Sin Dios, ¿puedo ser feliz?

Una de las grandes falacias de este tiempo es creer que sin Dios uno puede ser feliz. Los cristianos muchas veces parecemos moribundos, invadidos por la desgana, carentes de alegría, desconfiando de todo lo que proviene de Dios.
El materialismo, el culto al cuerpo, el progresar por encima de todo, el bienestar material… son ideas que rondan las mentes de jóvenes y adultos. Es una especie de culto trastornado por el bienestar personal que arrastra al alma al desconsuelo. Y el siguiente paso es que brote la tristeza en nuestro corazón.
La verdad única, consistente, auténtica, se encuentra en la felicidad verdadera que se arraiga en el amor de Dios. Y en este amor todo queda englobado. Llenos de este amor es posible sobrellevar el sufrimiento y el dolor, disipar el temor y la turbación, perdonar libremente la ofensa y la humillación, renovar la fortaleza, avivar la esperanza y bendecir y ayudar a los demás.
Como todo emana del amor de Dios Él me da la capacidad y el deseo de amar y ser amados. Y al primero al que he de amar es a Dios. El signo del cristiano es el amor. Ser cristiano implica no dejar a Cristo de lado, «para más tarde», «para dentro de un rato», «para cuando más me convenga», en función del tiempo que me sobre. El ser cristiano implica poner a Cristo en el centro de la vida. Ahora. Siempre. En todo momento. Experimentarlo. Decirlo —¡decírselo!—. Sentirlo. Vivificarlo. Transmitirlo. Escucharlo. Prestarle atención. La felicidad no admite demoras de ningún tipo. El responder al amor verdadero es intrínseco a nuestro ser verdadero. Todo hombre lleva en su interior la necesidad —el anhelo—. de experimentar el amor que Dios nos tiene. Sólo sintiendo el amor de Dios y llenando nuestro corazón de su amor podemos ser verdaderamente felices.
Que no me avergüence declararme cristianos. Que no me de miedo dar la cara por el Señor. Que no mes amilane reconocer que voy a Misa. Que no me abochorne reconocer que rezo. Que no me intimide proclamar que quiero ser santos. Que no me amedrante ser testimonios de Cristo. El ser cristiano implica poner a Cristo en el centro de la vida. De mi vida. En mi empresa, en el juzgado, en el despacho de abogados, en la cátedra universitaria, en el hospital, en la fábrica, en el puesto del Ayuntamiento, en la tienda, en la agencia de seguros, en la parroquia…
Una vida cristiana que no acoja el amor de Dios es como un alma sin vida, apagada, triste, moribunda, anestesiada. Una vida sin el amor perdurable a Dios es como intentar saciar la sed bebiendo de un vaso vacío. El amor no puede ser nunca fingido porque es parte intrínseca de cada uno.
Tengo claro que debo elegir y apartar la medianía de mi vida. Pedir a Dios que mi corazón se llenen de su amor, que rebose de alegría. Dios está anhelante de entregar Su amor, dondequiera que estemos, sea cual sea nuestra situación.
Cuando uno experimenta el amor de Dios, comprende quién es Dios, la forma impresionante como nos ama, el plan que tiene ideado para cada uno, las perspectivas cambian y los miedos desaparecen. Cuando apreciamos un mínimo destello de esta verdad, nuestras preocupaciones se disipan. Con el amor de Dios en nuestro corazón vemos y comprendemos cosas que de otro modo nuestra razón nos impide entender.
La alegría es el desafío —el gran desafío— del cristiano. La alegría basada en el amor de Dios nos permite caminar con la cabeza bien alta, rechazar el consumismo fácil y las necesidades superfluas, mantener siempre la compostura, servir con generosa dedicación sin esperar nada a cambio, y testimoniar con coherencia.
Hoy, domingo, en el día del Señor, es un momento ideal para replantearme por dónde va mi vida. ¡Menuda tarea, Señor, pero qué gratificante!

orar con el corazon abierto

¡Señor, ayúdame a vivir siempre en clave de entrega, de amor generoso, de actuar sin interés! ¡Ayúdame a tener una actitud de servicio, a no ser comprendido, como comprender; a no esperar ser amado, sino que a amar; a perdonar siempre! ¡Tú sabes, Señor, qué difícil me resulta vivir en constante disposición de entrega! ¡Pero experimento tu amor por mi, Señor, y quiero darlo a los demás! ¡Ayúdame a estar siempre alegre para ser capaz de entregarme a los demás por Ti! ¡Ayúdame a ser coherente con mi vida para dar testimonio de tu verdad! ¡Ayúdame a ser auténtico con mis principios, mis valores, mis pensamientos y mis sentimientos! ¡Concédeme la gracia que mi corazón rebose siempre de alegría para ser testimonio de lo hermoso que es ser cristiano que sigue al Dios del amor!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡Oh Madre que con tu misericordia has penetrado en mi corazón ten piedad de mí!

Mi vida sin ti, cantamos hoy con Jesús Adrián Romero:

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