De camino con María

¡Cómo termina de bello, dulce y hermoso el mes de mayo, los treinta días dedicados especialmente a María! Lo hace con la festividad de la visitación de Nuestra Señora a su prima santa Isabel. Y con la delicadeza con la que escribe siempre San Lucas nos recuerda que la Virgen, a la llamada interior del ángel que le revela la próxima maternidad de su querida pariente estéril —a los ojos de los hombres porque para Dios nada es imposible—, «se puso en camino y con presteza fue a la montaña». María no viaja sola: el Verbo encarnado, recién concebido por el milagro obrado por Dios, lo hace con ella. Es tan hermosa la imagen que uno toma conciencia de que estamos ante la primera procesión eucarística en la historia de la Iglesia. Jesús va con la Virgen en un viaje agotador a través de montes y colinas al encuentro generoso y caritativo del ser humano y, sobre todo, en busca de las criaturas que ha venido a salvar.
En este viaje María inicia de manera generosa y servicial su misión de acercarnos a Su Hijo.
María es el ejemplo a seguir. No le preocupan en absoluto las dificultades que pueda encontrarse por el camino; nada le retiene, nada le paraliza, nada le impide llevar a Cristo al corazón del ser humano.
Hoy aprendo de María a llevar en mi corazón y en silencio a ese Dios que vive en mí y que quiere también manifestarse abierta y gloriosamente al mundo. Y lo más impresionante es que ahí está muy presente la fuerza del Espíritu Santo, que todo lo puede y todo lo transforma. Y así lo deja plasmado San Lucas: «en cuanto que oyó Isabel el saludo de María, exultó el niño en su seno, e Isabel se llenó del Espíritu Santo».
Esta procesión eucarística de María es también un testimonio de oración sincera y profunda, unida a la voluntad del Padre. Es verdad que la Virgen hubiera podido quedarse, tranquila y serenamente, en su ciudad natal, y allí orar íntimamente para dar gracias a Dios por haberla premiado con la maternidad de Cristo. Pero ella, consciente de la necesidad de que todo cristiano tiene que llevar a Jesús al más cercano, realiza su primer acto de entrega que es abrazar al que más cerca de ella lo necesita.
¡Gracias, María, porque eres de nuevo un ejemplo extraordinario de fe, oración y servicio para mi pobre persona!

orar con el corazon abierto

Y hoy, de manera especial, que mejor oración que el Magnificat:
Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos.<
Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo como era en principio ahora y siempre por los siglos de los siglos.
Amén.

Jaculatoria la Virgen en el mes de mayo: Gózote, gozosa Madre, gozo de la humanidad, templo de la Trinidad, elegida por Dios Padre.

Del compositor inglés John Rutter, escuchamos en este día una de las partes de su hermoso Magnificat dedicado a la Virgen:

Santo, perfecto y misericordioso

El cristianismo, para bien y para mal, es una religión de máximos. Te sitúa en la línea de salida de la vida y te invita a vencer la mediocridad, a hacerte imprescindible para los demás a través del servicio, a dejar de lado lo superfluo y lo relativo; busca la alegría y se aleja del aburrimiento, no desea que nadie se convierta en un permanente aguafiestas o estar siempre refunfuñando. En el cristianismo no se busca lo previsible. Se trata de una religión que invita a la superación permanente, al crecimiento continuado. El cristianismo es una escuela de alegría, de esperanza, de ilusión, de sorpresa, de generosidad, de vida. Es la religión que te lleva a la vida eterna. Hoy me lo ha dejado más claro que nunca una frase del libro del Levítico. Es la invitación a ser algo muy importante, clave en la vida, decisivo en mi devenir como persona: «¡Sed santos!». Este clamor se une a las palabras de Cristo del «¡Sed perfectos!» en el Evangelio de san Mateo y al transformador «sed misericordiosos» que san Lucas refleja en su Evangelio recogiendo esas palabras del Señor en un momento que pronunciar este alegato era toda una revolución para el sentir del hombre.
«Santidad», «perfección» y «misericordia». Las tres pautas del pentagrama de la vida que Dios escribe con letras de oro porque Él mismo es el compositor de esta obra sublime. Así es Dios: santo, perfecto y misericordioso y así quiere que sea yo en mi vida cotidiana. Es una invitación alegre y exigente pero asumible. Es una propuesta de compromiso pero llevadera.
La santidad, que es lo que me identifica como hijo de Dios y como coheredero del reino de Cristo y me distingue de todo aquel que está en el mundo y ama las cosas del mundo, es un meta que está a mi alcance si rechazo mi yo y la mundanalidad que me ofrece lo relativo; es el objetivo y el afán que debo buscar como cristiano. La perfección es la unión sobrenatural con Dios a la que estoy llamado en la vida cristiana desde el momento de mi bautismo; es, en definitiva, hacer siempre la voluntad de Dios. Y la misericordia es esa virtud del ánimo que me invita a tener un corazón compasivo y caritativo entregado al otro relacionado con el amor y que me inclina a la caridad, la entrega y el perdón.
Vivimos en una sociedad que afea lo hermoso, que ensalza lo aborrecible, que celebra lo negativo, que degrada lo que viene de Dios, que desacredita el valor de la santo.
El «sed santos, perfectos y misericordiosos» me obliga a un comprometerme con Cristo. Él no me pide cosas extraordinarias, imposibles de alcanzar. Me pide, sencillamente, unirme a Él, a sus misterios, a hacer míos sus pensamientos, sus comportamientos y sus actitudes. Mi santidad se mide, tan solo, por el grado que Cristo alcance en mi; por mi predisposición a dejarme moldear y transformar por la acción del Espíritu Santo para tratar de parecerme a Él. Una vida santa, perfecta y misericordiosa no es producto de mi solo esfuerzo porque es Dios quien me hace santo, perfecto y misericordioso; es la acción de su Espíritu la que me anima desde lo más profundo de mi corazón. Dios solo quiere que siga a su Hijo ejemplo de sencillez, pobreza y humildad, que tome a cuestas mi cruz cotidiana, camine con ella y conforme mi voluntad a Su voluntad para merecer tener parte en la gloria del cielo.
«Sed santos, perfectos y misericordiosos». Tres palabras que me invitan a no tener miedo a tender hacia lo alto, a no temer que Dios me exija demasiado, a no padecer por lo que Dios me envíe, a dejarme guiar por sus acciones cotidianas. Y aunque sea pequeño, un inútil, pecador, inconstante, egoísta, soberbio, pobre, inadecuado… Él me irá transformando según un único principio: el principio de su Amor.


Hay una hermosa Oración por la santidad que no puede ser superada. Obra del cardenal Mercier, es la que propongo rezar hoy:
Creo en vos, Señor, pero ayúdame a creer con firmeza; espero en vos, pero ayúdame a esperar sin desconfianza; te amo, Señor, pero ayúdame a demostrarte que te quiero; estoy arrepentido, pero ayúdame a no volver a ofenderte.
Te adoro, Señor, porque sos mi creador y te anhelo porque sos mi fin: te alabo, porque no te cansas de hacerme el bien y me refugio en vos, porque sos mi protector.
Que tu sabiduría, Señor, me conduzca y tu justicia me contenga; que tu misericordia me consuele y tu poder me defienda.
Te ofrezco, Señor, mis pensamientos, ayúdame a pensar en vos; te ofrezco mis palabras, ayúdame a hablar de vos; te ofrezco mis obras, ayúdame a cumplir tu voluntad; te ofrezco mis penas, ayúdame a sufrir por vos.
Todo aquello que vos quieras, Señor, lo quiero yo. Te pido, Señor, que ilumines mi entendimiento, que fortalezcas mi voluntad, que purifiques mi corazón y santifiques mi espíritu.
Haceme llorar mis pecados, rechazar las tentaciones, vencer mis inclinaciones al mal y cultivar las virtudes.
Dame tu gracia, Señor, para amarte y olvidarme de mi, para buscar el bien de mi prójimo sin tenerle miedo al mundo.
Dame tu gracia para ser obediente con mis superiores, comprensivo con mis inferiores, solícito con mis amigos y generoso con mis enemigos.
Ayúdame, Señor, a superar con austeridad el placer, con generosidad la avaricia, con amabilidad la ira, con fervor la tibieza. Que yo sepa tener prudencia, Señor, al aconsejar, valor en los peligros, paciencia en las dificultades, sencillez en los éxitos.
Concédeme, Señor, atención al orar, sobriedad al comer, responsabilidad en mi trabajo y firmeza en mis propósitos.
Ayúdame a conservar la pureza del alma, a ser modesto en mis actitudes, ejemplar en mi trato con el prójimo y verdaderamente cristiano en mi conducta.
Concédeme tu ayuda para dominar mis instintos, para fomentar en mí, tu vida de gracia, para cumplir tus mandamientos y obtener mi salvación.
Enséñame, Señor, a comprender la pequeñez de lo terreno, la grandeza de lo divino, la brevedad de esta vida y la eternidad de la futura.
Amén.

Se acerca Pentecostés, y le cantamos al Espíritu Santo eso de Oh, deja que el Señor te envuelva:

Católicos en las catacumbas del siglo XXI

Me encuentro en Irán por motivos profesionales. Ayer domingo pude asistir a Misa en una minúscula iglesia católica. Las pequeñas comunidades armenias, caldeas y latinas gozan de libertad de culto pero en el ámbito privado y en los confines de los templos. Después de la Misa hay un pequeño ágape para compartir. Me quedo un rato pues tengo reuniones a las que asistir. Como extranjero me preguntan muchas cosas y todos se presentan. Un musulmán —funcionario del Estado— y su esposa pidieron el bautismo hace un año pero deben ocultar su conversión para evitar represalias en sus respectivos trabajos. Y porque la apostasía en el Islam a los ojos de muchos musulmanes merece el castigo de la muerte.
Encontraron la luz en la fe católica tras más de una década de reflexión. Y ahora son una especie de católicos en la catacumbas de la era digital. Se enamoraron perdidamente de la Eucaristía e iniciaron un camino repleto de dudas, incerteza y miedos. La inseguridad procedía de la posible pérdida de la seguridad económica familiar, el rechazo de sus más allegados, la sospecha de sus nuevos hermanos en la fe, el alejamiento de la que había sido su religión. A ella le costó más tiempo dar el paso entre sinsabores, dolores y muchas lágrimas. Pero aquellos interrogantes se disiparon con la fuerza del Espíritu. Se bautizaron un día de Pentecostés.
La pregunta que se hacían era muy simple: en el posible rechazo de su mundo a su conversión, ¿cómo iban a poder “salir” al mundo a predicar la Buena Nueva del Evangelio? Imposible en un país como Irán. Pero la respuesta era simple. Con la vivencia de su fe por medio del testimonio. Ellos han disfrutado, desde hace un año, de las bodas del Cordero, del Banquete eucarístico. Su crecimiento es a través de la oración y la vida de sacramentos; cimientan su fe con la lectura de la Palabra y el amor que ofrecen a los que tienen alrededor. Eso ya es de por sí un testimonio.
Alireza, como se llama este iraní converso, cuyo nombre se lo pusieron sus padres en honor del séptimo hijo del profeta Mahoma, me explica que cada mañana cuando se levanta le pide al Señor que le “aumente la fe”. “La fe es un don del Espíritu Santo; es mi deber y lo siento en el corazón que debo orar intensamente por vivir de acuerdo a ella; y sobre todo tener la fortaleza de no tener miedo, de no flaquear, de no dudar y cimentar mi fe sobre roca firme de la Iglesia a la que ahora pertenezco. Me resultará difícil por ahora llevarla a mis hermanos pero llegará un día que, gracias al Cristo resucitado, y al Espíritu que me da la perseverancia, podré ser transmisión de la Verdad”.
De esta pareja he aprendido algo hermoso: A Dios no se llega solo caminando; a Dios se llega amando. Cada minuto, cada día, cada semana, cada año. Y que cada uno de los días debe estar consagrado a Él.

orar con el corazon abierto

¡Señor, pongo en mi oración de hoy a los cristianos perseguidos en el mundo que avanzan con el testimonio de la fe y por amor a Ti! ¡Especialmente te pido hoy por los conversos al catolicismo en lugares tan hostiles a la fe católica! ¡Nos muestras, Señor, que todo lo que pidamos en Tu Nombre en la oración nos lo concederás! ¡Te confío, Señor, a todos los hombres y mujeres que resisten en situaciones difíciles por razón de la fe! ¡Ayúdales a permanecer firmes en estos tiempos de persecución y tribulación, dales la paz y la serenidad interior! ¡Ayúdales, Padre, a cumplir siempre tu voluntad con coraje y alegría! ¡A Ti María, Reina de la Paz, que viviste también la persecución y el exilio, te encomiendo a tus hijos de todos los países donde la Iglesia sufre persecución! ¡María, en Caná, le pediste a Jesús que llenara con vino la tinajas de agua! ¡A través de tu intercesión de Madre, transforma la vida de estas personas para que puedan vivir en paz y en armonía! ¡Y, Señor, con la fuerza del Espíritu Santo, aumenta mi fe! ¡Aumenta la fe de quienes me rodean! ¡Aumenta a la fe de la comunidad cristiana! ¡Aumenta la fe de los lectores de esta página! ¡Auméntanos la fe para crear un mundo mejor, más justo, más acorde con los valores evangélicos! ¡Muéstranos siempre el camino y toma la dirección de nuestras vidas para que tu voluntad nos inspire siempre lo mejor para nuestra vida y la vida de la sociedad en la que nos movemos! ¡Haznos ver, bajo la luz del Espíritu Santo, que la vida es amar, entregarse a los demás, en orar, en vivir la vida sacramental, en servir y trabajar! ¡Que cada minuto de nuestra vida esté centrado en hacer tu santa voluntad! ¡Ayúdanos a ser testimonio del Evangelio! ¡Hoy, Señor, pongo lo poco que soy, mi fragilidad y mi pequeñez en tus manos para que hagas de mi lo que desees! ¡Me comprometo, Señor, a abandonarme enteramente a Ti como hacen tantos en tantos lugares donde ser cristiano es un signo real de autenticidad! ¡Aumenta mi fe, Señor, y no dejes nunca vacilar!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: María, mediadora de todas las gracias de Jesucristo, la majestad divina ordenó que todos sus bienes pasaran por tus santas manos benditas, cuida de los que peregrinamos de los que se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. 

Aumenta mi fe, es la canción seleccionada para acompañar esta reflexión:

¿Libre?

Si uno analiza lo que más caracteriza a Jesús enseguida lo tiene claro: su comunión íntima con Dios. En Dios se encuentra el propósito, el significado y la satisfacción. Y es, a través de Cristo, como uno conoce de verdad al Padre. «Abba». ¡Qué hermosa expresión de confianza y unión con Dios que nos enseña Jesús!
Pero todos, en el fondo, somos como Adán el hombre que solo mira hacia su interior y cuya actitud es querer ser como el mismo Dios sin poder serlo. En esta forma de actuar, donde reina la soberbia, se encuentra la auténtica raíz del pecado.
Uno piensa que puede ser libre con la autosuficiencia de su voluntad. Y la aparición de Dios —auténtico antagonista de la libertad humana— nos lleva a pensar que es mejor deshacerse de Él. Sin Dios, más libertad. Sin Dios más satisfacción. Sin Dios más disfrute. Pero es tan grande la mentira que nos ahoga en la insatisfacción. Si me enfrento a Dios, me opongo a la verdad.
Meditando esta unión entre Jesús y el Padre comprendo que solo unido a Dios soy verdaderamente libre. ¡Y yo amo la libertad!

orar con el corazón abierto

¡Señor, sabes que tengo necesidad de Ti, pero también sabes con cuanta frecuencia cedo ante las ofertas engañosas del mundo, los caminos errados, las propuestas fáciles, las invitaciones maliciosas del Demonio que, en lugar de satisfacerme, dejan en mi corazón y en mi vida un profundo vacío interior! ¡Fortaléceme, Señor, en mi combate interior con la oración, con la Palabra, con la Eucaristía y con la presencia viva de tu Santo Espíritu! ¡Señor, Tu dijiste: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí»! ¡Yo deseo la salvación y quiero seguir este camino que lleva a la felicidad plena y duradera! ¡Ayúdame, Señor, a comprender que la verdadera plenitud de la vida se encuentra en Ti que has muerto y resucitado por nosotros! ¡Señor, gracias de corazón por el don de la fe, de la esperanza y la confianza! ¡Ayúdame, Señor, a unirme a Ti y al Padre a través de todos los acontecimientos de mi vida y a manifestar con mis palabras y mis obras que soy un testigo tuyo! ¡Ayúdame, Señor, a no caer en la tentación de rebelarme por soberbia, autocomplacencia o egoísmo, ante la verdad!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡Oh María Santísima, Tú que conoces de manera perfecta los caminos de la voluntad de Dios y de la santidad, ayúdame a elevar mi espíritu a la Santísima Trinidad!

¿Qué quiere Dios de mí? cantamos hoy con la hermana Glenda:

Acompañar a María con el Santo Rosario

Último sábado de mayo con María en nuestro corazón. Pasamos las últimas páginas del mes dedicado a la Virgen. Unos días que hemos meditado su vida y rezado el Rosario. Tal vez muchos lectores no lo hayan hecho, pero es hermoso hacer una Romería a la Virgen, honrarla con nuestras palabras, repetir amorosamente los Ave María que tanto le agradan y poner a la Trinidad con el Gloria final como colofón de la oración mariana.
El rosario es mucho más que una oración. Es mucho más que la piedad que surge del corazón. El rosario es, en toda su esencia, la historia viva de Nuestra Señora, Madre de Dios y Madre de los hombres. Cuatro cuadros hermosos de su vida, de su historia de vocación a Cristo, de sus gestos de entrega al Señor, de la delicadeza de su servicio, de su compromiso con la voluntad del Padre. Es unir Su ternura con cada persona que lo reza y por cada intención que se pone en sus manos para que la eleve al cielo.
El rosario, rezado con profundo amor, nos adentra amorosamente en el Corazón Inmaculado de María, tan abierto siempre a las necesidades de los hombres. El rosario es una caricia de amor en cada palabra pronunciada. El rosario es un canto a María, alegre y cadencioso. Es la pedagogía de las enseñanzas de María pero también del profundo amor que Dios siente por Ella.
En el rosario el ser humano la toma de la mano y no deja de pronunciar alabanzas a la más hermosa de las mujeres.
En cada cuenta, el rosario se convierte en un auténtico milagro de esperanza, de entrega, de cariño, de correspondencia mutua. En el rosario nos hacemos uno con María. Nos hacemos portal y templo, anunciación y visita, cruz y pasión, luz y gloria. Nos hacemos fortaleza y esperanza, alegría y júbilo, misericordia y amor.
En el rosario llevamos a María en las manos pero también a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo. Con un rosario en la mano nada puede achantar nuestros pasos. Nada puede aminorar nuestras esperanzas.
Hoy sábado, último día de mes, si no has peregrinado hacia María, mediadora de todas las gracias, cabe la oportunidad de darle a Nuestra Señora la alegría del encuentro. ¡Todo tuyo, María!

orar con el corazon abierto

Un amigo de Jerez compartió conmigo hace unos días estas Letanías Jerezanas. Sirvan hoy como oración acompañando a la reflexión diaria:

Santa María
Santa Madre de Dios
Santa Virgen de las vírgenes
Madre de la Merced
Madre de Dulce Nombre
Madre de la Misericordia
Madre de la Gracia
Madre del Amor y Sacrificio
Madre de la Consolación Madre del Patrocinio
Madre del Mayor Dolor
Madre en la Soledad
Madre de la Piedad
Madre del Buen Fin
Virgen Inmaculada
Virgen de la O
Virgen de la Concepción
Virgen de la Encarnación
Virgen de la Candelaria
Virgen de los Dolores
Virgen del Traspaso
Virgen de las Lágrimas
Virgen de la Amargura
Virgen de las Angustias
Virgen del Desamparo
Virgen del Desconsuelo
Virgen de los Remedios
Virgen de la Confortación
Virgen del Socorro
Virgen de Loreto
Rocío de la Marisma
Blanca Paloma
Esperanza franciscana
Esperanza de la Yedra
Esperanza en la madrugada
Estrella de la Pasión
Perpetuo Socorro
Paz en la Aflicción
Guía de Caminantes
Refugio de los Desamparados
Fortaleza en el Dolor
Pilar de la Fe
Auxilio de los creyentes
Alegría de Jerez
Reina del Valle
Reina de las Viñas
Reina de la Plazuela
Reina del Monte Carmelo
Reina del Rosario
Reina de los ángeles
Reina de la Victoria
Reina de la Alegría
Reina de la Paz

Un bellísimo Magnificat para este día de mayo en el que María sigue reinando en nuestro corazón:

La gracia de la serenidad interior

Acudo de vez en cuando a mi Eucaristía diaria en una pequeña capilla, recoleta, consagrada al Sagrado Corazón. Es un Misa en familia pues no superamos habitualmente la veintena de personas. Todos nos conocemos, nos damos la paz con cordial camadería y compartimos breves conversaciones a la salida.
En el dintel del templo converso con un sastre a punto de jubilarse. Me explica los anhelos que tiene por cerrar su atelier y dedicar más tiempo a adorar al Señor y viajar a lugares marianos. Interrumpe la conversación una abuela para pedir oraciones por su nieta, una madre treintañera con tres hijos, que padece un cáncer muy agresivo. “Os pido oraciones porque aunque tiene mucha serenidad y confianza en Dios vuestras oraciones serán importantes para la familia”, dice. Antes de despedirse, remata: “Una voz interior me dice que con serenidad y confianza, todo es pasajero”. En un mundo marcado por las prisas, las tensiones y los problemas es un alegría grande encontrar alguien que irradie esa paz interior.
La serenidad interior es una gracia del Espíritu para afrontar las tormentas de la vida. Vivimos bajo la presión de tener que cambiar todo lo que nos sucede pero la actitud de la serenidad establece un criterio diferente: acepta las cosas como son, ponlas en manos de Dios con confianza, Él que ha creado el bien.
Se trata de convertirse en centros de paz en medio de la agitación. Comprender que las penas quedan atrás y que las victorias se olvidan con el paso del tiempo. Y que lo único realmente decisivo es vivir la realidad de cada día aceptando la voluntad de Dios sin permitir que los pilares que sustentan la vida mermen la paz del corazón. ¡Ójala fuese yo capaz de tener cada día en mi vida una serenidad vital así!

ob_38c976_como-practicar-la-serenidad-y-la-calma

¡Señor, por medio de tu Santo Espíritu, te pido me llenes de serenidad interior; la deseo para unirme más a Ti y a los demás! ¡La necesito, Señor, porque quiero ajustarme al orden que tu estableces y entregarme enteramente a Ti! ¡Y una vez unido a Ti, Señor, unirme también a los demás para fomentar el buen ambiente, la armonía, la generosidad y la paz! ¡Lograr, Señor, que en mi pequeño mundo, en mi entorno familiar, social, laboral y comunitario reine la paz y la gente me vea como un instrumento de tu amor! ¡Pero Señor, sobre todo te pido serenidad interior que es la paz que más cuesta conseguir! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu a sanar mis heridas, a perdonar de corazón, a aceptar mis debilidades, a cambiar mis actitudes negativas, a ser más tolerante y menos intransigente, a superar mis desvelos! ¡No permitas, Señor, que mi alma se llene de tristeza y desasosiego para no alejarme de ti y replegarme sobre mi mismo! ¡Señor, ayúdame a dar a los que me rodean paz y serenidad! ¡Espíritu Santo, Señor de la paz, renuévame, cámbiame, transforme y purifícame!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡En tus manos, Madre y Reina mía, pongo mi voluntad humana, dame a cambio la Voluntad Divina como vida para alcanzar serenidad interior!

Voca me, con Libera, para orar cantando:

No me puedo quedar mirando al cielo

Hoy es la solemnidad de la Ascensión del Señor. La Pascua casi llega a su fin. Jesús, fiel al Padre, que tras su donación generosa murió en la cruz y resucitó de entre los muertos, sube definitivamente al Cielo para vivir, rodeado de la gloria celestial, en la presencia de Dios, con Dios y en Dios. ¡Qué día más hermoso! ¡Mi enhorabuena, Señor!
Siento este día como algo especial. Como una meta. Yo también aspiro a la gloria eterna. Y, de nuevo, Jesús me marca el camino. Me señala la puerta de entrada a la eternidad. Mi profesión de fe me permite vislumbrar el futuro cierto. Creo que Jesús es El Salvador del hombre y que por su muerte y resurrección yo estoy llamado a la vida. A la Vida Eterna. Y aspiro también a mi ascensión al cielo en el momento de mi paso final por este valle de lágrimas. No quiero quedarme paralizado cómodamente en la antesala del cielo. Mi aspiración concreta es la eternidad y eso exige esfuerzo, trabajo, lucha, compromiso, testimonio.
En esta fiesta de la Ascensión del Señor surge de mi corazón un compromiso firme a ser misionero de la verdad. Testimonio de la autenticidad cristiana. No me puedo permitir el lujo de quedarme mirando al cielo a la espera de que todo me venga hecho.  No puedo como hicieron los apóstoles, escuchar las palabras de los ángeles: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”.
Soy cristiano. Y quiero ser un cristiano comprometido. No me puedo quedar mirando al cielo porque debo volver a la Jerusalén de mi vida cotidiana. Allí también está Cristo vivo, en el corazón del prójimo, en los acontecimientos de cada día. Porque Jesús, que está en el cielo, en realidad no se ha ido porque se hace presente en el mundo en el que vivo. Porque ese Cristo que se ha sentado a la diestra del Padre está muy presente en el amigo enfermo, en ese familiar que sufre depresión, en el compañero que se ha separado, en el amigo que no tiene trabajo y sufre problemas económicos, en el mendigo de la esquina de mi casa, en el hermano de comunidad que tiene problemas con su hijo drogadicto… Ese Jesús sobre todo Nombre es en realidad el cristiano perseguido, el niño abortado y la madre que sufre por ello, la amiga que su marido la ha dejado por otra más joven, el amigo que ha perdido su trabajo con cuatro hijos. En definitiva, ese Jesucristo que sube a la gloria celestial es el Dios que se hace presente en el corazón de todo hombre.
El Señor está hoy en el cielo, sí. Pero también en lo terreno de la vida. En el centro de mi vida familiar, en mi entorno laboral tan descristianizado, en la comunidad parroquial, en el núcleo de mis amigos, en la universidad de mis hijas aunque Dios parezca ausente, en el metro cuando viajo cada mañana… Cristo es cosa del minuto a minuto, del día a día. Yo aspiro al cielo, pero ahora mi cielo es la tierra y es aquí donde debo nutrir mi santidad para que algún día se me abra la puerta celestial a la que aspiro entrar con la mayor de la humildades.

orar con el corazon abierto

¡Señor, enhorabuena por este premio tan hermoso! ¡Tu me recuerdas en este día, Señor, que mi aspiración es el cielo! ¡Que en el personal de mi vida debo hacer la voluntad del Padre y buscar mi salvación cada día de mi vida! ¡Señor, soy consciente de que el Padre me ha encomendado una misión y debo cumplirla! ¡Envíame, Espíritu Santo, la sabiduría, la fortaleza y la confianza para escribir cada día la página certeza de mi vida que siga la voluntad de Dios! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a vivir mi vida en perspectiva de eternidad! ¡Ayúdame a comprender que estoy en la tierra de paso, que el tiempo avanza deprisa, que no puedo detenerme en mi crecimiento personal y espiritual, que las consecuencias de mis actos tendrán mucho que ver en mi entrada en el cielo! ¡Que mi misión no es solo para mí sino también para los que me rodean y encuentro por el amigo! ¡Concédeme, Espíritu divino, las herramientas necesarias para afrontar la vida con decisión y dame los instrumentos para inculcar a los míos los elementos para ayudarle a enfrentar también su vida! ¡En tu solemnidad de la Ascensión, Señor, hazme pescador de hombres, hazme servidor de los demás y que busque siempre servir y no ser servido, hazme cristiano comprometido para continuar tu obra con el impulso y la gracia del Espíritu Santo y la compañía siempre adorable de tu Santísima Madre! ¡Te pido, Señor, por tu Santa Iglesia católica, para que su camino lleve a todos los hombres a la gloria eterna!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡Madre mía, confianza mía, llévame a Jesús!

De J. S. Bach, escuchamos una pieza de su Oratorio Lobet Gott in seinen Reichen (Ascensión de Jesus al Cielo〉 BWV 11 tan señalado para la festividad de hoy:

Orante a imitación de Jesús

El Santo Padre pide constantemente oraciones por su persona. Desde diversos medios me llegan oraciones de intercesión por esta y aquella persona. Yo también pido oraciones por unos y otros. La Iglesia, más que nunca, necesita de corazones orantes. La oración lo transforma todo, lo cambia todo.
¿Por qué un cristiano debe ser orante? Simplemente por imitar a Cristo. Él fue un hombre de oración. Un Maestro de la oración. Y, porque, cuando te acercas a Jesús exhalas el aroma de Cristo. Y ese penetrante perfume lo adquiere Cristo de su íntima relación con Dios por medio de la oración. Es hermoso pensarlo porque siento que en una unión íntima con Él puedo llegar a respirar ese mismo perfume en mi oración.
Es difícil saber cómo oró Jesús en su treinta años de vida oculta. Con seguridad santificó sus jornadas en la carpitería de Nazaret. Oraría con José y María en algún rincón de su hogar y en la sinagoga de Nazaret. Sabemos, sin embargo, que en sus tres años de vida pública buscaba lugares alejados, se adentraba en las montañas, en los descampados y los huertos, y rezaba intensamente hasta el amanecer. Su oración pausada, sencilla, silenciosa y humilde al Padre desafiaba la salida del sol por el horizonte. Y ese resplandor iluminaba la gloria de Dios. La oración de Jesús era de alabanza, de acción de gracias, de disposición y de súplica.
Al igual que Cristo oraba, yo quiero ser un corazón orante. Al igual que la Santa Iglesia es orante con la Palabra y la Eucaristía, yo también anhelo ser un corazón orante. Y quiero serlo porque quiero estar unido al Señor y a la Iglesia, su Esposa amada, a través de la oración. Identificarme con Él y unir mi corazón al suyo. Ser orante porque el mundo necesita corazones orantes, entregados profundamente a la oración y la plegaria.
Al igual que uno entrega su vida al trabajo, al deporte, a la amistad, al juego, al descanso o a las actividades culturales, cuando uno reza entra en una dinámica de unión con Dios, impulsado por la fuerza del Espíritu Santo. Orar par ser feliz. Orar para sentir en lo más profundo del corazón la unión con el amor del Padre, con la gracias del Hijo y la amistad espiritual y la fuerza del Espíritu Santo.
Y, porque cuando uno ora, deja de ser uno mismo para asemejarse a Jesús.

orar con el corazon abierto

Jaculatoria a María en el mes de mayo: Eres Bendita entre todas las mujeres, Santísima entre todas las santas y Virgen entre todas las vírgenes.

 

Renunciar no es perder

Perder algo que me pertenece y que por justicia me corresponde y a loque tengo derecho pero que, por las circunstancias, no puedo seguir disponiendo. Ocurre muchas más veces de las que pensamos.Aparcar una actitud de comodidad consciente de que no agrada a Dios.
Cuando uno anhela avanzar en la vida el principio no siempre es ir escalando peldaños, saltar obstáculos, superar escollos, solventar situaciones desagradables y avanzar para prosperar. Hay momentos en que es necesario detenerse, desprenderse de ciertas cosas, recular y observar, desde otra perspectiva, las circunstancias que te han conducido hasta allí.
La renuncia no tiene porque significar pérdida pues cualquier renuncia puede ir acompañada de grandes dosis de libertad; el despojarse de aquellos pensamientos, sentimientos e ideas que hieren, bloquean y estancan para ayudar a subir a un nivel superior en el que resulte más fácil elegir.
Enseguida te viene a la memoria la figura de ese joven del Evangelio que entregó al Señor sus tres panes y cinco peces; gracias a esa renuncia pudo Jesús realizar un prodigioso milagro. Eso me demuestra que cuando renuncio a esas actitudes que solo me benefician a mí permito que se expanda la gracia de Dios sobre mi prójimo. Una renuncia pura, hecha desde el corazón, tiene la virtud de alentar a los demás; mi desapego por la comodidad permite que otro se pueda ver favorecido de mi desprendimiento.
No deseo ser como ese custodio del talento que el dueño de la hacienda le entrega para hacerlo rendir y que éste cava en la tierra y esconde por miedo a defraudar a su señor. No es mi intención devolverle intacto lo que tan generosamente me entrega pues deseo hacer que produzca el fruto deseado. Pero si no soy capaz de renunciar a mis intereses, a mis comodidades, a mi bienestar, a mi yoes, a mis apetencias, estoy indicando a los que me necesitan que nada voy a hacer nada por ayudarles pues lo único que me interesa es lo que gira a mi alrededor y es mi única necesidad.
Pero hay algo muy maravilloso; a través de las renuncias también se manifiesta el amor de Dios. Y más cerca estoy de Él cuando aparco mi voluntad y acepto plenamente la suya. Cuando alejo de mi todo individualismo y la centralidad de mí yo permito a Dios llevar el timón de mi vida. Con ello Él marca el destino, guía la embarcación que avanza impertérrita ante cualquier tormenta que se presente. Toda renuncia va acompañada de un aprendizaje; la renuncia del yo me acerca cada vez a un encuentro más personal e íntimo con el Señor.

¡Señor, mi abandono a ti y le pido al Espíritu Santo que me moldee en los momentos de oscuridad, búsqueda, fracaso y turbación! ¡Ven, Espíritu Santo, ven a mi corazón, Espíritu de Amor y haz que yo sea Uno con Cristo para vivir siempre por Él, con Él y en Él! ¡Ven, Espíritu Santo, por medio de la poderosa intercesión del Inmaculado Corazón de María, a derramar tu efusión divina en mi pequeña alma para que me poseas y yo te posea totalmente con El fin de renunciar a mi voluntad y aceptar siempre la voluntad de Dios! ¡Ven, Espíritu Santo, y concédeme la gracia de conocer tu Voluntad para que la ame y la acoja como acto de mi búsqueda de la santidad! ¡Ven, Padre Eterno, y haz que tu Reino se manifieste enteramente en mi vida! ¡Espíritu Santo dame la clarividencia de conocer mis propios limites personales y sociales y la clarividencia de mi necesidad de Dios! ¡Padre bueno, me pongo en tus manos, haz de mí lo que Tú quieras, sea lo que sea te doy gracias, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo con tal de que tu Santa Voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas! ¡Dame luz para conocer tu Voluntad y fuerza para cumplirla!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡Ven, oh María Santísima, Madre de Jesús y Madre mía, a repetir en mi vida la santidad de tus acciones!

Santa es la verdadera luz (Holy is the light) es una preciosa obra de William Harris que invita a la reflexión interior:

El Dios cubreparches

Sorprenden los cientos de prodigios que hizo Jesús en los primeros momentos de su ministerio. Y, en todo momento, se deja constancia de cómo la gente que le seguía se quedaba conmovida por aquello que estaba viviendo. Sin embargo hoy, en nuestras sociedades, Jesús parece que no tenga nada que enseñar. Pero sí lo hace. Y a mi me ayuda enormemente. Me enseña algo que para mi fe es importante. Me ayuda a creer que Dios es el Dios verdadero. «Creo en un solo Dios…». Y lo creo aunque tantas veces me postro ante Él con esa actitud autodefensiva y egoísta. Con la soberbia de pensar que soy un pequeño dios y con la autosuficiencia de no creer realmente en los milagros que hace en mi vida. Fundamentalmente porque no deseo que obstaculice mis planes, limite mis deseos y ponga cortapisas a mis ambiciones. Con ello voy convirtiéndome en un dios de barro que se hunde ante la primera tormenta que se presenta.
Me sabe mal creer en ese «Dios cubreparches» al que tanto recurro con frecuencia para que me favorezca con su gracia y me ayude a solventar ese o aquel problema y del que me rebelo cuando no pone remedio a mis dificultades. Me sabe mal creer en ese «Dios cubreparches» al que tanto recurro para que complazca mis necesidades en los tiempos que a mi más me convienen. Me sabe mal creer en ese «Dios cubreparches» al que tanto recurro para que no me haga  la vida tan difícil pero que me invita a ser más responsable de mis propios actos…
Ese «Dios cubreparches» al que tanto acudo egoístamente para que vaya zurciendo los rotos de mi vida en realidad es un Dios cercano, sensible a mis sufrimientos, penurias y necesidades. Ese «Dios cubreparches» no es un Dios lejano sino alguien cercano al que le interesa reconducir mi vida y mi historia porque anhela ardientemente mi salvación.
Ese «Dios cubreparches» no es amante del sufrimiento humano porque Él desea la felicidad del hombre que hace mal uso de su libertad. No es un Dios que se complazca con ver morir a su Hijo en la Cruz porque ese sacrificio comportó la redención del ser humano. Ese «Dios cubreparches» nos ama tanto que perdona la crucifixión que cada día provocamos a su Hijo.
Ese «Dios cubreparches» lo da todo gratuito. Su amor es gratuito. Su entrega es gratuita. Su comunicación es gratuita. Ese «Dios cubreparches» no actúa por interés, lo hace por gratuidad absoluta y aún sí cuesta entenderlo en nuestro corazón. Ese «Dios cubreparches» espera una comunicación de Padre a Hijo basada en la confianza, en el amor y en la entrega sin límites.
Ese «Dios cubreparches» busca el provecho de cada Hijo. Anhela su santidad y su salvación. ¿No será que soy yo el que voy colocando parches inútiles a mi vida sin entender que Dios no pone parches sino que solo obra milagros y que impone sus manos misericordiosas para hacernos hombres y mujeres de bien?

orar con el corazon abierto

¡Padre bueno, quiero glorificarte con mi vida porque este es el destino al que aspiro pese a mi fragilidad y pequeñez! ¡Ayúdame a imitar a tu Hijo porque lo que anhelo es realizarme al máximo y alcanzar la santidad! ¡Concédeme la gracia de configurarme con Jesús que es el camino, la verdad y la vida! ¡Que sea capaz de ver los milagros que Tu realizas en mi vida y darte gracias por ello! ¡Te doy gracias también porque me muestras la humillación de Tu Hijo que obedeció hasta la muerte y muerte de Cruz! ¡Qué enseñanza, Padre, ver en la cumbre de su sufrimiento ver a Jesús desde lo alto de la Cruz entregando todo su amor! ¡Esta escena, Padre, llena mi vida de plenitud! ¡Gracias, porque Jesús sufrió por mi dejando el ejemplo para que siga sus huellas! ¡Gracias porque me haces entender que su sacrificio fue un ejercicio de libertad para que yo mismo pueda alcanzar mi propia realización personal, para que pueda tener una vida verdadera, para que no me convierta en un esclavo del pecado, para que camine confiado no pensando en los parches que voy colocando en mi vida y esté unido amorosamente al corazón de Jesús! ¡Concédeme la gracia de desear lo que Tu deseas para mi y trabajar para que Tu obra en este mundo se vea realizada! ¡No permitas que vaya parcheando la vida sino que mi vida sea una entrega con amor, de servicio, de generosidad y de autenticidad! ¡Te pido que actúes en mi, que des fuerza a mis iniciativas personales, profesionales y apostólicas, que potencies mis capacidades humanas para que sean fruto abundante que te de gloria! ¡Ya lo dijo tu Hijo, Padre, Tu gloria está en que demos mucho fruto! ¡Señor, yo sé que tu no quitas nada sino que lo das todo! ¡Concédeme la gracia de confiar siempre y de abrir mi corazón de par en par a Jesús para encontrar la verdad y no poner parches a la mediocridad de mi vida!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: Tienes el corazón encendido; tus palabras me abrasan y tus ternuras me sacian.

Eres mi todo le cantamos al Señor que todo lo cubre y lo protege: