Un milagro de Dios

Me lo cuenta con lágrimas en los ojos. Su padre se suicidó cuando apenas había cumplido los siete años. Poco tiempo después un tío suyo abuso sexualmente de ella durante un año, tiempo que se hizo eterno. Las cicatrices no se han cerrado todavía. Casada y al poco tiempo divorciada tuvo una relación temporal que dejó un aborto de por medio y hace tres años inició una nueva relación que le ha dado estabilidad. Durante un tiempo recurrió al alcohol con el fin de aminorar el dolor y aliviar las penas que le atormentaban las veinticuatro horas del día. Un médico le diagnosticó dismorfofobia, un trastorno que provoca gran ansiedad por observar solo la fealdad de tu aspecto. Su vida marcada por el trauma y el dolor le han llevado varias veces a tener pensamientos suicidas. La angustia le corroe por dentro y, debido a la enfermedad, tenía el convencimiento de que nunca llegaría la sanación del alma. Y ella no estaba dispuesta a llevar ese infierno emocional y humano como carga.
Recurrió a las drogas sintéticas, probaba de todo porque todo lo que le rodeaba le parecía feo y patético. Hasta que un día dijo basta. En la bañera del baño cubierta de agua con un cuchillo entre sus manos dijo «¡hasta aquí!». No estaba dispuesta a seguir en la vagoneta que le llevaba por la montaña rusa de su vida. Pero algo le detuvo. No sabe lo que es. Y comenzó a llorar. Lloró horas y horas, en la soledad de aquel baño con el cuchillo en la mano. Solo recuerda que exclamaba: «¡Dios mío, Dios mío, permíteme salir de este infierno y déjame morir!».
Se despertó cuando parecía que iba a ahogarse. Y salió de la bañera huyendo de la asfixia. Era domingo. Un mañana tan lluviosa y gris como su propia vida. Se vistió para deambular por la ciudad cuando paró frente a una iglesia. Algo sobrenatural le invitó a entrar. Se sentó en el último banco. En la iglesia se celebraba la Eucaristía. En la comunión el coro cantaba «¡En Jesús puse mi esperanza, Él se inclinó hacia mi y escuchó mi clamor!». Y lloró de nuevo como nunca antes había llorado. Al concluir la Misa, el sacerdote que oficiaba se despidió con estas palabras: «No os olvidéis que Jesús os ama y que os corresponde a vosotros aceptar a Cristo como vuestro Señor. Id a su encuentro que Él no os fallará».
En aquel instante encontró el alivio a tantos años de sufrimiento y de pasión personal. Inmediatamente se dirigió a la sacristía. Habló con el rector de aquella parroquia. Al poco tiempo, después de una confesión profunda, comenzó a asistir a los encuentros de un grupo de la Renovación Carismática, participa de la Eucaristía diaria, hace oración, reza diariamente el Rosario y sus visitas al Santísimo junto a la alabanza han cambiado su vida que ahora es color esperanza. Y es esperanza porque esta virtud es el anhelo de felicidad que Dios coloca en el corazón del ser humano. La esperanza se fundamenta en la seguridad que uno tiene de que Dios, el Padre fiel a sus promesas, le ama.
Esa ansiedad que antes le ahogaba ha desaparecido. Su cruz es la misma, pero ahora su peso no es de autodestrucción sino de acción de gracias. Ella sigue en el camino convencida de que su santidad pasa por desprenderse de uno mismo para darse a los demás. Y de que Dios es el Dios de los milagros. ¿Alguien lo duda?

orar con el corazon abierto

¡Padre Bueno, no te pido nada para mí! ¡Hoy te quiero presentar, tu que eres la Luz, la Verdad y la Vida, a los que en su vida están llenos de heridas, sufrimiento y dolor! ¡Tu conoces, Padre, sus errores, sus limitaciones y sus necesidades! ¡Tu conoces sus traumas, sus complejos y sus búsquedas incesantes para alcanzar la paz! ¡Por el amor que sientes por cada uno de ellos envía tu Santo Espíritu para que el calor sanador penetre en lo más íntimo de su corazón y lo transforme dándole paz y serenidad interior! ¡Tu, Padre, que sanas con tu misericordia los corazones hundidos y destrozados y curas con tu amor las heridas más profundas vendándolas con tu compasión, haz el milagro de la sanación! ¡Hazte presente en cada persona que sufre y que resuene en su interior esa misma frase que decía siempre Jesús, Tu Hijo amado: «Paz a vosotros»! ¡Señor, Tú sabes que los temores se liberan con amor; llena de tu amor al que sufre! ¡María, Madre de los sufrientes y de los enfermos de cuerpo y alma, intercede como hiciste en las bodas de Caná par aquellos que necesitan transformar su corazón!

In Pace in idipsum, un bello canto medieval que llena el alma de paz:

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¡Quién no tiene secretos en su vida!

Hace unos días me intentaron revelarme algo sobre un amigo que me causó un profundo dolor. No por el hecho en sí sino por la forma  maliciosa con el me fue transmitido. El transmisor me dijo: «Guarda el secreto». Preferí no seguir escuchando.
Recordando este hecho, hoy conscientemente inicio mi oración con la rotundidad perturbadora del salmo 139 que exclama aquello tan directo de que «Señor, tú me sondeas y me conoces; tú sabes si me siento o me levanto, de lejos percibes lo que pienso». No hay secretos para Dios. Todo lo que fluye en mi interior, Él lo conoce. Los secretos tienen un enorme poder. He conocido amistades rotas por haberse revelado un secreto íntimo; he visto despidos en una empresa por haberse aireado una información confidencial; he observado confíanzas quebradas por una revelación inoportuna. Como también he comprobado como se puede lastimar a alguien por haberle ocultado una información para protegerlo de un daño mayor.
¡Quién no tiene secretos en su vida! ¡Quién no guarda algo en su interior que preferiría que no fuera revelado a su entorno! Confesar públicamente una falta o un error es tarea mayúscula. Sin embargo, cuando esto sucede uno rompa la cadena de honestidad que le une a la persona que ama.
Los secretos pueden afectar a los demás, a los que se les esconde una información o a uno mismo. En cualquiera de los dos casos a Dios no le podemos ocultar nada. Lo que anida en lo profundo del corazón a Ël no se le escapa. Todo lo que uno esconde a los demás, Él lo sabe. Y aún así su amor es inquebrantable.
Un secreto es más doloroso si cabe cuando no se le presenta a DIos en la oración. En esta circunstancia uno se siente cautivo de la situación provocando mayor dolor e incertidumbre.
Hace años mantuve durante un largo periodo de tiempo una confidencia que no me atrevía a revelar a nadie. Nunca la puse en oración, hasta el día que tuve la valentía de hacerlo. No hablar de ello, no abrir el corazón, me mantenía cautivo, aprisionado y herido interiormente. En el momento en que comprendí que debía vencer mi fracaso tuve la valentía de afrontar la realidad y encarar abiertamente aquella situación con la persona involucrada. Me perdonó sin dilación. Y Dios, que había leído en lo más profundo de mi interior, sabedor de mi desgarro en el sacramento de la Reconciliación, con su infinita bondad y misericordia, me había perdonado. Como hizo también aquel amigo al que había provocado dolor.
Cuando uno guarda en su corazón un secreto que le impide avanzar, que le imposibilita cargar la cruz junto al Cristo del perdón, es cuando más debe poner toda su confianza en Él. Pedirle al Espíritu Santo la gracia de la verdad. Él ya conoce esa realidad. Y Él se ocupará de marcar la senda de la autenticidad interior. Dios todo lo comprende. Dios todo lo justifica. Dios todo lo perdona. Cuando un secreto te mantiene cautivo, ¡qué mejor que hacerlo descansar en las manos misericordiosas de Dios!

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Padre, por tu infinita bondad! ¡Gracias, Jesús, por tu infinita misericordia! ¡Gracias, Espíritu Santo, por tus infinitas gracias! ¡Gracias, Señor, porque tú me sondeas y me conoces y desde este conocimiento me amas profundamente a pesar de mi debilidad! ¡Gracias, Señor, porque me haces comprender que cualquier camino que sigue te es muy familiar! ¡Gracias, Señor, porque no empleas tu benevolencia para el castigo sino para el amor! ¡Señor, tú sabes que en lo profundo de mi corazón siempre se presentan realidad que me llevan al desconcierto! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me haga consciente de mi verdad, para llevarme a un verdadero conocimiento de mi realidad! ¡Que sea tu Santo Espíritu, Señor, el que me ilumine siempre y guíe mi camino! ¡Que despierte, incluso, todo aquello que por mi pequeñez y cerrazón no soy capaz de conocer pero que tu conoces perfectamente porque me has creado! ¡Te doy gracias, Señor, por todas las experiencias vividas y por aceptarme como soy! ¡Quiero abrirte siempre, Señor, mi corazón para aliviar todas aquellas heridas que me provocan dolor, todas esas zonas oscuras que me alejan de ti para que por medio de tu Espíritu las llenes de luz! ¡Te doy gracias, Señor, porque desde que me bordaste en el seno materno has tejido mi vida caminando a mi lado sin que yo, muchas veces, haya sido capaz de vislumbrar tu presencia! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que mi mirada sobre la realidad del mundo, sobre mi entorno y sobre los demás sea como la tuya llena de amor, bondad, sabiduría, paciencia y generosidad! ¡Señor, tu eres el Dios del amor, olvídate de mis abandonos, de mis peros y de mis resistencias interiores y concédeme la gracia de acoger siempre tu amor! ¡Te entrego, Señor, todas mis cargas pero también mis actos personales, familiares, profesionales, comunitarios y parroquiales! ¡Son todos tuyos, Señor! ¡Llénales, Señor, de sabiduría y de luz! ¡Te pongo, Señor, en tus manos a todos aquellos que te sienten lejos y los que no creen en Ti; te ruego los envuelvas con tu amor! ¡Señor, tu me sondeas y me conoces, sabes lo que anida en mi corazón que exclama confiado: renuévame, vivificase, transfórmame!

Bella canción del salmo 139 para acompañar la meditación de hoy:

Buscar más amar que ser amado

¿Quién no desea ser amado? ¿Quién no desea ser único para alguien? ¿A quién no le gusta estar en el corazón y la mente del otro?
Me explicaba ayer una de mis hijas que haciendo voluntariado en una residencia de ancianos estuvo acompañando a una mujer de unos sesenta años sentada en una silla de ruedas; una mujer sin mucha formación y con la cara profundamente marcada por la tristeza. En un momento de la conversación esta mujer sencilla le preguntó a mi hija por sus padres y su familia: «Que suerte tienes, niña, de que te quieran tanto. Yo nunca he interesado a nadie. Nadie nunca me ha querido. Y lo que es más triste, nunca nadie se ha fijado en mí». Su mirada, decía mi hija, denotaba una profunda tristeza y desolación. La vida, sin duda, no había sonreído a esta mujer.
Para ella, como para muchos, la vida no tiene sentido y pierde todo su fundamento cuando no hay razones para la alegría. Cuando todo carece de valor. Cuanto lo cotidiano se enfrenta a oscuros nubarrones y la ternura parece estar sepultada sobre una montaña de piedras. Es muy desalentador observar que en nuestras sociedades hay una irrefrenable necesidad de ser amado y, sin embargo, el individualismo se convierte en la razón de ser de nuestro mundo. Cuando no hay amor en la vida humana lo que se presenta es la oscuridad y el abismo. Cuando uno se siente amado, atendido, respetado y constata que genera interés, por mínimo que sea, parece hallarse en el paraíso.
En la oración de san Francisco, Haz de mi un instrumento de tu paz, una estrofa invita a «buscar más amar que ser amado». ¿Y esto que implica en un mundo tan deshumanizado? Desprenderse de uno mismo para proporcionar al que tienes cerca amor. Amándole buscas que experimente una auténtica realización y que sienta que es el centro de todo porque esta es la experiencia que el amor transmite.
La frase del santo de Asís es una clara invitación a ir más allá de uno mismo tratando de dar al otro lo que más anhela. Puede ser ternura, cariño, escucha, entrega, generosidad, cordialidad, buena convivencia, atenciones… No importa. Amar al más cercano, al prójimo, al enemigo, al despreciado…
«Buscar más amar que ser amado». Si realmente aplico esta máxima en mi propia vida, si soy capaz de dar grandes dosis de amor auténtico y verdadero ¿no lograré cerrar la cuadratura del círculo conquistado no sólo mi corazón sino también el del prójimo y el del mismo Dios? Entonces, ¡a qué estoy esperando para actuar!

orar con el corazon abierto

¡Señor, pongo en tus manos a los que tienen en su corazón tristeza y desolación! ¡Recurro a Ti, Señor, para los que tienen un gran vacío sientan tu presencia! ¡Alegra, Señor, a los que tienen el corazón abatido y lleno de heridas! ¡Permite que puedan ver la esperanza, que su alma se llene de consuelo y levanta esa nube grisácea que los envuelve! ¡Señor, seca sus lágrimas y escucha sus lamentos para que la tristeza no acabe por adueñarse de su corazón! ¡Llénales de amor, bondad y misericordia! ¡Rebustécelos con el poder de su preciosa sangre y haz que tu Santo Espíritu les llene de gracia para hacer frente a sus tormentos y tristezas! ¡Ven, Espíritu Santo, Tú que tienes el poder para transformarlo todo y la ternura para dulcificar el corazón para convertir sus lamentos! ¡Señor, te pido que me envíes tu Santo Espíritu para que sea capaz de darme cuenta de que he sido creado para el amor, para darme a los demás!

Impresionante el Salmo 91, para ocho voces distribuidas en dos coros de cuatro del compositor  italiano Giacomo Meyerbeer:

Espejo de la Santísima Trinidad

Último sábado de octubre con María en el corazón. María es Espejo de Justicia, se lo rezamos en el Rosario, mes que dedicamos a esta bella oración mariana. En este espejo se refleja la bondad de Dios, el amor de Jesucristo y las gracias del Espíritu Santo porque la Santísima Trinidad tiene en María un espejo de hermosura. La figura de María queda fija en ese espejo porque ella es la imagen a seguir, el modelo en el que inspirarse. En ese espejo uno puede comprobar no solo su belleza sino también sus virtudes y sus gracias. Su humildad, su entrega a la voluntad del Padre, su generosidad, su servicio a los demás, su bondad, su lealtad, su perfección moral, su alma virtuosa, su amor por el género humano, su valentía… y, sobre todo, su santidad. Ella es el modelo a seguir. El espejo en el que mirarnos. En ese espejo se refleja también la imagen de Dios porque en la mirada de María está presente la mirada del Padre y también la mirada de Cristo porque quien le imita a Ella imita a Jesús quien desde la Cruz nos la dio como Madre corredentora.
María me invita mirarme en el espejo donde ella se refleja para dar sentido a mi vida y convertirla en espejo de santidad, de perfección y de entrega para ser capaz de reflejar a Jesús en el día a día de mi vida.

orar con el corazon abierto

¡María, Espejo de Cristo, al que acompañaste durante toda su vida, ayudarme a ser reflejo de Jesús en la sencillez de mi vida! ¡Tu, María, que eres espejo de la perfección divina ayúdame a crecer en santidad! ¡Tu que eres luz para el mundo, Reina de la Paz, enséñame a seguir tus pasos para ser luz que ilumine mi entorno con actitudes llenas de amor, bondad, generosidad y perdón! ¡Tú, María, que permaneciste fiel a los pies de la Cruz, ayudadme a seguir tu ejemplo y permanecer firme en mi compromiso de fe! ¡Que seas siempre mi espejo, María! ¡Tú que lo esperaste todo de Dios y que le diste tu sí confiado, ayudarme a aceptar siempre la voluntad de Dios y a aprender a esperar con confianza firme! ¡Que seas siempre mi espejo en esto, María! ¡María, Tú que eres el espejo en el que se mira toda la Iglesia, ayúdame a comprender que ella es mi hogar y en ella puedo descubrir el infinito amor que Dios siente por mi! ¡María, reflejo de la justicia de Dios, ruega por nosotros y por el mundo entero!

Para este sábado mariano propongo un mix de canciones dedicadas a la Virgen:

Cuestionarte las propias experiencias

«¿Por qué las hojas cambian de color en el otoño?», me pregunta mi hijo pequeño. Vivimos de preguntas y respuestas. A medida que los días se hacen más cortos la ausencia de luz provoca que los arboles tiñan sus hojas de tonalidades rojizas, marrones y amarillas. Así, su pigmentación cambia logrando que el otoño tenga su particular color.
Desde joven me ha gustado pisar en otoño las hojas caídas en el suelo. Especialmente cuando hago excursiones por la montaña disfruto con el crepitante sonido de esas hojas que forman una alfombra multicolor en los senderos del campo.
Las personas nos hacemos muchas preguntas a lo largo de la vida pero pocas veces nos preguntamos en qué ha cambiado nuestra vida. Por otro lado, preguntas que a algunos les resultan apasionantes otros ni siquiera se las plantean. Lo interesante es la posibilidad de compartir experiencias, conocimientos y descubrimientos. El compartir experiencias es uno de los aspectos más enriquecedores de la vida. Por eso resulta tan importante vivir en comunidad porque la vida junto a otros te hace cuestionarte muchas cosas.
Personalmente, como cristiano me han enriquecido enormemente los testimonios de personas que han abierto su corazón o los textos de hombres y mujeres que han dejado su impronta de santidad o, simplemente, reflejan en sus libros cuestiones que te permiten plantearte tu propia realidad. Pero, sobre todo, lo que más me enriquece y me estimula es observar la misericordia y el amor de Dios en la vida del prójimo, como el Padre creador trabaja de manera constante en la vida de tantas personas a mi alrededor.
Esto es lo que da sentido auténtico a la iglesia, a la que con sus defectos y sus virtudes, tan unido me siento, esa comunidad de individuos imperfectos —entre los que yo me encuentro— que peregrinan por este mundo junto a Jesucristo, que tratan de mejorar cada día a su lado, que de Él aprenden a vivir en santidad pero que también crecen gracias al encuentro con el otro.
En el seno de la Iglesia te puedes plantear una multitud de preguntas y puedes utilizar cada una de las respuestas para crecer humana y espiritualmente para ser sal de la tierra y luz del mundo y para que, unidos entre sí en una sola fe, una sola vida sacramental, una única esperanza común y en la misma caridad bajo la guía imperecedera del Espíritu Santo, transformar el mundo, el propio y el de los demás. ¡Gracias, Padre, por tu Iglesia santa de la que eres su santísimo autor!

 

orar con el corazon abierto

¡Padre, te doy gracias y te glorifico porque nos amas profundamente y nos has convertido a todos en tus hijos adoptivos! ¡Eso, Padre, nos obliga a amarnos unos a otros, especialmente a los enemigos, sabedores que amando a los demás te amamos profundamente a Ti! ¡Padre, Tu eres fuente de vida y de amor, ayudarme a ser siempre generoso con los demás y ser testimonio en mi comunidad! ¡Espíritu Santo, te misericordia de tu Santa Iglesia y por tu gran poder celestial hazla firme ante los embates de sus enemigos, sean interiores o exteriores! ¡Llénanos a todos los que la formamos de luz y de amor y ayudarnos a enfrentarnos a todos lo que se oponga a las enseñanzas de Jesús! ¡Ayúdanos a ser testimonio de vida, de fe y de esperanza en todos los momentos de nuestra vida! ¡Mira con bondad a todos los que la integramos, fortalece nuestra fe y llena nuestro corazón de esperanza cierta! ¡Gracias, Señor, porque nos has llamado a ser miembros vivos de tu Santa Iglesia, que tu Espíritu nos haga siempre ejemplos de la verdad!

Pan transformado, cantamos hoy ensalzando a nuestra Iglesia católica:

Controlar los pensamientos dañinos

Paso el control de acceso a la zona de embarque en un aeropuerto africano destartalado después de largas esperas en las que los minutos parecen no correr nunca. Dejo el ordenador y el teléfono móvil en una bandeja y el resto de mi equipaje de mano en otra. Una vez pasado el escáner dos agentes de seguridad uniformados militarmente me eligen ¿aleatoriamente? para un control más minucioso. Uno de los agentes de seguridad me indica que levante las manos y palpa todo mi cuerpo. Me invita a encender el portátil. Le pregunto el motivo: «Es por su seguridad y la de todos los viajeros, tratamos de prevenir el posible daño causado por un ciberataques en los aviones. A mayor control, menos dolor».
Mientras espero que el avión despegue pienso la cantidad de veces que permití pensamientos en mi vida que me causaron dolor y no traté de prevenir ese daño. Cuando dejo que pensamientos críticos, negativos o rencorosos contra mi mismo o contra el prójimo —pensamientos que, en definitiva, no van en consonancia con el mensaje de Cristo—, los convierto en dañinos y permito que se instalen en mi corazón me provoco más daño a mí que a los demás.
Cada uno de mis pensamientos dicen mucho de quien soy y tienen una influencia decisiva en lo que me voy a convertir. Acudir al Espíritu Santo para que ilumine los pensamientos es, en este sentido, fundamental. Él, Espíritu de Dios, reordena los sentimientos interiores. En el Espíritu Santo uno puede confiar decididamente porque como parte intrínseca de Dios conoce perfectamente lo que anida en el corazón de cada persona. A través de Él mis pensamientos pueden ser fruto de bondad. No siempre es sencillo reconducir los pensamientos negativos que tan dañinos resultan para nuestro corazón. Pero en momentos de ansiedad, rencor, ira, enfado, desazón… lo más acertado es dirigirse a Él para que los reemplace por pensamientos de bondad. Pedirle para que sea fuente de serenidad interior y de paz; este tipo de paz no es únicamente un sentimiento beatífico es, en realidad, una paz duradera que permanece muy a pesar de los avatares tormentosos de la vida.
La tarea no es sencilla porque en el corazón de cada uno siempre surgen como un viento fuerte los pensamientos negativos. Cuando Cristo reina en nuestro corazón no promete una vida sencilla sino que transforma por medio de su amor y de su misericordia. Invitarle a reposar en el corazón, por medio del Espíritu, es ayudar a ordenar esos pensamientos que pueden resultar dañinos y escoger lo positivo que surge de nuestro interior. En el interior de cada uno hay un batalla entre la naturaleza pecaminosa y la nueva naturaleza que viene de Cristo. Si la quiero ganar no me queda más que cambiar la manera en como pienso.

orar con el corazon abierto

¡Señor Jesús, concédeme la gracia de vivir siempre con paz y serenidad en el corazón para que nada me quite la tranquilidad y surjan de mi interior pensamientos positivos! ¡Aunque las tormentas y la desazón me embarguen, Señor, que Tu seas el viento que serene mi corazón y todo lo que nazca de Tí esté impregnado de tu bondad! ¡Señor, eres consciente de que necesito la sabiduría del Espíritu para avanzar; necesito constancia para cambiar, constancia para buscar tu presencia, constancia para ser fiel a tus mandatos y constancia para serenar mi ser! ¡Que tu presencia en mi vida, alentada por la gracia del Espíritu Santo, me ayude a alumbrar siempre mis pensamientos  y mi caminar! ¡Señor, hazme ver siempre lo positivo de las cosas, ver  en el prójimo sus virtudes y no sus defectos, en las situaciones que se presenten el lado bueno y no el negativo, en mis razonamientos que saque solo las cosas positivas evitando la crítica y el desprecio! ¡Que tu Espíritu, Señor, renueve cada día mi ser y lo mantenga firme y sereno entre las numerosas pruebas y dificultades que se me presentan! ¡Espíritu Santo que tu fuerza me penetre siempre para que no obre según mi querer sino por Tu acción poderosa y constante! ¡Espíritu Santo libérame de esos pensamientos incontrolados que vengan a mi vida; no permitas que me resista a cambiar!

Del maestro inglés John Sheppard os ofrezco hoy su bellísimo The Lord’s Prayer (Padrenuestro) a cinco voces:

 

¡Qué belleza ser cristiano y qué alegría poder comunicarlo!

Hace ya bastantes siglos un santo originario de Barcelona dijo una frase antológica: «Mi nombre es Cristiano y mi apellido Católico». Y así es, el nombre te define con precisión y el segundo te concretiza. Somos cristianos porque somos seguidores de Cristo y católicos porque nuestra Iglesia es universal, fundada por Cristo, que reconoce la primacía del Santo Padre y cuya fe nos ha sido transmitida de Cristo por los apóstoles. A ellos Jesús le dio el mandato de ir por todo el mundo y predicar el evangelio a toda criatura.
Salgo de hacer oración en una iglesia en el centro de África. Son las seis y media de la tarde pero el calor es sofocante. A la entrada del templo, en una especie de reciento cerrado, un grupo de hombres y mujeres (véase fotografía) acuden a catequesis para adultos. El catequista les habla en francés con un gran amor sobre Cristo. Les habla de la virtud que debe tener un matrimonio cristiano. De vez en cuando todos los asistentes corean al unísono: «¡Amén!».
En un momento de la charla el catequista exclama con voz potente: «¡Y no os dais cuenta de la belleza que supone ser cristiano! ¿Sois conscientes de lo que eso significa? ¿Sabéis la importancia que tiene vivir las virtudes, la vida de sacramentos y estar en estado de gracia?». Y con gran delicadeza y un lenguaje sencillo les habla del amor conyugal, del amor al prójimo, de la confesión, de la esperanza, de la oración, de la acción maravillosa del Espíritu Santo sobre cada alma, del milagro de la Eucaristía, de la fe, de la caridad que se debe vivir entre los hermanos, de la luz que debe ser cada uno en su propio entorno. Y todos van elevando su voz y exclaman cadenciosamente: «¡Amén! ¡Amén! ¡Amén!».
Y a mi me sucede lo mismo que a ellos y exclamo «¡Amén! ¡Amén! ¡Amén!» Porque tan lejos de casa me siento iglesia, iglesia católica esparcida por el mundo entero, con toda la plenitud del Espíritu y con una misma fe.
Pues sí, que belleza es ser cristiano y que alegría poder comunicarlo y vivirlo con hermanos de otros continentes y de otra raza pero en un mismo espíritu.

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¡Gracias, Señor, por la fe, por la Iglesia fundada por Ti, por el encuentro con el hermano en un mismo espíritu! ¡Gracias porque tu Evangelio nos sorprende y nos llena, y nada hay más hermoso que sentirse miembros de la la Iglesia, comunicarla a los otros y vivirla con el prójimo allí donde te encuentres! ¡Te doy gracias y doy gracias a mis padres por mi bautismo que me convirtió en miembro de tu Iglesia; ser cristiano es, Señor, el mayor privilegio del que gozo! ¡Que hermoso es ser cristiano y ver la realidad como la veías Tú, Señor; y descubrir la grandeza de la creación, gozar de las cosas hermosas de cada día, poder amar al prójimo, consular a los que lloran, agradecer tu misericordia, recibirte en la Eucaristía, nacer de nuevo a la vida cada día, descubrir la presencia de tu amor infinito, poder alabarte, reconocerte en el prójimo, saber que Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza, poder colaborar en la humanización de este mundo tan deshumanizado! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la posibilidad de percibir el perfume de la belleza que nace de Dios y llena mi alma siempre de una agradecimiento sincero! ¡Espíritu Santo ayúdame a comprometerme siempre con la Belleza misma que eres Tú! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a alabar siempre la belleza, a gozar de ella, no banalizar lo que soy y lo que represento! ¡Señor, mi nombre es Cristiano y mi apellido católico! ¡Que no lo olvide nunca, Señor!

Proclamar la benevolencia divina

Si tomo al pie de la letra lo que dicen los Evangelios no puedo dudar que el Espíritu del Señor reposa sobre mí y me ha elegido para predicar la buena nueva a los necesitados. Me ha enviado a proclamar a los enfermos que los ciegos verán, los cojos andarán, los mudos hablarán… Que podré anunciar que bienaventurados son los pobres porque de ellos es el reino de los ciegos e, incluso, me invita a proclamar a los cuatro vientos la gracia de su amor.
El Señor pretende que el mundo sepa que nadie puede permanecer cautivo por las cosas de este mundo. La misma Palabra de Cristo deja patente que el hombre vive de la fe y no por la vista. Cuando uno apela a Dios por medio de la fe, lo imposible se hace posible y, sin duda, lo invisible en visible. Cuando la percepción humana queda limitada a la simplicidad de las cosas se hace impermeable a las bendiciones de Dios. El ciego queda limitado en su visión de la gracia. Dios Amor solo desea mostrar su infinita benevolencia para dar respuesta a la fe del ser humano.
El propósito de Dios es extender toda su gracia sobre cada uno. Lo único que exige —mendiga, podríamos incluso decir— es que lo busquemos con ahínco, que confiemos en Él y que le obedezcamos en todo. No puede pasar un día sin proclamar la benevolencia divina de Dios. Dar gracias por ella. Confiar plenamente en los beneficios de su gracia. Hoy, como cada día, Dios quiere hacer ese milagro que parecía imposible en mi. Depende de mi dejarme asistir.

orar con el corazon abierto

¡Dios mío, Padre de amor y de misericordia, Padre bondadoso y siempre fiel, paciente y benevolente, no olvides a este pequeño pecador que tantas veces sigue su propia voluntad! ¡Concédeme la gracia de sentir siempre tu presencia, la presencia de tu Hijo Jesucristo y la presencia vivificante del Espíritu Santo en mi vida! ¡Concédeme la gracia de esperar confiadamente en tus promesas sin desfallecer cuando parece que no se cumple mi voluntad! ¡Muéstrame, Dios mío, la felicidad propia de tus elegidos porque yo, aunque pequeño e infiel, soy uno tus hijos! ¡Sé, Señor, que todo lo que obras en mi es por mi propio bien y por el bien de todos a los que amo a quienes tantas veces no soy capaz de demostrar mi amor! ¡No permitas que desvíe mi mirada porque quiere fijarme siempre en tu bondad y benevolencia! ¡Que mis pensamientos, mis palabras, mis acciones, mis sentimientos, mi mirada y mi corazón te reflejen siempre a Ti! ¡Concédeme la gracia de caminar cada día por el espíritu de la fe y sometiéndome completamente a tu santa voluntad! ¡Soy consciente, Señor, de que cuando vivo acorde a tu voluntad me muestras tu gracia y tu benevolencia! ¡Gracias, Dios mío, por ser tan bueno y generoso conmigo!

Meditamos también con esta música profunda de William Byrd y su canción sacra Ne irascaris Domine:

Un amor como las olas del mar

Por razones laborales me encuentro en un país africano. Mi hotel se encuentra junto a una playa cuyas aguas están bañadas por el Atlántico. Protegiendo el recinto han colocado una cadena de rocas que lo protege de las embestidas del mar. Ayer por la mañana me senté en aquel lugar para contemplar el amanecer. Las olas, embravecidas por el mar furioso, se rompían contra las rocas estallando en una emergente ducha de gotas que la luz del sol hacía brillar. Al terminar la jornada laboral me senté de nuevo en el mismo lugar. La oscuridad de la noche quedaba rota por la luz grisácea de la luna. Las olas, sin embargo, seguían rompiéndose con las rocas a la misma intensidad.
El golpeteo constante de las olas han ido tallando con el paso de los años el perfil de aquellas rocas que alguien había alineado frente al hotel.
Sentado en aquel lugar apacible y silencioso, deleitándome con el sonido del mar y con el constante ir y venir de las olas, un pensamiento mágico me vino a la memoria. ¡Qué grande es el amor de Dios! ¡Y esa grandeza late a un ritmo constante, como las olas de ese océano creado por Él! ¡Ese amor cubre de manera paciente y uniforme las superficies duras de nuestro corazón para transformarlas en una obra nueva! ¡En ocasiones su amor es como las olas suaves que se rompen en las arenas de la playas cuando el mar está calmo! ¡En otras irrumpe como esas olas poderosas frente a mi hotel! En cualquiera de las dos, su amor permanece de manera constante e interminable. El amor de Dios no tiene fin.
Con el amor de Dios uno puede contar siempre. Es un amor fiel, imperecedero. ¡Qué hermoso es poder confiar en su amor y su fidelidad! ¡Qué hermoso sentir que su amor es infinito, ternura que se inclina hacia nuestra debilidad, seres necesitados de todo, consciente de que somos de barro frágil! Y es esta pequeñez, esta debilidad de nuestra naturaleza, esta fragilidad —¿acaso no somos como esas olas que se rompen al chocar contra las rocas?—es  lo que le empuja a su misericordia, a su ternura y a su perdón.

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Padre bueno, Señor de la Misericordia, del Amor y del perdón, por ser fuente inagotable de amor! ¡Gracias porque eres como las olas que bañan mi corazón y me empapan de tu asombroso amor y de tu constante gracia! ¡Concédeme la gracia de confiar cada día en tu amor infinito incluso cuando no entienda lo que quieres de mí! ¡Padre, confío en tu amor y tus cuidados permanentes; transforma mi corazón como solo sabes hacer! ¡Gracias por la fe que me lleva a recorrer tus caminos! ¡Gracias, por reconozco tu existencia en este mundo! ¡Gracias, porque todo cuanto soy y recibo es obsequio de tu amor! ¡Te doy gracias, Señor, por todas las personas que has puesto a mi lado —mi familia, mis amigos, mis compañeros…—, todos ellos son el reflejo de tu amor! ¡Gracias, Señor, también por las cruces cotidianas que me recuerdan tu amor por mí! ¡Gracias por tu infinito amor, Señor!

Me basta tu gracia, cantamos hoy dando gracias al Señor:

¿Hasta que punto soy superficial?

Lamentablemente en el mundo reina la superficialidad, favorecido en parte por las nuevas tecnologías que propician imágenes falsas de la realidad. Como se vive de apariencias no se llega a la esencia de las cosas. La persona superficial no interioriza, se fija solo en lo externo, en lo inmediato, en lo relativo. Sin profundidad interior es difícil ir a la esencia de los acontecimientos y de la vida. Entonces la experiencia vital pasa de soslayo, solo se mira la capa de barniz de las situaciones, se juzga en función de las apariencias, se miden las circunstancias y las personas por la primera impresión, no se es capaz de comprender lo profundo de las experiencias vividas, a uno le basta con aceptar sin más las cosas como vienen…
La madurez, sin embargo, está regida por la profundidad. El enraizar las situaciones permite juzgar con criterio y justicia los acontecimientos, los sentimientos, las ideas y, sobre todo, a las personas. La persona madura es, ante todo, alguien realista, objetivo, sensato, con ideas propias que no se deja influir por el entorno, es ajeno a las críticas superficiales y se muestra libre de prejuicios.
Toda la riqueza interior que uno va absorbiendo durante la oración, en el disfrute de la lectura de la Palabra, en el encuentro cotidiano con el Señor, en su vida eucarística… va formando un carácter propio que expulsa la ligereza y la superficialidad. Excesivos ruidos exteriores impiden el silencio interior que es el que otorga mesura y serenidad y no actitudes y comentarios apresurados o valoraciones críticas sobre todo y sobre todos. Los ruidos de la vida llevan demasiados afectos desordenados, excesivo activismo desmesurado, gran cantidad de pensamientos en los que prima el orgullos y la vanidosos, un sinfín de tentaciones, una enorme cantidad de rencores pero también de miedos, se acaparan mayores preocupaciones… y así el corazón se vuelve infeliz.
La esclavitud interior que comporta la superficialidad impide ser libre porque el Espíritu Santo no tiene cabida en un corazón esclavo de las apariencias con demasiado ruido en el interior. Allí no puede reposar Dios, amante del silencio y la serenidad interior. Y si Dios no mora en el corazón no se le puedes escuchar, ni se le puede sentir, ni se le puede amar y, menos, se puedes atender su llamada. La pregunta es: ¿Hasta que punto soy superficial?

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero aprender de ti esa enseñanza que nos has dejado en el camino hacia la humildad: olvidarme de mi mismo para curar mi soberbia y mi egoísmo, para sanar esa enfermedad de mi alma que tanto dolor produce, para evitar tener esa mirada ruin de la vida, para evitar juzgar a los demás y mirarme en el espejo de mi indignidad, para olvidarme de que el hombre es respetado por ti cuando se abaja y se olvida de sí y, en su pequeñez, hace grande su entrega a los demás! ¡Señor, quiero caminar haciendo tu voluntad, guardando tus preceptos, buscándote de corazón sin cometer iniquidad ni seguir mi propio interés! ¡Señor, quiero ser consciente de que encontraré el reino allí donde te deje reinar, donde deje que tu justicia, tu amor y tu paz ocupen el lugar de mis torpezas! ¡Ven y quédate en mi, Señor Jesús, en mi vida diaria y toma posesión de mi para que sepa gobernar y perdonar, santificar e iluminar, para que me esfuerce en ordenar todas las cosas para el bien de todos y para renovarme por tu fuerza, tu gracia y tu misericordia! ¡Ven Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor!

Hoy la Iglesia celebra el Domund con el lema “Sé valiente, la misión te espera“.  El DOMUND es una Jornada universal que se celebra cada año en todo el mundo, el penúltimo domingo de octubre, para apoyar a los misioneros en su labor evangelizadora, desarrollada entre los más pobres.

En lugar de música adjunto el video promocional del Domund. No hay misión pequeña, si el amor es grande. ¡Que todos seamos generosos!