¿A qué me invita personalmente el mensaje de Fátima?

En un mediodía como el de hoy, 13 de mayo, pero de 1917, es decir hace cien años, Nuestra Señora se apareció por vez primera a tres niños pastores –Lucía, Jacinta y Francisco–, que pastaban sus ovejas en una hondonada cercada de olivos conocida como Cova de Iría. La Virgen les invitó a acudir a aquel mismo lugar el día trece de cada mes, durante los siguientes seis meses. El mensaje principal de aquellos encuentros fue hacer penitencia por los pecados cometidos diariamente, rezar diariamente el Santo Rosario y consagrar el mundo a su Inmaculado Corazón. En cada aparición, además, les enseñó una oración para rezar cada dïa: «¡Oh Jesús!…, por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de las ofensas hechas al Inmaculado Corazón de María».El mensaje de Fatima es, fundamentalmente, un mensaje de conversión interior. Un acercamiento audaz a la Verdad y a la Gracia; un espíritu de penitencia real y un vivir auténtico la vida sacramental, con especial preponderancia de la Penitencia y la Eucaristía. Y, por supuesto una amorosa devoción a su Corazón Inmaculado, ese corazón que arde de amor divino e invita a vivir el sendero del dolor y la alegría.
En un día como hoy, ¿a qué me invita personalmente el mensaje de Fátima? A purificar mi alma a través de la penitencia. Y hacerlo desde el amor. Porque penitencia, además de confesar los pecados, es relacionarse desde la caridad con los demás en la familia, el trabajo, con los amigos, en la comunidad parroquial; es poner empeño amoroso en servir a los que sufren y tratar con suma delicadeza a los que tienen necesidades humanas, espirituales y materiales; compadecerse de los que lo pasan mal.
Penitencia es poner empeño en hacer las cosas con amor, con dignidad, bien hechas, santificadas, sin quejarse… por amor a Dios, a los demás y a uno mismo por mucho que las tareas sean muy pesadas, el agotamiento físico grande y las obligaciones de cada día supongan un carga excesiva.
Penitencia es saber hacer las cosas por encima de los propios intereses y egoísmos pensando siempre en el prójimo.
Penitencia es poner buena cara a lo que nos crucifica, para afrontar las contrariedades que se presentan con alegría y poniendo siempre todo el empeño en hacer las cosas bien. Penitencia es, también, dejar de lado los caprichos y aprender a mortificarse.
Penitencia es tratar de corregir las propias faltas y los propios pecados y abonarse a la gracia.
Penitencia es ser solicito con los demás, corregir con amor, ayudar siempre, dignificar al que se tiene al lado, evitar la crítica y el juicio…
Penitencia es tener verdadero dolor de los pecados, poniéndolo todo en la oración, viviendo una profunda vida interior unidos al amor de Cristo y al amor de María, abriendo la puerta del corazón a la gracia de los sacramentos siendo testimonio de oración y vida cristiana.
Por eso están importante la vigilancia interior del corazón para ser consciente de la propia realidad. Eso hoy en día es difícil porque hay demasiadas preocupaciones que llenan el alma y demasiados ruidos exteriores que difuminar el susurro del Espíritu.
Pero tomas el ejemplo de los tres pastorcillos de Fátima y comprendes como Dios llenó de luz su interioridad; como a través de Cristo y de María tiene el gran poder de transformar el corazón, incluso el más frío y duro, el más triste y desolado. Y aquí surge la figura de la Virgen. A través de su Corazón Inmaculado María nos lleva al corazón de Jesús y abre a cada uno ese horizonte de esperanza que nunca defrauda; ese corazón sobre el que uno puede depositar sus miedos, sus soledades, su tristeza, sus sufrimientos; es decir, su propia vida. Y puede hacerlo con confianza plena, con absoluto abandono porque ese amor es el que sostiene el mundo y la debilidad de cada uno.
Nuestra Señora pidió en Fátima la conversión del mundo. Pero para convertir el mundo hace falta convertirse primero uno mismo y transformar su corazón; en este sentido el rezo del Santo Rosario –especialmente en este mes de mayo–, se convierte en una poderosa arma para lograrlo.

En el año 2013 el Papa Francisco consagró el mundo a la Virgen de Fátima. Hoy, coincidiendo con el centenario de las apariciones, canonizará los tres pastorcillos. Nos unimos al Santo Padre en este viaje y en el día de hoy rezamos con la oración de consagración que el Papa escribió para aquella jornada:
Bienaventurada María, Virgen de Fátima, con renovada gratitud por tu presencia materna unimos nuestra voz a la de todas las generaciones que te llaman bienaventurada.
Celebramos en ti las grandes obras de Dios, que nunca se cansa de inclinarse con misericordia sobre la humanidad afligida por el mal y herida por el pecado, para sanarla y salvarla.
Acoge con benevolencia de madre el acto por el que nos ponemos hoy bajo tu protección con confianza, ante esta tú imagen tan querida por todos nosotros.
Estamos seguros que cada uno de nosotros es precioso a tus ojos y que nada te es ajeno de todo lo que habita en nuestros corazones.
Nos dejamos alcanzar por tu dulcísima mirada y recibimos la caricia consoladora de tu sonrisa.
Protege nuestra vida entre tus brazos:bendice y refuerza cada deseo de bien; reaviva y alimenta la fe; sostén e ilumina la esperanza; suscita y anima la caridad; guíanos a todos nosotros en el camino de la santidad.
Enséñanos tu mismo amor de predilección hacia los pequeños y los pobres, hacia los excluidos y los que sufren, por los pecadores y por los que tienen el corazón perdido:
Reúne a todos bajo tu protección y a todos entrégales a tu Hijo predilecto, nuestro Señor, Jesús.
Amén.

Himno de Fatima con motivo del centenario de las apariciones:

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