No es lo que yo quiero, es lo que Dios quiere

Tenía mucha ilusión por asistir a la Misa de un sacerdote misionero que hacía muchos años que no veía. La Eucaristía se celebraba en un pueblo, en la montaña, a cierta distancia de mi ciudad donde el padre se encontraba descansando unos días. Había cancelado mis compromisos para ir a ese encuentro con el Señor pero también con el amigo misionero. Por una concatenación de factores salí con el tiempo justo para llegar a este pequeño pueblo montañoso. En la carretera comarcal, a unos quince kilómetros del lugar, observo un coche aparcado en la cuneta con las luces de situación encendidas. Una mujer solicita ayuda. Detengo el coche. Se le ha pinchado una rueda y no sabe como cambiarla. No ha podido llamar a la grúa porque en aquella zona no hay cobertura. Mi móvil tampoco tiene y no puedo llamar a nadie. Se me cae el mundo a los pies pero me dispongo a ayudarla, al principio con un gran disgusto ⎯todo hay que reconocerlo⎯ y más tarde con satisfacción por el servicio prestado. Mi falta de pericia en el cambio de ruedas, además de dejarme las manos llenas de grasa, me retrasa más de treinta minutos. La consecuencia es que llego a la iglesia cuando la Eucaristía prácticamente ha terminado. Sentado en el último banco del templo le digo al Señor: «Había puesto toda mi ilusión para estar hoy en esta Misa. Aquí me tienes sucio y sudoroso. ¡Qué curioso que mi Eucaristía de hoy haya sido ayudar a una mujer a cambiar la rueda de su vehículo! Es increíble, Señor, qué manera más curiosa tienes para que mi voluntad se acomode a la tuya».
Con esta experiencia, Dios me enseña que en su sabiduría infinita, coloca a todos en el lugar que Él desea. Yo tenía un anhelo muy grande. Había hecho todo lo posible para asistir a aquella Eucaristía. Y Él, sin embargo, me había dicho: «He elegido para ti algo menos elevado y más mundano”. Es el gesto sencillo de poner mi inexperiencia cambiando ruedas del vehículo al servicio de una mujer mayor que sola no podría haberlo hecho. Pero entiendo que un gesto de amor realizado con el corazón abierto tiene tanto valor como una Eucaristía. Que el servir al prójimo despojándose de uno mismo es acoger al Señor en el propio interior, en una experiencia de amor, generosidad y entrega. Que está muy bien rezar y recibir la comunión pero esto de nada vale si cuando tengo la oportunidad de servir a mis familiares, amigos, compañeros de trabajo, gentes desconocidas… paso de largo y me olvido de hacer el bien que está en mi mano. Terminada la Eucaristía ceno con el misionero y su familia y regreso feliz a casa con el corazón lleno, la esperanza renovada y el sentimiento de que Dios me ama tanto que me ha puesto en bandeja el cumplimiento de su voluntad para ese día.

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¡Señor, cuántas veces te fallo diariamente queriendo hacer mi voluntad y no la tuya! ¡Necesito que me bajes de mi pedestal de barro y me coloques en el lugar que me corresponde! ¡Necesito, Señor, de tu misericordia porque Tu eres fiel y a veces me cuesta comprender que eres un Dios bondadoso, que exiges entrega por amor y por servicio generoso y desinteresado! ¡Señor, dame tu amor, dame fe, dame esperanza, dame caridad, dame ese don maravilloso que es saber que soy pequeño y frágil y que entregándome a Ti cada día baja Tu reino sobre mi vida! ¡Te doy gracias, Padre, porque me permites conocer tu voluntad y tus promesas y puedo orar y seguirte con el corazón abierto sirviéndote y dándome a los demás! ¡Padre, te alabo, te bendigo y te glorifico hoy, mañana y siempre!

Hágase tu voluntad, le cantamos hoy al Señor:

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2 comentarios en “No es lo que yo quiero, es lo que Dios quiere

  1. Haré el bien sin esperar nada a cambio . Haré el bien porque quiero , porque es lo correcto , lo haré , me lo agradezcan o no !!!!!!

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  2. Ahí está la clave, este caso es un ejemplo evidente de que mi voluntad y la de Dios, no tienen NADA que ver. Yo, con mi inteligencia, puedo creer que mi camino es éste o aquél, pero los planes de Dios son imprevisibles… Nunca contamos con esto y nos erigimos en intérpretes de Su voluntad. ¡Error! No pintamos NADA, somos SUS INSTRUMENTOS. Esa es la verdadera fe: CONFIAR

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