¡Quién no tiene secretos en su vida!

Hace unos días me intentaron revelarme algo sobre un amigo que me causó un profundo dolor. No por el hecho en sí sino por la forma  maliciosa con el me fue transmitido. El transmisor me dijo: «Guarda el secreto». Preferí no seguir escuchando.
Recordando este hecho, hoy conscientemente inicio mi oración con la rotundidad perturbadora del salmo 139 que exclama aquello tan directo de que «Señor, tú me sondeas y me conoces; tú sabes si me siento o me levanto, de lejos percibes lo que pienso». No hay secretos para Dios. Todo lo que fluye en mi interior, Él lo conoce. Los secretos tienen un enorme poder. He conocido amistades rotas por haberse revelado un secreto íntimo; he visto despidos en una empresa por haberse aireado una información confidencial; he observado confíanzas quebradas por una revelación inoportuna. Como también he comprobado como se puede lastimar a alguien por haberle ocultado una información para protegerlo de un daño mayor.
¡Quién no tiene secretos en su vida! ¡Quién no guarda algo en su interior que preferiría que no fuera revelado a su entorno! Confesar públicamente una falta o un error es tarea mayúscula. Sin embargo, cuando esto sucede uno rompa la cadena de honestidad que le une a la persona que ama.
Los secretos pueden afectar a los demás, a los que se les esconde una información o a uno mismo. En cualquiera de los dos casos a Dios no le podemos ocultar nada. Lo que anida en lo profundo del corazón a Ël no se le escapa. Todo lo que uno esconde a los demás, Él lo sabe. Y aún así su amor es inquebrantable.
Un secreto es más doloroso si cabe cuando no se le presenta a DIos en la oración. En esta circunstancia uno se siente cautivo de la situación provocando mayor dolor e incertidumbre.
Hace años mantuve durante un largo periodo de tiempo una confidencia que no me atrevía a revelar a nadie. Nunca la puse en oración, hasta el día que tuve la valentía de hacerlo. No hablar de ello, no abrir el corazón, me mantenía cautivo, aprisionado y herido interiormente. En el momento en que comprendí que debía vencer mi fracaso tuve la valentía de afrontar la realidad y encarar abiertamente aquella situación con la persona involucrada. Me perdonó sin dilación. Y Dios, que había leído en lo más profundo de mi interior, sabedor de mi desgarro en el sacramento de la Reconciliación, con su infinita bondad y misericordia, me había perdonado. Como hizo también aquel amigo al que había provocado dolor.
Cuando uno guarda en su corazón un secreto que le impide avanzar, que le imposibilita cargar la cruz junto al Cristo del perdón, es cuando más debe poner toda su confianza en Él. Pedirle al Espíritu Santo la gracia de la verdad. Él ya conoce esa realidad. Y Él se ocupará de marcar la senda de la autenticidad interior. Dios todo lo comprende. Dios todo lo justifica. Dios todo lo perdona. Cuando un secreto te mantiene cautivo, ¡qué mejor que hacerlo descansar en las manos misericordiosas de Dios!

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Padre, por tu infinita bondad! ¡Gracias, Jesús, por tu infinita misericordia! ¡Gracias, Espíritu Santo, por tus infinitas gracias! ¡Gracias, Señor, porque tú me sondeas y me conoces y desde este conocimiento me amas profundamente a pesar de mi debilidad! ¡Gracias, Señor, porque me haces comprender que cualquier camino que sigue te es muy familiar! ¡Gracias, Señor, porque no empleas tu benevolencia para el castigo sino para el amor! ¡Señor, tú sabes que en lo profundo de mi corazón siempre se presentan realidad que me llevan al desconcierto! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me haga consciente de mi verdad, para llevarme a un verdadero conocimiento de mi realidad! ¡Que sea tu Santo Espíritu, Señor, el que me ilumine siempre y guíe mi camino! ¡Que despierte, incluso, todo aquello que por mi pequeñez y cerrazón no soy capaz de conocer pero que tu conoces perfectamente porque me has creado! ¡Te doy gracias, Señor, por todas las experiencias vividas y por aceptarme como soy! ¡Quiero abrirte siempre, Señor, mi corazón para aliviar todas aquellas heridas que me provocan dolor, todas esas zonas oscuras que me alejan de ti para que por medio de tu Espíritu las llenes de luz! ¡Te doy gracias, Señor, porque desde que me bordaste en el seno materno has tejido mi vida caminando a mi lado sin que yo, muchas veces, haya sido capaz de vislumbrar tu presencia! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que mi mirada sobre la realidad del mundo, sobre mi entorno y sobre los demás sea como la tuya llena de amor, bondad, sabiduría, paciencia y generosidad! ¡Señor, tu eres el Dios del amor, olvídate de mis abandonos, de mis peros y de mis resistencias interiores y concédeme la gracia de acoger siempre tu amor! ¡Te entrego, Señor, todas mis cargas pero también mis actos personales, familiares, profesionales, comunitarios y parroquiales! ¡Son todos tuyos, Señor! ¡Llénales, Señor, de sabiduría y de luz! ¡Te pongo, Señor, en tus manos a todos aquellos que te sienten lejos y los que no creen en Ti; te ruego los envuelvas con tu amor! ¡Señor, tu me sondeas y me conoces, sabes lo que anida en mi corazón que exclama confiado: renuévame, vivificase, transfórmame!

Bella canción del salmo 139 para acompañar la meditación de hoy:

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