Con la maestra del saber

Tercer sábado de octubre con María en el corazón. María, Trono de sabiduría. Medito hoy este título tan hermoso que aparece en las Letanías de la Virgen. ¿Por qué es María, trono de la sabiduría? Porque ella es la maestra del amor. Ella convierte el amar en un forma de extrema sabiduría. Si la sabiduría es el más alto grado de conocimiento, en María se congrega la sabiduría plena pues en ella todas las virtudes cristianas se hacen excelsas. María es la maestra del saber, capaz de imitar todas las virtudes de Jesús por amor a Él y a todos los hombres.
La sabiduría de María es imitativa, ejemplo de cumplimiento de la voluntad de Dios, el camino que lleva a la santidad.
Pero María es también trono de la sabiduría porque nos revela, de manera precisa, la verdad de Dios. Nos enseña a cumplir siempre la voluntad del Padre, primero con su «Sí» el día de la Anunciación y más tarde en aquel día cuando, en la aldea de Caná, pronunció aquellas palabras dirigidas a los sirvientes que atendían a los invitados en la boda en la que Jesús realizó su primer milagro: «Haced lo que Él os diga». ¡Cómo me cambiaría mi vida si hiciese más caso a María y al Señor!

orar con el corazon abierto

¡María, Madre buena, sede de la sabiduría, a pesar de Tu sí a Dios necesitaste un tiempo para comprender todo lo que acontecía en tu vida! ¡Necesitaste, Señora, confrontar en tu corazón todo lo que iba acontecimiento para comprender la voluntad de Dios en tu vida! ¡María, Tu y yo sabemos que los caminos de Dios desconciertan muchas veces pero que es a través de la fe como podemos tener luz en los caminos de Dios! ¡Ayúdame, María, a acrecentar mi fe porque Tú eres la sabiduría plena! ¡María, Madre de la Sabiduría, dame la luz para ser capaz de aceptar todo aquellos que Dios espera de mi! ¡María, eres Trono de la Sabiduría, porque por medio de Tí diste a la vida la Sabiduría eterna de Dios en forma de tu Hijo Jesucristo! ¡Gracias, María! ¡Señora, Trono de la Sabiduría, porque con tus sabias enseñanzas repletas de amor y de bienaventuranza llenas nuestra vida con la verdad de Cristo! ¡Gracias, María! ¡María, Trono de la Sabiduría, que nos llevas con tu caminar a los misterios de Jesucristo! ¡Gracias, María! ¡Quiero amarte más, María, conocerte mejor, Madre; entregarme más a Ti, Señora, porque cuanto más te ame, te conozca y me entregue a Ti más amaré, conoceré y me entregaré a tu Hijo Jesucristo!

Del compositor franco-flamenco Pierre de Manchicourt propongo deleitarnos con su bellísimo motete dedicado a María: vidi speciosam.

Heridas que no cicatrizan

En mi rodilla derecha todavía se observa la cicatriz de un grave accidente que sufrí hace unos años. Mi hijo pequeño me pregunta por ello. «¿Qué te pasó, papá?» Regresa a mi mente el recuerdo de aquel aciago día. Sucede lo mismo con las viejas heridas que piensas han cicatrizado pero permanecen abiertas.
Circunstancias que tuvieron lugar tiempo atrás: situaciones mal evaluadas, malas interpretaciones, traiciones, palabras que hirieron profundamente… todo ello provoca sentimientos dolorosos que ni el tiempo ⎯gran provisión de rencor en el corazón, en el fondo⎯ logra borrar. Si aquel me dijo, si el otro dejó de decir, si aquel actúo así, si el otro no tenía que haber actuado…
Un ejecutivo me contaba el otro día como había logrado perdonar a su madre por un rechazo que pensaba tenía desde pequeño. En la madurez de su vida, cumplidos ya los cincuenta, había comprendido en gran parte el dolor que llevaba también su madre en el corazón y que le había llevado a actuar así. El amor que había vertido sobre ella le había permitido perdonar sus acciones y el dolor sentido que tenía hacia su madre. Pero no podía negar que las palabras y las actitudes de su madre habían provocado en él una gran inseguridad personal que se trasladaba a las relaciones con los demás. Había crecido en la inseguridad y en la inseguridad se movía provocando un enorme miedo a ser rechazado y, en esta actitud tan introvertida, su actitud era de constante enojado con el mismo y con los demás.
En un retiro celebrado recientemente Dios llevó a su corazón una nueva esperanza. En un dibujo que le habían regalado en el que aparecía un niño pequeño abrazado a su madre se podía leer esta frase de san Pablo en la Carta a los Filipenses: «Estoy firmemente convencido de que aquel que comenzó en Ti la buena obra la completará hasta el día de Cristo Jesús». Más claro, imposible. ¡Qué capacidad del Espíritu Santo para hablar a lo profundo del corazón!
Cuando Dios llama a la puerta del corazón porque está interesado en ocupar un lugar preponderante en él algo cambia en el interior. Principalmente, porque una vez habitando en el corazón su trabajo consiste en cambiarlo para transformar al hombre en alguien nuevo. Dios no sólo es quien ayuda al perdón, es el que libera al hombre de su vergüenza, de su inseguridad y del engaño que le impide ser lo que es la voluntad de Dios.

orar con el corazon abierto

¡Señor, en tu Pasión me enseñas como perdonar por amor, como olvidar con humildad las ofensas que haya recibido! ¡Concédeme la gracia, Señor, de escrutar a fondo mi corazón y descubrir si todavía quedan resquicios de una ofensa no perdonada o de alguna amargura que no he logrado olvidar!  ¡Señor, lávame de mis pecados y límpiame de toda iniquidad! ¡Dame un corazón grande para olvidar las ofensas recibidas! ¡Haz que me convierta en testigo alegre de paz, de armonía, de fraternidad y de concordia! ¡Tú, Señor, has prometido continuar tu trabajo en lo más profundo de mi corazón; entra pues y transfórmalo con la fuerza de Tu Santo Espíritu! ¡Permíteme avanzar cada día a tu lado y perdonar todo aquello que se haya pronunciado o hecho contra mí! ¡Ayúdame, Señor, a rechazar todos los sentimientos de vergüenza o desilusión que me puedan embargar a causa de estas situaciones! ¡Dame la fuerza de ser auténtico en mi vida de cada día! ¡Acepto con profundo amor la sanación que me otorgas y te pido que me llenes con la fuerza de tu Santo Espíritu!

Sana mi herida, es la súplica que hacemos hoy al Señor:

Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma

Amar parece fácil pero no lo es. Exige renuncia y no siempre está uno dispuesto a darla. Exige dedicación y no siempre se está dispuesto a sacrificar el tiempo por el otro. Exige escucha y no siempre se buscan espacios para atender la necesidad del otro. Amar con el corazón y de manera sensible, por tanto, no parece tarea sencilla. Jesús, que conoce mejor que nadie lo que anida en nuestro corazón también dice: «No todo el que exclama. ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en el cielo». Sentencia turbadora.
La voluntad es una de las grandes potencialidades del alma humana. No es posible amar a Dios de boquilla; mientras la boca dice una cosa la voluntad hace la contraria. Es la contraposición entre el deseo y el someterse a la voluntad de Dios.
Amar desde el corazón es poner todo el pensamiento en Dios, es asimilar en lo profundo del corazón el misterio del Amor divino. Es entender que el hombre tiene la dicha de amar porque Dios mismo nos amó primero como parte viva de su creación. Nada creado por Dios queda abandonado a su amor. Y la clave de ese amor es Jesucristo: «Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo por amor».
Amar al Señor tu Dios con toda tu alma. Por la propia naturaleza del hombre, humanamente parece imposible. Eso implica amar con el corazón, con el entendimiento, con la memoria, con los sentimientos, con la voluntad puesta al servicio de Dios. Amar amando la Verdad no los engaños del mundo porque cuando amas al mundo y las cosas que hay en el mundo difícilmente puedes amar a Dios. Amar con la lógica de la caridad, dándose a los demás con un amor sincero, generoso y entregado con un corazón capaz de ver donde es necesario el amor y actuar en consecuencia. ¡Qué gran lógica y como tiene que transformarse mi mentalidad según los criterios de Jesús!

orar con el corazon abierto

¡Señor, creo en Ti, creo en tu capacidad de amar, creo que eres la luz que cada día ilumina mi caminar, creo en la lógica de la caridad aunque tantas veces me cueste darme a los demás y amar con el corazón! ¡Señor, soy plenamente consciente de que no siempre escojo el camino correcto y me alejo de Ti! ¡Padre Dios, soy consciente del amor que sientes por mí y quiero corresponder a este amor con el testimonio de mi fidelidad en los momentos de prueba y de lucha interior! ¡Soy testigo, Padre, de tu enorme misericordia, compasión y gracia fruto de tu amor! ¡Quiero amarte, Señor, con lo que soy y lo que tengo! ¡Quiero amarte a Ti a través del prójimo! ¡Quiero amarte con toda mi alma para hacer de ti toda motivación para mi buen obrar sabiendo que todo lo hago por Ti! ¡Quiero amarte con toda mi alma porque quiero ofrecértelo todo a Ti, Señor! ¡Quiero amarte con toda mi alma, Señor, porque quiero darle un valor sagrado a todo lo que soy y quiero hacerlo en ofrecimiento a tu amor!

Merece la pena escuchar hoy esta bellísima pieza para trompeta y voz fuente divina de amor:

Da gracias, es la voluntad de Dios

Abro el Nuevo Testamento en busca de una palabra que abra en mi oración de hoy el corazón. Surge de la Primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses este consejo crucial: «Da gracias en toda ocasión, porque esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús».
Tener un corazón agradecido no es una cuestión opcional para quien desea seguir la voluntad de Dios en su vida.
Tomo solo un minuto para pensar en las palabras que durante el día de ayer salieron de mi boca. Lamentablemente, la mayoría de ellas, producto de las preocupaciones y la carga laboral estresante, estuvieron cargadas de quejas y de murmullos de reprobación. En pocas ocasiones reflejaban un corazón agradecido a Dios y a los demás. Ni siquiera por las bendiciones más pequeñas e insignificantes de la jornada.
La voluntad de Dios es que tenga un corazón abierto al agradecimiento. En todas las esferas de mi vida. Y el Espíritu envía la Palabra. Da gracias en toda ocasión, porque esta es la voluntad de Dios. ¡En todo! ¡Gracias porque Él siempre está allí para fortalecernos, guiarnos, liberarnos y llenar nuestros corazones con su alegría!
Cuando uno se muestra agradecido al mismo tiempo se vuelve más sensibles a su guía en todas las esferas de su vida.
Así que hoy paso página del ayer y le pido al Espíritu que transforme mi corazón. Le pido un corazón agradecido que abra nuevos horizontes a mi vida y que me ayude a seguir Su voluntad viviendo con el corazón abierto y lleno de esperanza para que pueda dirigir cada uno de mis pasos conforme a su voluntad.

orar con el corazon abierto

¡Padre bueno, maestro de misericordia y de infinito amor, gracias por recordarme la importancia de tener un corazón agradecido! ¡Te pido perdón por dar cabida a mi corazón a la queja, a los lamentos y a los murmullos de desaprobación en lugar del agradecimiento perpetuo por lo que haces por mi! ¡Por el poder de tu Santo Espíritu, acude a mi corazón; ven y ayúdame a darme un espíritu en el que reine la alegría y el agradecimiento! ¡Abre, Padre, mis ojos para que pueda ver como nunca antes todas las cosas buenas que me otorga tu infinita misericordia! ¡Concédeme la gracia de reconocer la fuerza y ​​la guía que a través del Espíritu Santo me ofreces cada día y muéstrame las bendiciones que doy por sentadas y me ayudan a cultivar un espíritu agradecido! ¡Te doy gracias con el corazón abierto revelarme esta dimensión de tu voluntad!  ¡Enséñame a mostrarme siempre alegre, a orar constantemente y a darte infinitas gracias por todas las circunstancias que rodean mi vida! ¡Las acepto, Señor, como tu voluntad para mi vida sencilla! ¡Mi único anhelo es alegrar tu corazón y derrotar el poder del enemigo en mi vida que me impide tener un actitud de alegre contentamiento! ¡Y a Tí, Jesús, me quiero parecer como obedecías a Dios sin queja alguna! ¡Convénceme Tu, Señor, cuando la queja aparezca por mi boca y dame tu actitud de humildad y de aceptación!

Acompañamos la meditación de hoy con un hermoso canto de la Iglesia Ortodoxa Rusa:

 Sonrisas entre caras sombrías

«Alegre la mañana que nos habla de Ti». Escuchaba ayer esta canción cuando faltaban quince minutos para las siete de la mañana mientras tomaba el metro que me conducía al aeropuerto. Los vagones de tren estaban abarrotados de personas que se dirigían a sus puestos de trabajo. Mi corazón está alegre porque la mañana me habla de Cristo. Es la música que había seleccionado antes de rezar los misterios del Rosario que correspondían al día de ayer.
Observo los rostros a mi alrededor. La seriedad es la tónica común. ¿Son conscientes todos estos compañeros de viaje de que Dios les ama, de que Cristo se hace presente en ese momento en su vida? ¿Son conscientes, verdaderamente conscientes, de que tienen el privilegio de ser hijos de Dios, revestidos de su gracia, de su amor y de su misericordia? ¿Saben que son templos del Espíritu Santo que irradia en ellos las gracias de su amor?
¡Qué privilegio sentirse amado por Dios! ¡Qué privilegio sentirse alegre en esta mañana que me habla de Él! ¡Que privilegio de sentirse envuelto en la gracia de Dios! Como la de estos viajeros mi vida tampoco es sencilla pero me ayuda a sobrellevar las cruces cotidianas.
La certeza profunda de sentirme amado por Dios genera en mi pobre corazón una esperanza firme, real, intensa, viva; una esperanza que me otorga el valor de caminar convencido de que Él me acompaña en mis pruebas, en mis dificultades y en mis fracasos pero también en todos mis pequeños triunfos que no son propiamente míos sino fruto de su benevolencia y de su amor.

orar con el corazon abierto

¡Qué privilegio sentirse amado por Ti, Señor! ¡Que privilegio sentirse envuelto en tu gracia! ¡Gracias, Señor, por tu bondad, por tu amor y por tu misericordia! ¡Enséñame, Señor, a vivir en una permanente acción de gracias; no permitas que mis lamentos salgan de los labios cuando las cosas no salen como las tengo previstas! ¡Te doy gracias, Señor, por el regalo de la vida que, aunque a veces está jalonada de cruces, tu la llenas de amor y de bendiciones! ¡Gracias, Señor, por ese amor que lo impregna todo, cuidándome de día y de noche! ¡Gracias, Señor, por mi familia, por mis amigos, por mis compañeros de comunidad de oración, por los compañeros de trabajo y por todas aquellas personas que has ido poniendo a mi lado a lo largo de la vida! ¡En esta oración, Señor, pongo ante tu corazón misericordioso a los que no creen en Ti para que el Espíritu Santo les llene de gracia y puedan sentir en algún momento tu amor lleno de ternura y paz y corran a tus sagrados brazos para que les hagas sentir tu protección y la calidad de tu misericordia! ¡Espíritu Santo de Dios te ruego les haga ver siempre la verdad!

Alegre la mañana que nos habla de ti:

¿Soy consciente de mi propia debilidad? 

Las personas somos débiles. Diría, incluso, que muy débiles. Aparte de que enfermamos fácilmente, nos afecta sobremanera todo cuanto acontece a nuestro alrededor. No son pocas las ocasiones que somos incapaces de controlar nuestros propios instintos. Se nos desboca el carácter. Fallamos y nos equivocamos con relativa frecuencia y ¡cuanto cuesta reconocerlo!, el miedo nos embarga ante lo que nos pueda suceder. Las dudas nos sobrevienen al igual que el sufrimiento. Las circunstancias de nuestra vida nos hacen tropezar una y otra vez. A veces tratamos de ocultar estas debilidades o, simplemente, las postergamos. Incluso odiamos reconocer su existencia… la realidad nos recuerda permanente quienes somos.
Sin embargo, Dios declara que cuando uno le invita a estos espacios donde se hace presente la debilidad, ¡acaban por convertirse en el punto de entrada de ese increíble y sorprendente poder que ejerce en cada uno! ¡Menuda promesa la de Dios!
¿Y cómo debo actuar en la debilidad? No dejándome arrastrar por el temor, más al contrario poniendo toda mi confianza incondicional en Dios, como el mismo Cristo enseñó: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza». ¡Cuánto me cuesta contemplar en mi vida la verdad de esta Palabra y verla hecha realidad! ¿No será que, en mi debilidad, me cuesta realmente creer que Dios me ama de verdad?

orar con el corazon abierto

¡Te doy gracias, Padre Celestial, porque tu asombrosa gracia es suficiente para cubrir todas las áreas de debilidad que asoman en mi vida y en mi carácter! ¡Te doy gracias, Dios de bondad, porque todas mis debilidades, aunque me son difíciles de admitir, son el punto de entrada de tu gracia y de tu inmenso y misericordioso poder! ¡Concédeme la gracia, por intercesión del Espíritu Santo, de cambiar la manera en que vislumbro mis debilidades, de reconocerlas sin temor y cómo cambiarlas! ¡No permitas que la incertidumbre, ni el miedo, ni la falta de autenticidad traten de esconderlas o cubrirlas, sino que con la fuerza de tu Santo Espíritu, tome mi debilidad y Tu la llenes con tu poder!! ¡Confía, Señor, que por medio de tu Santo Espíritu trabajarás en mi!

Te alabo en verdad, cantamos hoy:

¿De qué te puedo dar gracias, Dios mío?

Hoy en la oración me he propuesto buscar las razones por las que debo dar gracias a Dios. En el silencio de la oración he cerrado los ojos y he abierto el corazón. «¿De qué te puedo dar gracias, Dios mío?» Por la pequeñez de mi corazón pensaba que no me saldrían más de diez razones pero por influjo del Espíritu Santo las gracias han salido a borbotones. Gracias en primer lugar porque por tu gran amor porque eres el Amor. Gracias por la vida, por mi vida y por la vida de los que me rodean. Gracias por el pan nuestro de cada día. Gracias por la salud. Gracias por la esperanza que me das, porque confortas mi alma, me llenas de confianza y eres mi sustento. Gracias porque me perdonas los pecados y tienes misericordia de mi. Gracias porque me has dado a Jesús, Tu Hijo, que ha salido triunfante de la muerte en la Cruz. Gracias por la fuerza que tiene la Cruz, incluso mis cruces cotidianas. Gracias porque como cristiano soy vencedor con Jesús. Gracias por la santa Iglesia católica, próspera por la fuerza que le otorga el Espíritu Santo. Gracias, también, por el Espíritu Santo que nos purifica, renueva e ilumina. Gracias porque el Espíritu Santo mora en mí y me puedo convertir en templo en el que Tu te sientas a gusto. Gracias porque Tu Palabra alumbra mis oscuridades. Gracias por la institución de la Eucaristía que cada día puedo vivir con pleno amor. Gracias porque siempre haces que lo imposible se haga posible. Gracias porque perdonas mis pecados. Gracias porque puede reposar en tu presencia. Gracias porque llenas de alegría mi vida. Gracias por esa fuerza que me otorgas a pesar de mi debilidad. Gracias por cada una de las lágrimas que has ido enjugando con cada uno de mis pesares. Gracias por permanecer a mi lado cuando estoy convencido de que estoy solo. Gracias por cada minuto de vida, cada día que avanza, cada rayo de sol o gota de agua, cada presencia tuya en el caminar de cada día. Gracias porque Tu amor es infinito y sin ese amor nada tiene sentido. Gracias porque no permites que la tristeza ni la desazón llenen mi corazón. Gracias por no miras la apariencia sino el corazón y sabes que, pese a mis faltas y caídas constantes, yo te amo de verdad. Gracias porque siendo pecador me abres el camino hacia el reino celestial. Gracias porque me ayudas a limpiar mi corazón de toda maldad.  Gracias porque me libras de los engaños del diablo. Gracias porque me has dado la fe. Gracias porque me rodeas con tus favores. Gracias porque enderezas mi camino. Gracias por ayudarme a sostener las cruces cotidianas. Gracias por mi sustento cotidiano. Gracias porque me ayudas a ser justo con los demás. Gracias porque conoces mis derrotas y mis triunfos. Gracias porque tu misericordia recae cada día sobre mí. Gracias porque me permites caminar conforme a tu Espíritu. Gracias porque me levantas cuando caigo. Gracias porque eres la luz que ilumina mi camino. Gracias porque llenas mi corazón de alegría. Gracias escuchas siempre mi oración. Gracias porque me cuidas cuando me acuesto y me levanto. Gracias por las personas que has puesto a mi lado en el peregrinaje de la vida. Gracias porque tu Palabra es alimento de vida. Gracias porque soy heredero de tu reino. Gracias porque puedo ser uno en tu Hijo Jesucristo. Gracias porque me has escogido para ser uno de tus hijos amados. Gracias porque me ayudas a librarme del egoísmo y la soberbia. Gracias por limpias mi corazón en la confesión. Gracias por que me permites poner mi conciencia frente a Ti. Gracias por me muestras la senda correcta de la vida. Gracias porque a tu lado todo es plenitud. Gracias porque está siempre atento a mis súplicas. Gracias porque en Ti todo es amor…
Dios me ama. Dios me cuida y me protege. Sus manos están abiertas para acoger mis súplicas y mis gracias. Sin embargo, hay ocasiones que mi corazón está frío, duro como una piedra, incapaz de emitir palabras de agradecimiento; de mi interior no brota el amor. ¡Con cuanta frecuencia descubres que está revestido de pequeñez, tapizado de sencillez, ataviado de insignificancia, cubierto de fragilidad y repleto de autosuficiencia! ¡Y aún así Dios te ama! Por eso hoy, y mañana, y pasado mañana, y siempre no puedo silenciar los muchos motivos que tengo para darle gracias al Dios que me ha dado la vida. ¡Gracias, Dios mío, por tu amor y misericordia!

orar con el corazon abierto

Gloria a Dios en el cielo,
y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.
Por tu inmensa gloria te alabamos,
te bendecimos, te adoramos,
te glorificamos, te damos gracias,
Señor Dios, Rey celestial,
Dios Padre todopoderoso Señor,
Hijo único, Jesucristo.
Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre;
tú que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros;
tú que quitas el pecado del mundo,
atiende nuestra súplica;
tú que estás sentado a la derecha del Padre,
ten piedad de nosotros;
porque sólo tú eres Santo,
sólo tú Señor, sólo tú Altísimo, Jesucristo,
con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre.
Amén.

Hoy la Iglesia celebra la festividad de Santa Teresa de Jesús. Hemos leído y orado tantas veces con su poema Nada te turbe. En momentos de dificultad lo ponemos en nuestro corazón conscientes de que Dios está por encima de todo. Lo añadimos de nuevo para llevarlo al corazón para darle gracias también a Dios porque no nos abandona nunca:

Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda,
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene
nada le falta.
¡Sólo Dios basta!

Gloria, gloria, aleluya:

María mírame porque Él me mirará

Segundo sábado de octubre, mes del Rosario, con María en el corazón. Una de mis canciones favoritas dedicadas a la Virgen es María, mírame. Durante el rezo del Santo Rosario uno siente la mirada de María. Ella toma de su santísima mano nuestros propios miedos porque somos sensibles a las incertezas de la vida y nos dificulta el caminar solos. Pero ahí está María, la Madre que consuela, la Reina que llena nuestra vida. Es tal la fuerza de su presencia en el corazón que basta una mirada suya para comprender lo que uno necesita. En ese María, mírame se resume la grandeza de su omnipotencia. En ese María, mírame se condensa su poder de intercesión. A ella le puedes entregar tu matrimonio, tus hijos, tu familia, tu trabajo, tus amigos, tus anhelos, tus ilusiones, tus preocupaciones, tu enfermedad, tus desvelos, tus proyectos, tu economía… Ella te mira con amor, lo acoge todo con amor y lo eleva al Padre por medio de Jesucristo su Hijo. Es un gran consuelo saberlo y experimentarlo porque no hay petición que surja del corazón que María no la haga suya. Y no hay ofrecimiento de María que Dios no lo acoja con alegría porque Ella es la preferida de Dios como constató al elegirla Madre de Cristo.
En ese María, mírame puedes pedirle el milagro para tu vida. Ella no lo negará. Uno le puede pedir su propio milagro de Caná porque en su corazón Ella ya sabe lo que necesitas. En ese María, mírame Jesús también te mira porque María te conduce a Jesús. Cada vez que miras a María, miras a Jesús. Cada vez que piensas en María, Ella piensa en Dios por ti. Cada que veneras a María, veneras también a Jesús. Cada vez que oras a María, estás orando a Dios.
María mira a todos desde el cielo. Ve tus propias faltas, tu miseria y tu pequeñez pero al mismo tiempo es capaz de ver en cuanto amor hay en tu corazón.
No necesito muchos argumentos para convencerme de lo que María, la Madre, implica en mi salvación. No necesito muchas razones para sentir su mirada y la ternura de su amor. Me siento reconfortado porque Jesús me la ha dado como Madre y Ella me dice cada día: «Si buscas a Jesús, mírame a mi. Si buscas a Jesús, búscalo entre mis brazos en Belén, en Nazaret o en el Gólgota. Y si me lo pides, yo te llevaré a Él».

orar con el corazon abierto

¡María, Madre de Dios y Madre nuestra, eres toda belleza, mírame! ¡Que seas siempre me espejo, Señora! ¡María, mírame, y llévame a Jesús! ¡Renueva en mi el deseo de ser santo, que en cada una de mis palabras resplandezca siempre la verdad, el deseo de hacer el bien, la generosidad, que cada una de mis obras sea un canto a la caridad y la autenticidad, que en mi cuerpo y en mi corazón sólo quepa la pureza, que mi vida sea un reflejo del esplendor del Evangelio! ¡Mírame, Madre, y ayúdame a estar siempre atento a la llamada de Tu Hijo, a escuchar la voz del Padre, a estar muy atento a las necesidades de las personas que me rodean, a atender con generosidad al sufrimiento de los enfermos y los necesitados, que no me distraiga ante la llamada del oprimido y no sea indiferente a la soledad de los que pasan por mi lado! ¡Mírame, María, porque quiero cambiar mi modo de ver, sentir, pensar y obrar imitándote a Ti! ¡Mírame, María, porque quiero ver las cosas con tus mismos ojos, ver el mundo como lo ves Tu, quiero sentir como sientes Tu, quiero amar como amas Tu! ¡Mírame, María, porque si tu me miras Él también me mirará!

María, mírame:

En lo pequeño, lo grande

Cuesta en ocasiones entender que en lo pequeño reside la grandeza de las cosas. Y que aquello que se hace desde el silencio, desde lo invisible de la vida, desde el más profundo anonimato, tiene siempre mucho más valor porque es producto del amor.
La vida es una concatenación de pequeños detalles basados en el amor. Lo que mejor alimenta el corazón ⎯y el alma⎯ son los afectos. Los auténticos y genuinos. Personalmente el título del que mayor orgullo siento es el de esposo, padre, hijo, amigo… porque con esos con los que convivo y pongo a prueba mi capacidad de amar (aunque no siempre con acierto). En la universidad de la vida nadie te coloca el birrete de licenciado porque no hay más escuela que la propia vida para ir aprendiendo cada día. No existe manual teórico. Ni textos clásicos a los que acudir. Aunque sí un Maestro del que aprender. Él es el que muestra que el camino no se encuentra ni en el cielo ni la tierra sino en el centro de ambos: en el corazón mismo de cada uno. Él es el primero en practicar el mandamiento del amor. Es quien recuerda que mi yugo es suave y mi carga ligera y nos ayuda a portarla a su lado.
Sus enseñanzas recuerdan para que ser grande hay que ser humilde; ser uno mismo en la sencillez del corazón. Que la aspiración de la felicidad propia y ajena pasa por el amor. Que todo lo que hago tiene como finalidad el otro; que todo trabajo que realizo tiene que estar planteado como servicio; que cada palabra que pronuncio tiene que ser de consuelo o de iluminación. Que todo tiene que radicar en la fidelidad a la voluntad del Padre, mediante el don de uno mismo como Él mismo hizo.
Jesús condenó con firmeza la vanagloria humana. Reprochó obrar para ser visto por el hombre porque eso socava toda la autenticidad humana.
Jesús era el más grande y poderoso pero se abajó a si mismo para darse en la Cruz. Esa es la lección de humildad y de amor más extrema. Esta es la gran propuesta para la vida: ser grande es ser pequeño siervo de los demás para convertirnos en eficaces testimonio de amor. ¿En qué fallo entonces?

orar con el corazon abierto

¡Te reconozco, Señor, que tantas veces en mi vida he obrado por mero egoísmo, por el anhelo de tener o de disfrutar de ciertos privilegios y que el amor ha estado ausente de mis actos! ¡Perdóname, Señor, porque Tú conoces lo que anida en lo más profundo de mi corazón! ¡Concédeme un corazón nuevo, un corazón que sepa amar y entregarse, que sea sensible a las necesidades de los demás y generoso con el prójimo, un corazón que se conmueva con el sufrimiento del hermano y pacificador para sembrar paz y concordia! ¡Dame, Señor, un corazón siempre limpio que no actúe con dobles intenciones y que promueva siempre la verdad aunque eso traiga consecuencias! ¡Dame, Señor, un corazón que ame intensamente, que dispense alegría por doquier, que te alabe cada día, que de testimonio de tu fidelidad y de tu misericordia! ¡Dame, Señor, un corazón humilde y sencillo que sepa agradecerte cada día los regalos que me ofreces! ¡Hazme, Señor, ser consciente de mi pequeñez y de mi pobreza para que, acercándome cada día a Ti, sea capaz de crecer humana y espiritualmente! ¡Dame, Señor, tu capacidad de amar porque mi corazón es de piedra y tengo mucho que aprender para cambiar mi vida!

Cristo eres tu, cantamos hoy:

Cerca de Cristo en la Escritura

Le comento a un conocido que si desea conocer a Jesús y las circunstancias que rodearon su vida que lea el Evangelio. Cuando profundice en sus páginas conocerá a Cristo. Y podrá amarlo. Y en ese encuentro personal podrá sentir su corazón, sus miradas, su amor, su generosidad, sus virtudes, su perdón, su belleza, su misericordia, su voluntad, su manera de orar, su poder, su trato con los hombres… todo está resumido en las páginas del Nuevo Testamento. Así que si uno no conoce en profundidad las Escrituras difícilmente puede conocer a Jesús. No se puede penetrar en el sentido vivificador de los milagros de Cristo, de sus mensajes y de su propio misterio y sacar fruto de todo ello si no se busca una unión íntima y estrecha con Él. No se puede ser discípulo eficaz de Cristo sin un conocimiento profundo de su vida.
Las páginas del NT no son como me decía esta persona «una novela de hechos inverosímiles difíciles de creer» porque son inspiración del Espíritu Santo; son el compendio vivo de las enseñanzas de la vida terrena del Hijo de Dios. En cada párrafo de estas páginas sagrada habla el mismo Cristo; así con ellas y desde ellas uno puede hacer oración. Con su lectura uno puede acercarse a su Sagrado Corazón. Profundizando en ellas recibe la luz que ilumina el camino a seguir.
Cuando conoces las escrituras conoces a Cristo y entras en el misterio de su Verdad. Nadie que contemple con fe la verdad revelada puede dejar de vivir en gracia. Cada palabra, cada párrafo y cada página del Evangelio son un modelo de contemplación que nos permite aplicar sus enseñanzas en la vida concreta de cada día.
La pregunta que me surge hoy: ¿En qué medida amo las Escrituras y aplico en mi vida cotidiana la singularidad de sus enseñanzas? ¿Soy consciente de que Cristo se hace presente también en mí en la lectura consciente, sosegada y profunda de las textos sagrados? Porque si no es así algo falla en mi encuentro con el Señor.

Open bible with rosary beads on wooden table

¡Señor, el salmo canta de manera hermosa aquello de que meditaré tus leyes y tendré en cuenta tus caminos, por eso quiero centrar toda mi vida en Ti para seguir tus sendas! ¡En las Escrituras Tu me hablas directamente al corazón por eso te pido que me hagas entender tu camino y tus enseñanzas; concédeme la gracia de saber lo que quieres de mí, lo que me apuntas en cada lectura! ¡Espíritu Santo dame la sabiduría para entender lo que Jesús me comunica a través de Su Palabra! ¡Hazme ser uno contigo, un personaje más de tus Evangelios, Señor, y hazme entender todo lo que brota de tu corazón, de tus palabras, de tu mirada y de tus gestos! ¡Hazme ver también, Señor, todo lo que haces en mi vida; como me has salvado tantas veces, todas las oportunidades que me ofrecen, todas las buenas nuevas que me traes, todo lo que he aprendido de tí y de los demás! ¡Quisiera, Señor, meditar bien cada pasaje para entender y recordar quien eres para mí, para que mi corazón se incline hacia Ti para adorarte! ¡Espíritu Santo de Dios, concédeme la gracia de elevar mi mirada hacia ese Cristo salvador que es dechado de virtudes! ¡No permitas que mi corazón, soberbio y egoísta, se deleite más que en la Palabra de Cristo y haz que le dé siempre el enfoque correcto para crecer humana y espiritualmente! ¡Ayúdame a seguir las enseñanzas de Cristo y hacer conforme a lo que está escrito! ¡Dame la fuerza espiritual para seguir a Jesús con todas las consecuencias, para obedecerle siempre, para abandonar mis pecados y mis faltas y dame la gracia de caminar cada día como auténtico seguidor de Cristo!

Hoy celebramos la advocación de la Virgen del Pilar. María es la columna que sostiene nuestra vida cotidiana y a la vez el pilar que une la tierra con las puertas del cielo. A Ella nos encomendamos hoy para que solidifique nuestra vida y nos convierta en columnas de la Iglesia de Cristo.

Escuchamos hoy el Himno a la Virgen del Pilar:

os en su esfuerzo por edificar el reino de Dios.