La delicadeza de María

Último sábado de septiembre con María en el corazón. Me recreo en este día en la vida de la Virgen en Nazaret, para que sea espejo en mi propia vida. Esa vida ordinaria, sin aparentes momentos de emociones, sin destacar en nada, sin llamar la atención de los demás, pasando por completo desapercibida a los ojos del prójimo… Una vida oculta solo visible a los ojos de Dios, de san José y del niño Jesús. Entrega absoluta, generosidad cierta.
Vivimos un mundo donde la imagen es lo relevante, en el que se pone énfasis al que dirán de uno, al que pensarán de lo que hago y digo, lo mucho que se tiene que hacer para ser aceptado. Y ahí está María que te dice que no des importancia a lo ruidoso de la vida, que te alejes de la vulgaridad, que vivas en lo sencillo para resaltar las virtudes y crecer en la escuela de la santidad. En aquel hogar de Nazaret se aglutinan los valores sustanciales de la perfección del hombre y de la familia.
Hay un aspecto en la vida de María que es una escuela de aprendizaje. Su vida ordenada. En la familia de Nazaret imperaba el orden. El padre, san José, trabajaba en la pequeña carpintería ganándose el pan con el esfuerzo de su trabajo. En lo escondido del hogar estaba María organizándolo todo, poniendo cada cosa en su lugar, realizando sus labores cotidianas con amor de madre y esposa sin tener en cuenta fatigas y cansancios, placeres o intereses. En aquella casa se hacía todo a su debido tiempo. No importaba si una faena era más o menos agradable o costosa. No imperaban las inclinaciones personales, los intereses particulares, la desgana por enfrentar un trabajo más agotador. ¿No ocurre con frecuencia que uno trata de evadirse de lo que le cuesta, lo que no le apetece, lo que más le aburre…? Y allí esta el ejemplo de María dejando la impronta de que la constancia es el signo del amor. Y que de esa constancia depende mucho el orden que hay en la vida de cada uno.
Hoy miro a María con el corazón abierto y observo su constancia delicada, perfecta, armoniosa, entregada y generosa. Un constancia al servicio de Jesús y de los demás, una constancia impregnada, en lo grande y en lo pequeño, de auténtico amor.

orar con el corazon abierto

¡María, hoy sábado y todos los días, contigo a tu lado es más fácil aceptar mi cruz de cada día, en la que Cristo completa la oblación al Padre por mi y el resto de la humanidad! ¡María, cuando lleguen los momentos de cruz no permitas que me lamente, no dejes que me rebele, no permitas que proteste a Dios, no permitas que desfallezca! ¡Cuando lleguen esos momentos, María, que los acepte con amor, sin pretender entenderlos porque no hay explicación alguna para esa salvación, al modo de Dios, que se cumple en el escándalo de lo aparentemente absurdo! ¡María, dame la fuerza para ver mi cruz no desde ese lado humano sino desde una perspectiva sobrenatural! ¡María, que mi pobre corazón no se canse nunca de adorar esa Cruz de la que pende tu Hijo amado y permanezca siempre fiel a ella! ¡Ayúdame, María, a ser delicado en las cosas de la vida y en el servicio de a los demás!

Magnificat octavo toni, polifonía portuguesa del maestro Duarte Lobo para el día de hoy:

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¡Tienes que nacer de nuevo!

«Tenéis que nacer de nuevo». Estas palabras que salen de los labios de Jesús tocan profundamente mi corazón. Pero… ¿cómo es posible nacer de nuevo? Profundizas en tu vida, en tus actos, en la manera en que te relacionas con los demás, lo que sientes y como te comportas y comprendes que muchos de tus criterios están dirigidos por un corazón viejo. Cada día es necesaria una transformación interior. ¡Con cuánta frecuencia vivo según los criterios del mundo y no según los criterios de Dios!
¿Y cómo puedo saber si mis criterios son parte del hombre viejo que transita por la vida? Con un profundo examen interior, analizando si detrás de todas las decisiones de mi vida —las más sencillas y las más grandes— están impregnadas de la voluntad de Dios.
Existe un abismo profundo entre esos valores en los que creemos y lo que realmente mueve nuestra vida tan condicionada por el qué dirán, por lo que pensarán de mi, por mis propios intereses y comodidades, por la ambición por tener o poseer, por no perder el prestigio social…
Ser cristiano es vivir como Cristo vivió; es hacer y actuar como Él hizo y actuó; es evitar lo que Él evitó. Ser cristiano es un camino vital. Es ser discípulo verdadero de Cristo, intentar vivir según su ejemplo y su Evangelio. ¡Y tantas veces mi vida se aleja de esta realidad! Cuando esto sucede dejo de ser luz del Evangelio porque mis actos, mis palabras, mis sentimientos y mis pensamientos se alejan de los criterios de Jesús.
«Tenéis que nacer de nuevo». Esta invitación de Jesús es para vivir cada día renovado interiormente, guiado por el Espíritu. Vivir según el Espíritu. Descansar en el Espíritu. Dejarse renovar por el Espíritu. Buscar la voluntad de Dios desde la inspiración del Espíritu. Aprender a morir mi yo desde la gracia del Espíritu. Alejarse de mis autosuficiencias con la sabiduría del Espíritu.
«Tenéis que nacer de nuevo». Esta exhortación de Jesús implica que si me considero seguidor suyo debo tratar de parecerme cada día a Él, en mi manera de pensar y de vivir para ser diferente a como era antes. Y este proceso no es trabajo de un día; es el trabajo de toda una vida para, guiado por el Espíritu, «despojarme del viejo hombre», «revestirme de Cristo» y convertirse en un hombre nuevo.

orar con el corazon abierto

¡Creo en Ti, Señor, y te acepto en lo más profundo de mi corazón! ¡Quiero ser un fiel seguidor tuyo, apóstol del amor, la verdad, la esperanza y la caridad! ¡Quiero ser un cristiano auténtico, imitador activo tuyo, Señor, que has entregado tu vida por mi redención! ¡Anhelo revestirme de Ti, vivir como viviste Tu, Jesús! ¡Quiero, Señor, volver mi corazón al tuyo y creer en todo lo que has hecho por mí! ¡Quiero luchar cada día contras esas faltas y ese pecado que me aleja de Ti, Señor, para parecerme cada día más a Ti! ¡Quiero ser heredero del reino, Señor, y necesito de tu Santo Espíritu para transformar mi corazón! ¡Quiero ser santo, Señor, anhelo serlo de corazón! ¡Concédeme, Señor, la gracia de nacer de nuevo, de vivir de acuerdo con tu ejemplo! ¡Ayúdame, por medio del Espíritu Santo, a encontrarme contigo cada día para ser testimonio de luz en el mundo! ¡Mírame con ternura, Señor y envía tu Espíritu sobre mí, porque soy débil y frágil! ¡Señor, quiero nacer de nuevo y ponerme manos a la obra para, siguiendo el soplo del Espíritu, seguirte en cada momento! ¡Espíritu Santo renuévame, transfórmame, vivifícame, límpiame, sálvame!

Cantamos hoy al Espíritu para que nos vivifique:

Vivir en presencia de Dios

Lo leo en el Génesis: «Anda en mi presencia y sé perfecto». ¿Qué supone caminar por la vida en presencia de Dios? Implica, en un entorno relativista que desprecia la búsqueda de la verdad, ir siempre con la conciencia de que Dios se hace presente en cada uno de los acontecimientos —tristes o alegres— de mi vida. Ser consciente que escruta y contempla cada uno de mis pasos y tener la conciencia cierta de que Él debe convertirse el centro de mi vida. Implica permanecer en su amor, arraigado en la fe porque ésta no es una mera aceptación de unas verdades volátiles sino una relación de intimidad con Jesús que me permite vivir con la conciencia de ser amado por Dios.
Sin embargo, en ocasiones actuamos de determinada manera, positiva o negativa, pero según la circunstancia la llevamos o no término porque alguien nos observa. Si tengo la conciencia viva de qué Dios, desde la finitud, me observa siempre y que debe convertirse en el centro de mi vida probablemente actuaré en consonancia con su voluntad y su gracia cumpliendo sus mandatos con rectitud.
Dios no actúa como una cámara de vigilancia permanente. No es un agente del orden cuya misión es llamarme la atención por cada actitud equivocada que cometa. Al contrario, Dios es Padre. Un Padre que transmite amor y misericordia. Un Padre que indica el camino que debo seguir cada día para alcanzar la felicidad prometida.
Caminar en presencia de Dios es sentir su amor, lo que da sentido a todo. Nadie es fruto de la casualidad. Es fruto de un proyecto de amor divino. Y en esta conciencia es más sencillo discernir cuáles son los designios para mi, más fácil poner prioridades a mi vida, establecer una escala de valores que permitan orientar mi vida. Considerar la realidad de mi existencia no desde la mundanidad sino desde una perspectiva espiritual. Es sentirse amado, querido y bendecido sintiendo su presencia en todo cuanto me acontece, en medio de las contrariedades y sufrimientos pero también los momentos de gozo y de alegría. Es dar testimonio vivo de la presencia de Cristo en el mundo.
Haga lo que haga, actué como actúe, siempre estoy en presencia de Dios. Me corresponde a mi descubrir su presencia, conservar su presencia y deleitarme con su presencia.

orar con el corazo abierto

¡Me pides Padre que ande en tu presencia y sea perfecto; me lo pides a mí lleno de miserias e imperfecciones! ¡Me lo pides a mi repleto de debilidades y autosuficiencias, de egoísmo y de soberbia! ¡Pero quiero cumplir tu voluntad y entregarme enteramente a Ti! ¡Permíteme tener una unión íntima contigo, Tu que me has creado por amor y me has hecho tu santuario en el que habita tu Espíritu! ¡Padre, no soy fruto de la casualidad; soy creación por un proyecto de amor! ¡Ayúdame, Padre bueno, con la gracia del Espíritu a permanecer siempre arraigado en la fe y vivir como una persona que se sabe amada por Ti! ¡No permitas, Padre, que nada me paralice; que no me embargue el miedo al futuro por mis debilidades y mis caídas! ¡Ayúdame, Padre, con la fuerza del Espíritu Santo a alimentar cada jornada con la sabia de la oración, con la riqueza de Tu Palabra y con el alimento de la comunión! ¡Ayúdame a ser testimonio de Ti, a ser semilla que fructifique y dé frutos abundantes! ¡Ayúdame, Padre, a ser dócil al Espíritu Santo para vivir en tu presencia y crecer en mi unión contigo! ¡Ayúdame a estar más abierto al servicio a los demás! ¡No permitas que me baje nunca de la Cruz, no permitas que me venza la impaciencia, más al contrario ayúdame a caminar siempre en tu presencia tratando de ser siempre justo en mis decisiones, intachable en mis gestos, irreprochable en mis actitudes, virtuoso en mis obras y perfecto en mis actos!

O Salutaris Hostia en la bella versión de Erik Esenvalds:

Por mi fe… nada temo

Si uno pretende vivir conforme a sus convicciones y sus creencias, de acuerdo con su fe, no debe sorprenderse verse rodeado de indiferencia, crítica, menosprecio e, incluso, cierta hostilidad. Allegados se enervan porque los medios de comunicación menosprecian los valores cristianos, desligitimándolos con críticas cerriles. No me molesta que me vean como alguien de otro tiempo por expresar mis creencias cristianas y mi fe. No me desalienta que me señalen o me menosprecien. Al contrario. Me fortalece. Es una señal identificativa de que soy fiel a ese Cristo que también fue perseguido. A ese Jesús cuyo testimonio es símbolo de Cruz y de Amor.
Doy gracias cotidianas por mi fe. Una de las características de la fe viva es pagar con la propia vida la dimensión de la cruz. En eso se resume el amor.
Mi fe me otorga el valor y la fortaleza. Mi fe me confiere la esperanza y la confianza. Mi fe me sostiene en el testimonio y en la exigencia de la vida. Mi fe me compromete. Mi fe me reafirma en la Palabra. Me fe me ayuda a enfrentarme con valentía ante los juicios de los demás. Pero mi fe también me permite profundizar en mis culpas, esas que pueden ser causa de juicio por aquellos que no creen y que ven incoherente mi testimonio de vida, la mayoría de las veces pobre pero voluntarioso.
Mi fe me hace sentir que con Jesús nada puedo temer. Que Él está siempre a mi lado, me ama. Que configurándome en su voluntad todo lo que me suceda me alejará de cualquier temor e inquietud. Mi fe elimina de mi interior cualquier temor porque siento que es la respuesta amorosa y confiada a Dios que viene a mi encuentro. ¡Tengo fe, pero busco que el Señor la fortalezca cada día!

orar con el corazon abierto

¡Señor, ayúdame por medio de tu Santo Espíritu a fortalecer cada día mi fe para vivirla como una experiencia de amor, de gracia y de gozo! ¡Ayúdame a descubrir cada día la alegría de creer y sentir el entusiasmo de transmitirla a los demás! ¡Que mi fe, Señor, sea una fe viva, en comunión con tu Santa Iglesia, participada activamente, vivida en el servicio y el amor al prójimo, como parte intrínseca de mi ser cristiano, como Tú nos has enseñado! ¡Concédeme la gracia, Señor, por medio de tu Santo Espíritu de avivar mi fe con el testimonio del amor y la caridad! ¡Señor, te entrego mis miedos para que con fe los conviertas en esperanza y confianza en TI! ¡Señor, te entrego mis dolores y mis sufrimientos para que con fe los conviertas en una manera de crecer humana y espiritualmente! ¡Señor, te entrego mis debilidades para que con fe me permitas crecer en responsabilidad y madurez! ¡Señor te entrego mis faltas de carácter, mi orgullo y mi soberbia para crecer en humildad! ¡Señor, te entrego mis sinsabores y mis desconciertos para que con fe les des serenidad! ¡Señor, sabes de mi compromiso contigo pero de mi fe débil y sencilla porque muchas veces me cuesta fiarme de Ti, haz que crea como el ciego de nacimiento, el centurión romano, la viuda pobre o la mujer que tocó tu manto! ¡Concédeme la gracia, Señor, de levantarme por medio de la fe para vencer mi mediocridad y mi pequeñez y unirme siempre a Ti!

Even When He is Silent (Incluso cuando Él es silencio), es la música propuesta para hoy para acompañar esta meditación:

Vivir en la desconfianza

El sentimiento de desconfianza crece a pasos agigantados. Surge de manera irremediable por ese temor a no saber cómo defenderse, por esa sensación a sentirse indefenso ante las amenazas —a veces reales y otras imaginadas— de los demás. Observo que cada vez nos fiamos menos del prójimo. Y esa falta de confianza afecta a nuestras relaciones personales, a los comportamientos cotidianos e, incluso, a los sentimientos. Ese en quien habías puesto tu confianza, te defrauda. Aquel que pensabas que nunca te haría daño, te falla; al que le mostraste tu fidelidad en momentos difíciles, te abandona; ese al que le diste todo, cuando lo necesitas no aparece… Cuando la desconfianza vence paraliza al hombre, afecta a su capacidad de ser y de hacer y, por tanto, limita su libertad individual. La desconfianza cierra muchas puertas a nivel familiar, profesional y social.
La confianza en alguien es una cuestión de libertad. Es una apuesta sobre el otro. Y esa libertad puede quebrase por tu propia conducta o por la del prójimo pues hay una gran variedad de elementos que pueden desencajar y desquebrajarlo todo.
Sin embargo, como cristiano tengo que ser generoso en la confianza. No puedo caminar con el signo de la cruz sin confiar en los que me rodean, respetando su singularidad, sus cualidades, sus particularidades, descubriendo la grandeza de sus virtudes y corrigiendo sus defectos fraternalmente. Al prójimo tengo que abrirle siempre las puertas del corazón para que entre en él aire fresco de la alegría cristiana. Cuando desconfío de la bondad del prójimo y de sus intenciones pongo también freno a la confianza en la bondad de Dios. Lo corrobora con meridiana claridad el Evangelio: «¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?»

orar con el corazon abierto

¡Señor, no permitas que me vida se impregne de la desconfianza! ¡Que mi corazón sea generoso para comprender al prójimo con sus virtudes y sus defectos! ¡Que cuando alguien me falle vea en su actitud también la imperfección que jalona mi vida! ¡Que en estos momentos en los que me siente defraudado lleve mi tristeza y mi desolación a los pies de la cruz donde encontraré tu amor y tu misericordia! ¡Hazme ver cada día mis limitaciones; que sea capaz de entender cuáles son mis imperfecciones, que también he fallado y fallaré a muchos que me rodean! ¡Concédeme la gracia de tener un corazón generoso, puro y sencillo, abierto al perdón y al amor que rechaza el rencor, el odio y la resentimiento! ¡Que el amor al prójimo sea también un camino para encontrarte a Ti y que cuando cierre los ojos al prójimo sea consciente de que me estoy convirtiendo en un ciego ante Ti! ¡Ayúdame a ver siempre al prójimo en Ti y contigo; concédeme la gracia de amar a la persona que no me agrada o me genera desconfianza! ¡Concédeme la gracia de mirar siempre a los demás no con mis ojos y mis sentimientos sino desde la perspectiva de tu amor!

Del compositor Eric Whitacre presento hoy este bellísimo Aleluya que llega al corazón:

En Jesús llega la solución que nos agobia

Un amigo ha disfrutado de sus vacaciones de agosto en Rumanía. Allí ha recorrido los Montes Cárpatos y ha disfrutado de los bellos paisajes de las riberas del Danubio. Ha hecho el viaje a pie junto a su mujer y sus dos hijos adolescentes. Me contaba ayer que una noche estaban acampados en la montaña cuando, a las dos de la madrugada, mientras dormían apaciblemente en sus tiendas, escucharon asustados los pasos de un oso pardo que merodeaba por el lugar. Estaban advertidos de los peligros de encontrarse en la zona con este enorme mamífero. El corazón de los cuatro palpitaba de terror. No pudieron pegar ojo en toda la noche. A la mañana siguiente, mientras se preparaban para partir sigilosamente de aquel paraje, volvieron a escuchar en la cercanía los mismos pasos. Decidieron quedarse agazapados para evitar el peligro. Su mujer elevó la mirada al cielo y lo que vio le lleno de consuelo. Las grandes copas de los árboles, cuando el viento soplaba con fuerza, golpeaban entre sí las ramas con tal fuerza que daba la impresión de que eran los pasos de un oso. ¡No pudieron parar de reír ante tal cómica situación!
En la vida nos preocupan situaciones que magnificamos pero que, en realidad, son producto de nuestra falta de confianza y que, tal vez, no van a acontecer jamás. Jesús pide que no nos preocupemos, que nos nos agobiemos por nada. Que lo pongamos todo en sus manos. Que lo busquemos primero a Él pues el resto vendrá por añadidura. Jesús conoce todas nuestras necesidades y dificultades presentes y futuras. Todas son temporales. Cuando en lugar de centrarse en el problema, te concentras en Él, al corazón llega la paz y la serenidad. Hay que poner siempre los medios para solventar los problemas pero hay que tener primero fe en que desde el mismo Jesús llegará la solución a lo que nos agobia.

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu eres quien auxilia a aquellos que viven en la preocupación y en la angustia! ¡Tu poder es tan grande, Señor, tu misericordia tan infinita, que no puedo más que ponerme en tus manos para que se haga el mí el cumplimiento de tu Palabra! ¡Confío en ti, Señor! ¡Tu conoces mis debilidades, mis problemas, mis angustias, mis temores; tu sabes que muchas veces mi fuerza de voluntad es tibia; que me preocupo en exceso por el ahora; tu sabes que los miedos y los temores me hacen perder mi confianza en ti, me vuelven más débil! ¡Apiádate de mi, Señor, y dame la fortaleza de la fe, la certeza de la esperanza, la certidumbre de la confianza! ¡Envía tu Espíritu Señor, para que me otorgue la sabiduría y la inteligencia para confiar siempre en Ti, para que no permita que mi voluntad se quiebre ante las tentaciones, la debilidad y los temores! ¡Te entrego, Señor, el manejo de mi vida; concédeme la gracia de comprender que tu cuidas siempre de mi! ¡Dame la paz que necesita mi corazón, la alegría de espíritu para comprenderlo todo, no permitas que nada me quite la serenidad interior aunque aparezcan los problemas y los tormentas de la vida! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me otorgue la sabiduría de apreciar tu banda, la alegría de vivir, la constancia para luchar, la luz para alumbrar mis decisiones! ¡Haz, Señor, que tu Santo Espíritu remueva mi interior y lo mantenga siempre firme en la tribulación! ¡En ti confío, Señor, que lo eres todo para mi!

Confío en ti, Señor, cantamos hoy al Señor:

La merced de María, merced de Dios

Hoy Barcelona celebra la festividad de Nuestra Señora de la Merced, patrona de los Mercedarios y de la ciudad. La tradición cuenta que la Virgen se apareció a finales del siglo XIII a San Pedro Nolasco en un momento en que las hordas turcas y sarracenas atacaban los países ribereños del Mediterráneo llevándose como esclavos a millares de prisioneros. Las costas españolas no fueron ajenas a este drama. San Pedro Nolasco, consciente del dolor que esto provocaba, utilizó toda su fortuna para comprar la libertad de sus compatriotas mientras encomendaba a la Virgen su labor. Nuestra Señora, signo de la Merced de Dios —en definitiva, de la libertad humana— le invitó a que fundara una orden religiosa que velara por la liberación de los prisioneros. Nació así la orden de los Mercedarios.
Han transcurrido casi ochocientos años desde aquel acontecimiento pero en estos tiempos difíciles la Virgen de la Merced nos invita a luchar por otro tipo de libertad: la libertad interior. Desgraciadamente son muchas las esclavitudes exteriores e interiores que nos aprisionan y nos hieren. No comprendemos que la verdadera libertad es aquella que no sigue los propios instintos sino la voluntad de Dios. Libres para ser de Dios. Libres para cumplir con los preceptos de Dios. Libres para unirse al amor de Dios. Libres para romper con las cadenas del pecado. Libres como María, la más libre de todos los seres humanos. Libre porque su «sí» a Dios le permitió ser la esclava del Señor, entregarse por completo a Él, aceptar su voluntad y vivir plenamente su plan divino.
María es la Madre de la libertad, la luz que nos guía para descubrir los auténticos cautiverios interiores. María no fue ajena al dolor, al sufrimiento, a las renuncias, a la soledad, al desprecio, a la persecución y la humillación. Pero libre de cualquier esclavitud interior, María nos enseña que cualquiera puede ser instrumento de libertad. Basta con decir que «sí». Un «sí» de absoluta disponibilidad a Dios y a los demás.

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¡María, Madre buena, me acerco hoy a Ti porque eres el signo vivo de la Merced de Dios; el espejo en el que contemplar la libertad! ¡Te contemplo, Nuestra Señora de la Merced, para tomar de ti el ejemplo de tu vida; como tu quisiera, Señora, dar mi vida por los necesitados, por los cautivos y por los oprimidos por cualquier causa! ¡María, Tú también sufriste la noche oscura de la vida pero Dios te dotó de su misericordia para liberar a los hombres de sus heridas, de sus sufrimientos, de sus debilidades, de sus esclavitudes y sus adiciones! ¡Tu conoces las mías, Señora, por eso te pido me ayudes en el camino de mi libertad interior que pasa por dar un decidido  «sí» a Dios! ¡Ayúdame a vivir siempre conforme a la voluntad y los deseos de Dios! ¡Ayúdame a poner mi vida al servicio de la libertad! ¡Ayúdame a vivir con un auténtico compromiso cristiano! ¡Ayúdame, Señora, para que de mi corazón brote siempre mucho amor, mucha misericordia, mucho perdón, mucha gracia y mucha donación! ¡Que mi vida sea el reflejo del Dios de la misericordia! ¡Que mi vida sea un testimonio de los mensajes del Evangelio poniéndola al servicio de Dios y de Tu Hijo en una actitud de amor y de servicio hacia el prójimo! ¡Que algún día pueda exclamar con orgullo el «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador» en mi vida porque eso querrá decir que me entregado por completo, en libertad, a las manos del Creador!

María, Señora del hágase

Cuarto sábado de septiembre con María en el corazón. María de nuevo en nuestro corazón. Propongo asomarnos al corazón de María, admirar su belleza interior y auscultar sus pulsaciones espirituales. Admirar esa delicadeza con la que todo lo hacía. ¡Si todos mis actos estuviesen impregnados de la delicadeza de la Virgen todo sería más alegre y fácil a mi alrededor!
Todo se resume en una palabra que en labios de nuestra Madre suena bellísima: Hágase. Y yo clamo, siguiendo la enseñanza de la Sierva del Señor: ¡Padre mío, hágase! ¡Hágase, Señor, tu voluntad y no la mía! ¡Hágase, Padre, que yo me abandono a Ti! ¡Hágase, Señor, para que mi corazón se llene de calma, serenidad, elegancia, pureza, dignidad y amor!
Y quiero aprender de Ti, María, para que ante los muchos acontecimientos adversos de mi vida no me agite ni me resista sino que me entregue. Que aprenda a aceptar. Que aprenda a darme a los demás con delicadeza. Como lo hiciste Tu, María, con humildad, servicio y amor.

orar con el corazon abierto

¡Gracias, María, porque me enseñas que antes de ser Señora nuestra, fuiste Señora de tu Hijo! ¡Hágase! ¡Hágase! ¡Hágase! ¡María, Madre del amor hermoso, quiero aprender de la delicadeza de tu dulzura para que aparte de mi la dureza del corazón! ¡Tener tu misma delicadeza para no enfadarme cuando asoman las pruebas! ¡Tener tu delicadeza, María, para abrir la puerta de mi corazón cuando Dios llama para entrar! ¡Delicadeza, María, para atender la llamada de los que acuden a mi en busca de ayuda, amor y consuelo! ¡Que aprenda de Ti, María, la delicadeza con la que Tu trataste a Dios! ¡Quiere aprender de tu delicadeza, María, para embellecer esa fe tantas veces tibia que tengo, para profundizar en mi oración tantas veces monótona, para acudir vivificante y alegre a la Eucaristía y vivirla con amor, para escuchar la Palabra de Dios con el fin de que la finura de sus mensajes me ayuden a transformar mi vida! ¡Quiero tomar pequeños trazos de tu delicadeza, María, para comprometerme de verdad en todo, para darme y servir como lo hiciste tu, para saber respetar y, sobre todo, para amar!

Gaude, Maria virgo, cantamos hoy en honor a María:

Pedir lo que realmente importa

Si Cristo me preguntara aquello de «¿Qué quieres que haga por tí?», ¿Cuál sería mi respuesta? Esta misma pregunta se la formuló a Santiago y a Juan y ambos intentaron que Jesús les sentara a su diestra en el reino de los cielos.
La gloria que promete Cristo no es un sillón de terciopelo. Es la cruz cotidiana. Nosotros lo sabemos. Santiago y Juan lo desconocían. Y entonces les hizo saber que para ser importantes, para ser grandes a los ojos de Dios, debían hacerse pequeños. Poco después de esta enseñanza, se encontraron con el ciego Bartimeo. Aquel hombre, sabiendo que Jesús estaba cerca, gritaba desesperado pidiéndole al Señor que tuviese compasión de él. Y la misma cuestión directa al corazón: «¿Qué quieres que haga por tí?». Su respuesta es, sin embargo, contrapuesta a la de los dos apóstoles. Él no quiere la gloria; él desea ser sanado. Y es la fe la que le trae la sanación.
Unos, cercanos a Jesús, quedaran retratados. El otro partió de aquel lugar con la alegría de la sanación física y el gozo interior.
Hoy me doy cuenta que cada día Jesús me pregunta sin vericuetos: «¿Qué quieres que haga por tí?». Y mi respuesta no es siempre la más acertada porque no pido lo que mi vida realmente necesita; pido lo que va a satisfacer mi necesidad.
«¿Qué quieres que haga por tí?» ¿Sabiduría para comprender lo que más me conviene y lo que perjudica a los planes que Dios tiene para mí? ¿Entendimiento para aceptar la realidad de mi vida, las verdades reveladas por Dios…? ¿Consejo y guía para discernir los caminos de mi vida? ¿Luz para distinguir lo que es correcto de lo incorrecto? ¿Piedad para estar siempre abierto a la voluntad divina? ¿Fortaleza para enfrentar las dificultades cotidiana? ¿Una fe fuerte y viva para perseverar?
«¿Qué quieres que haga por tí?» ¡Aquello, Señor, que verdaderamente tiene importancia y que tantas veces no se pedir!

orar con el corazon abierto
¡Señor, te pido que dirijas mis pasos cada minuto de mi vida! ¡Perdóname, Señor, porque con frecuencia te cierro las puertas de mi corazón! ¡Purifícame, Señor, y ayúdame a poner siempre mi confianza en Ti que lo inundas todo de amor y misericordia! ¡Envía tu Santo Espíritu sobre mí para que me oriente por las sendas de la vida, para ser capaz de pedir aquello que me conviene y no lo que mi voluntad anhela! ¡Sabes, Señor, que muchas veces no sé que hacer con respecto a las circunstancias que me rodean; me falta fe, confianza en Ti y seguridad de que caminas a mi lado! ¡Señor, te entrego mi vida sencilla para que se haga Tu voluntad en ella! ¡Señor, necesito tus sabios consejos y tus instrucciones para que hables directamente a mi corazón! ¡Ayúdame a ser más perseverante en la oración para escuchar tu voz y seguir tus mandatos! ¡Ayúdame a entregarme a la verdad y seguir tu Palabra! ¡Aumenta mi fe en Ti para que puedas realizar el milagro de cambiar mis oscuridades, mis faltas, mis carencias y vivir siempre en tu luz! ¡Señor, tu me preguntas cada día «¿Qué quieres que haga por tí?»! ¡Aquello, Señor, que verdaderamente tiene importancia y que tantas veces no se pedir! ¡Quiero ser como María, tu Santa Madre, que en todo momento supo escuchar la Palabra y cumplir en su vida el Plan de Dios! ¡Ayúdame, Señor, a poner todo de mi parte para serte fiel en lo pequeño de la vida y lograr construir mi vida en Ti!

Tu mirada me llena de paz, el paso previo para responder a Jesús el «¿Qué quieres que haga por tí?»

 

Ser palabra de Dios para el prójimo

Si de verdad creo lo que dice la Escritura —Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios— no puedo negar que vivo rodeado de la presencia viva de Dios. Dios mora en cada uno de los hombres. Todo fue hecho por medio de la Palabra. Así, cada persona, actor principal en el mensaje del amor que Dios quiere llevar al mundo, es portada de la palabra divina. Es portavoz de Dios en el mundo. Un pensamiento de Dios encarnado. Toda opinión basada en los valores cristianos cuenta. Si la vida de uno es coherente, las palabras tienen mucho peso. Cada cristiano somos expresión de la presencia de Dios en el mundo, esperanza para la sociedad, revelación de la verdad divina, portadores de buena nueva. Cada cristiano es evangelio vivo.
¡Y no caigo las veces que Dios quiere hablarle al prójimo a través mío -nuestro-! Así, me convierto en una palabra para el otro, una palabra que el otro necesita. No puedo quedarme para mí palabras que puedan hacer bien al prójimo.
No soy sólo polvo de la tierra, soy Palabra de Dios. Mi vida es Palabra de Dios. ¡Por eso tengo que alimentarme cada día de esta Palabra que penetra en el alma, que alimenta, que sana, que fortalece, que consuela y que da esperanza! ¡Cuanto más la conozca, más podré ser Palabra de Dios para el prójimo!

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu palabra es palabra viva! ¡Es palabra que penetra lo más profundo del alma, es palabra que escruta los sentimientos y los pensamientos del corazón! ¡Quiero hacer mía, Señor, Tu Palabra! ¡Deseo alimentarme de ella! ¡Deseo como hago en la Eucaristía que me alimento de tu Cuerpo y de tu Sangre, alimentarme de Tu Palabra porque no solo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios! ¡Quiero tener una comunión más profunda contigo para que mis pensamientos y mis sentimientos se ajusten siempre a tu Palabra! ¡Quiero vivir en la obediencia a tu Palabra para tener una experiencia viva contigo y llevarla a los demás! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de amar la Palabra de Dios conocerla profundamente, comunicarla como merece y vivirla en plenitud! ¡Concédeme la gracia de atesorarla en el corazón y meditar siempre en ella para que mi vida se convierta en Palabra de Dios!

En el día de hoy meditamos también con la escucha de este canto de Taizé: Confitemini Domino.