Buscar más amar que ser amado

¿Quién no desea ser amado? ¿Quién no desea ser único para alguien? ¿A quién no le gusta estar en el corazón y la mente del otro?
Me explicaba ayer una de mis hijas que haciendo voluntariado en una residencia de ancianos estuvo acompañando a una mujer de unos sesenta años sentada en una silla de ruedas; una mujer sin mucha formación y con la cara profundamente marcada por la tristeza. En un momento de la conversación esta mujer sencilla le preguntó a mi hija por sus padres y su familia: «Que suerte tienes, niña, de que te quieran tanto. Yo nunca he interesado a nadie. Nadie nunca me ha querido. Y lo que es más triste, nunca nadie se ha fijado en mí». Su mirada, decía mi hija, denotaba una profunda tristeza y desolación. La vida, sin duda, no había sonreído a esta mujer.
Para ella, como para muchos, la vida no tiene sentido y pierde todo su fundamento cuando no hay razones para la alegría. Cuando todo carece de valor. Cuanto lo cotidiano se enfrenta a oscuros nubarrones y la ternura parece estar sepultada sobre una montaña de piedras. Es muy desalentador observar que en nuestras sociedades hay una irrefrenable necesidad de ser amado y, sin embargo, el individualismo se convierte en la razón de ser de nuestro mundo. Cuando no hay amor en la vida humana lo que se presenta es la oscuridad y el abismo. Cuando uno se siente amado, atendido, respetado y constata que genera interés, por mínimo que sea, parece hallarse en el paraíso.
En la oración de san Francisco, Haz de mi un instrumento de tu paz, una estrofa invita a «buscar más amar que ser amado». ¿Y esto que implica en un mundo tan deshumanizado? Desprenderse de uno mismo para proporcionar al que tienes cerca amor. Amándole buscas que experimente una auténtica realización y que sienta que es el centro de todo porque esta es la experiencia que el amor transmite.
La frase del santo de Asís es una clara invitación a ir más allá de uno mismo tratando de dar al otro lo que más anhela. Puede ser ternura, cariño, escucha, entrega, generosidad, cordialidad, buena convivencia, atenciones… No importa. Amar al más cercano, al prójimo, al enemigo, al despreciado…
«Buscar más amar que ser amado». Si realmente aplico esta máxima en mi propia vida, si soy capaz de dar grandes dosis de amor auténtico y verdadero ¿no lograré cerrar la cuadratura del círculo conquistado no sólo mi corazón sino también el del prójimo y el del mismo Dios? Entonces, ¡a qué estoy esperando para actuar!

orar con el corazon abierto

¡Señor, pongo en tus manos a los que tienen en su corazón tristeza y desolación! ¡Recurro a Ti, Señor, para los que tienen un gran vacío sientan tu presencia! ¡Alegra, Señor, a los que tienen el corazón abatido y lleno de heridas! ¡Permite que puedan ver la esperanza, que su alma se llene de consuelo y levanta esa nube grisácea que los envuelve! ¡Señor, seca sus lágrimas y escucha sus lamentos para que la tristeza no acabe por adueñarse de su corazón! ¡Llénales de amor, bondad y misericordia! ¡Rebustécelos con el poder de su preciosa sangre y haz que tu Santo Espíritu les llene de gracia para hacer frente a sus tormentos y tristezas! ¡Ven, Espíritu Santo, Tú que tienes el poder para transformarlo todo y la ternura para dulcificar el corazón para convertir sus lamentos! ¡Señor, te pido que me envíes tu Santo Espíritu para que sea capaz de darme cuenta de que he sido creado para el amor, para darme a los demás!

Impresionante el Salmo 91, para ocho voces distribuidas en dos coros de cuatro del compositor  italiano Giacomo Meyerbeer:

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