Sin Dios, ¿puedo ser feliz?

Una de las grandes falacias de este tiempo es creer que sin Dios uno puede ser feliz. Los cristianos muchas veces parecemos moribundos, invadidos por la desgana, carentes de alegría, desconfiando de todo lo que proviene de Dios.
El materialismo, el culto al cuerpo, el progresar por encima de todo, el bienestar material… son ideas que rondan las mentes de jóvenes y adultos. Es una especie de culto trastornado por el bienestar personal que arrastra al alma al desconsuelo. Y el siguiente paso es que brote la tristeza en nuestro corazón.
La verdad única, consistente, auténtica, se encuentra en la felicidad verdadera que se arraiga en el amor de Dios. Y en este amor todo queda englobado. Llenos de este amor es posible sobrellevar el sufrimiento y el dolor, disipar el temor y la turbación, perdonar libremente la ofensa y la humillación, renovar la fortaleza, avivar la esperanza y bendecir y ayudar a los demás.
Como todo emana del amor de Dios Él me da la capacidad y el deseo de amar y ser amados. Y al primero al que he de amar es a Dios. El signo del cristiano es el amor. Ser cristiano implica no dejar a Cristo de lado, «para más tarde», «para dentro de un rato», «para cuando más me convenga», en función del tiempo que me sobre. El ser cristiano implica poner a Cristo en el centro de la vida. Ahora. Siempre. En todo momento. Experimentarlo. Decirlo —¡decírselo!—. Sentirlo. Vivificarlo. Transmitirlo. Escucharlo. Prestarle atención. La felicidad no admite demoras de ningún tipo. El responder al amor verdadero es intrínseco a nuestro ser verdadero. Todo hombre lleva en su interior la necesidad —el anhelo—. de experimentar el amor que Dios nos tiene. Sólo sintiendo el amor de Dios y llenando nuestro corazón de su amor podemos ser verdaderamente felices.
Que no me avergüence declararme cristianos. Que no me de miedo dar la cara por el Señor. Que no mes amilane reconocer que voy a Misa. Que no me abochorne reconocer que rezo. Que no me intimide proclamar que quiero ser santos. Que no me amedrante ser testimonios de Cristo. El ser cristiano implica poner a Cristo en el centro de la vida. De mi vida. En mi empresa, en el juzgado, en el despacho de abogados, en la cátedra universitaria, en el hospital, en la fábrica, en el puesto del Ayuntamiento, en la tienda, en la agencia de seguros, en la parroquia…
Una vida cristiana que no acoja el amor de Dios es como un alma sin vida, apagada, triste, moribunda, anestesiada. Una vida sin el amor perdurable a Dios es como intentar saciar la sed bebiendo de un vaso vacío. El amor no puede ser nunca fingido porque es parte intrínseca de cada uno.
Tengo claro que debo elegir y apartar la medianía de mi vida. Pedir a Dios que mi corazón se llenen de su amor, que rebose de alegría. Dios está anhelante de entregar Su amor, dondequiera que estemos, sea cual sea nuestra situación.
Cuando uno experimenta el amor de Dios, comprende quién es Dios, la forma impresionante como nos ama, el plan que tiene ideado para cada uno, las perspectivas cambian y los miedos desaparecen. Cuando apreciamos un mínimo destello de esta verdad, nuestras preocupaciones se disipan. Con el amor de Dios en nuestro corazón vemos y comprendemos cosas que de otro modo nuestra razón nos impide entender.
La alegría es el desafío —el gran desafío— del cristiano. La alegría basada en el amor de Dios nos permite caminar con la cabeza bien alta, rechazar el consumismo fácil y las necesidades superfluas, mantener siempre la compostura, servir con generosa dedicación sin esperar nada a cambio, y testimoniar con coherencia.
Hoy, domingo, en el día del Señor, es un momento ideal para replantearme por dónde va mi vida. ¡Menuda tarea, Señor, pero qué gratificante!

orar con el corazon abierto

¡Señor, ayúdame a vivir siempre en clave de entrega, de amor generoso, de actuar sin interés! ¡Ayúdame a tener una actitud de servicio, a no ser comprendido, como comprender; a no esperar ser amado, sino que a amar; a perdonar siempre! ¡Tú sabes, Señor, qué difícil me resulta vivir en constante disposición de entrega! ¡Pero experimento tu amor por mi, Señor, y quiero darlo a los demás! ¡Ayúdame a estar siempre alegre para ser capaz de entregarme a los demás por Ti! ¡Ayúdame a ser coherente con mi vida para dar testimonio de tu verdad! ¡Ayúdame a ser auténtico con mis principios, mis valores, mis pensamientos y mis sentimientos! ¡Concédeme la gracia que mi corazón rebose siempre de alegría para ser testimonio de lo hermoso que es ser cristiano que sigue al Dios del amor!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡Oh Madre que con tu misericordia has penetrado en mi corazón ten piedad de mí!

Mi vida sin ti, cantamos hoy con Jesús Adrián Romero:

La complicidad de María

Tercer sábado de mayo con María en nuestro corazón. Imagino la intimidad de María en Nazaret acompañando el corazón de Cristo. Imagino sus noches en el porche de su hogar compartiendo con su Hijo secretos y confidencias. Los imagino sentados en el alféizar, a la luz de la luna, en oración profunda. Imagino los gestos de complicidad entre Madre e Hijo, con José siempre en un segundo plano. Imagino sus miradas amorosas, sus sonrisas cómplices, sus caricias, sus conversaciones tranquilas. Imagino sus actitudes de servicio afectuoso. Y me pregunto: ¿Es así también el día a día con mi mujer, con mis hijos, con mis familiares, con mis amigos, con mis compañeros de trabajo?
Imagino asimismo cómo custodiaría María en su corazón de Madre la revelación del Padre. Imagino como la Madre salvaguardaría en su alma los secretos de su Hijo amado. Imagino como la Virgen pondría en oración los designios y la voluntad que le vino de lo alto. Y me pregunto: ¿Es así mi oración diaria o mi participación en la Eucaristía?
Imagino como María perdonaría a su Hijo al desaparecer en el templo o las tropelías en la casa de Nazaret. Imagino también cómo perdonaría a los que la juzgaron antes del compromiso con José o a los que murmuraban y rumoreaban sobre su Hijo iniciada su vida pública. Y me pregunto: ¿Soy yo capaz de perdonar y olvidar las ofensas o en mi corazón brota el rencor y la envidia? ¿Hago juicios sobre los demás sin profundizar en mi propia alma?
El corazón materno de María cobijó, acogió y perdonó a quien se dirigió a ella para dar reposo a su alma. Si uno quiere parecerse en algo a Cristo no tiene más que acudir a María porque ningún otro ser en este mundo tuvo el privilegio de modelar, formar, ilustrar y educar el alma humana de su Hijo.

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¡María, Madre mía, permíteme que ponga en tu regazo las confidencias y los secretos de mi pobre alma! ¡No dejes que mi oración sea monótona y mecánica sino que se convierta en una verdadera intimidad con tu Hijo! ¡Enséñame a contemplar, en el silencio de la oración, esos secretos del Padre que sólo un alma sencilla es capaz de acoger con humildad y entrega! ¡Y dame confianza, Madre, para afrontar los desafíos de mi vida! ¡Por eso, en las dificultades, ayúdame María! ¡De los enemigos del alma, sálvame María!
 ¡En los desaciertos, ilumíname María! ¡En mis dudas y penas, confórtame María! ¡En mis soledades, acompáñame María! ¡En mis enfermedades, fortaléceme María! ¡Cuando me desprecien, anímame María! ¡En las tentaciones, defiéndeme María!
 ¡En las horas difíciles: Consuélame María! ¡Con tu corazón maternal: ámame; y con tu inmenso poder: protégeme!

En este sábado rendimos homenaje a la Virgen con el bellísimo y poco conocido Ave María de Anton Bruckner, una delicia para el alma espiritual:

Un simple jardinero

Para vivir los hombres modificamos el medio ambiente en función de nuestras necesidades. Una de las más propias es disfrutar de un entorno agradable para vivir, que proporcione calidad de vida y facilite el retorno a la naturaleza. Pero no a una naturaleza agresiva y hostil, sino a una naturaleza que invite a la tranquilidad y la relajación, además de a la estética.
Una de las maneras que ha empleado el hombre para conseguir esta circunstancia es la jardinería. Hay quien encuentra la felicidad en el cuidado de su jardín. En la unión perfecta con una soledad bien entendida, pasando las horas y los días rodeado de plantas, contemplando como salen las flores del cerezo, crecen las rosas o las enredaderas carmesíes… observando las luces y colores de las distintas estaciones… Pero este disfrute no es suficiente sin el cuidado del jardín, arrancando las malas hierbas que perturban el entorno.
La vida espiritual se asemeja en gran medida al arte de la jardinería. Para mantener la belleza se han de erradicar de raíz las malas hierbas para que estas no vuelvan a resurgir. De lo contrario, el entorno se estropea y se hace imprescindible segar una y otra vez. La vida ascética exige «lucha» contra las malas hierbas de nuestra vida para lograr un crecimiento en el desarrollo de nuestra vida sobrenatural. La gracia de Dios es un don puramente gratuito pero corresponde al hombre fomentar y defender la participación de esa vida divina recibida contra las inclinaciones que le son contrarias; exige amor y esfuerzo para desarrollar el germen de la vida sobrenatural que lleva en su alma y luchar contra los obstáculos que se opongan a su desarrollo personal.
Cada día uno tiene el propósito de hacer bien las cosas, de amar, de ser generoso, caritativo, amable, honesto, servicial, humilde… evitando ofender a Dios. Pero cada mañana la raíz del pecado emerge de nuevo en el corazón. Es en el corazón donde está la raíz del pecado. Mientras uno no pode esa soberbia que domina, esa sensualidad que todo lo pervierte, ese rencor y ese odio que tanto daño provoca, esa envidia que todo lo corroe, ese egoísmo que desmorona toda libertad… el trabajo seguirá siendo inútil y poco fructífero.
Hay que pedir al Espíritu Santo con insistencia que purifique nuestro corazón porque desde la nitidez y sin abandonar la lucha ascética de cada día no se pueden asumir ni interiorizar los sentimientos de Cristo en el interior del corazón. Analizo ahora mi propio corazón y ¡no me queda más que postrarme de rodillas y pedir perdón al Señor porque queriendo ser un jardinero fiel soy incapaz de podar aquello que pervierte mi corazón!

orar con el corazon abierto

¡Señor, te pido que hagas de mi corazón un jardín florido y no un desierto seco y agreste! ¡Te pido, Señor, que riegues con tu Santo Espíritu mi corazón pequeño y rudo! ¡Que lo llenes con el abono de la gracia para que elimine los rencores, las amarguras y las tristezas y haga mi vida más fuerte que el amor y una fuente de esperanza y alegría! ¡Señor, riega mi corazón para florezca la alegría y no me ahoguen ni las caídas y los fracasos! ¡Señor, cuando las flores de mi corazón se marchiten te pido que con tu sangre preciosa me ayudes a revivir y morar en Ti para crecer en santidad! ¡Señor, que no me den miedo las espinas ni me agobie por los abrojos porque sé que Tú estás conmigo! ¡Y cuando todo me vaya bien, y mi jardín estén bien florido, ayúdame a no relajarme y no cantar victoria para que no se marchite mi corazón con la soberbia y la autosuficiencia! ¡Señor, quiero mirarte siempre a Ti que eres el mejor jardinero y quiero que me conduzcas al mejor jardín que Dios ha pensado para los hombres: el jardín celestial! ¡Espíritu Santo, purifica mi corazón para llegar a ser santo cada día!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: Virgen María, eres sosiego y ternura eres la luz y la fe, dame consuelo en el dolor.

El jardinero, la canción para la meditación de hoy:

Decisiones que ponen en juego la moral

Una de las obras maestras del cine es la película El hombre tranquilo, dirigida por John Ford y protagonizada por John Wayne y Maureen O’Hara. El duro actor norteamericano, al que asociamos con los mejores western de la historia del cine, interpreta a Sean Thornton, que después de haber adoptado en conciencia la más importante decisión de su vida, deberá cargar con el peso de esa medida en los postreros años de su vida. Thornton vivirá todo tipo de situaciones al no cumplir ni con las expectativas creadas por su futura esposa y su hermano ni la de los habitantes de la pequeña comunidad del minúsculo caserío del Norte de Irlanda donde se localiza la trama. En principio, los valores que le exigen a Thornton son muy estimables y se enmarcan en las varias veces centenaria tradición de aquellas tierras. Otra cosa es, que las circunstancias más íntimas, le lleven a Thornton a sufrir un camino de espinas y de incomprensiones. El personaje de John Wayne toma la decisión de renunciar a un padecimiento físico y, en su lugar, aceptar el sufrimiento espiritual de verse como alguien incapacitado para cumplir con sus deberes y obligaciones matrimoniales pues su conciencia le dicta aspirar a un bien superior y no a subvertir los valores que son el sustento de su vida.
A lo largo de nuestra vida nos vemos obligados a tomar decisiones de índole moral, muchas de las cuales son tan importantes que suponen un enorme desgaste físico, mental y espiritual. Cargar la cruz de cada día no es tarea fácil, especialmente cuando se trata de hacer las cosas con honestidad y fidelidad a una doctrina. Viene esto a cuenta porque un amigo me explicó hace unos días el caso de una profesional que tenía un importante dilema moral a cuenta de su negocio. Tan profunda era la situación que podría acabar con sus ingresos, y por tanto necesitaba hablar con un sacerdote para que le aconsejara las medidas a adoptar. En la conciencia de cualquier ser humano –inteligencia, emotividad, voluntad– está la propia vocación al bien, de manera que la elección del bien o del mal en las situaciones concretas de la vida acaban por marcar profundamente a la persona en cada expresión de su ser. Es la situación de esta chica. Yo, personalmente, también he estado en esta situación y no siempre, por las circunstancias, he tomado el camino correcto.
Olvidamos a veces que antes de ser clavado en la Cruz, Cristo hizo parada en el huerto de Getsemaní. Tal vez allí su sufrimiento fuese mayor que durante el tormentoso y oprobioso paso por el palacio de Pilatos donde, además de humillado, escupido y vejado fue flagelado, coronado de espinas y revestido con una túnica para iniciar el cortejo hacia el Gólgota. Sin reproches, el Señor, con la grandeza de aceptar la voluntad del Padre, sólo pidió que se apartase de Él aquel cáliz.
Los cristianos tenemos la obligación de ser fieles a la Cruz de Cristo, pues sin Cruz no hay salvación; pero antes hemos de pasar por nuestro Getsemaní particular, que es nuestro momento espiritual, con la conciencia limpia y libre, el que nos lleva a aceptar la voluntad de lo que Dios tiene preparado para cada uno de nosotros, con el fin de cargar posteriormente la cruz de cada día. Todos somos un poco ese Thornton de la película de John Ford, porque todos estamos obligados a buscar con la conciencia limpia la verdad de nuestra vida con la misma honestidad que lo hace John Wayne en las verdes praderas del norte de Irlanda. Para que eso se logre nuestra alma debe estar serena. Y cuando rechazamos la verdad y el bien que Dios nos propone, hay que escuchar lo que Él nos propone a través de la voz de la conciencia, buscándole y hablándole, para reconocer y enmendar nuestros errores y abrirnos a la Misericordia divina, la única capaz de sanar cualquiera de nuestras heridas.

orar con el corazon abierto

¡Señor, ayúdame a asemejarte cada día más a Ti para actuar siempre con corrección; sin Tí, Señor, y sin tu ejemplo no puede haber una base sólida para desarrollar una ética personal! ¡Envíame los frutos del Espíritu Santo, Señor, para llenarme de Ti que eres el Señor de la vida de la forma de ser y relacionarte! ¡Envíame tu Espíritu Señor, para tener un carácter amable, generoso, puro, entregado, alegre, flexible, servicial, cariñoso, justo, honrado, honesto y fiel! ¡Envía tu Espíritu Señor, para que mis actos siempre reflejen bondad, comprensión, humildad y firmeza frente al pecado, la injusticia y la maldad! ¡Concédeme la gracia de esforzarme para vivir de acuerdo a tus mandamientos, siendo diligente en servirte a Ti y a los demás y defendiendo siempre la verdad aunque esto me lleve a la persecución y el sufrimiento! ¡Concédeme la gracia de ser una persona llena del Espíritu Santo, sometido a la verdad de la Escritura, que viva una vida limpia con conductas ejemplares, que nazca de un corazón henchido del Evangelio y viva la realidad de las bienaventuranzas! ¡Ayúdame a que mi valores sean los del Evangelio y mi ejemplo de vida sea el tuyo! ¡Quiero ser un autentico seguidor tuyo, Señor, y seguir tus mandamientos! ¡Dame la fuerza para con la gracia de Dios que viene del Espíritu Santo a servir, amar y aplicar las verdades del Evangelio, servir por amor a Dios y no para mi mismo!

 

Como hoy va de Irlanda, qué mejor que nos acompañe la música del más renombrado de sus compositores clásicos, Sir Charles Villiers Stanford, y uno de sus célebres motetes, Beati Quorum Via:

La paciencia que todo lo alcanza

Disfruto escuchando música en el iPod antes de comenzar la oración, ante el Santísimo, en la calle, en el coche. Me inspira y es una manera de conversar con el Señor de una manera diferente. Ayer no fue una excepción y la paciencia fue el nexo de mi oración con una bella canción que recoge un texto de Santa Teresa. A lo largo de nuestro peregrinar por la vida la paciencia se convierte en una virtud indispensable. La necesitamos cada día, a cada hora, a cada minuto.
La paciencia es una virtud que hemos de ejercitar con humildad y la vida nos ofrece oportunidades diarias para hacerlo. Con nuestras esposas, con nuestros hijos, con los conocidos, con nuestros compañeros de trabajo, con los que viajamos, con los vecinos, con los clientes y proveedores pero, sobre todo, con nosotros mismos.
Cuando sabemos soportar y aceptar con alegría los defectos de quienes tenemos cerca nos vamos convirtiendo en humildes guardines de la alegría. No siempre es fácil. Requiere un combate y no pocas renuncias. Si rechazamos a personas que nos “cargan”, que nos molestan, o escapamos con diplomacia de una responsabilidad, desperdiciamos la ocasión que nos ofrece Dios de practicar esta virtud de la paciencia que observa con alegría aquello que causa tristeza.
La paciencia nos ayuda a aceptar con serenidad el dolor y las pruebas que la vida pone a nuestra disposición para crecer como personas, y es la palanca con la que soportamos con ánimo sereno los males y avatares de la vida. La paciencia nos dispone en un camino de autodisciplina que nos faculta para saber callar, evitar roces, mirar con afecto, sonreír, el no ventilar sufrimientos o aventuras ajenas, ni dolores propios… porque las lamentaciones nublan el día, entristecen el corazón y descontrolan la paz. Lo deja muy bien plasmado la poética de Teresa de Jesús, que tan bellamente musican en Taize:

“Nada te turbe,
nada te espante.
Todo se pasa.
Dios no se muda.
La paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene nada le falta.
Sólo Dios basta”.

orar con el corazon abierto

¡Señor, Tú sabes que la impaciencia es uno de mis enemigos que tantas veces me lleva a la tristeza y al desánimo! ¡Hazme comprender, Señor, inspirado por tu Santo Espíritu, que al camino hacia el cielo se llega por medio de la serenidad y la paciencia! ¡Hazme entender que las respuestas inmediatas no son siempre voluntad tuya! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Santo Espíritu, a crecer en paciencia y a aprender de ella, a no ser impaciente ante los problemas, dificultades y adversidades que se me presentan, a serenarse siempre y a actuar de acuerdo con tu voluntad! ¡Señor, anhelo actuar pacientemente, sabiendo esperar con paciencia lo que tienes pensado para mí! ¡Tu, Señor, dijiste que aprendamos de Ti que eres paciente y humilde de corazón, concédeme la paciencia para soportar las largas esperas y adaptarme a los imprevistos que van surgiendo todos los días, para dialogar con amor y respeto con quien se muestra insensible, para perseverar ante las tantas frustraciones que siento y para crecer ante la adversidad y creer que contigo todo es posible! ¡Concédeme, Señor, con la fuerza de tu Espíritu Santo, a tener la paciencia para valorar las cosas sencillas y asumir los desafío cotidianos con un corazón abierto a la entrega y la esperanza! ¡Que nada me turbe, Señor, porque contigo siempre hay alegría, consuelo y esperanza!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: Virgen María, dame fe para seguir adelante, grandeza de espíritu para tener paciencia, amor para dar, voluntad para no desesperar y paciencia para comprender y esperar.​

Con Taizé, cantamos Nada te turbe, con el fin de que el Señor nos de la paciencia los avatares de nuestra vida:

Mortificación, sal de la vida

La vida cristiana es vida de sacrificio, de penitencia, de expiación. Con el auxilio de Dios, aprendemos a descubrir, a lo largo de cada jornada en apariencia siempre igual, todos los sufrimientos que nos trae la vida; y en esos momentos es cuando hacemos propósitos de mejorar. Este es el camino para disponernos a la gracia y a las inspiraciones del Espíritu Santo en el alma.
La mortificación es la sal de nuestra vida. Y la mejor mortificación es la que combate, en pequeños detalles durante todo el día, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia del alma. Mortificaciones que no mortifiquen a los demás, que nos vuelvan más delicados, más comprensivos, más abiertos a todos los que nos rodean en la familia y en el entorno social y profesional. Nos seremos hombres mortificados si no somos susceptibles; si estamos pendientes sólo de nuestros egoísmos, si sometemos a los otros, si no sabemos privarnos de lo superfluo y, a veces, de lo necesario; si nos entristecemos cuando las cosas no salen según habíamos previsto.
En cambio, seremos hombres mortificados si sabemos que hacernos todo para todos, para ganar a todos.
orar con el corazon abierto
¡Señor, dame la fuerza para que mi vida se organice en torno a la mortificación! ¡Soy consciente, Señor, que el amor me transformará y que necesito ser más mortificado para demostrarte lo mucho que te quiero! ¡Dame Espíritu Santo la la humildad para confesarme con mayor frecuencia y confesarme de corazón lo que más me humilla! ¡Espíritu de paz y de gracia, ayúdame a no salirme con la mía y dejar a los demás lo más honroso! ¡Concédeme, Espíritu de fortaleza, luchar contra la comodidad y ese espíritu de independencia que tanto me caracteriza!
Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo:  Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor es contigo. Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Precioso Jesús, cantamos hoy al Señor:

La paradoja del fracaso

Cuando más sufriente es el dolor del corazón y más grandes son los fracasos, más cerca está Dios del hombre. Vencer el fracaso de mi egoísmo, de mi soberbia, de los excesos de mi personalidad, de mi relación con los demás, de mis rencores, de mi falta de caridad… esta idea del fracaso resuena varias veces en el interior de mi alma. Triunfar es aprender a fracasar. El éxito de nuestra vida tiene como punto de partida el saber afrontar las inevitables faltas de éxito del vivir de cada día. De esta paradoja estriba, en gran parte, el acierto en el vivir. Cada desengaño, cada revés, cada decepción, cada contrariedad, cada frustración, cada desilusión lleva consigo el cimiento de una serie de capacidades humanas inexploradas, sobre las que los espíritus pacientes y decididos han edificado lo mejor de sus vidas.
Todos estamos expuestos, de una manera u otra, al fracaso; esa es la realidad. Pensar que uno está exento de él es una insensatez. Si asumimos el fracaso con una actitud positiva podremos incluso fortalecernos y abrir nuevos horizontes en nuestra vida. Del fracaso surgen lecciones esenciales para la vida. Las dificultades a las que nos enfrentamos juegan a nuestro favor. El problema principal de los fracasos radica en que no estamos acostumbrados a abordarlos sino que vivimos atemorizados por el riesgo a fallar, perseguidos por la sombra de la crítica o de la humillación. Pero Dios escribe derecho en los renglones torcidos de nuestro propio caminar. Dios nos deja libertad y sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor.
Pero el Señor se hace siempre presente en el corazón de cada uno con la impotencia de su amor, que es lo que constituye su fuerza. Se pone en nuestras manos. Nos pide nuestro amor. Nos invita a hacernos pequeños, a descender de nuestros tronos de barro y aprender a ser niños ante Él. Nos ofrece el Tú. Nos pide que confiemos en Él y que aprendamos a vivir en la verdad y en el amor. Eso no es fracasar, eso es hacer grande y simple lo esencial: amar a Dios, amarse uno mismo y amar a los demás.

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu eres mi roca, mi auxilio, mi fuerza! ¡Te dirijo mi súplica, Señor, para que me ayudes a superar las amarguras que me generan mis fracasos! ¡Necesito sentirte cerca, Señor, y ofrecerte mi pobreza y mi nada! ¡Señor, Tu conoces lo que anida en mi corazón y las buenas intenciones! ¡Sabes, Señor, que muchas veces las cosas no salen por mi cabezonería! ¡Ayúdame a comenzar de nuevo cogido de Tu mano, haciendo las cosas con humildad y mayor madurez, para gloria tuya! ¡Espíritu Santo, enséñame a amar a los demás como a mi mismo y juzgarme como lo haría con los demás! ¡Y cuando me vayan bien las cosas no permitas caer en el orgullo ni en la tristeza cuando fracase! ¡Recuérdame, Espíritu de Dios, que el fracaso es el primer paso hacia el triunfo! ¡Lléname de serenidad, alma de mi alma, para hacer siempre el bien! ¡Ayúdame a superar las amarguras de mis fracasos y sentirte siempre cerca de mi! ¡Concédeme la gracia de aferrarme a Ti con la esperanza de que ofrecerás tu inestimable ayuda cuando todo a mi alrededor parezca derrumbarse! ¡Ven a socorrerme, Espíritu Santo, con tu gracia y con la del Señor! ¡Tú conoces perfectamente lo que este pobre corazón siente! ¡Tú sabes las veces que he fracasado y no deseas que me muestre triste y paralizado; al contrario te pido que me ayudes a tener la fortaleza para seguir adelante y enriquecer mi esperanza! ¡Te pido Espíritu Santo, que por medio del Padre que me concedas  tu eficaz auxilio  y tener la alegría y la fuerza de comenzar todo de nuevo sin detenerme en el camino llevando aridez e inutilidad a mi vida! ¡Si el fracaso se presenta, déjame creer Dios mío, que me lo ofreces para adquirir una madurez humana y espiritual!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: Nunca salgas de mi vida Virgen mía, porque perdido estaré si no tengo tu guía.

Agnus Dei, de Samuel Barber, para acompañar la meditación de hoy:

Tarde te amé

La prueba más clarividente y real de que Dios me —nos— ama es mi —nuestra— propia existencia. Sin su amor de Padre, sin su amor incondicional y absoluto, yo no estaría en este mundo. Por eso, tengo una responsabilidad de hijo: estoy llamado a ser anfitrión del Dios del amor en mi corazón y en mi vida.
Me fijo en la figura digna del centurión del Evangelio que no fue a encontrarse a Jesús y envió a unos notables con la petición de que salvarán a su criado porque ni siquiera se consideraba digno de salir a su encuentro. El centurión poseía la virtud de la fe creyendo que Jesús podría realizar el milagro con su sola palabra. Pero tantas veces siento que busco fuera lo que tengo dentro, que Él está conmigo pero yo no estoy con Él.
En un día como hoy, corriente como todos, le pido humildemente a Jesús que no deje de llamar a la puerta de mi corazón. Está en su pleno derecho porque esa morada es una construcción suya que la ha convertido en templo donde morar. Pero no anhelo que llame porque tenga pleno derecho, sino por mi condición de pecador que necesita ser sanado. Sí, necesito de su infinita misericordia; necesito que me conceda la gracia de ser testigo de su generosidad para que, como sucedió con tantos personajes del Evangelio, brote en mí corazón la semilla del amor, de la generosidad, del perdón, de la entrega, del servicio, de la solidaridad…
Nunca es tarde para ir al encuentro de Cristo. Amarlo más y mejor. Recuerdo un retiro espiritual ignaciano, escuchando en una de las comidas las Confesiones de San Agustín, en el segundo plato preparado con mimo por unas monjas entrañables, quedé absorto con esta declaración del santo de Hipona:
«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste.
Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían.
Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillante y resplandeciente, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia paz que procede de ti»
Lo tengo claro. Hay que volver cada día hacia el encuentro con el Señor. No para que resuelva mis anhelos, peticiones, inquietudes o desesperanzas sino para hacer grandes esos gestos que subliman mi fe; la eucaristía y la oración, la confesión y los momentos de piedad. Es en el camino de mi vida donde podré alcanzar, sentir y palpar la presencia de Jesús. Pero el solo pide una cosa: que me fíe de Él y le deje entrar —de verdad— en mi corazón.

¡Señor, como san Agustín, tarde te amé, tarde te conocí, pero cuando he descubierto el inmenso amor que sientes por mí no puedo más que ponerme de rodillas ante Tí para darte gracias, alabarte y glorificarte! ¡Señor, eres la luz que ilumina mi vida y cada vez que me alejo de ti todo a mi alrededor se vuelve oscuridad! ¡Señor, necesito que estés muy presente en mi vida, ver la grandeza de tu ser para ser consciente de mi pequeñez y pobreza! ¡Ven a mí, Señor, que te espero confiado porque suelo ir por atajos pesarosos y tengo necesidad de tu presencia! ¡Ven a mi, Señor, para que reine en mi corazón la esperanza, la alegría, la ilusión y sentir más cerca el cielo en mi interior! ¡Señor, creo firmemente en Ti, creo que caminas a mi lado y me acompañas siempre! ¡Bendice mi oración y santifícame con tu amistad! ¡No soy digno de tanto amor, no soy digno de que entres en mi casa pero tu amor me ofrece la posibilidad de acercarme a Ti!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: Reina de los cielos y tierra, sed mi amparo y defensa en las tentaciones de mis enemigos.

Tarde te ame, como no podía ser de otro modo acompañando esta meditación:

¿A qué me invita personalmente el mensaje de Fátima?

En un mediodía como el de hoy, 13 de mayo, pero de 1917, es decir hace cien años, Nuestra Señora se apareció por vez primera a tres niños pastores –Lucía, Jacinta y Francisco–, que pastaban sus ovejas en una hondonada cercada de olivos conocida como Cova de Iría. La Virgen les invitó a acudir a aquel mismo lugar el día trece de cada mes, durante los siguientes seis meses. El mensaje principal de aquellos encuentros fue hacer penitencia por los pecados cometidos diariamente, rezar diariamente el Santo Rosario y consagrar el mundo a su Inmaculado Corazón. En cada aparición, además, les enseñó una oración para rezar cada dïa: «¡Oh Jesús!…, por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de las ofensas hechas al Inmaculado Corazón de María».El mensaje de Fatima es, fundamentalmente, un mensaje de conversión interior. Un acercamiento audaz a la Verdad y a la Gracia; un espíritu de penitencia real y un vivir auténtico la vida sacramental, con especial preponderancia de la Penitencia y la Eucaristía. Y, por supuesto una amorosa devoción a su Corazón Inmaculado, ese corazón que arde de amor divino e invita a vivir el sendero del dolor y la alegría.
En un día como hoy, ¿a qué me invita personalmente el mensaje de Fátima? A purificar mi alma a través de la penitencia. Y hacerlo desde el amor. Porque penitencia, además de confesar los pecados, es relacionarse desde la caridad con los demás en la familia, el trabajo, con los amigos, en la comunidad parroquial; es poner empeño amoroso en servir a los que sufren y tratar con suma delicadeza a los que tienen necesidades humanas, espirituales y materiales; compadecerse de los que lo pasan mal.
Penitencia es poner empeño en hacer las cosas con amor, con dignidad, bien hechas, santificadas, sin quejarse… por amor a Dios, a los demás y a uno mismo por mucho que las tareas sean muy pesadas, el agotamiento físico grande y las obligaciones de cada día supongan un carga excesiva.
Penitencia es saber hacer las cosas por encima de los propios intereses y egoísmos pensando siempre en el prójimo.
Penitencia es poner buena cara a lo que nos crucifica, para afrontar las contrariedades que se presentan con alegría y poniendo siempre todo el empeño en hacer las cosas bien. Penitencia es, también, dejar de lado los caprichos y aprender a mortificarse.
Penitencia es tratar de corregir las propias faltas y los propios pecados y abonarse a la gracia.
Penitencia es ser solicito con los demás, corregir con amor, ayudar siempre, dignificar al que se tiene al lado, evitar la crítica y el juicio…
Penitencia es tener verdadero dolor de los pecados, poniéndolo todo en la oración, viviendo una profunda vida interior unidos al amor de Cristo y al amor de María, abriendo la puerta del corazón a la gracia de los sacramentos siendo testimonio de oración y vida cristiana.
Por eso están importante la vigilancia interior del corazón para ser consciente de la propia realidad. Eso hoy en día es difícil porque hay demasiadas preocupaciones que llenan el alma y demasiados ruidos exteriores que difuminar el susurro del Espíritu.
Pero tomas el ejemplo de los tres pastorcillos de Fátima y comprendes como Dios llenó de luz su interioridad; como a través de Cristo y de María tiene el gran poder de transformar el corazón, incluso el más frío y duro, el más triste y desolado. Y aquí surge la figura de la Virgen. A través de su Corazón Inmaculado María nos lleva al corazón de Jesús y abre a cada uno ese horizonte de esperanza que nunca defrauda; ese corazón sobre el que uno puede depositar sus miedos, sus soledades, su tristeza, sus sufrimientos; es decir, su propia vida. Y puede hacerlo con confianza plena, con absoluto abandono porque ese amor es el que sostiene el mundo y la debilidad de cada uno.
Nuestra Señora pidió en Fátima la conversión del mundo. Pero para convertir el mundo hace falta convertirse primero uno mismo y transformar su corazón; en este sentido el rezo del Santo Rosario –especialmente en este mes de mayo–, se convierte en una poderosa arma para lograrlo.

En el año 2013 el Papa Francisco consagró el mundo a la Virgen de Fátima. Hoy, coincidiendo con el centenario de las apariciones, canonizará los tres pastorcillos. Nos unimos al Santo Padre en este viaje y en el día de hoy rezamos con la oración de consagración que el Papa escribió para aquella jornada:
Bienaventurada María, Virgen de Fátima, con renovada gratitud por tu presencia materna unimos nuestra voz a la de todas las generaciones que te llaman bienaventurada.
Celebramos en ti las grandes obras de Dios, que nunca se cansa de inclinarse con misericordia sobre la humanidad afligida por el mal y herida por el pecado, para sanarla y salvarla.
Acoge con benevolencia de madre el acto por el que nos ponemos hoy bajo tu protección con confianza, ante esta tú imagen tan querida por todos nosotros.
Estamos seguros que cada uno de nosotros es precioso a tus ojos y que nada te es ajeno de todo lo que habita en nuestros corazones.
Nos dejamos alcanzar por tu dulcísima mirada y recibimos la caricia consoladora de tu sonrisa.
Protege nuestra vida entre tus brazos:bendice y refuerza cada deseo de bien; reaviva y alimenta la fe; sostén e ilumina la esperanza; suscita y anima la caridad; guíanos a todos nosotros en el camino de la santidad.
Enséñanos tu mismo amor de predilección hacia los pequeños y los pobres, hacia los excluidos y los que sufren, por los pecadores y por los que tienen el corazón perdido:
Reúne a todos bajo tu protección y a todos entrégales a tu Hijo predilecto, nuestro Señor, Jesús.
Amén.

Himno de Fatima con motivo del centenario de las apariciones:

Rendir cuentas sinceras a Dios

Al final de la jornada, cuando cae la noche, Dios desea escuchar de tus propios labios cómo te ha ido el día y como te has desempeñado en el trabajo apostólico. Cuando rindes sinceras cuentas y con el corazón abierto de lo que has hecho te das cuenta que es mejor hablar poco y obrar mucho. Que lo que Dios espera de ti es un compromiso firme, mucha humildad y sencillez, mucha oración, mucha generosidad y, también, mucho silencio interior.
Comprendes que estás marcado por la cruz de Cristo, con el sello del bautismo, con la luz de Espíritu y que estás creado para alcanzar el cielo prometido. Que no es suficiente con adorar la cruz de Cristo: hay que aprender a cargar con ella en tu fragilidad y tu entereza cristiana.
La cruz no está lejos de uno, te acompaña siempre. Y no merece lamentarse porque sea demasiado pesada. El Señor no te la coloca en la espalda si no la puedes llevar y no permite cargarla por encima de tus propias fuerzas.
Sabiendo esto hay que poner todo el empeño para mejorar al día siguiente cuidando el corazón para que en él habite el Espíritu Santo, custodiándolo como un tesoro para que no entren los malos pensamientos, los sentimientos negativos, las malas intenciones, la soberbia, el orgullo, las malas acciones, los celos, la tibieza, las envidias…
Ese tiempo de reflexión nocturno es un camino hacia Dios. Convertirse implica ser cada vez más como Jesús: pensar como Él, sentir como Él, actuar como Él, amar como Él. Exige un esfuerzo progresivo y continuo. Y el conocerte a ti mismo te ayuda a progresar y ser testimonio del Evangelio de Cristo. Y caminar en pos del cielo prometido.

orar con el corazon abierto

En este día la oración no es mía. Pero es una plegaria muy hermosa para rezar por la noche, que a mí me gusta realizar en ocasiones porque me ayuda acostarme en paz:
Padre mío, ahora que las voces se silenciaron y los clamores se apagaron, aquí al pie de la cama mi alma se eleva hasta Ti para decirte:Creo en Ti, espero en Ti, te amo con todas mis fuerzas.Gloria a ti, Señor.
Deposito en tus manos la fatiga y la lucha, las alegrías y desencantos de este día que quedó atrás.
Si los nervios me traicionaron, si los impulsos egoístas me dominaron, si di entrada al rencor o a la tristeza,¡Perdón Señor! Ten piedad de mí.
Si he sido infiel, si pronuncié palabras vanas, si me dejé llevar por la impaciencia, si fui espina para alguien, ¡Perdón Señor!
No quiero esta noche entregarme al sueño sin sentir sobre mi alma la seguridad de tu misericordia, tu dulce misericordia enteramente gratuita, Señor. Te doy gracias Padre mío, por que has sido la sombra fresca que me ha cobijado durante todo este día. Te doy gracias porque invisible, cariñoso, envolvente me has cuidado como una madre, a los largo de estas horas.
Señor, a mi derredor ya todo es silencio y calma. Envía el ángel de la paz a esta casa. Relaja mis nervios, sosiega mi espíritu, suelta mis tensiones, inunda mi ser de silencio y serenidad. Vela sobre mí, Padre querido, mientras me entrego confiado al sueño, como un niño que duerme feliz en tus brazos. En tu nombre, Señor. Descansaré tranquilo.

Jaculatoria a María en el mes de mayo: Por tu limpia concepción, ¡oh Soberana Princesa! una muy grande pureza te pedimos de corazón.

Encontré una paz, cantamos hoy acompañando la meditación: