Una piedra en el zapato

Una pequeña piedra dentro del zapato puede llegar a convertirse en un tormento. ¿A quién no le ha sucedido en alguna ocasión? Me ocurrió ayer. Esa sensación de molestia permanente te obliga a descalzarte y desprenderte de la chinita que tanta incomodidad provoca.
En la vida cotidiana es frecuente encontrarte con diferentes tipos de piedras, de las que, en ocasiones, no resulta tan fácil desprenderse. Piedras más o menos grandes de frustraciones, de fracasos, de complejos, de critica, de mundanidad, de disgustos, de impaciencia, de desencuentros, de resentimientos, de sentimientos de culpabilidad, de soberbia y de egoísmos, de sueños que no se realizan, de falta de oración, de planes personales que no se ajustan a la voluntad de Dios, de desengaños… son piedras que uno carga y que acompañan en el caminar cotidiano y que duelen y molestan como esa piedrecita en el zapato. Pero con una diferencia, estas son piedras del corazón.
Me impresiona profundamente esa escena de Jesús, que le llevará a la crucifixión, cuando acude a la casa de Marta y María y les ordena, con lágrimas en los ojos, después de que su hermano Lázaro llevase cuatro días muerto: «¡Quitad la piedra!». Hasta que la piedra no se removió de la tumba, el milagro de la resurrección no tuvo lugar.
Esto es lo que siento hoy; la necesidad de remover las piedras que hay dentro de mi corazón para permanecer fiel al Señor. El corazón del hombre es, por lo general, duro, obstinado, egoísta y orgulloso
¿Cuáles son las piedras en mi vida? Las conozco perfectamente. Y Jesús me dice: «¡Remuévelas!» Arrepiéntete de ellas para hacer en ti el milagro de una resurrección a una nueva vida, a una vida llena del Espíritu. Deshazte de esas piedras que te impiden la salida a la vida de la gracia y deja de estar cautivo de lo que te aprisiona, para alcanzar una vida más plena, más alegre, más llena de fe, más cercana a Dios y más llena del Espíritu Santo.
Para una oración con el corazón abierto, dispuesto a coger la voluntad de Dios, serena y abierta la gracia, es necesario deshacerse de esas piedras que tapan el corazón. Retirada la piedra es más sencillo sentir el gozo de la liberación y orar sin prejuicios para exclamar sinceramente: «Padre, que se haga en mi tu voluntad y no la mía».

orar con el corazon abierto

¡Mi corazón se estremece de felicidad reforzando mi fe y llenando de esperanza mi vida! ¡Gracias, Señor, por resucitar en mi corazón y en mi vida! ¡Gracias porque eres mi paz, mi esperanza, mi vida, mi consuelo! ¡Y exclamo con profunda alegría que has resucitado! ¡Aleluya, Señor! ¡Aleluya porque te me presentas en la pulcritud de la vida para convertir mi corazón! ¡Quiero resucitar contigo, Señor, y fijar mi mirada en Ti y en los que me rodean dando amor, generosidad, entrega, misericordia, caridad, servicio, paciencia, esperanza…! ¡Quiero resucitar contigo, Señor, para llenar de amor y humildad mis palabras, mis gestos y mis decisiones! ¡No quiero parar de exclamar, Señor, que has resucitado, que Tu amor ha vencido al odio, y que la esperanza que nos das vence el desasosiego del corazón, que la luz que ilumina nuestra vida aclara toda nuestra oscuridad! ¡Hazme, Espíritu Santo, una persona misericordiosa que de vida a la luz del Evangelio, que peregrine siempre hacia el padre, con actitud de conversión personal constante, pobre de espíritu y de corazón sencillo, que actúe sin prepotencia ni arrogancia, que se sostenga siguiendo el ejemplo humilde de Jesús, que llore con los que lloran, que sufra con los que lo necesitan, que comparta con los perdedores, que dé consuelo siempre, que renuncie a imponer sus ideas, que practique siempre la mansedumbre, que busque siempre la conversión, que trabaje por una vida más justa y digna, que mi anhelo sea estar siempre cerca de Dios, que renuncie al rigorismo de la vida y que prefiera siempre la misericordia por encima del sacrificio, que acoja al que me ha hecho daño perdonando siempre, que tenga siempre actitudes limpias de corazón y conducta transparente, que no viva en la ambigüedad de la vida ni con máscaras que no dejan traslucir mi verdadero yo, que camine en la verdad de Jesús! ¡Son muchas cosas, lo sé, pero Jesucristo ha resucitado en mi corazón y quiero ser coherente con mi autenticidad cristiana!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: Madre del amor, de dolor y de misericordia, ruega por nosotros.

El que muere por mi, cantamos hoy para que se cumpla la voluntad de Dios en nuestra vida:

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