La complicidad de María

Tercer sábado de mayo con María en nuestro corazón. Imagino la intimidad de María en Nazaret acompañando el corazón de Cristo. Imagino sus noches en el porche de su hogar compartiendo con su Hijo secretos y confidencias. Los imagino sentados en el alféizar, a la luz de la luna, en oración profunda. Imagino los gestos de complicidad entre Madre e Hijo, con José siempre en un segundo plano. Imagino sus miradas amorosas, sus sonrisas cómplices, sus caricias, sus conversaciones tranquilas. Imagino sus actitudes de servicio afectuoso. Y me pregunto: ¿Es así también el día a día con mi mujer, con mis hijos, con mis familiares, con mis amigos, con mis compañeros de trabajo?
Imagino asimismo cómo custodiaría María en su corazón de Madre la revelación del Padre. Imagino como la Madre salvaguardaría en su alma los secretos de su Hijo amado. Imagino como la Virgen pondría en oración los designios y la voluntad que le vino de lo alto. Y me pregunto: ¿Es así mi oración diaria o mi participación en la Eucaristía?
Imagino como María perdonaría a su Hijo al desaparecer en el templo o las tropelías en la casa de Nazaret. Imagino también cómo perdonaría a los que la juzgaron antes del compromiso con José o a los que murmuraban y rumoreaban sobre su Hijo iniciada su vida pública. Y me pregunto: ¿Soy yo capaz de perdonar y olvidar las ofensas o en mi corazón brota el rencor y la envidia? ¿Hago juicios sobre los demás sin profundizar en mi propia alma?
El corazón materno de María cobijó, acogió y perdonó a quien se dirigió a ella para dar reposo a su alma. Si uno quiere parecerse en algo a Cristo no tiene más que acudir a María porque ningún otro ser en este mundo tuvo el privilegio de modelar, formar, ilustrar y educar el alma humana de su Hijo.

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¡María, Madre mía, permíteme que ponga en tu regazo las confidencias y los secretos de mi pobre alma! ¡No dejes que mi oración sea monótona y mecánica sino que se convierta en una verdadera intimidad con tu Hijo! ¡Enséñame a contemplar, en el silencio de la oración, esos secretos del Padre que sólo un alma sencilla es capaz de acoger con humildad y entrega! ¡Y dame confianza, Madre, para afrontar los desafíos de mi vida! ¡Por eso, en las dificultades, ayúdame María! ¡De los enemigos del alma, sálvame María!
 ¡En los desaciertos, ilumíname María! ¡En mis dudas y penas, confórtame María! ¡En mis soledades, acompáñame María! ¡En mis enfermedades, fortaléceme María! ¡Cuando me desprecien, anímame María! ¡En las tentaciones, defiéndeme María!
 ¡En las horas difíciles: Consuélame María! ¡Con tu corazón maternal: ámame; y con tu inmenso poder: protégeme!

En este sábado rendimos homenaje a la Virgen con el bellísimo y poco conocido Ave María de Anton Bruckner, una delicia para el alma espiritual:

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