¡Perdón!

¿Cómo se logra olvidar el daño recibido? Pregunta que encierra dos respuestas en una: perdonando y orando por la persona que te ha herido.
El verbo perdonar es de una profundidad desgarradora. Es un término tan en desuso que causa perplejidad. Eso de olvidar la afrenta y el dolor producido por alguien que pretendidamente te quería y que, de en un momento a otro, decide hacer de tu vida un infierno, no es algo sencillo de poner en práctica.
Tampoco es fácil intentar pasar página de un capítulo doloroso de tu vida e iniciar un arduo camino de regreso. Ni siquiera lo es amortiguar el resentimiento hacia otra persona por algo que nos ha hecho.
El perdón auténtico nunca viene de fuera, nace de uno mismo. Es la vía que nos libera de la carga siempre pesada del dolor. Es el bálsamo liberador que purifica las heridas con el fin de que cicatricen rápidamente. Cuando uno perdona alivia la desazón que invade su corazón y se obsequia con la oportunidad de ser más libre.
Nadie está exento del dolor. Personalmente he experimentado un dolor intenso en alguna ocasión. En el pasado estaba cerrado a la sanación. Ahora sé que Dios transforma mi vida y le otorga un nuevo sentido. Es poco virtuoso e insano dejarse mutilar por los sentimientos que surgen del ayer; ninguna tragedia que en el pasado dejó una huella que se ha quedado marcada ayuda a eliminar los rencores.
Cuando uno aprende a dejar de fustigarse abre nuevos horizontes a su vida. El dolor, la ira, el resentimiento, el rencor, el deseo de venganza, el ojo por ojo, el desprecio… lo único que hace es carcomer el alma, agriar el corazón, cargar la mochila de nuestra vida de sinsabores cuyo pedo es inaguantable
El rencor, que suele ir acompañado de la ira y el resentimiento, va carcomiendo paulatinamente el corazón. Y cuando el corazón está seco de amir el alma también se mustia. No tiene el abono de la alegría.
La demostración más clarividente de perdón la mostró Cristo hace pocos días desde lo alto de la cruz. Después de haber sido sometido a todo tipo de vejaciones, insultos, golpes, desagravios, maltratos…, dirigió su súplica al Padre con expresó con una frase untada de amor: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».

¡Señor, abre mi corazón al perdón que es la llave que permite entrar en mi corazón la paz interior! ¡Señor, Tú que en la cruz perdonaste a quienes te ofendieron enséñame a perdonar a quienes me han hecho sufrir! ¡Dame, Señor, muchas dosis de humildad y misericordia para perdonar! ¡Concédeme la gracia de reconocerme un auténtico pecador! ¡Quisiera, Señor, tener un corazón semejante al tuyo! ¡Que sepa poner siempre en práctica las palabras que nos enseñaste en el Padre Nuestro: «Perdona nuestros pecados como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»! ¡Envía tu espíritu, Señor para que esté abierto siempre al perdón y exclamar de verdad: En el Nombre de Jesús: te perdono; en el nombre del Corazón de Jesús: te perdono; en el nombre de la Misericordia de Jesús: te perdono, te bendigo y desato cualquier lazo de rencor que haya entre nosotros! ¡Dame, Espíritu Santo, la sabiduría de corazón para no guardar rencor a nadie y saber perdonar sus fallos! ¡Que no olvide nunca, Señor que tengo que perdonar, para que tú me perdones!

Perdón, Señor, cantamos hoy con la hermana Glenda:

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