Proclamar la benevolencia divina

Si tomo al pie de la letra lo que dicen los Evangelios no puedo dudar que el Espíritu del Señor reposa sobre mí y me ha elegido para predicar la buena nueva a los necesitados. Me ha enviado a proclamar a los enfermos que los ciegos verán, los cojos andarán, los mudos hablarán… Que podré anunciar que bienaventurados son los pobres porque de ellos es el reino de los ciegos e, incluso, me invita a proclamar a los cuatro vientos la gracia de su amor.
El Señor pretende que el mundo sepa que nadie puede permanecer cautivo por las cosas de este mundo. La misma Palabra de Cristo deja patente que el hombre vive de la fe y no por la vista. Cuando uno apela a Dios por medio de la fe, lo imposible se hace posible y, sin duda, lo invisible en visible. Cuando la percepción humana queda limitada a la simplicidad de las cosas se hace impermeable a las bendiciones de Dios. El ciego queda limitado en su visión de la gracia. Dios Amor solo desea mostrar su infinita benevolencia para dar respuesta a la fe del ser humano.
El propósito de Dios es extender toda su gracia sobre cada uno. Lo único que exige —mendiga, podríamos incluso decir— es que lo busquemos con ahínco, que confiemos en Él y que le obedezcamos en todo. No puede pasar un día sin proclamar la benevolencia divina de Dios. Dar gracias por ella. Confiar plenamente en los beneficios de su gracia. Hoy, como cada día, Dios quiere hacer ese milagro que parecía imposible en mi. Depende de mi dejarme asistir.

orar con el corazon abierto

¡Dios mío, Padre de amor y de misericordia, Padre bondadoso y siempre fiel, paciente y benevolente, no olvides a este pequeño pecador que tantas veces sigue su propia voluntad! ¡Concédeme la gracia de sentir siempre tu presencia, la presencia de tu Hijo Jesucristo y la presencia vivificante del Espíritu Santo en mi vida! ¡Concédeme la gracia de esperar confiadamente en tus promesas sin desfallecer cuando parece que no se cumple mi voluntad! ¡Muéstrame, Dios mío, la felicidad propia de tus elegidos porque yo, aunque pequeño e infiel, soy uno tus hijos! ¡Sé, Señor, que todo lo que obras en mi es por mi propio bien y por el bien de todos a los que amo a quienes tantas veces no soy capaz de demostrar mi amor! ¡No permitas que desvíe mi mirada porque quiere fijarme siempre en tu bondad y benevolencia! ¡Que mis pensamientos, mis palabras, mis acciones, mis sentimientos, mi mirada y mi corazón te reflejen siempre a Ti! ¡Concédeme la gracia de caminar cada día por el espíritu de la fe y sometiéndome completamente a tu santa voluntad! ¡Soy consciente, Señor, de que cuando vivo acorde a tu voluntad me muestras tu gracia y tu benevolencia! ¡Gracias, Dios mío, por ser tan bueno y generoso conmigo!

Meditamos también con esta música profunda de William Byrd y su canción sacra Ne irascaris Domine:

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