¿Por qué lloras? ¿a quién buscas?

Jesús le dice a María: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?». Y a continuación pronuncia su nombre. En ese «María» escucho también el mío. Quiero como ella ser testigo vivo de su Resurrección. No me es suficiente con ver con mis ojos ni con escuchar con mis oídos, necesito que resuene en mi corazón mi nombre pronunciado por el mismo Cristo. ¡Experimentar emocionado, como la Magdalena, la presencia viva de Cristo en mi vida!
Como María quiero experimentar a un Cristo vivo, no un Jesús olvidado, un ser sin vida, un Dios caduco, un Cristo olvidado porque para mí Cristo es la presencia viva en la Eucaristía, es el acompañante en el camino de mi cruz cotidiana, el testigo de mi encuentro amoroso con el prójimo. Quiero que la certeza de su presencia llene mi vida, aleje de mi los miedos, las fragilidades, las tribulaciones, las comodidades que me embargan, los pesares… No quiero reemplazar a Cristo por ídolos mundanos. No quiero convertirme en un cristiano de fe tibia que se dirige al sepulcro en busca de un cuerpo inerte, un Cristo yaciente envuelto en un sudario. Quiero encontrar a ese Dios eterno e inmortal, tres veces Santo.
Quiero sentir a Cristo a la luz de la fe, la luz que brilla porque ¡Jesucristo ha resucitado!
«Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?» Quiero responderle al Señor que no lloro, que le busco solo a Él. Que las lágrimas de mis tristezas, de mis heridas y mis desconsuelos se han secado en la certeza de su Resurrección. Que no tengo nada de lo que angustiarme, que mis problemas son livianos con Él a mi lado, que cada día puedo tener un encuentro a corazón abierto con Él en la Eucaristía, en la adoración al Santísimo y en la oración. Que soy consciente de que Cristo puede obrar en mi y en quienes me rodean grandes milagros para que transformen de nuevo mi vida. Que el Señor anhela darme su consuelo pero para eso debo renunciar a mis apegos mundanos, a mi autosuficiencia, a mi autocompasión, a mi orgullo y mi soberbia…
Anhelo entrar en la presencia de la persona de Jesús, el Señor de la vida. Como la Magdalena quiero tomar la determinación de confiar en Jesús Resucitado. Él me está esperando. Aguarda mi llegada para liberarme de mis apegos, mis miedos, mis desconfianzas. Me espera para abrazarme y conducirme al Reino del Padre. Y ante su presencia exclamo: «Señor, es a Ti a quien quiero amar con todo mi corazón, con toda mi alma y con toda mi fuerza y a tu lado convertirme en un discípulo fiel y misionero».

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¡Concédeme la gracia, por la fuerza de tu Espíritu, de tener la valentía de la Magdalena! ¡La fe es un don tuyo, Señor, pero necesito el coraje que me otorga tu Espíritu para fortalecerla y ponerla en práctica! ¡Que viéndote a Ti resucitado, Señor, sea capaz también de ver al Padre! ¡Concédeme la gracia de ser un auténtico discípulo tuyo, que pueda anunciar a mi entorno que has resucitado, que estás vivo y presente en nuestro mundo! ¡Señor, tu me llamas por mi nombre y me animas a seguir el camino de la santidad y me das el valor para permanecer firme ante el mal y declarar al mundo que el Amor supera todo mal! ¡Ayúdame, Señor, a que mi amistad contigo sea tan auténtica, profunda, amorosa y firme como fue la de María Magdalena y sea capaz de reconocerte en todos los acontecimientos de mi vida! ¡Señor, a veces me cuesta darte tiempo para unirme a ti en la oración o en el servicio a los demás porque mis asuntos personales me llenan la jornada y tampoco se descubrirte en los demás, dame un corazón humilde para comprender que sin Tu compañía no soy nada! ¡Señor, Maestro, tu me llamas y me ofreces un proyecto maravilloso de vida; pones en mis manos el camino de la santidad, lejos de la mediocridad! ¡Me preguntas y me hablas a lo más profundo del corazón y me ofreces la noble causa de ser tu discípulo, tu amigo y tu compañero de camino! ¡Me brindas la ocasión de trabajar por tu Reino, de seguirte dándome sin medida! ¡Me preguntas por qué lloro pero sabes que me ofreces un camino que pasa por la dureza del mundo y a veces con la sequedad del corazón pero el tuyo es un proyecto que lleva consigo el amor, la alegría, la esperanza, la fe… la vida! ¡Tu me llamas, Señor, para que me entregue enteramente a Ti, viva tu vida y luego la lleve a los que me rodean para que gocen también de vida abundante! ¡Gracias, Señor, porque dejas en mi corazón una profunda huella: tomar parte en el camino de la cruz y en el destello fulgurante de tu Resurrección! ¡Jesús, Maestro, amigo, gracias, porque me enseñas a caminar a la luz de la fe!

Del compositor Antonio Lobo escuchamos hoy la hermosa Misa de María Magdalena:

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