Junto a María, el domingo de Ramos

Segundo sábado de abril, antepuerta de la Semana Santa, con María en nuestro corazón. Hoy acompaño a María en la vigilia del Domingo de Ramos. Voy con Ella tomado de la mano para que sea la Virgen quien, en estos días, me muestre el camino para llegar a tomar la Cruz con Jesús e ir, poco a poco, transitando en el camino de mi salvación.
La multitud se agolpa aclamando al Señor que va a entrar en Jerusalén a lomos de un pollino impulsando a todos al amor de Dios. Observas a María y Ella está ahí. Entre el gentío que le aclama, entre las ramas de olivo que se agitan al viento y entre las palmas que se colocan en el suelo a modo de alfombra real. Ella permanece en silencio. Expectante, conservando las cosas en su corazón. Seguro que quiere advertirle a Jesús de los peligros porque Él merece una adoración amorosa no una aclamación mundana. Pero calla. Los ojos de Jesús y María, como sucederá en el camino del Calvario, se entrecruzan llenos de amor.
Soy de los que gritan: «¡Bendito el que viene en nombre del Señor!». También de los que lo abandonan con frecuencia y acuden raudo a Él en momentos de tribulación y dificultad. María lo sabe y también lo perdona todo porque es consciente de que Cristo ha venido a cumplir la voluntad de Dios y su victoria no es pasajera sino eterna.
La Virgen, Madre del Salvador, también pasa desapercibida a los ojos de la multitud, como ocurre hoy tristemente en el mundo. La Reina de Cielo y Tierra no es aclamada en muchos corazones humanos que Ella, en silencio, sostiene con sus manos misericordiosas.
Mientras Cristo se aleja y entra en Jerusalén, miras a María. Unes tu mirada y tu corazón al suyo y sufres con Ella. Aceptas tu «Sí» al Señor con todas las consecuencias como hizo Ella aquel día de la Anunciación. Tratas de seguir a Jesús anteponiendo tu yo a su voluntad. Buscas estar cerca de Él, y de Él en los demás, como hizo María, cuya renuncia es signo de entrega desde el corazón. Antepones tu yo al ser de Cristo. Y, sobre todo, como María, tratas de amas a Cristo como lo amaba María. Aprendes de su Palabra y de sus obras, como hizo María. Haces tuyos sus sentimientos y sus pensamientos, como hizo María. Tratas de ser alma en Cristo, como hizo María. Ver en el sufrimiento y en el dolor, el amor del Padre, la voluntad del Padre, el cariño del Padre, como hizo María. Y tienes muy presente que sólo María se mantuvo fiel a Jesús porque en unos días yo seré de los que huirá de Getsemaní y lo dejaré solo en el huerto de los olivos, le negaré tres veces, permaneceré oculto y no estaré en el Calvario a los pies de la Cruz.
Mañana Domingo de Ramos comienza la Pasión de Jesús. Siete días de intenso amor por el ser humano. De entrega generosa y fiel. A la espera de que el domingo siguiente todo sea luz y esperanza. Si al menos no estoy junto a Jesús, ¡que no olvide nunca que María, Madre de Amor y Misericordia, permaneció fiel al lado de mi Salvador!

orar con el corazon abierto

¡Señora, ayúdame a acercarme más y mejor a Jesús que lee el interior de mi alma, de cada alma, y conoce la insuficiencia y la precariedad de mis ovaciones y mis aclamaciones hacia Él! ¡Ayúdame, María, Madre del Amor sincero, a sufrir junto a Ti por Jesús que ha venido a salvarme! ¡Ayúdame en esta Semana Santa a ofrecer mis penas y dolores como reparación de su amor! ¡María, tu eres en este tributo mundano que dispensamos los hombres a Jesús la representación viva y doliente de las almas piadosas que sienten compasión y profunda pena por Jesús! ¡Ayúdame a ver esta Semana que mañana comienza como un encuentro íntimo con el Señor! ¡No permitas, María, que me llene de buenas intenciones para seguir la buena nueva de Jesús y me deje arrastrar por el desánimo ante el primer obstáculo, por la falta de solidaridad hacia los demás, por el egoísmo y la soberbia! ¡Ayúdame a alimentarme de la generosidad, el amor y el sufrimiento de tu hijo! ¡Acompáñame, María, en la oración para analizar bien mis contradicciones respecto a Jesús y ayúdame a poner mi mirada en la bondad de Dios para enmendar mis errores y pedir perdón por mis abandonos! ¡No permitas, María, que glorifique al Señor para luego crucificarlo en mi corazón! ¡Hazme ver, María, concebida sin pecado, que con cada pecado mío expulso a Dios de mi alma y de mi vida y repudio su gracia! ¡Todo tuyo, María, para crecer en santidad, amor y entrega!

Del compositor italiano Giovanni Girolamo Kapesberger, escuchamos en este sábado su motete Ave, sacntissima Maria de su bellísimo Libro primo di mottetti passeaggiati a una voce:

 

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