Tarde te amé

La prueba más clarividente y real de que Dios me —nos— ama es mi —nuestra— propia existencia. Sin su amor de Padre, sin su amor incondicional y absoluto, yo no estaría en este mundo. Por eso, tengo una responsabilidad de hijo: estoy llamado a ser anfitrión del Dios del amor en mi corazón y en mi vida.
Me fijo en la figura digna del centurión del Evangelio que no fue a encontrarse a Jesús y envió a unos notables con la petición de que salvarán a su criado porque ni siquiera se consideraba digno de salir a su encuentro. El centurión poseía la virtud de la fe creyendo que Jesús podría realizar el milagro con su sola palabra. Pero tantas veces siento que busco fuera lo que tengo dentro, que Él está conmigo pero yo no estoy con Él.
En un día como hoy, corriente como todos, le pido humildemente a Jesús que no deje de llamar a la puerta de mi corazón. Está en su pleno derecho porque esa morada es una construcción suya que la ha convertido en templo donde morar. Pero no anhelo que llame porque tenga pleno derecho, sino por mi condición de pecador que necesita ser sanado. Sí, necesito de su infinita misericordia; necesito que me conceda la gracia de ser testigo de su generosidad para que, como sucedió con tantos personajes del Evangelio, brote en mí corazón la semilla del amor, de la generosidad, del perdón, de la entrega, del servicio, de la solidaridad…
Nunca es tarde para ir al encuentro de Cristo. Amarlo más y mejor. Recuerdo un retiro espiritual ignaciano, escuchando en una de las comidas las Confesiones de San Agustín, en el segundo plato preparado con mimo por unas monjas entrañables, quedé absorto con esta declaración del santo de Hipona:
«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste.
Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían.
Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillante y resplandeciente, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia paz que procede de ti»
Lo tengo claro. Hay que volver cada día hacia el encuentro con el Señor. No para que resuelva mis anhelos, peticiones, inquietudes o desesperanzas sino para hacer grandes esos gestos que subliman mi fe; la eucaristía y la oración, la confesión y los momentos de piedad. Es en el camino de mi vida donde podré alcanzar, sentir y palpar la presencia de Jesús. Pero el solo pide una cosa: que me fíe de Él y le deje entrar —de verdad— en mi corazón.

¡Señor, como san Agustín, tarde te amé, tarde te conocí, pero cuando he descubierto el inmenso amor que sientes por mí no puedo más que ponerme de rodillas ante Tí para darte gracias, alabarte y glorificarte! ¡Señor, eres la luz que ilumina mi vida y cada vez que me alejo de ti todo a mi alrededor se vuelve oscuridad! ¡Señor, necesito que estés muy presente en mi vida, ver la grandeza de tu ser para ser consciente de mi pequeñez y pobreza! ¡Ven a mí, Señor, que te espero confiado porque suelo ir por atajos pesarosos y tengo necesidad de tu presencia! ¡Ven a mi, Señor, para que reine en mi corazón la esperanza, la alegría, la ilusión y sentir más cerca el cielo en mi interior! ¡Señor, creo firmemente en Ti, creo que caminas a mi lado y me acompañas siempre! ¡Bendice mi oración y santifícame con tu amistad! ¡No soy digno de tanto amor, no soy digno de que entres en mi casa pero tu amor me ofrece la posibilidad de acercarme a Ti!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: Reina de los cielos y tierra, sed mi amparo y defensa en las tentaciones de mis enemigos.

Tarde te ame, como no podía ser de otro modo acompañando esta meditación:

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