Ser alguien magnánimo

Se dice de un presidente de gobierno que no toma decisiones, que deja que los problemas pasen para que se resuelvan por si mismos. También existe el dicho que para que triunfe el mal basta con que no se haga nada. Te encuentras con frecuencia con personas que actúan como el primer ejemplo o que no reaccionan ante el segundo bien por miedo a fracasar o bien porque las dudas les embargan. Ante situaciones adversas, prefieren permanecer al margen y no actuar. Así, no toman decisiones para no poner en juego sus propias capacidades.
Me he encontrado a lo largo de mi vida muchas personas apocadas y pusilánimes que carecen del valor para asumir los retos que les plantea la vida. Que, ante cualquier problema, dificultad o desgracia, prefieren agazaparse, permanecer en la mediocridad de la vida y no afrontar los retos que ésta les plantea. Tal vez tengan una baja autoestima o una gran desconfianza en sus capacidades. Ni es criticable ni se puede juzgar. Sin embargo, Dios que nos ha entregado a todos unos talentos para darles juego nos envía al Espíritu Santo para que nos llene de sus dones y nos de la inspiración para elevar el ánimo y tener valor ante las adversidades.
Los caminos del Señor nunca son fáciles ni cómodos. El ser humano no ha sido creado por Dios para la comodidad sino para alcanzar grandes retos. Frente a la pusilanimidad surge la virtud de la magnanimidad, ese valor del ser humano que lleva a buscar lo grandioso y honorable de la vida, incluso aquello con apariencia de obstáculo insalvable. En la magnanimidad los hombres podemos encontrar lo elevado en función de nuestras capacidades y utilizar los dones recibidos por Dios para emplearlo como mejor convenga para el bien.
Cuando trato de ser magnánimo de acuerdo con unos valores y unos principios me estoy poniendo al servicio del bien y unos ideales mayores que los propios.
Un anhelo de mi corazón es convertirme en alguien auténticamente magnánimo, no conformarme con lo que soy sino ir en búsqueda de la perfección como cristiano y como ser humano en un entrega absoluta para ser sin intereses y componendas, una manera muy hermosa de acercarme más al Señor y a los demás.

orar con el corazon abierto

¡Señor, que sepa acoger en mi corazón la virtud de la magnanimidad! ¡Dame un corazón grande de ánimo capaz de hacer el bien, repartir lo propio, devolver más de lo que recibo, ser prudente en mis acciones, manifestar siempre la verdad, no quejarme nunca, perdonar de corazón, amar sin contrapartidas, preocuparme más de la verdad que de los chismes y de la opinión parcial, no gloriarme por el triunfo o por la alabanza de los demás, estimar poco el poder, desapegarme de lo material! ¡Gracias, Señor, porque pones a mi lado amigos de corazón que saben con palabras sencillas y gestos amorosos corregir mi corazón tantas veces soberbio y egoísta! ¡Espíritu Santo, dame grandeza de alma para buscar siempre lo honroso y honorable de mi vida y tender siempre hacia las cosas grandes! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de hacer grandes actos desde la humildad y utilizar los dones que Dios me ha otorgado de la mejor manera y siempre a su servicio! ¡Otórgame una alma grande que enfrente siempre las causas nobles y difíciles por amor a Dios y a los demás! ¡No permitas que me acobarde por las situaciones de la vida y afronte con valentía la vida según mis capacidades! ¡Espíritu Santo, Dios me llama a la perfección y necesito de tus dones y tus gracias para alcanzarla porque no puedo por mis propios méritos! ¡No permitas que el miedo al fracaso me supere y dame la fe suficiente para ser decisivo y valiente en mis decisiones y ver cumplido en mi corazón los deseos que Dios tiene puesto en mi! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la virtud de la magnanimidad para mantenerme siempre fiel a la voluntad de Dios!

Agua viva, cantamos con la Hermana Glenda:

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La lucha entre el bien y el mal

Son muchas las personas que no tienen verdadera conciencia de que la lucha entre el bien y el mal es permanente. Tiene lugar en diferentes ámbitos de nuestra vida: en la familia —objetivo primordial del demonio—, en el trabajo, en la Administración, en el seno de la Iglesia, entre amigos o compañeros… Basta con leer la prensa o ver los noticiarios para observar como se trata de desmoronar los valores cristianos de la sociedad y del mundo.
Tratar de explicar el mal en nuestro mundo se está convirtiendo en una tarea cada vez más ardua pues cada vez hay menos conciencia de lo que es el pecado y cuáles son sus consecuencias. No somos conscientes de que el motivo que originó el pecado de nuestros primeros padres se produce diariamente en cada uno de los hijos de Dios. Desde la muerte de Cristo en la Cruz, el cristiano tiene que ser consciente que libra una batalla que no puede perder. En el Gólgota el Bien derrotó al mal. El demonio fue derrotado —es consciente de que todo lo tiene perdido— pero siempre intentará que en la vida de cada hombre no sea efectivo el triunfo de la Cruz. Y lo intentará hasta el final de los tiempos tratando de derrotar y vencer al hombre por su soberbia, su orgullo o su autosuficiencia.
Aún en la derrota, el príncipe del mal se hace fuerte en nuestro mundo porque el ser humano está aparcando a Dios de su lado y abandonando la fe, pilar fundamental de la vida. Busca respuestas pero las trata de encontrar en lugares equivocados.
La lucha entre el bien y el mal es algo personal. Se libra en el interior de cada uno. Lo dice bien claro el apóstol San Pablo: «la lucha es contra principados, potestades y contra los gobernadores de las tinieblas y las huestes espirituales de maldad».
Algo tengo claro como cristiano. Personalmente ganaré la batalla si no decrece mi confianza en el Señor y pongo mi seguridad en los méritos de Jesús. Aquí es donde radica la victoria sobre el mal, recibiéndolo diariamente, siguiendo sus enseñanzas, aceptando su voluntad y sosteniéndome en la oración que pone en comunión con Dios, la confesión que nos redime del pecado y la comunión que nos hace uno con Cristo y el rezo del Santo Rosario, escudo que la Virgen pone en esta batalla. Son elementos básicos para protegerse de los ataques diarios del príncipe del mal y para vencer en ese conflicto permanente entre el bien y el mal. El cristiano cuenta, además, con un aliado esencial: el Espíritu Santo, que nos otorga la fortaleza para luchar y nos entrega las herramientas para vencer.

orar con el corazón abierto

¡Señor, te pido humildad y mucha fe para luchar contra los ataques del demonio, líbreme de todo mal y ayúdame a ser libre, a guardar siempre el amor y el bien en mi corazón, desear siempre el bien, respetar siempre la verdad! ¡Bendice, Señor, a todo aquel que desee el mal y encamínalo por el camino de la fe en ti! ¡Líbrame, Señor, de cualquier cosa que pueda perturbar mi camino, mi mente, mi espíritu, mi fe, mi estabilidad, mi amor, mi esperanza! ¡Concédeme la gracia para distinguir siempre el bien del mal y la gracia para salir siempre victorioso en el enfrentamiento con el poder de las insidias del demonio! ¡Haz que mi compromiso cristiano sea contra el mal y me vuelva cada día más lleno de Dios! ¡Espíritu Santo, Espíritu de Dios, desciende sobre mi, moldéame, lléname de Ti, utilízame, expulsa de mi corazón todo aquello que me aleje de Dios, expulsa de los corazones de los hombres todo lo que les aleja de la verdad, destruye del mundo todas las fuerzas del mal! ¡Espíritu Santo mantenme siempre firme en la fe, revestido de la verdad y protegido por la rectitud en el actuar! ¡Hazme, Espíritu de Dios, una persona preparada para salir a anunciar el mensaje de paz, amor y verdad! ¡Concédeme la gracia, Espíritu divino, para que mi fe sea un escudo que me libre de las insidias del demonio! ¡Que la espada de la oración, de la palabra, de la Eucaristía, del amor, de la entrega y del servicio sea la que luche contra el mal! ¡Recibe ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que te hago en este día para que te dignes a ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza, y todo el amor de mi corazón!

Quiero cantar una linda canción: es mi amigo Jesús:

Aprender a renunciar

Último sábado de julio con María, Señora de las renuncias, en nuestro corazón. La Virgen, que escuchó de boca de Jesús las enseñanzas de Su Hijo e hizo suya la buena nueva del Evangelio, preservándolo todo en su corazón, convirtió esas palabras vivas en motivo de oración y contemplación. Una de las consecuencias de ese aprendizaje fue la renuncia. La renuncia forma parte del amor absoluto que siente por Cristo. María me enseña hoy que no se ama de manera auténtica sino se está dispuesto a renunciar cuando las exigencias de la vida así lo exigen, cuando las circunstancias te llevan a separarte de quien amas y de lo que amas. No se demuestra verdadero amor a Dios, no se le ama por encima de todo, cuando por este amor no se es capaz de renunciar a lo que uno más ama. Y esta renuncia está muy vinculada con el dolor.
María sintió a lo largo de la vida el profundo dolor aceptándolo con amor. Con la muerte de Jesús, sólo queda la soledad de María. Y en esa soledad fue progresando paulatinamente en la escuela del dolor y de la renuncia. para un día poder postrarse indestructible y amorosa a los pies de la Cruz, donde el dolor se convierte en la máxima expresión de su amor.
Y ahora analizo mi vida, mis decisiones, mis actitudes… y soy consciente de lo mucho que me cuesta renunciar. ¿No será porque mi corazón no sabe amar?

orar con el corazon abierto

¡Señor, me acerco hoy ante Ti como hizo el joven del Evangelio que te preguntó que debía hacer para obtener la vida eterna! ¡Señor, soy consciente de que debo aprender a renunciar y acercarme a Ti para pedirme que me muestres el camino! ¡Ayúdame a aprender de tu Madre, y a tomar conciencia que amándote y siguiéndote renunciando a lo que me separa de Ti es la única manera de hacer realidad Tu Evangelio en mi vida! ¡Ayúdame a seguir el ejemplo de tu Madre y a ser valiente y aprender a renunciar sin miedo al que dirán! ¡Dame fuerzas para soportar el dolor, escucha mis ruegos y llenáme de tu amor porque aunque no te veo se que estás aqui, Señor, y me acompañas siempre en las renuncias que me exiges para ser tu discípulo! ¡Concédeme la gracia, Señor, de aprender a alejar de mi todo aquello que sienta que es ajeno a tu Palabra y que se aparta de la voluntad del Padre! ¡Concédeme la gracia, Señor, de rechazar las cosas mundanas y a comprender que tiene más quien más te tiene a Ti y busca parecerse más a Ti por el ejercicio del bien y del amor! ¡Y como hizo Tu Madre, te entrego todo: mis días y mis noches, mi fe y mi confianza, mi constancia y mi valor, mi mirada siempre puesta en Ti! ¡Ayúdame a vivir como hizo tu Madre, con el alma serena y en paz, llena de amor por el prójimo, decidido a trabajar sin medida por el bien y llevándolo todo en el corazón para que cada renuncia sea un encuentro contigo!

Del maestro alemán Heinrich Schütz escuchamos en este último sábado de mes una de sus cuatro bellos Magnificat anima mea dedicados a la Virgen:

¡Oh tu fidelidad, cada momento la veo en mi!

Me gusta una canción cuya letra, entre otras cosas, exclama: «¡Oh tu fidelidad! ¡Oh tu fidelidad! cada momento la veo en mi, nada me falta pues todo provees, grande Señor es Tu fidelidad».
Concretamente ayer sentí como esta canción se hacía realidad en mi vida. Las cargas de trabajo, los constantes imprevistos de última hora para solventar situaciones antes de que la gente marche de vacaciones, las reuniones imprevistas… se iban acumulando absorbiendo el tiempo y provocando un cansancio adicional. Al desplazarme de un lugar a otro, a mi mente llegaban el estribillo de esta canción: «¡Oh tu fidelidad! ¡Oh tu fidelidad! Tu compasión y bondad nunca fallan». Simplemente recordando estas palabras mi ánimo se iba fortaleciendo y mi espíritu me ayudaba a seguir adelante.
A última hora fui a visitar a un amigo enfermo. Acaba de ser operado de una grave enfermedad. Al llegar a la habitación le sostuve de la mano y comentamos la jornada. La suya de recuperación. La mía de resolver problemas lidiando con los agobios y el cansancio. En este momento, sentí de la mano de este amigo enfermo como Dios siempre toma de la mano para fortalecerte con su amor, su ternura y su misericordia. «¡Oh tu fidelidad! ¡Oh tu fidelidad! cada momento la veo en mi, nada me falta pues todo provees, grande Señor es Tu fidelidad». En los agobios cotidianos también estaban presentes en mi esos tiernos detalles de amor del Señor.
Así que hoy he decidido iniciar mi oración con el Salmo que exclama: «Tengo siempre presente al Señor. Él está a mi lado, nunca vacilaré. Por eso mi corazón se alegra, se regocijan mis entrañas y todo mi ser descansa seguro».

orar con el corazón abierto

¡Padre bueno, protégeme siempre, porque en ti pongo mi seguridad y mis anhelos! ¡Gracias, Señor, porque todo lo que poseo viene de Ti y todos los bienes que me regalas son un don precioso que no puede dejar de valorar! ¡Señor, tu eres mi mayor tesoro, mi presente y mi futuro están en tus manos, envía tu Santo Espíritu para que me de la fortaleza y la sabiduría para ordenar mi vida y no caer en los cansancios cotidianos! ¡Padre Celestial, tu eres mi refugio, dame un corazón valiente y concédeme la gracia de saber refugiarme cada día en Ti, Dios de amor, ternura y bondad! ¡Espíritu Santo, dame la dirección para saber siempre encontrar a Dios! ¡Padre, tu fidelidad es grande e incomparable, siempre eres fiel, ayúdame a serte siempre fiel! ¡Tu eres mi auxilio, Señor, porque eres el Dios que me da la vida, me sustenta, me sana, me levantas cuando todo parece que todo se desmorona! ¡Señor, gracias porque siempre me escuchas, me alientas y me acompañas todos los días de mi vida! ¡Oh tu fidelidad! ¡Oh tu fidelidad! ¡Cada momento la veo en mi, nada me falta pues todo provees, grande Señor es Tu fidelidad!

Y como no podía ser de otra manera, escuchamos hoy Oh, tu fidelidad:

¿Dónde está Dios?

Por razones profesionales he tenido que realizar un largo viaje por Centroamérica. El vuelo que llegaba de Europa aterrizó en Panamá. Tenía dos horas y media de escala para tomar el siguiente vuelo destino a Guatemala. Con el cansancio del viaje, busco un lugar para sentarme. Siempre trato de encontrar una capilla en los aeropuertos, casi siempre escondidas en lugares inaccesibles. Sin embargo, en el de Panamá se encuentra en el centro mismo del aeropuerto.
Entro y me siento en una esquina del último banco. Durante la hora que permanezco allí en oración entran cientos de personas. Madres con hijos, pilotos, azafatas, ejecutivos, religiosos y religiosas, jóvenes matrimonios, ancianos y operarios del aeropuerto. Unos permanecen unos minutos y otros, simplemente, saludan o se persignan. Es una hora de alegría inmensa.
La pregunta suprema que se hace el hombre es: ¿Dónde está Dios? La respuesta tiene que ver más con la presencia en nuestra vida que en la creencia misma de su existencia. Cuando uno tiene la ocasión de entrar en contacto con Dios porque le ama no duda de que Dios está en el cielo y en la tierra nunca mejor especificado que en un aeropuerto. Los cielos cantan la gloria de Dios; y el firmamento anuncia su gran obra creadora.
¿Dónde está Dios? En el corazón del hombre. Las cientos de personas que han pasado por esa capilla y han dedicado un segundo, un minuto o una hora a ese Dios de la sabiduría son conscientes de que existe, que ama, que perdona y que cuida. Dios bendice con su presencia ese aeropuerto, a los que le alaban y a los que le ignoran.
Dios existe y yo, de nuevo, me lo he encontrado vivo en el centro mismo de un aeropuerto.

orar con el corazón abierto

¡Qué grande y bondadoso eres Dios mío, creador del cielo y de la tierra, de lo visible y de lo invisible! ¡Hoy me presento ante ti para darte gracias, para alabarte y glorificarte con un profundo agradecimiento por tu amor, por tu bondad y por tu misericordia! ¡Gracias, Padre bueno, porque tu fidelidad es para siempre, porque no nos abandonas nunca! ¡Te ofrezco mi vida, Padre! ¡Quiero servirte con gratitud en el corazón! ¡Gracias por hacerte presente en todo lugar y te agradezco que tu obra se haga prospera en cualquier espacio de la tierra! ¡Gracias, Dios bondadoso, por estar siempre a nuestro lado, por buscarme y esperarme siempre! ¡Gracias, Padre misericordioso, porque me levantas cuando estoy caído y me arrastras cuando mi cuerpo ni se arrastra! ¡Gracias, Padre de amor, porque llenas mi vida de sonrisas y alegría y de lágrimas y la cruces llenas de sufrimiento que me hacen crecer en confianza en ti! ¡Gracias, por el regalo inmenso de la vida! ¡Gracias por mi esposa y mis hijos, por mis amigos y colaboradores, por mis hermanos en la fe! ¡Gracias porque me otorgas un corazón hecho para la alegría que me das esperanzas para avanzar cada día! ¡Gracias por tu presencia infinita que me permite exclamar con alegría: «¡Aquí está el Dios bueno, venid a conocerlo!»!

Dios está aquí tan cierto como el aire que respiro:

En gratitud por los antepasados

San Joaquín y santa Ana eran los padres de María, la madre de Jesús. A los ojos de Dios, dos personas que debían destacar por su generosidad, su sencillez, su fe, su constancia, su humildad, su amor y su vida de oración. De ahí su elección
Hoy, en la fiesta de estos dos santos, deseo profundizar serenamente en las raíces humanas de Jesús y el valor que tienen para mí como cristiano. Es por medio de Cristo como Dios se emparenta con el género humano. El acompañamiento que san Joaquín y santa Ana dieron a María y, probablemente también a Jesús durante su infancia, pone en solfa el valor que tiene el vínculo entre las generaciones. Es un motivo para tener gratitud a la memoria viva de los antepasados de la familia y, especialmente, a los abuelos. De los míos guardo un entrañable recuerdo por su entrega, su cariño, su legado de amor, su generosidad, su transmisión de valores, por mantener viva la esencia de donde venimos, por su integridad, por sus historias siempre fascinantes y aleccionadoras y por ser los guardianes de la tradición familiar.
San Joaquín y santa Ana gozaron del privilegio de cuidar al Niño Jesús, de tenerle en su regazo, de orientarle… y esa reserva de sabiduría que son los abuelos les permitió acercar a Jesús a la historia de la familia cuya estirpe procedía de la Casa de David. Ellos hicieron de su hogar un lugar donde era sencillo encontrarse a Dios.
San Joaquín y santa Ana permanecieron siempre al lado de María y del Niño Jesús. Son también firmes ejemplos de santos a los que puedo encomendar mis necesidades y, en concreto, aquellas que más relación tienen con la santidad que anhelo para mi hogar.
Hoy es un día indicado para encomendar a estos dos santos escogidos por Dios mis necesidades espirituales, materiales y, sobre todo, familiares, para que mi hogar sea un templo de oración y un lugar donde Cristo, junto a María, se sientan como en su casa de Nazaret. Y un lugar donde se quiera, se venere y se respete a los abuelos, verdaderos transmisores de la sabiduría familiar.

orar con el corazon abierto

¡Gracias, san Joaquín y santa Ana por convertiros en transmisores de los más bellos valores familiares y una inspiración de como actuar en la vida cotidiana, espiritual, familiar y social! ¡Señor, nacido de la Virgen María, que tantos amaste a tus abuelos San Joaquín y Santa Ana, protege y mira con amor misericordioso a todos los abuelos de todo el mundo que son fuente de riqueza humana y familiar! ¡Sostenlos siempre en la adversidad, la dificultad y el envejecimiento para que sigan siendo para la familia auténticas columnas de la tradición, custodios de los valores auténticos que se deben transmitir a la sociedad y maestros de la verdad, la autenticidad y la sabiduría! ¡Señor, cuida a todos los abuelos del mundo para que siembren en la sociedad las semillas del amor! ¡No permitas, Señor, que los abuelos sean despreciados, olvidados, ignorados o marginados; que reciban siempre el amor de hijos y de nietos, que sean respetados y amados! ¡Concédeles, Señor, el gozo de la salud para que puedan vivir una vida sosegada y tranquila! ¡Y a Tí, María, que tanto amaste a tus santos padres, san Joaquín y santa Ana, extiende sobre todos los abuelos del mundo tu manto protector! ¡Espíritu Santo, desciende sobre todos nosotros, e infunde en nuestro mundo un clima humano donde primer el respeto por los abuelos y los ancianos! ¡Haznos, Espíritu Santo, custodios del gran tesoro que es la familia, ayúdanos a que no haya divisiones ni enfrentamientos sino paz y amor!

Hoy la música que acompaña el texto son algunos corales y preludios de J. S. Bach. Música para llenar el alma de Dios:

Peregrino de la fe, el amor y la esperanza

Celebramos hoy la solemnidad de Santiago Apóstol, patrono de España y de muchas ciudades de América. Santiago el Mayor, discípulo de Jesús, hermano de san Juan Evangelista, hijo de pescadores, misionero en la Hispania romana, asentado en Compostela y primer apóstol mártir tras ser decapitado por Herodes a su regreso a Jerusalén en el año 44. Un personaje de los Evangelios tan lejano en el tiempo como cercano en su espíritu. ¿Qué impronta me deja en mi corazón la figura del santo compostelano?
Primero, aprender a renunciar a lo material que tanto cuesta en el mundo de hoy; él dejó las redes aparcadas en el lago Genesaret para seguir a Cristo, renunció a sus comodidades y se dispuso a acompañar al Señor con la mayor de las generosidades. También muestra el camino para vivir como discípulo de Jesús haciendo de la vida un servicio, a ser testigo de su verdad, dejando atrás todas mis actitudes autocomplacientes y egoístas —su madre pidió para él que se sentase a su derecha o su izquierda en el reino de los cielos—, testimoniando la Cruz en los momentos de tribulación y de fracaso pero también de alegría y felicidad.
La actitud de este discípulo impetuoso e intrépido invita a ser valiente en las convicciones, generoso en la entrega y en la disponibilidad para ser capaz de dar la vida como hizo el mismo Cristo y a transformar la debilidad humana en fortaleza porque parafraseando al apóstol Pablo llevo el tesoro en recipientes de barro para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de mi, sino de Dios. Me recuerda que nuestra sociedad y nuestra civilización tienen unos valores cristianos que hay que defender, que las raíces cristianas de nuestra vida se cimientan sobre el amor y que debo alzar la voz para preservarlas ante aquellos que las quieren destruir.
Que estoy llamado a la nueva evangelización, a la construcción de un mundo que tenga como pilar la fe apostólica. Hoy, más que nunca, se hacen realidad aquellas palabras de san Juan Pablo II, exhortando a Europa «a ser tu misma, a descubrir sus orígenes y avivar sus raíces». Soy un peregrino cristiano. Mi camino no se detiene nunca. Nace por una meta que tiene como fin la eternidad. El camino es símbolo de la vida cristiana, de la vida espiritual y humana del creyente. Caminar es no cesar de buscar a Dios en la realidad de la vida. La experiencia de la peregrinación es dar certeza a la fe, claridad a la vida, esperanza a la renovación de la existencia. Ponerse en camino es peregrinar individualmente confiando en la figura de Dios que te asiste, en la persona de Cristo que te acompaña y en la esencia del Espíritu Santo que te guía. Peregrinar es dejar las comodidades, lo superfluo de las cosas y poner encima de todo la esencia de lo que eres. ¿Que sentido tiene para mi vida poseerlo todo si perdido yo mismo no me encuentro con Dios?
En esta fiesta quiero convertirme como el apóstol Santiago en auténtico servidor de Cristo, dar mi vida para dar vida. Aprender a darme cada día en mi camino de fe, de amor, de servicio y de esperanza.

orar con el corazon abierto

¡Jesús mío, tengo en el ejemplo de Santiago apóstol un ejemplo hermoso de seguimiento de tu persona; ayúdame a cumplir tu voluntad! ¡Como Santiago mi compromiso cristiano es amar, y amando servir, sirviendo para testimoniar porque Tu viniste para servir y no ser servido! ¡Señor no es sencillo vivir el cristianismo en el mundo pues la sociedad está cada vez más secularizada, con más crisis de identidad, como mas reacciones ante la verdad de la fe, ayudarme como hizo Santiago Apóstol a permanecer en Ti, a proclamar tu mandamiento del amor, a proclamar la fe viva de Tu Reino, a anunciar las verdades del Evangelio, a obedecer a Dios antes que los hombres, a no tener miedo a la persecución y la crítica porque el tesoro que eres Tú lo conservo en vasija de barro! ¡Te pido en este día, Señor, por todos los cristianos de las diócesis de España y del mundo para que entre nosotros haya respeto y amor, comprensión y ayuda, superación de identidades y que sepamos trabajar unidos para llevar el corazón de la Iglesia a la realidad de nuestro mundo! ¡Te pido que me hagas peregrino de la fe para ir al encuentro del prójimo, testigo de tu amor, señuelo de caridad, testimonio de vida cristiana, constructor de fe! ¡Ayúdame a caminar siempre a tu lado, a dar forma a mi vida cristiana, a peregrinar para cruzar el pórtico de la gloria de mi vida en una plena renovación interior con Dios y en Dios! ¡Ayúdame a no quedarme en la cuenta del camino, que mi experiencia de fe sea en el camino de cada día, que no me deje vencer por las rutinas de lo cotidiano, en los cansancios del alma, en las diferencias con el prójimo! ¡Ayúdame a encontrarte cada día en lo más íntimo y personal de la vida! ¡Y a Ti, Santiago Apóstol, amigo y testigo de Jesús, te encomiendo mi vida y el fruto espiritual de mi peregrinación cotidiana; anima mi fe, alienta mi esperanza y despierta mi caridad para ser capaz de vivir como peregrino de la fe y testigo de Jesucristo resucitado!

La obra que hoy presento es anónima, es un pequeña joya del Códice Calixtino que se conserva en la catedral de Santiago de Compostela. Encargo del papa Calixto la pieza que escuchamos es el himno de peregrinación Dum Pater Familias propuesto para que los peregrinos lo contasen para pedir protección en el camino al santo apóstol:

Pérdidas que renueva el alma

Una  joven amiga madre de dos hijos ha vivido la dolorosa experiencia de perder dos embarazados en el plazo de siete meses. Es una mujer fuerte, creyente… pero no estaba preparada para este trance. Con la pérdida de los dos niños que llevaba en su vientre dejaba atrás la vida de dos hijos y también la ilusión y la alegría; con ellas los sueños de un futuro para aquellas criaturas. Saliendo ayer de Misa, en un corrillo entre conocidos, comentaba que no ha pasado mucho tiempo para comprender lo mucho que ha ganado con esas pérdidas. Explicaba que ha comprendido la soberanía que Dios ejerce en su vida. Y algo todavía más consolador: la experiencia del bálsamo del Espíritu Santo que le ha dado la fortaleza para superar los momentos de incerteza y dolor. El Espíritu divino es aquel que te permite mantenerte sereno ante los embates de la vida, ante las calamidades que puedan sucederte y da luz en esos periodos de oscuridad que aparecen de manera insospechada.
Esta amiga comentaba que el Señor le ha permitido entender con estas «pérdidas» que en la Palabra está la esperanza, porque todas las promesas de Dios encuentran su «sí» en Cristo, de modo que por Él decimos «Amén» a Dios, para glorificarlo. Y, además, que Dios está muy presente en su vida, en cada momento y en cada detalle de su existencia con el consuelo recibido de Cristo pero también con el amparo recibido de las personas que, a su lado, han ido consolándola en este duelo. ¡No es hermoso pensar que todos somos uno en Cristo y en lo que respecta a cada uno, somos miembros los unos de los otros!
Y, finalmente, esta experiencia le ha permitido renovar sus fuerzas interiores —fortaleciendo su vida espiritual y el amor por su marido— y exteriores —renovando y fortaleciendo su papel de madre—. Yo me permito añadir: en la contrariedad y en la desolación ha avanzado en su camino hacia la santificación personal. Ha sido una prueba de fe que ha superado con la esperanza viva en el que atesora toda la Verdad de nuestra vida.
¡Cuántas veces nos lamentamos por pérdidas de cosas mundanas, bienes que uno atesora como un tesoro y, sin embargo, no nos aferramos a la promesa del amor de Cristo que nunca desaparece y nunca nos es arrancado!

orar con el corazon abierto

¡Señor, no permitas que olvide que si ti la vida no tiene sentido, que la oscuridad de la noche no me tiene porque no mostrarme tu luz siempre radiante e iluminadora! ¡Señor, te doy gracias porque las pérdidas que he sufrido me han hecho crecer como persona! ¡Sé, Señor, que tu me acompañas siempre aunque en ocasiones no haya sido capaz de comprenderlo! ¡Señor, en tus manos pongo mi vida, mis ilusiones, mis alegrías y mis metas! ¡Señor, por medio de tu Santo Espíritu, guíame por el camino de la vida y llena mis días de dones y bendiciones alejando de mi todo mal! ¡Señor, y cuando los obstáculos se presente que sea consciente de que contigo lo puedo todo! ¡Señor, tu conoces perfectamente lo que siente mi corazón, eres conocedor de lo que vivo, de lo que aturde y me preocupa, conoces perfectamente mis sentimientos y mis anhelos, sabes de mis necesidades y de mis deseos! ¡Cuídame, Señor, protégeme, anímame a seguir avanzando y protege sobre todo a todos aquellos que a mi alrededor están sufriendo pérdidas de cualquier tipo! ¡Bendícelos, Señor, con tu amor y misericordia!

El maestro alemán Matthias Weckmann  disfrutamos de su motete Kommet her zu mir alle (Venid a mí)

Mi semana en la Santa Misa

La Eucaristía del domingo es una fiesta sagrada, alegre, llena de luz. Aunque uno asista a Misa cada día de la semana, el domingo tiene algo especial. Es el encuentro con la asamblea reunida en comunidad, en la solemnidad del encuentro con el Señor. Me gusta la Misa dominical porque, en este encuentro de amor, de acción de gracias, de adoración, de glorificación, de contricción profunda… te pones en cuerpo y alma ante el altar con la historia personal que has vivido durante la semana que termina y con el compromiso de mejorar y cambiar en la nueva historia de siete días que se presenta. Es una ceremonia que exige entregarse con el corazón abierto y con toda la potencialidad del alma.
A la Misa acudo con la mochila de mis alegría y mis penas, con mis sufrimientos y mis esperanzas, con mi anhelos y mis frustraciones. Acudo con cada uno de los miles de retazos de la semana que he dejado atrás profundamente enraizados en el corazón. Para lo bueno y para lo malo. Las cosas positivas para dar gracias a Dios por ellas, las negativas para ponerlas en manos del Señor y ayudarme a superarlas y mejorar en el caso de tener que cambiar algo.
Esta mochila también esta repleta de imágenes. Es un mosaico de rostros que se han impregnado en mi corazón. Son las personas que se han cruzado conmigo durante la semana. A Dios los entrego durante la Eucaristía y también a María, la gran intercesora. Cada uno tendrá sus intenciones que desconozco pero que el Padre, que está en los cielos y que lee en lo más profundo de sus corazones, sabrá que es lo que más les conviene. Todos ellos me acompañan en la Eucaristía del domingo.
La Eucaristía es un acto de amor de Dios en el que uno puede ser autentico partícipe. ¿Alguien lo duda?

orar con el corazon abierto

¡Señor, te doy infinitas gracias por tu presencia en la Eucaristía! ¡Gracias, Señor, porque en la Santa Cena partiste el pan y el vino para alimentar nuestra alma y nuestra vida, para saciar nuestra hambre y sed de ti! ¡Gracias, Señor, porque ofreces tu Cuerpo bendito y tu Sangre preciosa! ¡Gracias, Señor, por esta entrega tan generosa y amorosa que llena cada día mi vida! ¡Gracias, Señor, porque la Eucaristía es una celebración comunitaria en la que Tú te sientas junto a nosotros para compartir tu amor! ¡Qué hermoso y gratificante para el corazón, Señor! ¡Gracias, porque por esta unión tan íntima contigo cada vez que te recibo en la Comunión, en este encuentro especial con el Amor de los Amores, que serena mi alma y apacigua mi corazón! ¡Señor, tu conoces mis fragilidades, mis debilidades, mis flaquezas, mis miserias, mi necesidad de Ti y aún así quieres quedarte a mi lado todos los días! ¡Solo por esto, gracias Señor! ¡Señor, Tú sabes que en la Eucaristía diaria se fortalece mi ánimo, se acrecienta mi amor por Ti y por los demás, se revitaliza mi entusiasmo, se agranda mi confianza y se hace fuerte mi corazón! ¡Te amo, Jesús, por este gran don de la Eucaristía en el que te das a Ti mismo como el mayor ofrecimiento que nadie puede dar! ¡Gracias, porque cada vez que el sacerdote eleva la Hostia allí estás Tú inmolado sobre la blancura del mantel que cubre el altar! ¡Gracias, Señor, por todos los beneficios que cada día me reporta la Comunión!

Pan de Vida, le cantamos al Señor:

«Señor, ¡cuánto has hecho y haces por mí!»

Santa María Magdalena, una de las discípulas más fieles de Jesús, tuvo el privilegio de que el Señor la escogió para convertirse en testigo de su Resurrección. Ella la anunció a los apóstoles. Es, también, ejemplo de auténtica evangelizadora que anuncia, con decisión, el gran mensaje de la Pascua.
Con frecuencia me pregunto si mi fe fuese más firma y viva, si realmente conociera esa bondad infinita del Señor, si la conociera como lo hizo María Magdalena, seguramente mi confianza por Jesús sería ilimitada, infinita, valiente y viva. Lo cierto es que Cristo ha hecho por mí —en realidad por cualquier ser humano— lo mismo que hizo con la Magdalena. Lo mismo. Nació en un pobre pesebre de Belén, en el frío y el silencio de la noche; en el seno de una familia humilde obligada a huir a Egipto; viviendo durante años una vida anónima con las pesadas cargas del trabajo cotidiano; con años de predicación agotadores, llenos de sufrimiento y alimentado con el polvo del camino, enfrentado a muchos por las verdades que anunciaba; con una cruenta Pasión por la rabia y la envidia de sus enemigos y una dramática muerte en la Cruz, vergüenza y locura según el prisma desde el que se mire. Pero todo ello tenía un fin: abrirme el camino hacia la vida eterna.
El encuentro con la Magdalena al tercer día de su Resurrección, ese encuentro personal, lo puedo tener yo cada día con el Señor. En la oración y en la Eucaristía. Jesús se hace diariamente manjar para mi corazón. Es el gran milagro del amor de Cristo por el ser humano. Y ahora me pregunto: ¿No basta con este milagro cotidiano para creer en su amor y su misericordia infinitas? ¿Por qué este gesto trascendente no me es suficiente para dejarme conquistar por su confianza? ¿Por qué soy tan incrédulo como Tomás que necesito poner los dedos en las llagas de su costado y menos confiado que la Magdalena que corrió al sepulcro convencida del milagro de la Resurrección?
María Magdalena, mujer de corazón abierto, supo desde el primer encuentro con Jesús lo mucho que había hecho por ella. Yo también lo podría repetir cada día: «Señor, ¡cuánto has hecho y haces por mí!». Esto es, de por sí, un gran acto de confianza. Eso es lo que desea escuchar de mi corazón, como lo escuchó de la Magdalena. Por eso no debo temer nunca hablar al Señor de amor. ¡Jesús ha actuado así para conquistar plenamente mi corazón! ¡Desea inundarlo de Su amor para arrojar de su interior mi amor propio! Por eso hoy, en esta festividad de santa María Magdalena, quiero decirle al Señor que lo amo con locura aunque por mi frialdad, mi orgullo, mi soberbia y mi autosuficiencia mi amor por Él no sea perfecto. Que deseo besar sus pies, bañarlos con mis lágrimas y limpiarlos con mis cabellos. Es decir, abandonar mi vida en Jesús, con confianza plena.

Orar con el corazon abierto

¡Señor, concédeme la gracia de ser como María Magdalena, esperanza de los cristianos y auténtica valedora de la confianza del pecador! ¡En un día como hoy te pido Santa María Magdalena que escuches mis ruegos para que intercedas ante Dios para que me otorgue la gracia de la serenidad de espíritu, la humildad, la sencillas y el arrepentimiento sincero de mis pecados! ¡Como tu hiciste, María Magdalena, que mi vida esté llena del amor a Jesús y tome conciencia de que no debo nunca más pecar! ¡Señor, tócame con tu misericordia como tocaste a María Magdalena; hazme fiel a ti como lo fue ella, coherente con su vida después del arrepentimiento como lo fue ella y aceptador de su santa voluntad como lo hizo ella! ¡Espíritu Santo, ayúdame a ser contemplativa como María Magdalena, y ser capaz de reconocer siempre al Señor en mi vida para exclamar como ella aquello tan hermoso de «¡Maestro!»! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de ser ejemplo para los demás como lo fue la Magdalena que no se amilanó por sus pecados pasados ni por las opiniones de los que le rodeaban! ¡Ayúdame a que crea siempre en las promesas de Jesús como lo hizo ella y ser testigo de la Resurrección de Cristo en esta sociedad que tanto necesita de su presencia! ¡Envíame, Señor, como hiciste con María Magdalena a anunciar tu Buena Nueva a mis hermanos! ¡Y, Señor, ante los tantos defectos de mi carácter, dame la audacia de ponerme a tus pies y pedirte que se realice en mi la nueva creación como hiciste con María Magdalena!

En esta festividad, escuchamos hoy un canto y motete dedicado a Santa María Magdalena: