Un milagro de Dios

Me lo cuenta con lágrimas en los ojos. Su padre se suicidó cuando apenas había cumplido los siete años. Poco tiempo después un tío suyo abuso sexualmente de ella durante un año, tiempo que se hizo eterno. Las cicatrices no se han cerrado todavía. Casada y al poco tiempo divorciada tuvo una relación temporal que dejó un aborto de por medio y hace tres años inició una nueva relación que le ha dado estabilidad. Durante un tiempo recurrió al alcohol con el fin de aminorar el dolor y aliviar las penas que le atormentaban las veinticuatro horas del día. Un médico le diagnosticó dismorfofobia, un trastorno que provoca gran ansiedad por observar solo la fealdad de tu aspecto. Su vida marcada por el trauma y el dolor le han llevado varias veces a tener pensamientos suicidas. La angustia le corroe por dentro y, debido a la enfermedad, tenía el convencimiento de que nunca llegaría la sanación del alma. Y ella no estaba dispuesta a llevar ese infierno emocional y humano como carga.
Recurrió a las drogas sintéticas, probaba de todo porque todo lo que le rodeaba le parecía feo y patético. Hasta que un día dijo basta. En la bañera del baño cubierta de agua con un cuchillo entre sus manos dijo «¡hasta aquí!». No estaba dispuesta a seguir en la vagoneta que le llevaba por la montaña rusa de su vida. Pero algo le detuvo. No sabe lo que es. Y comenzó a llorar. Lloró horas y horas, en la soledad de aquel baño con el cuchillo en la mano. Solo recuerda que exclamaba: «¡Dios mío, Dios mío, permíteme salir de este infierno y déjame morir!».
Se despertó cuando parecía que iba a ahogarse. Y salió de la bañera huyendo de la asfixia. Era domingo. Un mañana tan lluviosa y gris como su propia vida. Se vistió para deambular por la ciudad cuando paró frente a una iglesia. Algo sobrenatural le invitó a entrar. Se sentó en el último banco. En la iglesia se celebraba la Eucaristía. En la comunión el coro cantaba «¡En Jesús puse mi esperanza, Él se inclinó hacia mi y escuchó mi clamor!». Y lloró de nuevo como nunca antes había llorado. Al concluir la Misa, el sacerdote que oficiaba se despidió con estas palabras: «No os olvidéis que Jesús os ama y que os corresponde a vosotros aceptar a Cristo como vuestro Señor. Id a su encuentro que Él no os fallará».
En aquel instante encontró el alivio a tantos años de sufrimiento y de pasión personal. Inmediatamente se dirigió a la sacristía. Habló con el rector de aquella parroquia. Al poco tiempo, después de una confesión profunda, comenzó a asistir a los encuentros de un grupo de la Renovación Carismática, participa de la Eucaristía diaria, hace oración, reza diariamente el Rosario y sus visitas al Santísimo junto a la alabanza han cambiado su vida que ahora es color esperanza. Y es esperanza porque esta virtud es el anhelo de felicidad que Dios coloca en el corazón del ser humano. La esperanza se fundamenta en la seguridad que uno tiene de que Dios, el Padre fiel a sus promesas, le ama.
Esa ansiedad que antes le ahogaba ha desaparecido. Su cruz es la misma, pero ahora su peso no es de autodestrucción sino de acción de gracias. Ella sigue en el camino convencida de que su santidad pasa por desprenderse de uno mismo para darse a los demás. Y de que Dios es el Dios de los milagros. ¿Alguien lo duda?

orar con el corazon abierto

¡Padre Bueno, no te pido nada para mí! ¡Hoy te quiero presentar, tu que eres la Luz, la Verdad y la Vida, a los que en su vida están llenos de heridas, sufrimiento y dolor! ¡Tu conoces, Padre, sus errores, sus limitaciones y sus necesidades! ¡Tu conoces sus traumas, sus complejos y sus búsquedas incesantes para alcanzar la paz! ¡Por el amor que sientes por cada uno de ellos envía tu Santo Espíritu para que el calor sanador penetre en lo más íntimo de su corazón y lo transforme dándole paz y serenidad interior! ¡Tu, Padre, que sanas con tu misericordia los corazones hundidos y destrozados y curas con tu amor las heridas más profundas vendándolas con tu compasión, haz el milagro de la sanación! ¡Hazte presente en cada persona que sufre y que resuene en su interior esa misma frase que decía siempre Jesús, Tu Hijo amado: «Paz a vosotros»! ¡Señor, Tú sabes que los temores se liberan con amor; llena de tu amor al que sufre! ¡María, Madre de los sufrientes y de los enfermos de cuerpo y alma, intercede como hiciste en las bodas de Caná par aquellos que necesitan transformar su corazón!

In Pace in idipsum, un bello canto medieval que llena el alma de paz:

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