Abandonar la seguridad de los propios criterios

Me ocurre con frecuencia. El trajín de lo cotidiano me lleva a deambular de un lado a otro apagando fuegos y sorteando las frecuentes dificultades que surgen como hongos. Cuento con una gran ventaja y es que puedo despreocuparme por las cosas porque tengo mucha confianza en la «mano que todo lo puede». Y en la Cruz salvadora. Allí es donde uno reconoce el trazo santo del Amor indicando con claridad cual es el horizonte donde fijar la mirada. Así es más sencillo reconocer al Señor en los quehaceres cotidianos y ver su reflejo en sus resultados. Al mismo tiempo esa presencia se manifiesta claramente en los propios pensamientos, en las propias palabras, en los propios actos, en los actos de amor y servicio a los demás, en los gestos más sencillos y también en los de más enjundia. O al menos ese es el deseo que surge del corazón.
A Cristo se le puede reconocer de la manera más inesperada. ¿Acaso los dos de Emaús, discípulos abatidos y desalentados, no reconocieron a Jesús cuando sentados a la mesa se dispuso a partir el pan? Me sorprendo como el Señor hace lo mismo conmigo y mi familia: el Señor parte diariamente entre los míos ese «pan de cada día», ese pan que —por gracia de Dios— no falta en nuestra mesa y que es motivo para dar gracias, alabanza y reconocimiento.
Pero también lo reconozco entre mis dolores, sufrimientos y lágrimas. Él lo acoge todo y todo lo hace suyo.
Tengo, es verdad, un deseo; un anhelo nada sencillo de ver cumplido pero vivo en mi corazón. Que sea capaz de mostrar Su vida a través de la mía. Basta con que mi pobre persona —mi pobre humanidad, en realidad— roce suavemente la divinidad de Cristo. Mientras escribo esto tengo delante un hermoso crucifijo. Y fijo mi mirada en Él. Ahí está el Señor destilando su gran misericordia, ternura, amor y perdón sobre mi. Esto llena mi corazón siempre repleto de interrogantes y lleno de mundanidad.
Uno comprende que la experiencia de Dios en lo cotidiano es, en realidad, una invitación clara a abandonar la seguridad de los propios criterios y de nuestra razón para vivir el proyecto de Dios que se hace experiencia encarnada en nuestra propia vida. El encuentro con Dios en lo cotidiano implica tener la madurez humana de alguien para vivir orientado hacia la propia interioridad y volcarse hacia el prójimo y, sobre todo, hacia aquello que Dios mira y ama. Ardua tarea que se convierte en un reto en este último día del mes del Sagrado Corazón.

orar con el corazon abierto

¡Señor, te doy gracias por el don de la vida y del amor! ¡Concédeme, Señor, la capacidad de escuchar tu voz con el corazón abierto y con la docilidad para acoger tu voluntad! ¡Hazme, Señor, una persona abierta a tus santas inspiraciones! ¡Otórgame, Señor, con la fuerza de tu Santo Espíritu, el poder para sentir humildemente cada una de las manifestaciones de amor con las que me llenas cada día! ¡Señor, tu lo sabes todo y sabes que te amo, aunque tantas veces te abandono como hizo Pedro; tú conoces mi debilidad y mis flaquezas! ¡No permitas, Señor, que me deje guiar por las inspiraciones de mi corazón sino por tu Palabra y tus enseñanzas; que seas Tú, Señor, mi guía! ¡Envía tu Santo Espíritu sobre mí, Señor, porque son muchas veces las que me desvío del camino; que venga el Espíritu Consolador para que me anime a levantarme y seguir avanzando cada día! ¡Soy consciente, Señor, de que tu seguimiento exige esfuerzo y mucho sacrificio pero si me acerco a Tí, Jesús, sé a ciencia cierta que borrarás de mi corazón la soberbia, el orgullo, la autosuficiencia, la falta de caridad, y todo aquello que me aparta de ti! ¡Y en este último día de tu mes del Sagrado Corazón, me consagro a Ti, te glorifico por el amor infinito que tu corazón siente por mi pequeño ser; te alabo y te bendigo, Señor Jesús, porque tu Corazón está siempre abierto a dar amor y misericordia! ¡Recibe, Señor, mi ofrenda y mi entera disponibilidad para ser capaz de dar amor, dar esperanza, dar alegría, dar disponibilidad y ser signo de tu Amor, testigo de tu Reino y constructor de la civilización del Amor!

Hoy acompaño la meditación con la canción de Jeremy Camp, Christ in me.

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El pecado que vive en mi

Hoy es la festividad de san Pedro y san Pablo. Uno de los aspectos que más me impresionan de la figura del apóstol san Pablo, ese espejo que tenemos los cristianos para fortalecer nuestra fe, es su confesión de que de una manera reiterada tenía que luchar contra los demonios que combatían su espíritu. San Pablo se declara en la carta los Filipenses como un ser imperfecto, consciente de su absoluta vulnerabilidad, confesión que reitera en la carta a los Corintios; se considera el primero de los pecadores, aspecto que incide cuando escribe a Timoteo; e, incluso, duda de que algún día pueda llegar a salvarse, como manifiesta en la epístola a los Romanos. Si Paulo de Tarso, apóstol del cristianismo y uno de los mayores protagonistas de su expansión tras la muerte de Cristo, mantiene consigo mismo una idea tan profunda de su pequeñez, ¿en qué situación me encuentro yo, hombre con pies de barro, que se cree tan perfecto, con una vida interior tan ínfima, tan pobre, tan angostada?Pensar en san Pablo es entender que el pecado vive en mí a pesar de mis desvelos por desterrarlo de mi alma y de mi corazón, cautivo como estoy a los estímulos del pecado, con una experiencia espiritual que no es más que una retahíla de fracasos y de caídas permanentes, con negaciones constantes al Señor…
Asumiendo la vida del apóstol siempre hay esperanza. Y esa esperanza viene de Dios. De ese Dios hecho carne, de esa salvación prometida, de ese cumplimiento para que yo pueda salvarme, de ese gesto impresionante de morir en mi lugar para que yo pueda redimirme del pecado. Contemplo la Cruz y veo la grandeza de ese Cristo yaciente, su santidad, su muerte redentora, la grandeza de ese gesto y no me queda más que exclamar con convincente gozo: ¡Gracias, Dios mío, por darme a Jesucristo, que se ha ofrecido a si mismo sin mancha, y me hace entender que estoy en este mundo para servirte a Ti como un verdadero hijo tuyo!
Mi camino es imperfecto aunque tantas veces me crea un ser superior pero si hay algo que Dios tiene claro es lo que quiere de mí y cómo conseguirlo. Y todo pasa por desterrar la soberbia del corazón para vivir entregados a Él y a los demás con humildad, amor, servicio y generosidad. Y cuando me crea perfecto… basta con tratar de leer los renglones torcidos que Dios escribe en mi vida para entender por donde debe ir mi transformación interior.

¡Señor, sé que lo que te agrada de mi es que sea sencillo, mi pequeñez, mi humildad, mi camino paso a paso! ¡Bendice, Tú Señor, mi caminar! ¡Perdóname, Señor, por las ocasiones en que no me someto a tu voluntad sino que hago lo que creo que es más conveniente para mí si tenerte en cuenta a Ti! ¡Perdóname, Señor, por esas obras pecaminosas que me apartan de tu corazón inmaculado! ¡Perdóname, por los acuerdos con el enemigo que me hacen ver el pecado como algo liviano y trivial! ¡Te pido, Señor, que selles mi mente, mi espíritu, mi cuerpo y mi alma con tu sangre! ¡Señor de misericordia, abre mi ojos para que siempre sea capaz de descubrir el mal que hago! ¡Toca con tus manos mi corazón para que me convierta sinceramente a Ti! ¡Restaura en mi corazón tu amor, Señor, para que en mi vida resplandezca con gozo la imagen de tu Hijo Jesucristo! ¡Señor, tu exclamaste que querías la conversión del pecador; aquí estoy yo Señor para confesar mis pecados y reclamar tu perdón! ¡Ayúdame, Señor, a escuchar tu Palabra, a hacerla mía! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, dador de vida, a comportarme con sinceridad en el camino del amor y la entrega a los demás, y a crecer en Jesús en todos los acontecimientos de mi vida! ¡No tengas en cuenta mis negaciones, Señor, y mírame cada vez que caiga con tu mirada de amor misericordioso porque sabes que esto mueve a mi corazón a prometerte fidelidad!

orar con el corazon abierto

Coincidiendo con la festividad de san Pedro y san Pablo un sacerdote me envía esta oración para compartirla con los lectores de esta página:

¡Oh Santos apóstoles Pedro y Pablo!
Yo los elijo hoy y para siempre por mis especiales protectores y abogados;
y me alegro humildemente tanto contigo, san Pedro, príncipe de los Apóstoles,
porque eres la piedra sobre la cual edificó Dios su Iglesia;
como contigo, san Pablo, escogido por Dios
para vaso de elección y predicador de la verdad en todo el mundo.
Alcánceme, les suplico, una fe viva, una esperanza firme y una caridad perfecta;
atención en el orar, pureza de corazón, recta intención en las obras,
diligencia en el cumplimiento de las obligaciones de mi estado, constancia en los propósitos,
resignación a la voluntad de Dios y perseverancia en la divina gracia hasta la muerte;
para que mediante sus intercesiones y sus méritos gloriosos,
pueda vencer las tentaciones del mundo, del demonio y de la carne,
me haga digno de presentarme ante el supremo y eterno pastor de almas Jesucristo,
que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos,
para gozarle y amarle eternamente. Amén.

Himno al amor, para la festividad de hoy:

Tengo la certeza de que Dios me escucha siempre

Tengo amigos que me recriminan mi poca participación en los chats de WhatsApp. Lo cierto es que estoy agregado a varias decenas de ellos y los sigo todos con la atención que el tiempo me permite, especialmente los que integran mis amigos en la fe. Pocas veces intervengo pero ayer me detuve especialmente en uno. Un amigo andaluz, amante del buen toreo, el fino, el jamón ibérico y las mujeres elegantes y guapas (sin llegar a más), escribe una experiencia personal y concluye: “Ahora tengo la certeza de que Dios me escucha siempre”. A orado intensamente con fe por algo y Dios ha escuchado su súplica. Alguien le responde con una frase de san Agustín: “La oración es la debilidad de Dios y la fuerza del hombre”.
Profundo siempre el santo de Hipona. Efectivamente, Dios escucha siempre. En mis momentos de aridez espiritual siempre me viene a la mente el tesón espiritual y físico del Señor para recogerse en oración cuando tuvo que superar tantos obstáculos humanos. Para Él ni la tribulación, ni el cansancio, ni el dolor, ni la sequedad constituyeron una traba para dejar de orar. Ese ejemplo del Señor es la constatación de que es necesario rezar siempre, no sólo en los momentos de exaltación y devoción sensible, sino también en esos periodos en los que la aridez y el desconsuelo, el disgusto y la aspereza anidan en nuestro corazón. Y esto, además, se hace necesario hacerlo siempre, todos los días, toda la vida, acontezca lo que acontezca, pase lo que pase, murmure quien murmure, critique quien critique.
No olvidemos que la experiencia de una oración llena de consuelos no tiene porque ser la que más nos acerque a Dios, sino el ejercicio de las virtudes teologales, que puede ser muy intenso y unitivo aunque caminemos a oscuras.
El fin de toda oración no son los impulsos afectivos sino la total y plena adhesión a la voluntad del Padre, que en su bondad acoge nuestras plegarias. Siempre le digo a mis hijos cuando se lamentan de un problema y lo rezan: no le contéis a Dios lo tremendo que es vuestro problema, explicadle claramente a vuestro problema lo grande que es Dios y lo que Él puede hacer para ayudaros.


¡Haz, Señor, que se eleve a Ti mi espíritu y piense en mis culpas con dolor y propósito de la enmienda! ¡Dame, Señor, un corazón alerta para que ningún pensamiento superficial lo distraiga de ti; un corazón recto y noble que impida ser seducido por una pasión indigna; un corazón incorruptible que no se vea contaminado por ninguna tipo de intención mala; un corazón firme que ninguna tribulación pueda quebrar; un corazón libre que ninguna pasión turbia logre vencer! ¡Tú me conoces enteramente Señor; tu sabes de mi presente, de mi pasado y de mi futuro; los tienes delante de Ti, por eso te entrego mis miedos para que los transformes en confianza; mis lágrimas, para que las transformes en oración; mi desánimo, para que lo transformes en fe; mis desconfianzas, para que las transformes en paz del alma; mi rencor, para que lo transformes en serenidad; mis silencios, para que los transformes en adoración y alabanza a Ti! ¡Gloria siempre a Ti, Señor, por lo que haces en mi vida!

Disfrutamos con esta pieza de J. F. Fachs. Suave, tierna y alegre:

Descargar las cargas a los pies de la Cruz

Hay días, como ayer, que al terminar la jornada —agotadora— se busca especialmente el refugio del hogar para encontrar la paz y la tranquilidad. Paso antes por un templo para poner ante el rostro sufriente de Cristo en la Cruz mis agobios, cansancio, preocupaciones y penalidades de la jornada. Los descargo a los pies del Sagrario. Allí coloco el peso de mi cruz, una carga pesada y dolorosa. Así, puedo entrar en casa con la descarga de la pena.¡Qué fortuna la de los creyentes que tenemos al Señor que se ofrece a aliviar nuestros agobios y cansancios! ¡Qué consuelo saber que es posible cargar el yugo de quien es manso y humilde de corazón para encontrar el descanso para nuestras almas!
Te das cuenta de que la jornada, el día a día, avanza inexorablemente. Que las ocupaciones cotidianas te van ahogando, quitándote el tiempo, a veces incluso la ilusión. Hay días, incluso, que has hecho mucho, tu jornada ha estado repleta de reuniones, de ir de aquí para allá, de llamadas telefónicas, de resolver problemas, «de apagar fuegos»… pero en realidad están vacías; lo están porque Cristo no está en el centro.
No caemos en la cuenta de que muchos de los abatimientos que nos pesan, de los cansancios que nos ahogan, de los agobios que martillean nuestra vida… tienen mucho que ver con esa incapacidad para vislumbrar la acción que el Señor ejerce en cada uno de los acontecimientos de nuestra vida.
Ante la Cruz, ante el rostro sufriente del Cristo crucificado, donde puedes depositar tus cansancios y tus agobios, uno recibe grandes dosis de paz interior, de serenidad, de esperanza, de reposo.
Pero esto, que real, se convierte muchas veces en una teoría: ¡cuánto cuesta ponerlo en práctica y echarse de verdad en las manos misericordiosas y amorosas del Señor, que acoge las preocupaciones para aliviarlas y las fatigas para darles descanso!

orar con el corazon abierto

¡Señor, deposito mis cargas pesadas a los pies de la Cruz! ¡Te doy gracias, Señor, por tu presencia en mi vida, porque tu carga es liviana y tu te ofreces para que descargue en ti mis agobios y preocupaciones! ¡Gracias, Señor, por la paz y la serenidad que ofreces A quien se acerca a ti, por eso quiero confiar siempre en tu providencia! ¡Te ruego que calmes mis tempestades interiores y exteriores y ante las pruebas que me toca vivir, a veces difíciles, que seas tú la fuerza que me permita seguir adelante! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que vení salgan siempre pensamientos positivos y aleja de mí aquella negatividad que tanto daño hace a mi corazón y tanto me aleja de ti! ¡Señor, te entrego por completo mis cargas, mis tristezas, mis miedos, mis pensamientos, mis debilidades, mis tentaciones, mis dudas, mis luchas, mis amarguras, mis miedos, mis caídas, mis angustias, mis soledades, mis temores, a mis pecados, mis errores, mis preocupaciones, mi alma, mis tentaciones, mi fragilidad, mis debilidades, mis deseos, mis ansiedades, mi pasado, presente y futuro y, sobre todo mi espíritu; hazme fuerte para salir con firme y comprometido de mis batallas y que tu fuerza y tu poder me acompañenen cada momento de mi vida! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Del compositor austriaco Johann Joseph Fux ofrezco hoy este bella pieza de su catálogo: Victimae paschali laudes K. 276

 

No dejarse inflar por el orgullo

¡Con cuanta frecuencia los halagos, los parabienes, las alabanzas, los reconocimientos… obnubilan nuestro amor propio y nos dejamos engañar por la mentira de la soberbia! En estas circunstancias nos sentimos «como dioses» —de barro, en realidad— y pensamos que todo es magnífico porque los demás nos reconocen nuestros méritos humanos. Y así vamos transitando, sin ser auténticos de verdad, en esa búsqueda por agradar al prójimo y aceptando, si es menester, las medias verdades, la mentira, el juicio, las injusticias o la descalificación ajena. Todo por subirse al pedestal del aplauso.¡Cuantas veces nuestros valores y principios pueden quedar aparcados si eso detiene nuestras aspiraciones y objetivos o puede mermar nuestro prestigio o la valoración del prójimo! ¡Cuantas veces la laxitud engulle nuestra conciencia en aras del prestigio —siempre pasajero—!
¡Cuanto cuesta actuar a imitación de Cristo por razón de nuestro orgullo, nuestra soberbia o nuestra autocomplacencia! Si uno sigue el ejemplo del Señor aprende que a Cristo no le importaban ni las lisonjas ni los aplausos sino la actitud siempre revestida de humildad. Por aquí pasa la santidad del hombre, en el despojo del yo, de la capacidad para aceptar el olvido de la gente, de la renuncia a ser aplaudido, a ser preferido a otros, a ser consultado, a ser aceptado, a servinfravalorado, a no temer ser humillado, ni reprendido, ni calumniado, ni olvidado, ni puesto en ridículo; todo se convierte en una gran ocasión para la conversión interior y para la salvación del alma.
¡Cuánto cuesta también actuar a imitación de María, cuyos gestos estuvieron siempre impregnados de la simplicidad y la humildad y que siendo la escogida de Dios pasó inadvertida a los ojos de los poderosos de su tiempo! María, la Madre, la «llena de gracia» por obra del Espíritu Santo, sabiendo que había sido elegida por Dios en lugar de buscar el reconocimiento humano buscó siempre la mirada de Dios y actuó conforme a la voluntad divina guardando todas las cosas en su corazón.
Jesús y María, ejemplos dignos de que uno tiene que transitar por la vida según los designios y las medidas de Dios evitando los aplausos y las lisonjas humanas, tan perecederas como volátiles, que inflan el orgullo y hacen estéril cualquier apostolado.

¡Señor, soy consciente de que la mayoría de los males de este mundo proceden de la soberbia, de pensar que los hombres estamos por encima de ti y de que ponemos todos nuestros criterios por encima de tu voluntad! ¡Ayúdame, Jesús, a ser humilde de corazón y A alejar la soberbia de mi vida y que no haya apariencias sino verdad! ¡Concédeme la gracia de aceptar siempre los desprecios, las humillaciones, las soledades Y todo aquello que me hace más pequeño con alegría y no con resignación y dolor! ¡en estos casos, Jesús, recuérdame que tú estás más cerca de mi! ¡Señor, ayúdame por medio de tu Santo Espíritu a alejar la soberbia de mi corazón, porque no quiero parecerme al príncipe del mal que tenía inoculado corazón el pecado de soberbia! ¡Señor, ayúdame a no dejarme vencer por los halagos, los aplausos, las alabanzas…! ¡Ayúdame a ser humilde de verdad y aceptar la corrección de los demás! ¡Señor, que sepa ver siempre en los desprecios ajenos el secreto oculto de la felicidad porque haciéndome consciente de mi fragilidad y de mi pequeñez puedo sentirme más cerca de ti! ¡Te doy gracias, Señor, porque acoges con tus manos la humildad del hombre, acoge te lo suplico mi pequeñez y mi miseria y haz de ella un don!

Levántate, cantamos con Marcos Witt:

Reconstruirse cada día

Junto a mi casa han tirado abajo un edificio antiguo, señorial, digno de la época de esplendor de la multinacional que lo levantó en los años cincuenta y que ahora, por las circunstancias del mercado, se ha instalado en un edificio más funcional y moderno. Sobre esas ruinas están levantando un edificio nuevo. Sobre las ruinas de algo vetusto se puede construir siempre algo más sólido. Ha sido un proceso interesante observar, día a día, como iban cayendo cada una de las plantas del edificio.
También las almas podemos reconstruirnos cada día. Recobrar nuestra belleza. El polvo y la suciedad que nos invade también se puede transfigurar para hacerla más limpia, más digna de Dios. Eso es lo que espera Cristo. De hecho, esta es la misión que le encomendó el Padre cuando lo envió al mundo. Su misión es convertir al pecador en santo para llevarle a la gloria eterna. Y el medio más eficaz es la Santa Misa.
En la Eucaristía, el sacramento del amor, Cristo se nos acerca para coger nuestra mano y fijar su mirada en cada uno por la redención de sus pecados. Cada vez que el sacerdote eleva la Hostia Santa y el Cáliz con la Sangre de Cristo se derrama sobre cada persona presente una santidad nueva. La Eucaristía es el misterio de la regeneración, de la transformación del alma humana.
Hay una escena muy impresionante que no quiero que me pase desapercibida. A ambos lados de la cruz se encontraban el buen y el mal ladrón. El buen ladrón exclama humildemente al Cristo agonizante: “Acuérdate de mí”. Con estas palabras toda su vida queda limpia, regenerada. Todo su pasado queda sanado por el amor y la misericordia del Padre. Esto mismo sucede en el Santo Sacrificio de la Misa.
En la Misa, el Amor me reclama. En la Misa tiene lugar cada día el misterio de la redención del hombre. En la Misa Cristo restaura el primer gran pecado y la conversión de los que hemos cometido a lo largo de la vida. En la Misa limpio el rostro ensangrentado de Cristo como hizo la Verónica con Jesús camino del Calvario. Cristo no me aparta el rostro. Se deja limpiar por mis manos pecadoras. Y responde a este gesto con amor eterno.
Cada Misa hace renacer en mi -en cada hombre- la pureza del alma. ¡Gracias, Señor, porque cada Misa es un encuentro constante contigo por medio de mi fragilidad humana!

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Señor, porque cada Eucaristía es una unión íntima contigo que te haces presente en las especies del Pan y el Vino! ¡Gracias, Jesús, porque te ofreces también al Padre para la redención de mis pecados! ¡Gracias, Señor, porque por medio de la Eucaristía aumentas nuestra gracia santificante! ¡Gracias, Jesús, porque cada vez que comulgo me uno más íntimamente a Dios que es el autor de la gracia! ¡Gracias, Señor, porque cada comunión es una preparación más para mi camino hacia la vida eterna! ¡Gracias, Jesús, porque me fortaleces en la caridad que tantas veces se amilana ante los acontecimientos y se empequeñece ante las dificultades! ¡Gracias, Jesús, porque en cada Eucaristía puedo comprender y experimentar el profundo Amor que siente por nosotros! ¡Gracias, Señor, porque mi cercanía a Tí por medio de la comunión transforma profundamente mi pobre corazón llenándolo de amor! ¡Gracias, Señor, porque cada vez que te recibo me uno más a la Iglesia que es Tu Cuerpo Místico! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

¿Qué sucede cuándo transcurre el tiempo y los cambios que uno anhela no llegan?

¿Qué sucede cuándo van sucediéndose los días, las semanas, los meses, los años y los cambios que uno anhela no llegan? ¿Cuándo ese milagro que uno está esperando no se produce?
En la mayoría de las ocasiones ocurre que la paciencia se va perdiendo, dominada por la impaciencia; que sus pilares que parecían tan firmes en la fe se van desquebrando poco a poco; y que esas cuestiones que nunca te habías planteado empiezan a remover tus pensamientos y a llevarte de cabeza. Sí, crees en Dios, pero las dudas te embargan, la incertidumbre te supera y el dolor te adormece. Y en estas circunstancias uno está determinado a tomar decisiones poco sensatas, carentes de sentido son muy propensas a lo irracional.
Y si en estos casos cuando más se demuestra la confianza en el Padre. Buscar en el interior y hacer caso omiso de esas voces estruendosas que vienen del exterior. Estar atento al susurro del Espíritu, que trasmite siempre en lo más profundo del corazón la voluntad del Padre. Claro que esto no es sencillo porque siempre uno camina sobre la línea del precipicio y, sin esa luz que ilumina para dar pasos certeros. Esa luz que es Cristo es la que permite al que confía mantenerse atento, paciente, dispuesto y expectante. Es el que te permite, a la luz de la oración, vislumbrar la voluntad de Dios y alejar de los pensamientos aquello que no es conveniente.
¿Qué sucede cuándo van sucediéndose los días, las semanas, los meses, los años y los cambios que uno anhela no llegan? ¿Cuándo ese milagro que uno está esperando no se produce? A la luz de la razón, llega la congoja y la angustia. Cuando no hay respuesta, cuando no se vislumbra un futuro, llega la desesperación del alma. De la mano de Dios, sin embargo, la paz y la serenidad interior se convierten en compañeras del alma.Y así el corazón descansa.
Las experiencias vitales te enseñan a ponerlo todo en las manos misericordiosas del Padre. Esas manos toman tus preocupaciones y tus angustias y las acaricia y, suavemente, van calmando la angustia interior. La vida te enseña que no puedes caminar con orgullo sino que el Señor te acompaña firme cuando te sientes frágil y pequeño, cuando contemplas la Cruz y aceptas por amor el sacrificio porque uno es un pobre Cirineo que se dirige con Cristo al Calvario, que es decir la eternidad. Miras al Señor y comprendes que todo tiene un propósito. Y ese propósito tiene un fin. ¡Bendito fin!

orar con el corazon abierto

¡Padre de Bondad, Dios Todopoderoso, Tú me has creado con un propósito y yo quiero cumplirlo haciendo Tu voluntad! ¡Ayúdame a crecer en santidad para llevarlo a término! ¡Padre, Tú tienes un plan para mí mucho antes de mi nacimiento: ayúdame con la fuerza del Espíritu Santo a cumplirlo! ¡Concédeme la gracia, Padre de Amor y Misericordia, a vivir acorde a tus mandamientos y a vivir acorde a lo que tienes pensado para mí! ¡No permitas, Padre, que nada me detenga, que nada me desanime y nada me frene! ¡Capacítame, Padre, con los dones de tu Santo Espíritu! ¡Señor, recuérdame con frecuencia que a Ti no de detienen ni te desconciertan los problemas! ¡Mantente, Padre, cerca siempre de mis familiares y amigos, de aquellos que sufren persecución, enfermedad, soledad, dolor, carencias económicas y laborales! ¡No nos abandones nunca, Padre!¡Enséñame a aceptar todo lo que me das y, aunque no entienda los motivos y las circunstancias, haz que se convierta siempre en una bendición y me haga una persona agradecida! ¡Gracias, Padre, porque me puedo acercar a Ti y presentarte en cualquier momentos mis plegarias, por darme la paz que tanto anhelo y el descanso en tiempos de turbulencia! ¡Gracias, Dios mío, por tu bondad, tu amor y tu misericordia!

¿Por qué tengo miedo?, buena pregunta que se responde en esta canción:

La Verdad es innegociable

Hoy, último sábado de junio, día del Corazón Inmaculado de María, es la festividad de San Juan Bautista, el hombre que Dios escogió como precursor de Jesús. San Juan, tan repleto siempre del Espíritu Santo —desde su concepción y la visitación de María a su madre, Santa Isabel, al bautismo del Jordán—, es el ejemplo máximo de conversión, de cercanía a Dios y de predisposición a preparar el corazón hacia el Señor.
En esta fiesta tan hermosa, ¿qué puedo aprender yo, en mi mundo, de San Juan Bautista? A ser luz del mundo, cómo lo fue él. Testimonio de luz y de esperanza, testimonio de oración y de conversión, testimonio de vida sacramental y de alegría, testimonio de apertura del corazón y de encuentro con el Señor. Y ese testimonio implica que, en lo cotidiano de mi vida y en todos los aspectos de mi existencia, la Verdad es innegociable aunque el seguimiento a Cristo implique, en ocasiones, persecución y martirio.
Mi testimonio debe ser siempre presentar a Cristo al mundo, especialmente a mi mundo más cercano, para hacer saber a quienes me rodean que Jesús es fuente de esperanza, de alegría, de amor y de misericordia.
Pero mi testimonio debe ser como el de San Juan, desde la humildad, desde la sencillez, desde la autenticidad, desde la integridad, desde la austeridad, desde la generosidad…
San Juan vivió su fidelidad hasta el martirio y antepuso su entrega antes de caer en el pecado. Y esto me recuerda que fue gracias a una oración constante, fiel, humilde y confiada consciente de que es Dios quien nos otorga a los hombres, que somos frágiles y pequeños, la capacidad y la fuerza para vivir de acuerdo a su voluntad para ir superando poco a poco las dificultades que se presentan y poder testimoniar con firmeza y entrega generosa el cumplimiento de su voluntad.
Me acojo hoy a la fortaleza de san Juan para no pactar nunca con lo que me aparta del amor a la verdad y no dejarme amedentrar por los falsos ídolos e idiolatrías que me alejan de Dios.

¡Señor, quiero a imagen de san Juan Bautista serte fiel cada día! ¡Quiero como él, Señor, vivir mi fe desde la sencillez y desde la pobreza! ¡Quiero, Señor, vivir más allá de mis apariencias! ¡Quiero, Señor, a imagen de san Juan Bautista, difundir el amor, proclamar que Tú eres el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo; quiero apartar la tibieza de mi vida para vivir con coherencia y alegría cristiana! ¡Señor, soy un cristiano torpe y pequeño, ya lo sabes, pero ayúdame a desatar tus correas, a llevar tu Cruz, a sujetarte la túnica, a vocear en el desierto tu Palabra aunque nadie en apariencia me escuche! ¡Señor, quiero darme a los demás como hizo san Juan pero para reflejarte a Ti y no a mí! ¡Quiero ser un verdadero don tuyo, Señor, un pensamiento de tu amor para transmitir amor! ¡Transparéntate a través mío, Señor, para convertirme en tu voz, en tu pensamiento, en tu Palabra, en tu caridad, en tu servicio, en tu amor, en tus gestos! ¡Ayúdame a convertirme en un verdadero servidor tuyo como fueron san Juan y tu Santísima Madre! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, para que me ilumine siempre y me ayude como a San Juan a amar la Belleza de Cristo, ser verdadero discípulo de la caridad, de la mortificación, de la conversión, del arrepentimiento! ¡Ayúdame, como hizo san Juan, a no traicionar nunca la verdad, ni disfrazar mis sentimientos, ni mostrar cobardía por defender a Jesús, ni mostrar complacencia por mi vida, ni callar ante la mentira y los ataques contra la Iglesia y la fe! ¡Ven Espíritu Santo a mi vida para fortalecerla cada instante como hiciste con san Juan! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío! ¡Corazón de María, perfecta imagen del Corazón de Jesús, haz que mi corazón sea semejante a los vuestros!

Himno Gregoriano a San Juan Bautista: Ut Queant Laxis

Unido al Corazón de Cristo puede surgir también la curación de mi corazón

Hoy, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, es la gran fiesta del amor, del amor infinito que surge de ese corazón —fuente de vida y santidad— que tanto ama y es fuente inagotable de misericordia.
Me vienen a la memoria las palabras del Señor: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Cristo me llama, particularmente, con palabras concretas para que me acerque a su Sagrado Corazón. Y lo hace con dos palabras cruciales para la vida del cristiano, y que a la vez tanto cuesta poner en práctica: mansedumbre y humildad. Jesús las utiliza sencillamente porque Él no es el Señor de los poderosos y orgullosos si no de los mansos y humildes de corazón. Aquí radica la centralidad de la riqueza de su Palabra y de su actuar. Imitar siempre a Jesús, a Él que tanto nos ama y que tanto sufre cuando no le correspondemos a tanto amor.
A punto de poner fin a este mes consagrado a su Sagrado Corazón comprendo que debo vivir mi vida tratando de demostrarle que le amo con mis obras y con mi actuar humilde y sencillo. Cada día puedo acercarme o alejarme de Él y eso sólo depende de mi voluntad porque Jesús me espera cada día en la oración, en el encuentro con el hermano, en la Eucaristía, en la vida de sacramentos. Por eso, cada vez que actúo, que pienso, que reacciono ante un problema o un conflicto que se presenta, cuando intervengo en una conversación o en una discusión, cuando llevo a cabo mi trabajo o mis tareas en el hogar, ante las tentaciones interiores y exteriores…. ¿cómo respondería Jesús ante una situación similar? ¿Qué le dictaría, en ese momento, su Corazón? Unido al Corazón de Cristo puede surgir también la curación de mi corazón.

orar con el corazon abierto

¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío! ¡Señor, quisiera imitarte en todo, haciéndolo todo con mansedumbre y humildad! ¡Tú, Señor, me llamas a seguir los mandatos de tu Sagrado Corazón, a ser fiel a mi vocación cristiana, a ser fuente de vida siguiendo tu Palabra y tus mandamientos! ¡Tú me pides, Señor, que te imite en todo, que sea como lo fuiste Tú fuente de luz en este mundo cada vez con mayor oscuridad! ¡Es lo que anhelo, Señor, acercarme a tu Sagrado Corazón y beber de la fuente de vida que eres Tú! ¡Señor, no te pido mucho; sólo te pido ser humilde y manso de corazón para servir y amar como lo hacías Tu! ¡Ayúdame a actuar siempre a imitación tuya! ¡No te pido nada más sino conocerte mejor, ahondar en lo profundo de tu Sagrado Corazón porque Tú eres mi alimento, mi salvación, mi luz, mi vida… mi Dios que todo lo puede y que tanto ama! ¡Infunde, Señor, por medio de tu Santo Espíritu en mi pobre corazón el soplo de las virtudes y llena mi alma de tu infinito amor para que pueda exclamar interiormente con gozo que llevo en mi interior al amado de mi alma! ¡Sagrado Corazón de Jesús, pongo mi vida, mis problemas, mis cosas, mi familia, mi trabajo en tus manos porque Tú sabes lo que mejor me conviene y me darás aquello que es mejor para mí! ¡Dame mucha fe y mucha confianza, Señor, para avanzar cada día haciendo siempre tu voluntad porque aunque tantas veces te fallo y te abandono sabes que te amo! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

En esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús celebramos la Jornada Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes: rezamos hoy por la santidad de los sacerdotes para que sean siempre testimonios del amor de Cristo en nuestro mundo.

En este día disfrutamos de una hermosa pieza del compositor alicantino Ginés Pérez de la Parra: Confitebor tibi Domine.

 

¿Y cómo es mi relación de agradecimiento al Señor?

Con frecuencia levantamos la voz enérgicamente contra aquellas personas que no han sabido agradecer aquello que hemos hecho por ellas. Nos duele que no tengan en cuenta nuestro esfuerzo y nuestro sacrificio. Nos cuesta aceptar que el darse no tenga un retorno en afecto, en agradecimiento, en reconocimiento. Pero al mismo tiempo, nos cuesta mucho aceptar que hemos sido desagradecidos con aquellos que nos han entregado su generosidad. ¡Qué fácil es mirar la paja en el ojo ajeno!¿Y cómo es mi relación de agradecimiento al Señor? No hay que olvidar que el ser humano no existiría si previamente Dios no lo hubiera amado de manera especial, única, individual. Los seres humanos existimos porque Dios así lo ha querido. Nuestra mera existencia por voluntad de Dios debería hacer imposible que existan hombres y mujeres frustrados, desalentados, viviendo en la amargura, sin alegría, sino hombres y mujeres felices, siempre arrimados a la mano de su Creador. ¿Cuántas veces a lo largo del día, de la semana, del mes, del año agradezco a Dios que me haya otorgado el don de la vida? ¿Cuántas veces al levantarme por la mañana le digo al Señor, «¡Gracias por la vida que me has dado! ¡Permíteme amarte, permíteme dar frutos, permíteme ser testimonio!». Como cristiano que comprendo que mi vida tiene sentido en el camino de la fe, ¿qué es lo que me da la seguridad en la vida, la razón de mi cristianismo? Aviva en mi corazón esas palabras tan intensas, tan profundas, tan impresionantes de la santa de Ávila: «¡Nada te turbe, nada te espante, a quien Dios tiene nada la falta». Sin fe mi vida sería una vida de desesperanza, de tristeza, de desazón, de amargura pero la fe es un don que Dios me entrega gratuitamente. Si es así, ¿cuántas veces al día, a la semana, al mes, al año le agradezco a Dios la gracia de la fe que me ha transmitido gratuitamente?
Con frecuencia levantamos la voz enérgicamente contra aquellas personas que no han sabido agradecer aquello que hemos hecho por ellas. Nos duele que no tengan en cuenta nuestro esfuerzo y nuestro sacrificio. Nos cuesta aceptar que el darse no tenga un retorno en afecto, en agradecimiento, en reconocimiento. Pero al mismo tiempo, nos cuesta mucho aceptar que hemos sido desagradecidos con aquellos que nos han entregado su generosidad. ¡Qué fácil es mirar la paja en el ojo ajeno!
¿Y cómo es mi relación de agradecimiento al Señor? No hay que olvidar que el ser humano no existiría si previamente Dios no lo hubiera amado de manera especial, única, individual. Los seres humanos existimos porque Dios así lo ha querido. Nuestra mera existencia por voluntad de Dios debería hacer imposible que existan hombres y mujeres frustrados, desalentados, viviendo en la amargura, sin alegría, sino hombres y mujeres felices, siempre arrimados a la mano de su Creador. ¿Cuántas veces a lo largo del día, de la semana, del mes, del año agradezco a Dios que me haya otorgado el don de la vida? ¿Cuántas veces al levantarme por la mañana le digo al Señor, «¡Gracias por la vida que me has dado! ¡Permíteme amarte, permíteme dar frutos, permíteme ser testimonio!». Como cristiano que comprendo que mi vida tiene sentido en el camino de la fe, ¿qué es lo que me da la seguridad en la vida, la razón de mi cristianismo? Aviva en mi corazón esas palabras tan intensas, tan profundas, tan impresionantes de la santa de Ávila: «¡Nada te turbe, nada te espante, a quien Dios tiene nada la falta». Sin fe mi vida sería una vida de desesperanza, de tristeza, de desazón, de amargura pero la fe es un don que Dios me entrega gratuitamente. Si es así, ¿cuántas veces al día, a la semana, al mes, al año le agradezco a Dios la gracia de la fe que me ha transmitido gratuitamente?
Esa falta de agradecimiento a Dios, pero también a los que nos rodean por todo lo que han hecho por nosotros, indica nuestra imperfección como hombres. Pero como Dios nunca se cansa de concedernos el perdón, de agraciarnos con su misericordia día a día, semana a semana, mes a mes, año a año nos da la posibilidad de poder rehacer nuestra vida. Sólo por eso deberíamos estar dándole gracias, agradeciéndole esa misericordia, esa paciencia, ese amor para con nosotros.
Y… ¿Cómo estoy yo de comprensión, de tolerancia, de paciencia, de generosidad hacia los demás especialmente con los que constituyen mi círculo más cercano?

¡Señor Jesús, gracias, porque has vendido al mundo a salvarnos del pecado y darnos vida eterna! ¡Gracias por la vida! ¡Gracias por tu Cruz, Señor, en la que has dado Tu vida para salvarnos y devolvernos la nuestra muerta por el pecado! ¡Quiero bendecirte, Dios de la vida, quiero bendecir a tu Hijo, que nos rescató de la muerte y quiero darte gracias por todos los dones recibidos! ¡Señor, eres mi respuesta a la necesidad, mi refugio en las tormentas que pasan por mi vida, mi consuelo ante la tristeza y mi fortaleza ante mi debilidad! ¡Señor, gracias, gracias porque todo es por tu gracia y tu amor! ¡Espíritu Santo, ayúdame a que la gracia entre en mi corazón y que la Palabra se avive en mi! ¡No permitas que me cierre a las palabras del Señor y que me aleje de Él! ¡Gracias, Señor, por la fe recibida que me has dejado como la mejor herencia para fortalecer mi vida cada día! ¡Gracias, Señor, por la vida, por mi familia, por mi hogar, por mis amigos, porque me permites compartir todo lo que Tu nos provees con ellos! ¡Gracias, Señor, por tu infinita bondad! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!
La Cantata 76 Die Himmel erzählen die Ehre Gottes (Los cielos cuentan la gloria de Dios) BWV76 de Juan Sebastian Bach el compositor nos recuerda en la XIV Chorale: “Es danke, Gott, und lobe dich” (“Gracias, Dios, te alabamos“) que tan bien se ajusta a la meditación de hoy: