¿Qué me separa del amor de Dios?

Me pregunto hoy: «Con toda su sabiduría, ¿por qué Dios se complicó tanto la vida creando al ser humano que en su limitación nada le aporta?» Es difícil de comprender desde un razonamiento puramente humano. Pero cuando uno crea es porque tiene una necesidad. Y Dios, que en su soledad podía obtener la felicidad plena, tenía la imperiosa necesidad de amar.
La creación del hombre y la mujer es tal vez el invento menos práctico de todos pero es el único que se sustancia en el amor y se ha hecho por amor. Por un amor sin intereses. Cuando el hombre crea lo hace por o con una finalidad. Cuando Dios crea al ser humano lo hace única y exclusivamente para compartir su felicidad y la plenitud de su amor. Es así porque Dios es amor. Es más, Dios es un amor desbordante.
Y no solo no tenía necesidad de crear al hombre. Tenía necesidad de morir por el hombre. Hacerse uno con el hombre. En su lógica del Amor divino, a sabiendas que su relación con el ser humano estaba rota por el pecado, consciente de que la deuda que el hombre tenía con Él era infinita, y que jamás por si mismo el ser humano podría repararla, vino al mundo haciéndose hombre sin dejar de ser Dios.
Dios quiere demostrar de verdad que ama al hombre. Dios quiere constatar que es Amor puro, incondicional, personal e infinito. Dios quiere amar y ser amado porque en su gran omnipotencia no puede dejar de amar. Dios quiere hacerme feliz y busca lo mejor para mi. Dios quiere que corresponda a esa felicidad con mi entrega absoluta. Para Dios, el amor es darse hasta el extremo que es la forma más perfecta de amar. Todo en Dios es por amor y para el Amor. Dios no me ama por mis cualidades o defectos, Dios me ama con mis cualidades y defectos.
¿Y como correspondo yo a ese Amor incondicional e infinito? ¿Qué es, entonces, lo que me separa del Amor de Dios? Algo tengo claro; cuando más ame a Dios, más voy a saber sobre el Amor. Y cuando más sepa sobre el amor, más voy a saber amar. Y cuanto más sepa amar, más amor será capaz de dar.

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¡Espíritu Santo, dame un corazón dócil abierto a la Palabra, que sepa amar sin condiciones como ama Dios; que sepa entregarse, como se entregó Dios; que sepa servir, como sirvió Dio! ¡Espíritu bondadoso, hazme fiel al mandamiento del amor para no olvidar que el día que llegue al cielo lo primero que se me preguntará cuanto he amado en la tierra! ¡Alabanza y gloria a Ti, Padre del Amor, por tu infinito amor! ¡Concédeme la gracia de conocerte y amarte, de darte a conocer a los demás, porque sólo tu eres santo, tu mereces toda mi alabanza por las gracias de la creación! ¡Amado Padre, te invoco por medio del Espíritu Santo, para darte gracias por el gran regalo de la vida, una vida llamada a amar y servir! ¡Gracias, Padre! ¡Pongo ante tus divinos pies, Padre bueno, todo mi caminar por este mundo para que todo lo que haga a partir de hoy este impregnado por el amor y por tu voluntad a fin de cumplir con la misión que me has encomendado y por la cual me has obsequiado con la vida! ¡Te confío mi pobre corazón para que de él surjan pensamientos y sentimientos santos, te consagro mi cuerpo, mi espíritu, mi alma y todo mi ser para que iluminado por la gracia del Espíritu Santo, tome siempre las decisiones más adecuadas y todos los que están a mi alrededor puedan exclamar: este sí que sabe amar!

Amor De Dios:

Santa María Reina

¡Qué día tan hermoso nos regala el calendario litúrgico! Apenas apagados los ecos de la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen hoy celebramos la Realeza de María. María es Reina del Universo por ser madre de Jesús, Rey de reyes y Señor de Señores. Es el mismo Dios quien la constituye Reina y Señora de todo lo creado, soberana de los ángeles y de los hombres. María, Madre de Dios y Madre nuestra, presenta en su dignidad tan excelsa el vital papel que desempeña en cada persona de la tierra.
Hoy es un día para dar gracias. Es un día de gozo y de alegría. Una jornada que testimonia la relevancia que María, Nuestra Madre, tiene en la vida de cada uno y no solo por el testimonio que ha dejado sobre la humanidad sino por todo lo que hizo y como lo hizo. Lo más difícil a los ojos de los hombres: colaborar con Dios para acercarlo al mundo desde lo inmaculado de su vida. ¡Milagro entre milagros! Solo por esta gran obra de Dios uno puede confiar en María. Dios quiere que lo alcancemos a través de Ella. Uno puede acudir a Ella consciente de que por su papel de Madre no dejará en saco roto ninguna necesidad humana. Ella, Madre espiritual del ser humano, toma con sus manos santas las peticiones del hombre y las eleva a Cristo, Su amado Hijo y nuestro Hermano.
A Jesús por María. La devoción a María es camino seguro para llegar a Jesucristo. Desde el cielo, más que cualquier madre humana, María conoce las necesidades espirituales y materiales de sus hijos y, desde la eternidad, ruega por cada uno y sus intenciones.
María, Reina y Madre de Misericordia, tan unida a Jesús y a su plan redentor. Honrarla a Ella es honrar a Cristo. María es corredentora con Cristo; haberle engendrado hace posible que podamos unirnos a Él en oración permanente.
María Reina. ¡Gracias, Señor, por darnos a tu Madre como Madre y Soberana nuestra!

orar con el corazon abierto

¡María, Madre, Soberana, Corredentora del genero humano, acude en mi ayuda que soy pequeño y frágil; muéstrame siempre el camino, enséñame como obrar, qué hacer y cómo hacerlo! ¡Gracias María por tu sí que te permitió ser la madre de Dios hecho hombre y por esta humildad tan grande impregnada de la fuerza del Espíritu Santo que te ha convertido en bendita entre todas las mujeres! ¡Gracias, María, porque con tu «He aquí la esclava del Señor» testimonias con tu ejemplo que el que se humilla será siempre ensalzado! ¡Gracias, María, porque me enseñas el camino para ser verdadero discípulo de Cristo Tú que fuiste la perfecta discípula fiel que acompañó a Jesús desde su nacimiento hasta su muerte en la Cruz! ¡Gracias, María, porque tu santidad, por proteger a la Iglesia Santa, por proteger a los sacerdotes y consagrados/as, por proteger a los misioneros, por proteger a los seminaristas! ¡Gracias, María Reina, porque eres soberana del reino del amor, de la paz, de la generosidad, de la verdad, de la santidad y de la gracia! ¡Gracias, María Reina, porque tu poder es tan grande que tu intercesión y tu súplica con corazón de Madre llega con eficacia al corazón de Dios y de Tu Hijo! ¡Gracias, María Reina, porque tu reinado está basado en el amor, la humildad, el servicio y la ternura! ¡Gracias, María Reina, porque me enseñas que, como Tú, he de someter mi corazón a la voluntad divina, ser colaborador en la redención del mundo, ser siempre humilde, ponerme al servicio del prójimo! ¡Gracias, María Reina, porque cada día puedo mirarte con confianza como mi Madre y mi Soberana abandonándome a Ti con amor de hijo!

María Reina, brilla como luz en nuestra vida. Es lo que le cantamos hoy: Tu luz brilla como una estrella:

Sobre la indiferencia

La indiferencia es uno de los grandes pecados de la sociedad. También uno de los más enraizados en el hombre. La indiferencia está emparentada con el egoísmo que invita a vivir para uno mismo, para conseguir aquello que se desea, para situarse por encima del prójimo, para postularnos como «lo más de los más».
La indiferencia se manifiesta también respecto a Dios al que apartamos de nuestra vida de manera recurrente. Cuando buscamos nuestro placer o nuestros intereses lo apartamos de nuestra vida. Entonces Dios no existe porque no nos interesa que nos muestre el camino recto.
Si uno es capaz de mostrar indiferencia ante Dios, no tiene ambages en manifestar indiferencia frente al prójimo, especialmente ante el más vulnerable y necesitado.
La indiferencia nos lleva a caminar con una venda en los ojos, nos convierte en sordos y mudos tal vez, incluso, sin ser consciente de ello.
Pero sobre todo la indiferencia solidifica como una roca el corazón humano. Lo endurece porque la búsqueda del «más» —más prestigio, más reconocimiento, más dinero, más posesiones, más aplausos…— trastoca la realidad y no pone límites a la codicia. Pero esa indiferencia en lugar de hacer grandes nos empequeñece. Nos desdibuja.
No hay ni una sola página en el Evangelio en la que Cristo muestre indiferencia. Incluso en los momentos de mayor tensión, Jesús se muestra abierto al amor. A la sensibilidad. Al acogimiento.
Un cristiano no puede mostrarse indiferente porque si su vida tiene un mínimo sentido tiene que estar regida por el amor. La entrega y el servicio es lo que proyecta nuestra realidad a la eternidad.
No puedo dormir sereno si durante la jornada he pensado más en mí que en el prójimo. No puedo vivir sin remordimientos si la humildad y la generosidad no han presidido todas mis acciones. Si la sencillez no ha sido el arma de cada día. Si no he puesto todo mi empeño en crecer como persona, en ser más diligente en el servicio y en la entrega. Si no he tratado de crecer humana y espiritualmente.
Cuando mayor es mi indiferencia más alejado está Jesús del centro de mi vida. Si Cristo vive en mí y yo él, debo mostrar su rostro al prójimo. Y a eso se le llama cercanía.

orar con el corazon abierto

¡Señor, en los relatos de los Evangelios me muestras que no te manifestaste indiferente con nadie, que tu vida fue un encuentro sincero con el prójimo, con sus necesidades y sus sufrimientos! ¡Que te acercaste a enfermos, gentes que buscan consuelo, personas con dolores interiores, a los privados de libertad interior! ¡A todos, Señor, les diste una señal nueva, un mensaje novedoso, un encuentro íntimo contigo! ¡A todos los diste un sentido claro de su existencia! ¡Ayúdame a mí, Señor, a no mostrarme indiferente con el prójimo, a que mi vida esté jalonada de obras de amor, entrega y misericordia! ¡Ayúdame a convertirme en un pequeño instrumento de la misericordia del Padre y que todos mis gestos y palabras expresen el mismo amor, respeto y solidaridad que manifestaste Tú con los que te encontraste por el camino! ¡Ayúdame, Señor, por medio del Espíritu Santo a llenarme de tus pensamientos, de tus actitudes, de tus palabras y de tus sentimientos! ¡Llena mi mirada, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, de la compasión por los que sufren! ¡Ayúdame a ser contemplativo en la oración y comprometido en la acción! ¡Ayúdame a replantearme mis acciones para revisar como es mi contribución a la construcción de una sociedad más humana, más justa, más cristiana y más llena de Ti! ¡Ayúdame a ser testimonio del Evangelio!

Dios manda lluvia

No querer ser más fecundo que Dios

Me apasiona el arte cisterciense. Durante algunos años dediqué parte de mi tiempo libre a conocer las abadías que los monjes de esta orden religiosa construyeron por Europa a partir del siglo XII en ese deseo de ir eliminando de la espiritualidad la vida temporal. Sus edificios, inscritos a finales del románico, buscan ahondar en los principios de la orden que promueven la sobriedad, la pobreza y el ascetismo. Así, sus construcciones prescinden de ornamentación innecesaria creando espacios conceptuales muy originales, muy limpios, de una gran pureza.
Fue San Bernardo, el fundador de la orden, de quien hoy celebramos la onomástica, el que redactó los principios básicos de cómo debían ser sus construcciones, lugares que inspiraran el silencio y la contemplación. La mayoría de los monasterios están alejados del bullicio de las grandes urbes y se localizan en el campo, en entornos de una gran belleza paisajística que permiten en el silencio del cenobio un contacto más intenso y profundo con Dios.
San Bernardo de Claraval fue un personaje clave en el medievo europeo y uno de los grandes santos que impulsaron el cristianismo en Europa. Fue un maestro de la vida interior y de la vida de oración, un apóstol de la paz y de la unión, testigo de un profundo y anhelante amor a Dios y a María. Han pasado siglos desde que falleciera este santo fundador pero sigue siendo un testimonio de luz ardiente que ilumina el camino de tantos cristianos que vivimos adormecidos en el fragor de lo cotidiano, del ruido exterior y de las prisas del día a día. Recuerdo en la entrada de un monasterio cisterciense de la Baja Austria esta inscripción de san Bernardo: «Conviértete en concha. Busca. Sumérgete. Imita a la fuente. Y no quieras ser más fecundo que Dios».
Estas palabras deberían resonar con gran fuerza en el corazón de todo cristiano. Me han venido a la mente porque tantas veces me desanimo por la ineficacia de mi labor apostólica, por lo acomodaticio de mi vida de oración, por mi falta de fe en los designios que Dios tiene pensado para mí. Pero esta inscripción es una invitación al todo. A alegrarse. A convertirse en concha que, sumergida en el cenagal de nuestra vida, puede salir al exterior llena del agua viva de Dios y convertirse en fuente de alegría primero interior y, después, para los demás. Fuente que vierte agua de esperanza, de amor, de fe, de confianza, de ilusión, de espera… de vida plena con Dios y para Dios.
La ausencia de distracciones arquitectónicas facilitaba a los monjes cistercienses la vida de oración. En realidad, nosotros sólo necesitamos a Dios, que es el principio y fin de todo, y despojarnos de todo lo demás para una sencilla relación con Él. ¡Qué sencillo es todo en realidad y que complicado lo hacemos siempre!

orar con el corazon abierto

San Bernardo es autor de una de las oraciones más hermosas que jamás se han compuesto para alabar a Nuestra Señora. Es la oración del Acordaos, una oración de confianza en María, la Madre clementísima siempre pendiente de las necesidades de sus hijos. ¡Señora, sin tu ayuda sé que no seré capaz de vencer la batalla contra el enemigo y luchar en esta vida para alcanzar la gloria del cielo! ¡Por eso en este día, Señora, te imploro humildemente reconociéndome como hijo tuyo con esta oración de san Bernardo!
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado de Vos. Animado por esta confianza, a Vos acudo, Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.

Del compositor Giovanni Vianini presento hoy el motete a la Virgen titulado Memorare, o piissima Virgo Maria. Se trata de la oración de san Bernardo, Acordaos, oh piadosísima Virgen María.

¡Quiero ser, María, apóstol de la alegría!

Tercer sábado de agosto con María en el corazón. En una de las letanías del Rosario exclamamos que la Virgen es «causa de nuestra alegría». Lo es porque en su corazón reinaba siempre la alegría por el simple hecho de tener siempre presente en su vida a Jesús. La máxima expresión de la alegría en María es el canto del Magnificat, resultado innegable de su encuentro con Dios. ¡Qué bellas son las palabras que salen de los labios de la Virgen: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador»! Definitivamente, la alegría de María radica en el encuentro con el Padre, en su profunda vida de oración y en su búsqueda constante de las cosas de Dios en su vida. De ahí surge su «¡Hágase!» y de aquí viene su inquebrantable «¡Sí!».
En María la alegría es sinónimo de entrega, de servicio, de humildad, de encuentro, de oración, de ponerse al servicio de los demás. Es la alegría del encuentro con el prójimo y con Dios. Es la alegría de entregarse uno mismo desprendiéndose de si para mirar solo las necesidades de los demás. Es la alegría de no mirar los sufrimientos de la vida para ponerlos en manos del Padre que los alivia con la ternura de su amor. Es la alegría de la entrega y del servicio con hechos y no solo con palabras. Es la alegría de la grandeza interior pues en Su alegría quiso esconderse Dios. Es la alegría de saberse pequeña pero grande a los ojos de Dios sin anhelar riquezas, honores, beneplácitos, reconocimientos, fama, gloria, bienes materiales porque para Ella la verdadera riqueza era tener en la plenitud de su corazón al Buen Dios y con ello supo vivir privada de todo lo demás. Es la alegría de sobrellevar con esperanza los numerosos calvarios que tuvo que sufrir pues esa alegría, don del Espíritu Santo, le dio siempre la fortaleza para llevar el sufrimiento con entereza y serenidad.
La alegría de María es una invitación que la Virgen me hace hoy para un encuentro más directo con el Padre; para, como Ella, darle mi más decidido «¡Sí!», permitir el «¡Hágase!» en mi vida, para comprender que debo llenar mi vida de alegría desde la generosidad y la humildad, desde el servicio desinteresado a los demás, desde la entrega decidida, desde el desprendimiento personal, desde el abandono de las tristezas que me asolan y las preocupaciones que me embargan y que debo poner siempre en Sus manos y en las de Dios. ¡María, que seas Tú la causa de mi alegría! ¡Quiero ser tu apóstol, María, porque deseo ser en este mundo apóstol de la alegría!

orar con el corazon abierto

¡Dios te salve, María, causa de nuestra alegría! ¡Ayúdame siempre a seguir tu ejemplo de amabilidad con los demás, de entrega generosa, de sonrisa amable, de servicio alegre! ¡Ayúdame a estar siempre alegre en las pruebas y ante los obstáculos que debo sortear! ¡Ayúdame a tener la serenidad del misericordioso como tuviste Tú con el posadero de Belén que no te permitió alojarte en la posada para dar vida a Jesús! ¡Ayúdame a estar siempre alegre ante las maravillas que Dios obra cada día en mi vida! ¡Ayúdame a estar siempre alegre consciente de que Jesús camina siempre a mi lado! ¡Ayúdame a impregnarlo todo de alegría porque Dios vive en mí y así no puedo estar triste, ni malhumorado, ni apático…! ¡Haz de mi alegría una sonrisa permanente para demostrar a quienes me rodean que en mi corazón está muy presente Dios! ¡Que las carencias materiales, personales, sociales, la falta de reconocimiento o de honores, disminuya nunca mi alegría interior! ¡Que sea consciente, María, como lo fuiste Tú, que mi gran riqueza es tener a Dios en el corazón! ¡Que mis calvarios y sufrimientos interiores no disminuyan un ápice mi alegría cristiana! ¡Ayúdame como hiciste Tú, Madre del Amor y la Paz, a sufrir con alegría! ¡Ayúdame como hiciste Tú a aceptar siempre con alegría la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a sonreír siempre incluso en los momentos de mayor tristeza y desolación! ¡Ayúdame a aceptar con entereza y alegría el llevar las cruces de cada día! ¡María, tu estabas siempre alegre porque tenías a Dios en el corazón! ¡Ayúdame a dirigir siempre la mirada hacia Dios, hacia el interior de mi alma para ver lo que debo cambiar, para adquirir los mejores bienes espirituales! ¡Ayúdame a orar con el corazón abierto pues la oración es ese gran medio para alcanzar la alegría interior, a confesarme mejor para recuperar la unión íntima con el Señor, motivo de alegría interior! ¡Ayúdame a servir al prójimo con alegría para liberarme de mi yo y darle a mi vida una mayor visión sobrenatural! ¡Que mi vida sea como la tuya, María: dejarse siempre encontrar por Dios! ¡María, causa de nuestra alegría, enséñame a ver en la fe la paradoja de la alegría del cristiano que se sustenta en la unión con Jesús, muerto en la Cruz por salvarnos del pecado! ¡Santa María, causa de nuestra alegría, ruega por nosotros!

Señora de la alegría, cantamos hoy con Carlos Seoane:

El crucifijo entre las manos

Varias familias realizamos una excursión a la montaña. Llegamos a lo alto de la cima presidida por un gran cruz de hierro. Algunos en torno a ella rezamos el Rosario. Las vistas son espectaculares. Uno se siente orando muy cerca del cielo gozando de la belleza de la creación. Bajando, uno de los excursionistas me abre su corazón y me explica la delicada situación que esta viviendo. Le digo que voy a pedir a María que interceda por él y le propongo que nos unamos en oración para que el Padre escuche nuestras súplicas. «¡Pero es que a mí me cuesta tanto rezar!». Esta expresión la escucho con frecuencia. Cuando uno no encuentra las palabras para comenzar y dirigirse a Dios tiene un corolario de oraciones preciosas y benditas con las que hablar con Dios. La oración es una gracia que Dios no niega a quien acude a Él con fe.
Una oración puede ser el rezo del Padre Nuestro, del Ave María, del Gloria, de cualquier himno religioso, o la invocación a cualquiera de los salmos; también por la recitación de jaculatorias variadas.
Basta orar con el corazón abierto, sin prisas, poniendo todo el amor del que uno es capaz. Es suficiente con pronunciar una frase, revestirla de esperanza, amor y confianza despojándose del yo para impregnarlo de la propia fragilidad y pobreza interior y dejar que Dios actúe. En este acto se produce una íntima comunión entre Dios y el orante.
Actuando así, con el corazón abierto a la esperanza, uno puede dirigir su mirada a Dios y entablar un dialogo franco con Él. Hay otra manera muy hermosa de orar que a mí, personalmente, me ayuda profundamente. Es tomar el crucifijo entre las manos. Mirarlo con amor y, abierto a la escucha, dejar que te hable. No hay mejor conversación que ante la riqueza viva del Sagrario conversar con ese Cristo crucificado que se ha entregado en la Cruz por amor para resucitar a la vida.

orar con el corazon abierto

¡Padre bueno, creador del cielo y la tierra, te encuentras en la inmensidad del todo, eres mi creador y me acoges a través de Jesucristo, Tu Hijo amado, y me guías cuando abro mi corazón con tu Espíritu Santo! ¡Te pido, Padre, que abras mi mente para ser capaz de comprender el verdadero sentido de la vida que Tu me ofreces y los proyectos que tienes pensados para mí! ¡Ayúdame a no desfallecer nunca! ¡No te olvides, Padre, de todos aquellos que no te conocen o están alejados de Ti y sufren y padecen dificultades, ten misericordia de ellos y ampàralos con tu  misericordia y amor! ¡Inflama en mi corazón y en el de cada uno de ellos para que nos adhiramos hoy y siempre con alegría y entusiasmo a lo que Tu nos has revelado! ¡Refresca, Padre, cada día por medio del Espíritu Santo nuestra debilidad, nuestras flaquezas, nuestra voluntad siempre volátil y haznos disponibles para unirnos a tu santa voluntad! ¡Haz que convirtamos nuestra vida más semejante a la de Cristo! ¡Padre, enséñame a orar con el corazón abierto! ¡Mirando a Tu Hijo en la Cruz quiero exclamar: no permitas que me acostumbre a verlo crucificado! ¡Gracias, Dios mío, por permanecer siempre a mi lado entregándome tu amor, perdonándome e iluminándome! ¡Te amo, Padre, te adoro, te bendigo y te doy gracias! ¡En Tí todo lo puedo, Dios de amor!

Consternados por el atentado de Barcelona, rezamos por las víctimas y sus familias y elevamos oraciones a la Virgen de la Merced, bajo cuyo patronazgo está la ciudad. ¡Señor, haznos instrumento de tu paz para que cesen estos actos tan atroces contra la dignidad humana!

Un bellísimo Padrenuestro en inglés cantado por Andrea Bocelli:

Considerado con los demás

Leyendo hoy a San Pablo se me ha revuelto el alma. Dice el apóstol de los gentiles que hemos de caminar con ánimo grande, sencillo y humilde sobrellevándonos unos a otros con caridad. No por sabida esta afirmación duele en el alma.
Uno es considerado con los demás cuando respeta sus creencias, sus opiniones y sus sentimientos. Valora afectuosamente su carácter. No juzga sus acciones ni sus conductas y se preocupa siempre de cómo se sentirá ante una determinada situación.
Uno es considerado con el otro cuando aparca sus diferencias y respeta los gustos ajenos sin tratar de imponer sus criterios o sus opiniones.
Uno es considerado con el prójimo cuando le trata con amabilidad, con respeto y con afecto; cuando presta atención a sus apetencias y deja de lado las propias.
Uno es considerado con quien le rodea cuando le tiene en estima y no le menosprecia, cuando le hace sentirse respetado aunque esa persona no sea importante para el otro.
Uno es considerado cuando se acuerda de las cosas importantes del que le rodea, le felicita en los aniversarios y en los éxitos y le apoya en los fracasos y las necesidades.
Uno es considerado con el prójimo cuando se dirige a él sin altanería o soberbia, cuando escoge siempre la manera más sencilla de hablar, de contestar o de preguntar para no herir sus sentimientos.
Pero no se puede ser considerado si interiormente uno no es  consciente de cómo pueden afectar sus actos en la vida ajena.
La persona considerada antepone los intereses ajenos a los suyos y deja claro con sus actos que los demás son igual o más importantes que el mismo.
La persona considerada cede sus apetencias para aceptar las ajenas aunque este sacrificio implique muchas renuncias.
Me pregunto ahora: ¿En qué medida respeto habitualmente las necesidades de los que me rodean? ¿Soy consciente cuando actúo que mis actos pueden tener consecuencias en el prójimo? ¿Doy importancia a sus sentimientos? ¿Tengo mala conciencia cuando actúo mal? ¿Trato de que los demás se amolden a mis necesidades o a mi carácter o por el contrario me ajusto a las suyas?
Son demasiadas preguntas, pero conozco lo que hay en mi corazón y las necesidades para un gran cambio.

orar con el corazon abierto

¡Padre bueno y misericordioso, nos invitas a amarnos unos a otros porque amando al prójimo te amamos a Ti! ¡Hazme ver siempre, Padre, que cualquier persona que se cruce en mi camino es mi hermano, creado a tu imagen y semejanza! ¡Concédeme la gracia para que mis ojos tengan una mirada de amor, estén repletos de misericordia, que mis gestos estén impregnados de bondad y que uno juzgue nunca a nadie por sus apariencias exteriores! ¡Permíteme, Padre, que sea capaz de descubrir siempre la belleza interior de mi prójimo! ¡No permitas, Espíritu Santo, que mi corazón se endurezca y moldéalo y renuévalo para que se incline siempre a atender al prójimo en sus necesidades, para ser considerado con él y no me mantenga indiferente antes sus sufrimientos, problemas o dolores! ¡Espíritu Santo transforma mi corazón y haz que mis manos sean manos rebosantes de caridad y amor abiertas a las buenas acciones; que nunca, Espíritu de Dios, se repriman para hacer el bien aunque esto implique renuncias por mi parte! ¡Haz de mi vida un testimonio de amor, caridad y misericordia!

 

Tarde te amaré, dedicamos esta canción de hoy:

El que ha de cambiar es uno mismo

Tenemos la tendencia a no hacer. Con frecuencia le pedimos al Señor que nos transforme interiormente pero nosotros no ponemos nada de nuestra parte para cambiar. Le rogamos que nos serene y nos de la paz interior pero, en realidad, somos volcanes de egoísmo y de amor propio que vierten lava de rebeldía. No nos resulta difícil mirar al cielo pero lo hacemos desde la comodidad, la pasividad y la falta de autocrítica. Le exigimos a Dios que esté a la altura y que todos nuestros anhelos y deseos se cumplan pero nosotros, en lo que a la voluntad de Dios se refiere, practicamos el absentismo. Y, así, una multitud de situaciones.
Tenemos el convencimiento de que creyendo serán satisfechas todas nuestras necesidades. Lo cierto, es que no van por ahí los tiros.
El que ha de cambiar es uno mismo. Y hacerlo en serio. No esperar a que sea Dios el que lo haga por uno. Para mejorar cada día son necesarias las obras concretas. Ponerlo en manos del Señor y pedir al Espíritu Santo que nos de la fuerza para llevarlo a cabo. Estos son los mimbres necesarios para cambiar, para reconstruir, para solidificar, para evitar caer en la vida facilona, para afrontar la adversidad, para dejar huella, para no entretenerse en nimiedades, para dejar de lanzar piedras y esconder la mano, para poner la otra mejilla, para comprometerse, para, para, para…
La vida cristiana no consiste en acudir los domingos a la iglesia para cubrir el expediente, cantar cuatro canciones más o menos desafinadas, quedarse cruzado de brazos, y rezar cuatro oraciones a velocidad de vértigo. Es mucho más. Exige madurez espiritual, levantarse cuando uno se cae, obrar en conciencia, mejorar cuando uno se equivoca, limpiarse las manos cuando las tiene sucias del pecado, asumir los errores, eliminar las actitudes de divo como si fuera una estrella de Hollywood, dejar para mañana lo que es posible hacer hoy, estar en misión permanente…
En definitiva, asumir la imperfección, los fallos, las caídas, los problemas, la incapacidad para cambiar… No quedarse ahogado en la tranquilidad porque el cristianismo exige acción, poner a trabajar los talentos, educar la voluntad y, sobre todo, ponerlo todo en manos del Señor para que transforme el interior.
Y, dicho todo esto, hoy voy a tener que hacer un profundo examen de conciencia.

orar con el corazon abierto

¡Señor, hoy quisiera encontrar tu rostro en la oración, para que una simple mirada tuya me transforme! ¡Te pido, Señor, que me invites al silencio interior, para escuchar cada día tu voz! ¡Necesito, Señor, que me aclares la mirada para ser capaz de distinguir cada uno de los signos que me envías! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí, para tener la fuerza y la capacidad de decisión para aceptar todo aquello que es necesario cambiar en mi vida, para discernir lo que es verdaderamente importante y poder seguirte con fidelidad! ¡Señor, necesito experimentar la misericordia de tu mirada, y clamarte con alegría un «Abba» lleno de esperanza, sentir tus abrazos, hablar contigo como hablaría un niño desde la sencillez de su corazón con pocas palabras y mucho amor! ¡Te pido, Señor, que vuelvas tu rostro misericordioso sobre mí y me llames por mi nombre para que sea capaz de reconocer tu voz y ablandar mi corazón de piedra! ¡Ayúdame, Señor, a interpelarme cada día para que sea capaz de mirarme en el espejo de tu palabra y de tus enseñanzas evangélicas y eso me ayude a una profunda transformación y cambio interior! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que me guíe y desde Él sea capaz de transformar mi vida, revisar mis convicciones, mejorar mis actitudes y mis gestos, poner en claro mis proyectos y mis metas, y discernir según el camino más conveniente para mi vida!¡Te pido, Señor, la audacia a la hora de tomar decisiones, dame la generosidad necesaria en el momento de la entrega, y la constancia en el momento de ponerme en marcha! ¡Fortalece Señor mi fe, anima mi esperanza y activa mi amor para darme cuenta de que debo ser fermento y semilla que de fruto! ¡Y no permitas, Señor, que sea como el fariseo que pedía signos, sino hazme entender que los tengo en todos lados y que simplemente hay que mirar tu ejemplo para aprender a cambiar de vida! ¡Señor, ayúdame a cambiar para ser un auténtico discípulo tuyo, testigo, mensajero, custodio y constructor de tu Evangelio!

Renuévame, Jesús, ya no quiero ser igual cantamos hoy:

Gozoso con el triunfo de María

¡Qué día tan hermoso nos regala hoy la liturgia! Celebramos la solemnidad de la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma a los cielos. Esta fiesta invita a recordar que la Virgen, terminada su peregrinación por la vida terrenal, fue invitada por Dios a encontrarse con su Hijo en el cielo quedando liberada de la corrupción del sepulcro. Y en el cielo, Dios le otorga el bellísimo título de Corredentora del genero humano, en ese papel tan relevante de mediadora entre Dios y nosotros, pobres pecadores.
Hoy es la gran fiesta del triunfo de María, la mujer fiel a la voluntad divina. ¿Qué enseñanza tiene para mí la Asunción de la Virgen, cómo puede afectar a mi vida cotidiana esta festividad tan solemne y hermosa? Ella me indica de nuevo el camino hacia la eternidad, morada de Dios. María, que aceptó decidida la voluntad del Padre, que hizo de su vida un compromiso con el destino elegido por Dios, vivió cada instante de su vida unida a Él. Con sus gestos, con sus palabras, con sus sentimientos, con sus actos, María va siempre unida a Dios. El camino de María siempre es un camino hacia Dios. Así, comprendo que en mi hay un gran espacio que debo abrir para que en él quepa siempre Dios. Si con el bautismo soy templo del Espíritu Santo, con la santidad de mi vida puedo ser Arca como lo fue María. La Virgen me demuestra que abriendo mi corazón al Padre nada pierdo y mucho gano. El corazón de María es tan elevado, tan generoso, tan humilde, tan unida a Dios que toda la creación cabía en su interior. María me enseña que Dios está siempre cerca y que unida a Ella puedo estar también muy unido al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¡Que en este día sea capaz de abrirme a la Trinidad, exclamando con jubilo: «He aquí un pequeño instrumento del Señor, hágase en mí según tu Palabra»!

orar con el corazon abierto

¡María, tu me guías siempre el camino a seguir! ¡Tu Asunción, Señora, es la gran respuesta de Dios que me enseña que el Padre siempre abre los espacios a los que seguimos su voluntad! ¡Ayúdame, María, estar unida a Dios como lo estás Tú! ¡Hazme ver cada día que Dios está cerca y que unido a Él pueda ver el misterio que descansa en mi interior! ¡Hazme ver que en mi vida hay espacio siempre para Dios porque Dios está presente siempre en mi pobre corazón! ¡Hazme ver que esta presencia de Dios ilumina mi vida, mis problemas, mis tristezas, mis caídas, mis caminos, mi fe, mi esperanza y mis anhelos! ¡Ayúdame a abrirme a Él como lo hiciste Tú, María, para serle fiel hasta la cruz y cruz de amor! ¡Ayúdame a ser testigo fiel de Jesús en este mundo que se aleja de Él! ¡Recuérdame siempre, María, que Dios me espera; cógeme de la mano, María, porque sé que el camino al cielo no lleva al vacío sino a la plenitud! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón grande para dar cabida a Dios y al prójimo! ¡María, Tú eres el consuelo, la esperanza, el amor, la alegría, la guía de mi peregrinar… te encomiendo mi vida, Señora, para que mi fe se haga más firme, para que me ayudes a vivir con esperanza y coherencia cristiana, con el deseo vivo de agradar a Dios, para incendiar mi amor por Jesús, para que mis obras sean agradables a Él! ¡Madre, tu eres la luz que da esplendor a nuestra vida, porque vives en Cristo y para Cristo; aquí estoy para buscar tu amparo y tu protección y para implorar tu intercesión antes los desafíos de mi vida! ¡María, Reina de la Paz, en vos confío! ¡María, Señora de la Alegría, bendice al mundo entero tan necesitado de tu intercesión y de tu amor de Madre!

En este día de la Asunción presento una obra bellísima de Marc-Antoine Charpentier: Missa Assumpta est Maria H.11. ¡Qué la disfrutéis con María en el corazón!:

Consagrarse a María para transformar el mundo

Se celebra hoy, víspera de la Asunción de María, la festividad del fraile franciscano polaco san Maximiliano Kolbe, el santo del auténtico amor al prójimo. Lo recordamos por haber entregado su vida, en un ofrecimiento supremo de generosidad, en el campo de concentración de Auschwitz; sin embargo, su figura esta también unida íntimamente al misterio de la Inmaculada Concepción y su relación con Dios y con la humanidad. Fundador de las Milicias de la Inmaculada, María se convirtió en su modelo y su maestra; de este seguimiento hizo su vida un don a Dios; de acuerdo con su amor a la Madre actuó siempre según la voluntad del Padre.
El padre Kolbe enseña que cuando se tiene una relación de intimidad con María, en la oración, en el ofrecimiento y en la escucha es más sencillo testimoniar en la propia vida el mensaje del Evangelio. Es por María por donde las almas pueden obtener la conversión. De hecho, Dios otorgó a la Santísima Virgen el rol de tesorera de todas las gracias que se derraman sobre la tierra por medio de su intercesión. Kolbe propone pedir las gracias a Dios pero utilizar a María como intercesora.
La consagración a María implica pertenecer a la Inmaculada de modo que nada quede en uno que no le pertenezca para ser transformados y “transubstanciados” en Ella, ser de María como somos de Dios. El amor a la Inmaculada no implica solo un acto de consagración sino en sufrir las privaciones y el dolor pensando en María.
Se trata por tanto de consagrar la vida cotidiana a María; así las actividades habituales de nuestra vida ya nos son ofrecidas por uno mismo sino que es la Inmaculada, a la que uno le pertenece, la que las ofrece por nosotros. Es María que sabe de la imperfección del hombre, la que ofrece las obras como si fueran suyas y como la Inmaculada no puede ofrecer a Dios nada manchado, Ella toma en su manos pulcras las obras imperfectas del hombre para purificarlas y entregarlas a Dios.
¡Consagrarse a María! ¡Un bello ideal para transformar el mundo, para transformar los corazones humanos, comenzando por el de uno mismo! ¡Cuando uno se consagra a María se hace consciente de su fragilidad, de su debilidad y miseria, de su ignorancia e inutilidad, y confía plenamente en la fuerza mediadora y la bondad infinita de María, Virgen Madre, en escucha, en oración, consoladora y oferente; la Madre que te muestra el abandono total, sereno y confiado a la bondad de Dios y de su Voluntad!

orar con el corazon abierto

Hoy la oración no es mía. Es la Consagración a la Inmaculada compuesta por san Maximiliano Kolbe: «OH Inmaculada, reina del cielo y de la tierra, refugio de los pecadores y Madre nuestra amorosísima, a quien Dios confió la economía de la misericordia. Yo (nombre) pecador indigno, me postro ante ti, suplicando que aceptes todo mi ser como cosa y posesión tuya.
A ti, Oh Madre, ofrezco todas las dificultades de mi alma y mi cuerpo, toda la vida, muerte y eternidad. Dispón también, si lo deseas, de todo mi ser, sin ninguna reserva, para cumplir lo que de ti ha sido dicho:  “Ella te aplastará la cabeza” (Gen 3:15), y también:  “Tú has derrotado todas las herejías en el mundo”. Haz que en tus manos purísimas y misericordiosas me convierta en instrumento útil para introducir y aumentar tu gloria  en tantas almas tibias e indiferentes, y de este modo, aumento en cuanto sea posible el bienaventurado
Reino del Sagrado Corazón de Jesús. Donde tú entras oh Inmaculada, obtienes la gracia  de la conversión y la santificación, ya que toda gracia que fluye del Corazón de Jesús para nosotros, nos llega a través de tus manos”. Ayúdame a alabarte, Oh Virgen Santa y dame fuerza contra tus enemigos.»

Hoy, recordando al fraile polaco san Maximiliano Kolbe, escuchamos el himno a la Virgen Negra de Częstochowa (en polaco, Czarna Madonna), cuyo icono es la reliquia más venerada de Polonia y uno de sus símbolos nacionales.