender la gran necesidad que tenemos de Dios. La necesidad de experimentar la fuerza de su acción en mi vida. Por eso hay que pedir esta gracia cada día, perseverar en la fe, en el amor, en el bien, en la vocación y en la esperanza y dar gracias desde la debilidad y la fragilidad de nuestra existencia.
Dios es amor. Y por eso es rico en misericordia. Una misericordia que es esperanza y que es perdón. Y yo deseo seguir experimentando ese amor especial de Dios que tanta seguridad y confianza me da en la vida. Que me otorga la fuerza interior para crecer en santidad de la que estoy tan lejos. Que me ayuda a comprender cuál es mi debilidad y como puedo enfrentarme a ella. Que me invita a no volver a pecar para no abusar de su misericordia.
Dios siempre otorga la fuerza interior que cada uno necesita y los recursos espirituales para salir adelante. ¿Por qué, entonces, me empeño tanto en dilapidar gracias tan grandes?

¡Padre, tu eres amor, un amor perfecto! ¡No te cansas nunca de amar y perdonar, signo de tu misericordia! ¡Padre, siempre nos das la oportunidad de comenzar de nuevo! ¡Padre, tu lo perdonas absolutamente todo aunque mis pecados tanto te hieran! ¡Padre, como San Pablo yo también me complazco en las enfermedades, en las necesidades, en las dificultades, en las persecuciones… lo hago por tu Hijo Jesucristo porque cuanto a más debilidad más fortaleza! ¡Por eso confío en ti, Padre, porque es en mi fragilidad donde te haces presente! ¡Gracias, Padre, porque eres rico en misericordia! ¡Porque por pura gracias, nos has salvado a través de Cristo! ¡Gracias porque me haces ser auténtico pues no puedo ocultarte la verdad de mi vida! ¡Gracias, Padre, porque el encuentro con tu misericordia me libera ya que supone adentrarse con mi verdad y con la tuya! ¡Gracias porque me pides, Padre, que me convierta interiormente pero también que sea capaz de descubrir tu verdadero! ¡Gracias porque hoy le invitas a tu gran fiesta de la misericordia que es la fiesta del arrepentimiento! ¡Gracias porque cada día me llamas, y me insistes en que sienta tu infinita misericordia! ¡Gracias, Padre, por tu infinita paciencia y generosidad, que es una clara invitación a mi conversión!

Un canto a la Divina Misericordia:

Entender la cruz junto a María

Cuarto sábado de abril con María en nuestro corazón. Un día para tener muy presente a la Virgen que con tanto sufrimiento acompañó a su amado Hijo en el camino de su Pasión. Y en este caminar después de la Resurrección aprendimos de Ella esa lealtad, ese amor incondicional y ese cariño de Madre cuando todos habían abandonado a Cristo, como hago yo tantas veces vencido por la comodidad y el desánimo de cada día. Toda la vida es semana de Pasión porque hay muchas cruces que llevar, por eso quiero ir de la mano de María en esas horas amargas de profundo e intenso dolor por ese Hijo que murió para redimirnos del pecado.
Estos últimos días he mucho observado mucho sufrimiento humano en diversas circunstancias y en ambientes diferentes. Pero esas vivencias me han permitido entender también que la Cruz de Cristo entra en el orden humano de la cosas y que el sufrimiento, como el que padeció María, y como el que sufrimos todos, tiene un elemento maravilloso de corredención porque proviene de Cristo mismo y porque, aunque sea difícil de entender, permite colaborar con Él en la redención del mundo.
Cualquier historia humana es una historia de dolores, de sufrimientos, de aflicciones. Pero eso no le da un cariz negativo a la vida. En el padecimiento también surge el amor. Y ahí está el ejemplo de la Virgen. Sufre por Cristo porque lo ama. Trata de consolarle porque lo ama. Padece con Él porque lo ama. Obedece la voluntad del Padre porque ama. Y en esa fidelidad es testigo de la Resurrección. Ese es el amor sin medida. Y donde todo se hace por amor está la plenitud, sentido final de la creación del mundo.

¡María, Señora de los dolores y del amor hermoso, dame la fortaleza para aceptar todos los sufrimientos de mi vida! ¡Y cuando me embargue el cansancio, o el dolor, o la tristeza, o la indiferencia de la gente, o la amargura por mis fracasos, o el sufrimiento por la enfermedad, o la incertidumbre por la carestía económica, o el abandono de los que pensaba eran mis amigos… ayúdame a postrarme a los pies de la Cruz como hiciste Tu Madre, y que siga tu ejemplo de amor en la dudas que me atenazan! ¡Que mi amor a los demás sea un amor sincero y desmedido! ¡Y al igual que hiciste Tu, María, ayúdame a apartar mis yos, a olvidarme de mi mismo para poner por delante a Dios y todos los que me rodean por amor a Tu Hijo! ¡Quiero acogerte, María, en mi corazón de piedra; necesito de tu presencia porque en mi pequeñez, contando con tu ayuda, podré tener una relación más estrecha con Cristo y comprender que todo dolor en mi vida, si lo sé llevar con ánimo cristiano, es un acto verdadero de amor!

Un Stabat Mater para este sábado acompañando a María los días posteriores a la pasión de su Hijo:

Depositar la confianza en Dios

¿Cuántas veces te has preocupado o desesperado con los problemas que parecen no tener solución? ¿Cuántas veces esperas que Dios haga un milagro en tu vida? ¿Cuántas veces buscas una salida, una alternativa, una mínima esperanza y no aparece ninguna? ¿No te ha sucedido alguna vez que debido a los problemas personales, a las dificultades económicas, a las contrariedades de la vida, a los problemas profesionales todo se vuelve oscuridad y te dan ganas de desaparecer, de tirar todo por la borda y mudarse a algún lugar donde nadie te pueda encontrar? Hay veces que uno siente esa necesidad pero, ¿es esa la decisión más correcta? ¿Logramos solucionar con esta medida todos nuestros problemas?
Los problemas son copilotos ocasionales de nuestra vida. Cuando nos mostramos infelices es porque nos olvidamos de depositar toda nuestra confianza en Dios. Él es el único que está a nuestro lado a tiempo completo. Él es el único que nos ampara para asistirnos en los momentos de felicidad y de dificultad.
Me decía un amigo que le resultaba difícil entender mi serenidad por los muchos problemas que me rodean. La respuesta es simple: “Confío plenamente en el Señor”. Ya sé que Él no me promete una vida fácil, pero siento que camina a mi lado, que está siempre conmigo en todas las situaciones de la vida, dándome las fuerzas para enfrentar las dificultades. No somos nosotros quienes tenemos el destino en nuestras manos. Es Dios quien lleva la brújula de nuestra vida y toma la iniciativa. Nosotros podemos seguir el rumbo que Él marca o seguir otro camino.
El principal problema del hombre Dios ya lo ha solucionado. Es la condena eterna que fue pagada por Jesús. A partir de su muerte en la Cruz Cristo nos prometió estar a nuestro lado hasta el fin de los tiempos. Por tanto, lo mejor es confiar en Dios porque Él cumple lo que promete. Pídele al Señor con fe que te otorgue su sabiduría y su serenidad para enfrentar los obstáculos que se presentan en tu vida y verás como tu actitud será diferente.

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Señor, porque estás siempre a mi lado! ¡Ayúdame a acrecentar mi confianza en Ti! ¡Tu sabes que es en Ti donde encuentro la felicidad y la tranquilidad para el día a día! ¡Señor, Tú sabes cuando he sufrido, cuánto he llorado, cuantas veces me he sentido tan pequeño, tan poca cosa, tan inservible! ¡Pero también sé, Señor, que nada de lo que he vivido ha sido ajeno a Ti! ¡Por eso, ahora y siempre, te pido Señor que me ayudes a creer firmemente en tu acción todopoderosa sobre mi, que me ayudes a creer en mis posibilidades, a encontrar un sentido a todo cuanto realice en esta vida! ¡Señor, soy consciente que detrás de cada experiencia negativa que he vivido estabas Tu, bendiciéndome y cuidándome! ¡Gracias, Señor, por Tu amor y misericordia! ¡Por eso te pido también que asistas a todos aquellos que sufren, que no confían, que no te conocen, que tienen miedo, que no saben, que dudan porque una sola mirada bastará para sanarles!

Una pieza espiritual, Locus Iste, para acompañar el texto de hoy: