Sobre la indiferencia

La indiferencia es uno de los grandes pecados de la sociedad. También uno de los más enraizados en el hombre. La indiferencia está emparentada con el egoísmo que invita a vivir para uno mismo, para conseguir aquello que se desea, para situarse por encima del prójimo, para postularnos como «lo más de los más».
La indiferencia se manifiesta también respecto a Dios al que apartamos de nuestra vida de manera recurrente. Cuando buscamos nuestro placer o nuestros intereses lo apartamos de nuestra vida. Entonces Dios no existe porque no nos interesa que nos muestre el camino recto.
Si uno es capaz de mostrar indiferencia ante Dios, no tiene ambages en manifestar indiferencia frente al prójimo, especialmente ante el más vulnerable y necesitado.
La indiferencia nos lleva a caminar con una venda en los ojos, nos convierte en sordos y mudos tal vez, incluso, sin ser consciente de ello.
Pero sobre todo la indiferencia solidifica como una roca el corazón humano. Lo endurece porque la búsqueda del «más» —más prestigio, más reconocimiento, más dinero, más posesiones, más aplausos…— trastoca la realidad y no pone límites a la codicia. Pero esa indiferencia en lugar de hacer grandes nos empequeñece. Nos desdibuja.
No hay ni una sola página en el Evangelio en la que Cristo muestre indiferencia. Incluso en los momentos de mayor tensión, Jesús se muestra abierto al amor. A la sensibilidad. Al acogimiento.
Un cristiano no puede mostrarse indiferente porque si su vida tiene un mínimo sentido tiene que estar regida por el amor. La entrega y el servicio es lo que proyecta nuestra realidad a la eternidad.
No puedo dormir sereno si durante la jornada he pensado más en mí que en el prójimo. No puedo vivir sin remordimientos si la humildad y la generosidad no han presidido todas mis acciones. Si la sencillez no ha sido el arma de cada día. Si no he puesto todo mi empeño en crecer como persona, en ser más diligente en el servicio y en la entrega. Si no he tratado de crecer humana y espiritualmente.
Cuando mayor es mi indiferencia más alejado está Jesús del centro de mi vida. Si Cristo vive en mí y yo él, debo mostrar su rostro al prójimo. Y a eso se le llama cercanía.

orar con el corazon abierto

¡Señor, en los relatos de los Evangelios me muestras que no te manifestaste indiferente con nadie, que tu vida fue un encuentro sincero con el prójimo, con sus necesidades y sus sufrimientos! ¡Que te acercaste a enfermos, gentes que buscan consuelo, personas con dolores interiores, a los privados de libertad interior! ¡A todos, Señor, les diste una señal nueva, un mensaje novedoso, un encuentro íntimo contigo! ¡A todos los diste un sentido claro de su existencia! ¡Ayúdame a mí, Señor, a no mostrarme indiferente con el prójimo, a que mi vida esté jalonada de obras de amor, entrega y misericordia! ¡Ayúdame a convertirme en un pequeño instrumento de la misericordia del Padre y que todos mis gestos y palabras expresen el mismo amor, respeto y solidaridad que manifestaste Tú con los que te encontraste por el camino! ¡Ayúdame, Señor, por medio del Espíritu Santo a llenarme de tus pensamientos, de tus actitudes, de tus palabras y de tus sentimientos! ¡Llena mi mirada, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, de la compasión por los que sufren! ¡Ayúdame a ser contemplativo en la oración y comprometido en la acción! ¡Ayúdame a replantearme mis acciones para revisar como es mi contribución a la construcción de una sociedad más humana, más justa, más cristiana y más llena de Ti! ¡Ayúdame a ser testimonio del Evangelio!

Dios manda lluvia

No querer ser más fecundo que Dios

Me apasiona el arte cisterciense. Durante algunos años dediqué parte de mi tiempo libre a conocer las abadías que los monjes de esta orden religiosa construyeron por Europa a partir del siglo XII en ese deseo de ir eliminando de la espiritualidad la vida temporal. Sus edificios, inscritos a finales del románico, buscan ahondar en los principios de la orden que promueven la sobriedad, la pobreza y el ascetismo. Así, sus construcciones prescinden de ornamentación innecesaria creando espacios conceptuales muy originales, muy limpios, de una gran pureza.
Fue San Bernardo, el fundador de la orden, de quien hoy celebramos la onomástica, el que redactó los principios básicos de cómo debían ser sus construcciones, lugares que inspiraran el silencio y la contemplación. La mayoría de los monasterios están alejados del bullicio de las grandes urbes y se localizan en el campo, en entornos de una gran belleza paisajística que permiten en el silencio del cenobio un contacto más intenso y profundo con Dios.
San Bernardo de Claraval fue un personaje clave en el medievo europeo y uno de los grandes santos que impulsaron el cristianismo en Europa. Fue un maestro de la vida interior y de la vida de oración, un apóstol de la paz y de la unión, testigo de un profundo y anhelante amor a Dios y a María. Han pasado siglos desde que falleciera este santo fundador pero sigue siendo un testimonio de luz ardiente que ilumina el camino de tantos cristianos que vivimos adormecidos en el fragor de lo cotidiano, del ruido exterior y de las prisas del día a día. Recuerdo en la entrada de un monasterio cisterciense de la Baja Austria esta inscripción de san Bernardo: «Conviértete en concha. Busca. Sumérgete. Imita a la fuente. Y no quieras ser más fecundo que Dios».
Estas palabras deberían resonar con gran fuerza en el corazón de todo cristiano. Me han venido a la mente porque tantas veces me desanimo por la ineficacia de mi labor apostólica, por lo acomodaticio de mi vida de oración, por mi falta de fe en los designios que Dios tiene pensado para mí. Pero esta inscripción es una invitación al todo. A alegrarse. A convertirse en concha que, sumergida en el cenagal de nuestra vida, puede salir al exterior llena del agua viva de Dios y convertirse en fuente de alegría primero interior y, después, para los demás. Fuente que vierte agua de esperanza, de amor, de fe, de confianza, de ilusión, de espera… de vida plena con Dios y para Dios.
La ausencia de distracciones arquitectónicas facilitaba a los monjes cistercienses la vida de oración. En realidad, nosotros sólo necesitamos a Dios, que es el principio y fin de todo, y despojarnos de todo lo demás para una sencilla relación con Él. ¡Qué sencillo es todo en realidad y que complicado lo hacemos siempre!

orar con el corazon abierto

San Bernardo es autor de una de las oraciones más hermosas que jamás se han compuesto para alabar a Nuestra Señora. Es la oración del Acordaos, una oración de confianza en María, la Madre clementísima siempre pendiente de las necesidades de sus hijos. ¡Señora, sin tu ayuda sé que no seré capaz de vencer la batalla contra el enemigo y luchar en esta vida para alcanzar la gloria del cielo! ¡Por eso en este día, Señora, te imploro humildemente reconociéndome como hijo tuyo con esta oración de san Bernardo!
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado de Vos. Animado por esta confianza, a Vos acudo, Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.

Del compositor Giovanni Vianini presento hoy el motete a la Virgen titulado Memorare, o piissima Virgo Maria. Se trata de la oración de san Bernardo, Acordaos, oh piadosísima Virgen María.

¡Quiero ser, María, apóstol de la alegría!

Tercer sábado de agosto con María en el corazón. En una de las letanías del Rosario exclamamos que la Virgen es «causa de nuestra alegría». Lo es porque en su corazón reinaba siempre la alegría por el simple hecho de tener siempre presente en su vida a Jesús. La máxima expresión de la alegría en María es el canto del Magnificat, resultado innegable de su encuentro con Dios. ¡Qué bellas son las palabras que salen de los labios de la Virgen: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador»! Definitivamente, la alegría de María radica en el encuentro con el Padre, en su profunda vida de oración y en su búsqueda constante de las cosas de Dios en su vida. De ahí surge su «¡Hágase!» y de aquí viene su inquebrantable «¡Sí!».
En María la alegría es sinónimo de entrega, de servicio, de humildad, de encuentro, de oración, de ponerse al servicio de los demás. Es la alegría del encuentro con el prójimo y con Dios. Es la alegría de entregarse uno mismo desprendiéndose de si para mirar solo las necesidades de los demás. Es la alegría de no mirar los sufrimientos de la vida para ponerlos en manos del Padre que los alivia con la ternura de su amor. Es la alegría de la entrega y del servicio con hechos y no solo con palabras. Es la alegría de la grandeza interior pues en Su alegría quiso esconderse Dios. Es la alegría de saberse pequeña pero grande a los ojos de Dios sin anhelar riquezas, honores, beneplácitos, reconocimientos, fama, gloria, bienes materiales porque para Ella la verdadera riqueza era tener en la plenitud de su corazón al Buen Dios y con ello supo vivir privada de todo lo demás. Es la alegría de sobrellevar con esperanza los numerosos calvarios que tuvo que sufrir pues esa alegría, don del Espíritu Santo, le dio siempre la fortaleza para llevar el sufrimiento con entereza y serenidad.
La alegría de María es una invitación que la Virgen me hace hoy para un encuentro más directo con el Padre; para, como Ella, darle mi más decidido «¡Sí!», permitir el «¡Hágase!» en mi vida, para comprender que debo llenar mi vida de alegría desde la generosidad y la humildad, desde el servicio desinteresado a los demás, desde la entrega decidida, desde el desprendimiento personal, desde el abandono de las tristezas que me asolan y las preocupaciones que me embargan y que debo poner siempre en Sus manos y en las de Dios. ¡María, que seas Tú la causa de mi alegría! ¡Quiero ser tu apóstol, María, porque deseo ser en este mundo apóstol de la alegría!

orar con el corazon abierto

¡Dios te salve, María, causa de nuestra alegría! ¡Ayúdame siempre a seguir tu ejemplo de amabilidad con los demás, de entrega generosa, de sonrisa amable, de servicio alegre! ¡Ayúdame a estar siempre alegre en las pruebas y ante los obstáculos que debo sortear! ¡Ayúdame a tener la serenidad del misericordioso como tuviste Tú con el posadero de Belén que no te permitió alojarte en la posada para dar vida a Jesús! ¡Ayúdame a estar siempre alegre ante las maravillas que Dios obra cada día en mi vida! ¡Ayúdame a estar siempre alegre consciente de que Jesús camina siempre a mi lado! ¡Ayúdame a impregnarlo todo de alegría porque Dios vive en mí y así no puedo estar triste, ni malhumorado, ni apático…! ¡Haz de mi alegría una sonrisa permanente para demostrar a quienes me rodean que en mi corazón está muy presente Dios! ¡Que las carencias materiales, personales, sociales, la falta de reconocimiento o de honores, disminuya nunca mi alegría interior! ¡Que sea consciente, María, como lo fuiste Tú, que mi gran riqueza es tener a Dios en el corazón! ¡Que mis calvarios y sufrimientos interiores no disminuyan un ápice mi alegría cristiana! ¡Ayúdame como hiciste Tú, Madre del Amor y la Paz, a sufrir con alegría! ¡Ayúdame como hiciste Tú a aceptar siempre con alegría la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a sonreír siempre incluso en los momentos de mayor tristeza y desolación! ¡Ayúdame a aceptar con entereza y alegría el llevar las cruces de cada día! ¡María, tu estabas siempre alegre porque tenías a Dios en el corazón! ¡Ayúdame a dirigir siempre la mirada hacia Dios, hacia el interior de mi alma para ver lo que debo cambiar, para adquirir los mejores bienes espirituales! ¡Ayúdame a orar con el corazón abierto pues la oración es ese gran medio para alcanzar la alegría interior, a confesarme mejor para recuperar la unión íntima con el Señor, motivo de alegría interior! ¡Ayúdame a servir al prójimo con alegría para liberarme de mi yo y darle a mi vida una mayor visión sobrenatural! ¡Que mi vida sea como la tuya, María: dejarse siempre encontrar por Dios! ¡María, causa de nuestra alegría, enséñame a ver en la fe la paradoja de la alegría del cristiano que se sustenta en la unión con Jesús, muerto en la Cruz por salvarnos del pecado! ¡Santa María, causa de nuestra alegría, ruega por nosotros!

Señora de la alegría, cantamos hoy con Carlos Seoane:

El crucifijo entre las manos

Varias familias realizamos una excursión a la montaña. Llegamos a lo alto de la cima presidida por un gran cruz de hierro. Algunos en torno a ella rezamos el Rosario. Las vistas son espectaculares. Uno se siente orando muy cerca del cielo gozando de la belleza de la creación. Bajando, uno de los excursionistas me abre su corazón y me explica la delicada situación que esta viviendo. Le digo que voy a pedir a María que interceda por él y le propongo que nos unamos en oración para que el Padre escuche nuestras súplicas. «¡Pero es que a mí me cuesta tanto rezar!». Esta expresión la escucho con frecuencia. Cuando uno no encuentra las palabras para comenzar y dirigirse a Dios tiene un corolario de oraciones preciosas y benditas con las que hablar con Dios. La oración es una gracia que Dios no niega a quien acude a Él con fe.
Una oración puede ser el rezo del Padre Nuestro, del Ave María, del Gloria, de cualquier himno religioso, o la invocación a cualquiera de los salmos; también por la recitación de jaculatorias variadas.
Basta orar con el corazón abierto, sin prisas, poniendo todo el amor del que uno es capaz. Es suficiente con pronunciar una frase, revestirla de esperanza, amor y confianza despojándose del yo para impregnarlo de la propia fragilidad y pobreza interior y dejar que Dios actúe. En este acto se produce una íntima comunión entre Dios y el orante.
Actuando así, con el corazón abierto a la esperanza, uno puede dirigir su mirada a Dios y entablar un dialogo franco con Él. Hay otra manera muy hermosa de orar que a mí, personalmente, me ayuda profundamente. Es tomar el crucifijo entre las manos. Mirarlo con amor y, abierto a la escucha, dejar que te hable. No hay mejor conversación que ante la riqueza viva del Sagrario conversar con ese Cristo crucificado que se ha entregado en la Cruz por amor para resucitar a la vida.

orar con el corazon abierto

¡Padre bueno, creador del cielo y la tierra, te encuentras en la inmensidad del todo, eres mi creador y me acoges a través de Jesucristo, Tu Hijo amado, y me guías cuando abro mi corazón con tu Espíritu Santo! ¡Te pido, Padre, que abras mi mente para ser capaz de comprender el verdadero sentido de la vida que Tu me ofreces y los proyectos que tienes pensados para mí! ¡Ayúdame a no desfallecer nunca! ¡No te olvides, Padre, de todos aquellos que no te conocen o están alejados de Ti y sufren y padecen dificultades, ten misericordia de ellos y ampàralos con tu  misericordia y amor! ¡Inflama en mi corazón y en el de cada uno de ellos para que nos adhiramos hoy y siempre con alegría y entusiasmo a lo que Tu nos has revelado! ¡Refresca, Padre, cada día por medio del Espíritu Santo nuestra debilidad, nuestras flaquezas, nuestra voluntad siempre volátil y haznos disponibles para unirnos a tu santa voluntad! ¡Haz que convirtamos nuestra vida más semejante a la de Cristo! ¡Padre, enséñame a orar con el corazón abierto! ¡Mirando a Tu Hijo en la Cruz quiero exclamar: no permitas que me acostumbre a verlo crucificado! ¡Gracias, Dios mío, por permanecer siempre a mi lado entregándome tu amor, perdonándome e iluminándome! ¡Te amo, Padre, te adoro, te bendigo y te doy gracias! ¡En Tí todo lo puedo, Dios de amor!

Consternados por el atentado de Barcelona, rezamos por las víctimas y sus familias y elevamos oraciones a la Virgen de la Merced, bajo cuyo patronazgo está la ciudad. ¡Señor, haznos instrumento de tu paz para que cesen estos actos tan atroces contra la dignidad humana!

Un bellísimo Padrenuestro en inglés cantado por Andrea Bocelli:

Considerado con los demás

Leyendo hoy a San Pablo se me ha revuelto el alma. Dice el apóstol de los gentiles que hemos de caminar con ánimo grande, sencillo y humilde sobrellevándonos unos a otros con caridad. No por sabida esta afirmación duele en el alma.
Uno es considerado con los demás cuando respeta sus creencias, sus opiniones y sus sentimientos. Valora afectuosamente su carácter. No juzga sus acciones ni sus conductas y se preocupa siempre de cómo se sentirá ante una determinada situación.
Uno es considerado con el otro cuando aparca sus diferencias y respeta los gustos ajenos sin tratar de imponer sus criterios o sus opiniones.
Uno es considerado con el prójimo cuando le trata con amabilidad, con respeto y con afecto; cuando presta atención a sus apetencias y deja de lado las propias.
Uno es considerado con quien le rodea cuando le tiene en estima y no le menosprecia, cuando le hace sentirse respetado aunque esa persona no sea importante para el otro.
Uno es considerado cuando se acuerda de las cosas importantes del que le rodea, le felicita en los aniversarios y en los éxitos y le apoya en los fracasos y las necesidades.
Uno es considerado con el prójimo cuando se dirige a él sin altanería o soberbia, cuando escoge siempre la manera más sencilla de hablar, de contestar o de preguntar para no herir sus sentimientos.
Pero no se puede ser considerado si interiormente uno no es  consciente de cómo pueden afectar sus actos en la vida ajena.
La persona considerada antepone los intereses ajenos a los suyos y deja claro con sus actos que los demás son igual o más importantes que el mismo.
La persona considerada cede sus apetencias para aceptar las ajenas aunque este sacrificio implique muchas renuncias.
Me pregunto ahora: ¿En qué medida respeto habitualmente las necesidades de los que me rodean? ¿Soy consciente cuando actúo que mis actos pueden tener consecuencias en el prójimo? ¿Doy importancia a sus sentimientos? ¿Tengo mala conciencia cuando actúo mal? ¿Trato de que los demás se amolden a mis necesidades o a mi carácter o por el contrario me ajusto a las suyas?
Son demasiadas preguntas, pero conozco lo que hay en mi corazón y las necesidades para un gran cambio.

orar con el corazon abierto

¡Padre bueno y misericordioso, nos invitas a amarnos unos a otros porque amando al prójimo te amamos a Ti! ¡Hazme ver siempre, Padre, que cualquier persona que se cruce en mi camino es mi hermano, creado a tu imagen y semejanza! ¡Concédeme la gracia para que mis ojos tengan una mirada de amor, estén repletos de misericordia, que mis gestos estén impregnados de bondad y que uno juzgue nunca a nadie por sus apariencias exteriores! ¡Permíteme, Padre, que sea capaz de descubrir siempre la belleza interior de mi prójimo! ¡No permitas, Espíritu Santo, que mi corazón se endurezca y moldéalo y renuévalo para que se incline siempre a atender al prójimo en sus necesidades, para ser considerado con él y no me mantenga indiferente antes sus sufrimientos, problemas o dolores! ¡Espíritu Santo transforma mi corazón y haz que mis manos sean manos rebosantes de caridad y amor abiertas a las buenas acciones; que nunca, Espíritu de Dios, se repriman para hacer el bien aunque esto implique renuncias por mi parte! ¡Haz de mi vida un testimonio de amor, caridad y misericordia!

 

Tarde te amaré, dedicamos esta canción de hoy:

El que ha de cambiar es uno mismo

Tenemos la tendencia a no hacer. Con frecuencia le pedimos al Señor que nos transforme interiormente pero nosotros no ponemos nada de nuestra parte para cambiar. Le rogamos que nos serene y nos de la paz interior pero, en realidad, somos volcanes de egoísmo y de amor propio que vierten lava de rebeldía. No nos resulta difícil mirar al cielo pero lo hacemos desde la comodidad, la pasividad y la falta de autocrítica. Le exigimos a Dios que esté a la altura y que todos nuestros anhelos y deseos se cumplan pero nosotros, en lo que a la voluntad de Dios se refiere, practicamos el absentismo. Y, así, una multitud de situaciones.
Tenemos el convencimiento de que creyendo serán satisfechas todas nuestras necesidades. Lo cierto, es que no van por ahí los tiros.
El que ha de cambiar es uno mismo. Y hacerlo en serio. No esperar a que sea Dios el que lo haga por uno. Para mejorar cada día son necesarias las obras concretas. Ponerlo en manos del Señor y pedir al Espíritu Santo que nos de la fuerza para llevarlo a cabo. Estos son los mimbres necesarios para cambiar, para reconstruir, para solidificar, para evitar caer en la vida facilona, para afrontar la adversidad, para dejar huella, para no entretenerse en nimiedades, para dejar de lanzar piedras y esconder la mano, para poner la otra mejilla, para comprometerse, para, para, para…
La vida cristiana no consiste en acudir los domingos a la iglesia para cubrir el expediente, cantar cuatro canciones más o menos desafinadas, quedarse cruzado de brazos, y rezar cuatro oraciones a velocidad de vértigo. Es mucho más. Exige madurez espiritual, levantarse cuando uno se cae, obrar en conciencia, mejorar cuando uno se equivoca, limpiarse las manos cuando las tiene sucias del pecado, asumir los errores, eliminar las actitudes de divo como si fuera una estrella de Hollywood, dejar para mañana lo que es posible hacer hoy, estar en misión permanente…
En definitiva, asumir la imperfección, los fallos, las caídas, los problemas, la incapacidad para cambiar… No quedarse ahogado en la tranquilidad porque el cristianismo exige acción, poner a trabajar los talentos, educar la voluntad y, sobre todo, ponerlo todo en manos del Señor para que transforme el interior.
Y, dicho todo esto, hoy voy a tener que hacer un profundo examen de conciencia.

orar con el corazon abierto

¡Señor, hoy quisiera encontrar tu rostro en la oración, para que una simple mirada tuya me transforme! ¡Te pido, Señor, que me invites al silencio interior, para escuchar cada día tu voz! ¡Necesito, Señor, que me aclares la mirada para ser capaz de distinguir cada uno de los signos que me envías! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí, para tener la fuerza y la capacidad de decisión para aceptar todo aquello que es necesario cambiar en mi vida, para discernir lo que es verdaderamente importante y poder seguirte con fidelidad! ¡Señor, necesito experimentar la misericordia de tu mirada, y clamarte con alegría un «Abba» lleno de esperanza, sentir tus abrazos, hablar contigo como hablaría un niño desde la sencillez de su corazón con pocas palabras y mucho amor! ¡Te pido, Señor, que vuelvas tu rostro misericordioso sobre mí y me llames por mi nombre para que sea capaz de reconocer tu voz y ablandar mi corazón de piedra! ¡Ayúdame, Señor, a interpelarme cada día para que sea capaz de mirarme en el espejo de tu palabra y de tus enseñanzas evangélicas y eso me ayude a una profunda transformación y cambio interior! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que me guíe y desde Él sea capaz de transformar mi vida, revisar mis convicciones, mejorar mis actitudes y mis gestos, poner en claro mis proyectos y mis metas, y discernir según el camino más conveniente para mi vida!¡Te pido, Señor, la audacia a la hora de tomar decisiones, dame la generosidad necesaria en el momento de la entrega, y la constancia en el momento de ponerme en marcha! ¡Fortalece Señor mi fe, anima mi esperanza y activa mi amor para darme cuenta de que debo ser fermento y semilla que de fruto! ¡Y no permitas, Señor, que sea como el fariseo que pedía signos, sino hazme entender que los tengo en todos lados y que simplemente hay que mirar tu ejemplo para aprender a cambiar de vida! ¡Señor, ayúdame a cambiar para ser un auténtico discípulo tuyo, testigo, mensajero, custodio y constructor de tu Evangelio!

Renuévame, Jesús, ya no quiero ser igual cantamos hoy:

Gozoso con el triunfo de María

¡Qué día tan hermoso nos regala hoy la liturgia! Celebramos la solemnidad de la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma a los cielos. Esta fiesta invita a recordar que la Virgen, terminada su peregrinación por la vida terrenal, fue invitada por Dios a encontrarse con su Hijo en el cielo quedando liberada de la corrupción del sepulcro. Y en el cielo, Dios le otorga el bellísimo título de Corredentora del genero humano, en ese papel tan relevante de mediadora entre Dios y nosotros, pobres pecadores.
Hoy es la gran fiesta del triunfo de María, la mujer fiel a la voluntad divina. ¿Qué enseñanza tiene para mí la Asunción de la Virgen, cómo puede afectar a mi vida cotidiana esta festividad tan solemne y hermosa? Ella me indica de nuevo el camino hacia la eternidad, morada de Dios. María, que aceptó decidida la voluntad del Padre, que hizo de su vida un compromiso con el destino elegido por Dios, vivió cada instante de su vida unida a Él. Con sus gestos, con sus palabras, con sus sentimientos, con sus actos, María va siempre unida a Dios. El camino de María siempre es un camino hacia Dios. Así, comprendo que en mi hay un gran espacio que debo abrir para que en él quepa siempre Dios. Si con el bautismo soy templo del Espíritu Santo, con la santidad de mi vida puedo ser Arca como lo fue María. La Virgen me demuestra que abriendo mi corazón al Padre nada pierdo y mucho gano. El corazón de María es tan elevado, tan generoso, tan humilde, tan unida a Dios que toda la creación cabía en su interior. María me enseña que Dios está siempre cerca y que unida a Ella puedo estar también muy unido al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¡Que en este día sea capaz de abrirme a la Trinidad, exclamando con jubilo: «He aquí un pequeño instrumento del Señor, hágase en mí según tu Palabra»!

orar con el corazon abierto

¡María, tu me guías siempre el camino a seguir! ¡Tu Asunción, Señora, es la gran respuesta de Dios que me enseña que el Padre siempre abre los espacios a los que seguimos su voluntad! ¡Ayúdame, María, estar unida a Dios como lo estás Tú! ¡Hazme ver cada día que Dios está cerca y que unido a Él pueda ver el misterio que descansa en mi interior! ¡Hazme ver que en mi vida hay espacio siempre para Dios porque Dios está presente siempre en mi pobre corazón! ¡Hazme ver que esta presencia de Dios ilumina mi vida, mis problemas, mis tristezas, mis caídas, mis caminos, mi fe, mi esperanza y mis anhelos! ¡Ayúdame a abrirme a Él como lo hiciste Tú, María, para serle fiel hasta la cruz y cruz de amor! ¡Ayúdame a ser testigo fiel de Jesús en este mundo que se aleja de Él! ¡Recuérdame siempre, María, que Dios me espera; cógeme de la mano, María, porque sé que el camino al cielo no lleva al vacío sino a la plenitud! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón grande para dar cabida a Dios y al prójimo! ¡María, Tú eres el consuelo, la esperanza, el amor, la alegría, la guía de mi peregrinar… te encomiendo mi vida, Señora, para que mi fe se haga más firme, para que me ayudes a vivir con esperanza y coherencia cristiana, con el deseo vivo de agradar a Dios, para incendiar mi amor por Jesús, para que mis obras sean agradables a Él! ¡Madre, tu eres la luz que da esplendor a nuestra vida, porque vives en Cristo y para Cristo; aquí estoy para buscar tu amparo y tu protección y para implorar tu intercesión antes los desafíos de mi vida! ¡María, Reina de la Paz, en vos confío! ¡María, Señora de la Alegría, bendice al mundo entero tan necesitado de tu intercesión y de tu amor de Madre!

En este día de la Asunción presento una obra bellísima de Marc-Antoine Charpentier: Missa Assumpta est Maria H.11. ¡Qué la disfrutéis con María en el corazón!:

Consagrarse a María para transformar el mundo

Se celebra hoy, víspera de la Asunción de María, la festividad del fraile franciscano polaco san Maximiliano Kolbe, el santo del auténtico amor al prójimo. Lo recordamos por haber entregado su vida, en un ofrecimiento supremo de generosidad, en el campo de concentración de Auschwitz; sin embargo, su figura esta también unida íntimamente al misterio de la Inmaculada Concepción y su relación con Dios y con la humanidad. Fundador de las Milicias de la Inmaculada, María se convirtió en su modelo y su maestra; de este seguimiento hizo su vida un don a Dios; de acuerdo con su amor a la Madre actuó siempre según la voluntad del Padre.
El padre Kolbe enseña que cuando se tiene una relación de intimidad con María, en la oración, en el ofrecimiento y en la escucha es más sencillo testimoniar en la propia vida el mensaje del Evangelio. Es por María por donde las almas pueden obtener la conversión. De hecho, Dios otorgó a la Santísima Virgen el rol de tesorera de todas las gracias que se derraman sobre la tierra por medio de su intercesión. Kolbe propone pedir las gracias a Dios pero utilizar a María como intercesora.
La consagración a María implica pertenecer a la Inmaculada de modo que nada quede en uno que no le pertenezca para ser transformados y “transubstanciados” en Ella, ser de María como somos de Dios. El amor a la Inmaculada no implica solo un acto de consagración sino en sufrir las privaciones y el dolor pensando en María.
Se trata por tanto de consagrar la vida cotidiana a María; así las actividades habituales de nuestra vida ya nos son ofrecidas por uno mismo sino que es la Inmaculada, a la que uno le pertenece, la que las ofrece por nosotros. Es María que sabe de la imperfección del hombre, la que ofrece las obras como si fueran suyas y como la Inmaculada no puede ofrecer a Dios nada manchado, Ella toma en su manos pulcras las obras imperfectas del hombre para purificarlas y entregarlas a Dios.
¡Consagrarse a María! ¡Un bello ideal para transformar el mundo, para transformar los corazones humanos, comenzando por el de uno mismo! ¡Cuando uno se consagra a María se hace consciente de su fragilidad, de su debilidad y miseria, de su ignorancia e inutilidad, y confía plenamente en la fuerza mediadora y la bondad infinita de María, Virgen Madre, en escucha, en oración, consoladora y oferente; la Madre que te muestra el abandono total, sereno y confiado a la bondad de Dios y de su Voluntad!

orar con el corazon abierto

Hoy la oración no es mía. Es la Consagración a la Inmaculada compuesta por san Maximiliano Kolbe: «OH Inmaculada, reina del cielo y de la tierra, refugio de los pecadores y Madre nuestra amorosísima, a quien Dios confió la economía de la misericordia. Yo (nombre) pecador indigno, me postro ante ti, suplicando que aceptes todo mi ser como cosa y posesión tuya.
A ti, Oh Madre, ofrezco todas las dificultades de mi alma y mi cuerpo, toda la vida, muerte y eternidad. Dispón también, si lo deseas, de todo mi ser, sin ninguna reserva, para cumplir lo que de ti ha sido dicho:  “Ella te aplastará la cabeza” (Gen 3:15), y también:  “Tú has derrotado todas las herejías en el mundo”. Haz que en tus manos purísimas y misericordiosas me convierta en instrumento útil para introducir y aumentar tu gloria  en tantas almas tibias e indiferentes, y de este modo, aumento en cuanto sea posible el bienaventurado
Reino del Sagrado Corazón de Jesús. Donde tú entras oh Inmaculada, obtienes la gracia  de la conversión y la santificación, ya que toda gracia que fluye del Corazón de Jesús para nosotros, nos llega a través de tus manos”. Ayúdame a alabarte, Oh Virgen Santa y dame fuerza contra tus enemigos.»

Hoy, recordando al fraile polaco san Maximiliano Kolbe, escuchamos el himno a la Virgen Negra de Częstochowa (en polaco, Czarna Madonna), cuyo icono es la reliquia más venerada de Polonia y uno de sus símbolos nacionales.

Me siento Iglesia

Respeto a los que dentro de la Iglesia ven siempre lo negativo. A los que buscan la crítica. La Iglesia la formamos hombres y los hombres somos pecadores. Para mí lo hermoso de la Iglesia es la comunión. En la Iglesia Jesús invita a la humanidad entera a volcar su fe, a creer en ella. La Iglesia es la esposa de Cristo. Compuesta por hombres y mujeres de carne y hueso, con corazones alegres o heridos, con esperanzas o frustraciones latentes. Cristo también fue hombre.
Yo me siento Iglesia. Sufro con muchas cosas que observo a su alrededor. Tampoco yo soy perfecto. Pero me siento Iglesia porque me siento parte de la comunidad trinitaria. Porque asisto cada día a las Bodas del Cordero, esa realidad misteriosa que es la Eucaristía que me llega de gozo y esperanza.
Dios nos ha creado para vivir en comunión con Él. Hay que rezar por la Iglesia, amar a la Iglesia, sentirse Iglesia. Pero cuando se rompe la unidad, el amor y la solidaridad desaparecen. Cuando la comunión entre los miembros se desmembra, la Iglesia deja de ser católica y es católica como decía tan bellamente el Papa Francisco porque es la casa de la armonía que sabe integrar la diversidad de cada elemento en la armonía de una sinfonía. Cuando restamos fuerza al mandamiento del amor, la Iglesia pierde su universalidad. Cuando el egoísmo y la crítica cerril se impone, Dios da un paso atrás y se ausenta. Cuando falla la caridad, deja de hacerse viva la experiencia del amor divino.
La comunión se debilita cuando desaparece la misericordia y el perdón. La comunión falla cuando desfiguramos la realidad de la Iglesia.
Yo me siento Iglesia porque es el camino del amor, de la entrega, de la paz, del perdón, del silencio en tiempo de tribulación, de llevar justicia, paz, verdad y misericordia al mundo; de amar hasta que duela; de servir sin pedir nada a cambio; de abrazar aunque no te abracen…
Me siento Iglesia en el momento mismo en que quiero ser el rostro de Dios en la sociedad, en mi ambiente familiar, social y laboral. Me siento Iglesia cuando trato de hacer míos los valores del Evangelio y acoger en mi corazón los pensamientos, los sentimientos y las acciones del Señor.
Me siento Iglesia cuando me alimento del pan de vida y de la sangre gloriosa de Cristo. La Eucaristía es el sacramento de la comunión fraterna. Por eso soy Iglesia porque unido a Cristo me uno al hermano en el mandamiento del amor.

orar con el corazon abierto

¡Padre bueno, me has llamado a formar parte de tu Santa Iglesia Católica, me lleno de gozo y alegría por formar parte de tu familia santa; llénanos de tu luz y de tu amor para profesar con alegría, autenticidad y caridad la fe que hemos recibido de Ti por medio del Espíritu Santo! ¡Danos, Padre de amor y de bondad, la fortaleza para afrontar las debilidades humanas y poner en valor las enseñanzas de Tu Hijo Jesucristo! ¡Hazme, Padre de misericordia, un cristiano fiel, servidor de la verdad, testimonio de amor en la sociedad! ¡Envía tu Espíritu, Padre, para que la unidad y la caridad reinen en el seno de la Iglesia y que la certeza de nuestra fe nos haga caminar juntos hacia un mismo ideal! ¡Bendice al Santo Padre, al que has confiado la misión difícil de guiar a la Iglesia y dótale de la sabiduría para que sea el guía que gobierne tu barca! ¡Bendice a los obispos y sacerdotes, cúbrelos con tu amor y tu gracia para que se conviertan en verdaderos servidores tuyos y con sus palabras y su servicio sean estímulo para que crezca nuestra fe; consérvalos en la santidad y dales perseverancia en su misión y hazlos comprometidos con su vocación! ¡Bendice a todos los laicos bautizados para que seamos luz en el mundo, sal que de sabor a la sociedad, levadura que fermenta en el mundo y agua que limpia corazones sufrientes! ¡Mantén unida a tu Iglesia, Padre, en una misma fe, esperanza, caridad y amor! ¡Únenos a todos en un mismo ideal y concédenos la gracia del amor y la luz del Espíritu Santo! ¡Te pido por la conversión de los pecadores y de los que no creen en Ti! ¡Gracias, Padre, por darme la fe, por ser miembro de tu Iglesia y por la hermandad de Jesús, tu amado Hijo!

Iglesia peregrina de Dios, testimonio de amor:

La piedad de María

Segundo sábado de agosto con María en el corazón. En este día me uno especialmente a la Virgen para aprender de Ella la profunda piedad que llevaba impresa en el corazón y que le permitía entender que todo en Ella era un don de Dios. María sentía en lo más profundo de su alma que su vida era una relación intensa de oración con el Padre. Todo se entiende ahondando en cada frase del Magnificat, el cántico poético que brotó de los labios de la Virgen.
Cuando la Virgen pronuncia el Magnificat no exalta la grandeza de ser la Madre del Mesías que redimirá al mundo, no se exalta a si misma como la más grande entre las mujeres, sino que da alabanza al Señor como parte integrante de su pueblo santo. Antepone a su yo una profunda espiritualidad. María enseña en esta profunda pieza que la oración es unirse al Padre, es hacerlo todo por amor a Dios y al prójimo, basarlo todo en la verdad sobre Dios y el hombre. María es consciente que en Ella todo fue un don de Dios que ha fijado su mirada en la humildad de una joven de Nazaret, en la profunda sencillez de su esclava
Solo así uno es capaz de comprender como es la piedad de María. Una piedad que es devoción por las cosas santas, unida al amor a Dios, que lo impregna todo de amor, misericordia y compasión en una entrega generosa y un hacer de la vida una ofrenda a Dios. Un alma la de María sencilla, humilde, serena y profunda. Un alma alejada de todo orgullo y soberbia. El alma de la Virgen es una alma piadosa que no necesita afirmarse ante Dios y que se manifiesta en hacer grandes incluso las cosas más pequeñas de la vida. Pero sobre todo, es la piedad que se une al misterio de Dios y que tiene su momento culminante a los pies de la Cruz. Allí, María ofrece sus sufrimientos de Madre para la salvación del mundo y Dios la premia con el honroso y venerable título de Corredentora de la humanidad.
Pero, sobre todo en María, su piedad indica su clara pertenencia a Dios en una intensa relación vivida desde lo más profundo del corazón; en una permanente amistad con Dios; en un continuo sentirse en presencia del Padre, en una autentica confianza filial con Él, con una enorme capacidad para dirigirse a Él con amor, humildad y sencillez. La piedad de María lleno su corazón de alegría, de entusiasmo, de amor, de generosidad, de paz… Es lo que le pido hoy a María: crecer en mi relación y comunión con Dios y volcar toda mi piedad en mi relación con Él y con los demás, para reconociéndolos como hermanos, llenar mi vida de la presencia viva del Señor convirtiendo mi vida en un cántico permanente de oración.

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¡Padre, gracias por darnos a María como Madre! ¡Gracias, Madre, por enseñarme el camino hacia el cielo! ¡Gracias por ser modelo de amor y de misericordia, de piedad y de oración, de humildad y sencillez! ¡Gracias, María, por ese amor que demuestras a Dios y tu Hijo que me enseña a ser también agradecido por todo lo que tengo y he recibido del Padre! ¡Gracias, María, porque a través de tu piedad y con la fuerza del Espíritu Santo me abres el corazón a la ternura de Dios! ¡Gracias, porque me haces ver la verdadera esencia de la oración, la experiencia de la pobreza personal, de lo importante que es vaciarse de sí para abrirse al Señor y a los demás, de la intranscendente de la vida si Dios no está en el centro! ¡Gracias, María por llena mi vida de tu experiencia de piedad! ¡Gracias, Maria, porque me haces comprender que poniéndolo todo en tus manos puedo también recurrir a Dios para obtener de Él su gracia, su ayuda, su misericordia y su perdón! ¡Gracias, porque tu delicada y amorosa piedad me ayuda a orientar mi vida de piedad y alimentar mi corazón con la dicha de la confianza y esperanza en Dios! ¡Espíritu Santo, te pido como hiciste con María, infundas en mi corazón el don de piedad para amar más y mejor, para convertir mi corazón en un corazón lleno de mansedumbre, caridad y amor como fueron los corazones de Cristo y María! ¡Ayúdame como lo fue María manso de corazón para llenar mi vida de bondad y benignidad y convertir cualquier acto de mi vida en un ejercicio de oración y de piedad!

Magnificat, el canto que dedicamos hoy a María: