¡Misericordia quiero y no sacrificio!

«Si comprendierais lo que significa «quiero misericordia y no sacrificio», no condenaríais a los que no tienen culpa». Me impresionan estas palabras de Cristo. Hoy llegan a lo más profundo de mi corazón porque he abierto la Biblia en busca de una palabra y he comprendido la gran actualidad que tienen estas palabras del Señor. Pronunciadas hace más de dos mil años son de una rabiosa actualidad.
¡Misericordia quiero y no sacrificio! ¡Qué sencillo es condenar a alguien y que complicado es comprender su realidad! ¡Que difícil es ser misericordioso y cuánto cuesta perdonar! ¡Cuánta carencia de misericordia en el corazón que nos lleva a juzgar, condenar, criticar y minusvalorar al prójimo! ¡Nuestra falta de misericordia nos convierte en abogados de la «verdad», jueces estrictos de la ley, faltos de amor ante cualquier circunstancia o situación! ¡Cuánto vacío en el corazón que nos impide comprender a los demás y qué ceguera para mirar en nuestro propio interior! ¡Nos convertimos en «los intocables» de la verdad porque hablamos en nombre de la justicia pero en nuestras miradas falta el amor, en los sentimientos la comprensión, en las manos el acogimiento y en el corazón la misericordia!
Miramos al que ha errado, al que se ha equivocado o al que ha pecado con desprecio o indiferencia como si el pecador no pudiera cambiar nunca su comportamiento y tener que cargar de por vida con la culpa encima. Convertimos a muchos en leprosos sociales pero olvidamos que Jesús impuso sus manos sobre tantos enfermos de cuerpo y de alma, que hizo bajar a Zaqueo del árbol para entrar en su casa, que a la mujer adúltera le recondujo hacia el bien y tantos ejemplos que podríamos recordar. En todos los casos Jesús se acerca a ellos, personas vulnerables y estigmatizadas, para dignificarles gracias a su fe.
¡Misericordia quiero y no sacrificio! Hoy quiero llenar mi vida de la bondad de Jesús. Poner el amor en el centro de todo, que sea el corazón el que haga latir mi vida cristiana. Que la misericordia sea hija de mi amor por los demás. Hacer que mi corazón se llene de bondad, que mis actitudes y sentimientos, que mi forma de actuar y de sentir me convierta en alguien más compasivo y misericordioso. Entender que por encima de las normas está el bien del ser humano. Eso me impide crucificar al prójimo relegándolo en nombre de Dios porque por encima de la condena está el consolar, el atender, el aliviar y el perdonar.

orar con el corazon abierto

¡Señor, me dices misericordia quiero y no sacrificio! ¡Haz, Señor, que el error del prójimo lo mire con misericordia para demostrar que Tu te haces presente en mi corazón! ¡Quiero dar las gracias que recibo de Ti a los demás! ¡Yo te amo, Señor, y este amor que tu sientes por nosotros, tu misericordia y tu compasión quiero hacerla mía para darla los demás! ¡No permitas, Señor, que la rutina de mi vida y las normas abonen mi orgullo para ver solo lo negativo de los demás y que eso me impida responder a la vida llena de amor que nos envías por medio de tu Santo Espíritu! ¡Hazme comprender, Señor, que el fluir de la vida divina tiene su máxima expresión en el amor y la Misericordia que siento por los demás! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a expresar el amor hacia los demás de acuerdo con tu plan divino porque tu nos recuerdas que estamos hechos para las obras buenas! ¡Ayúdame a amar como amas Tu; haz que el Espíritu Santo llene mi vida y me otorgue entrañas de amor y misericordia! ¡Haz, Señor, que el Espíritu Santo me transforme para que mis ojos sean misericordioso, mis oídos sean misericordiosos, mi lengua sea misericordiosa, mis manos sean misericordiosas, mi corazón sea misericordioso y todo mi ser se transforme en Tu misericordia para convertirme en un vivo reflejo tuyo! ¡Que Tu misericordia, oh Señor, repose dentro de mí!

Del compositor escocés James MacMillan escuchamos su motete Sedebit Dominus Rex:

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Dar valor a mi relación con Dios

El pensamiento de Cristo al contemplar la Cruz que le llevará a la muerte es que pudiera glorificar a su Padre. ¡Glorioso pensamiento porque es una invitación a que sea también el deseo de mi propio corazón!
Este es pensamiento que me invade hoy: ¿Por qué al levantarme cada día a pesar de dar gracias por la nueva jornada, ofrecer los acontecimientos que se me presentan, pedir por aquellos que me encuentre durante el día, entregar mi pobre persona mi ruego no es que Dios sea glorificado como cantamos en el gloria? En definitiva, en el trajín de la vida, entre las ocupaciones cotidianas, más sencillas o más complicadas, mi anhelo como cristiano debería ser que Dios sea alabado, bendecido, alabado, adorado y glorificado.
Con tantas gentes que niegan su existencia, con tantas decisiones de responsables políticos que tratan de borrar la existencia cristiana de nuestras sociedades, con tantas personas que rechazan a Cristo y huyen de la Cruz, Dios gusta de que su nombre pueda ser glorificado por lo que es, el Amor infinito.
¿Acaso no fueron estas las palabras de María cuando saludó su prima santa Isabel: Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador!
Sabemos que ningún ser humano puede añadirle absolutamente nada a la gloria de Dios pero es mi obligación como cristiano proclamarla a la humanidad entera. En definitiva, le honro cuando le rezo en nuestras iglesias y lo adoro en mis plegarias, testifico con alegría la gran obra que realiza en mi vida y proclamo que su Palabra es santa cuando escucho las lecturas en la Eucaristía diaria y dominical.
Cada uno de mis pensamientos, mis actos, mis actitudes, mis sentimientos, mis palabras… es un motivo de dar valor a mi relación con Dios, mostrar que en mi propia sencillez puedo convertirme en un verdadero instrumento a su servicio y eso me exige glorificarlo en cada circunstancia de mi propia vida. En realidad cada uno es un instrumento al servicio de Dios y esto adquiere más dimensión cuando uno toma conciencia de que la gloria del Señor brilla sobre él.

orar con el corazon abierto
¡Padre bueno, mi alma se abre a Ti y se entrega Ti para que la penetres y la invadas con tu presencia, para que la llenes de vida, la conduzcas y la santifiques! ¡Te alabo y te bendigo, Dios mío! ¡Padre bueno, te glorifico con mi pequeña vida! ¡Te glorifico con el gran amor que siento por Ti! ¡Te glorifico, Dios mío, y exalto todos los atributos con los que te manifiestas como tu fidelidad, tu amor, tu majestad, tu poder, tu santidad, tu soberanía, tu magnanimidad, tu misericordia, tu gracia…! ¡Padre, tu me das la libertad de amarte y yo quiero hacerlo cada día con mi entrega generosa, con mi acción de gracias, con mi obediencia ciega, con mi fidelidad cotidiana, con mi servicio a los demás, con el despojo de mi mismo, con la aceptación de tu voluntad en mi vida! ¡Gracias, Padre, por todo lo que me das que no merezco! ¡Gracias, Padre, porque gozas con nuestro bien, porque deseas mi felicidad y porque me ofreces la vida en abundancia que es tu Hijo Jesucristo para que lo siga con su Palabra y lo vivifique diariamente en la Eucaristía! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque iluminas mi vida y me haces tomar conciencia de lo que soy y de que todo lo que tengo es recibido de las manos generosas de Dios no para mi propio provecho, no para abusar de ello y emplearlo mal sino para dar gloria, para desde mi beneficio darlo a los demás, para que se cumpla siempre la voluntad en mi vida y para el bien común! ¡Quiero, Padre, glorificarte con mi propia vida! ¡Que mi relación contigo, Padre, este presidida por el amor, por la experiencia personal, por el gustar de tu presencia y beber de tu Espíritu! ¡Que mi alabanza no sean solo conceptos y palabras sino sentir en mi vida la emoción y el asombro de tu presencia, tu amor y tu misericordia! ¡Configurarme, contigo Padre, con Jesús tu Hijo, y con el Espíritu Santo, pues en esta Trinidad está el camino, la verdad y la vida!

Eres todopoderoso, le cantamos hoy al Señor:

Dios me llama, me elige y me justifica

El sentimiento de desánimo es consustancial a todo ser humano, es consecuencia de los pensamientos negativos que nos embargan sobre nuestra realidad. Es habitual sentirse atrapado por el desánimo cuando las esperanzas se ven frustradas, los proyectos caen como castillos de naipes o las expectativas se ven truncadas. La desilusión es la primera reacción que altera el ánimo. Cuando esta se eterniza y perdura en el tiempo puede llegar a devenir en profundo desánimo y parece que no haya cabida para la satisfacción o la alegría.
Cada uno es rehén de su propia vida. La manera de revertir esta situación depende de cada uno. Cuando te dejas hundir por la tristeza tu alma cae en la desolación y difícilmente puedes afrontar con valentía cualquier situación que se te presente.
La mente se resiente cuando el desánimo hace mella en el corazón. Y cuando más profundo es el desánimo mayor es también la ira que llena el arca del corazón. Así, es fácil verter la responsabilidad sobre Dios o sobre ser terceras personas sino a uno mismo.
No hay circunstancia más dolorosa que manejar de manera inconveniente una frustración porque mal llevada puede llegar a convertirse en motivo de desesperanza. ¿Cuantas veces mi frustración me aleja de los demás pues a nadie le apetece estar acompañado de un permanente quejica, de un amargado e, incluso, de un fracasado?
Dios no desea para nadie actitudes auto destructivas. Solo desea que uno confié plenamente en su misericordia, incluso cuando se vea asolado por los sentimientos más tristes y por las expectativas no cumplidas. Sabemos, además, que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio. Lo recuerda muy bien san Pablo en su carta a los Romanos.
Todo lo que sucede en mi vida es un regalo de Dios para cada día; mientras peregrino por este mundo busca que me asemeje cada día a Cristo. Este es el gran propósito por el cuál Dios me —nos— ha elegido, me —nos— llama y me —nos— justifica, por mero amor y por mera gracia. Lo impresionante es pensar que en la perspectiva de Dios Él ve el futuro de cada uno glorificado en la eternidad del cielo. Si Dios nos ha entregado a Cristo, ¡cómo puedo dudar de que no nos entregará con Él cualquier cosa para hacernos sus semejantes!
Por tanto todo lo que suceda a mi alrededor debo entenderlo como un regalo de la bondad de Dios. Es parte integrante del plan que tiene ideado para mi crecimiento personal, espiritual, familiar y social.

orar con el corazon abierto

 

¡Señor, ayudarme a comprender que todo lo que sucede a mi alrededor son regalos que Tú me haces, que todo forma parte del plan que tienes pensado para mí! ¡Señor, que cada una de esta experiencias las lea desde el corazón, desde la fe y desde la confianza! ¡Hazme, Espíritu Santo, comprender que Dios conoce la historia de mi vida y que no va a permitir si pongo por entero mi voluntad que me desvíe del camino! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a vivir cada una de las experiencias cotidianas con la confianza de saber que siempre está la mano misericordiosa y amorosa de Dios! ¡Concédeme la gracia de leer la vida con espíritu crítico para darle la dimensión que merece, para entender y comprender mi propia realidad, para no quedarme en lo superficial, para dar lo mejor de mi en cada situación! ¡Dame la capacidad, Espíritu divino, del compromiso alcanzar lo que Dios quiere de mí! ¡No permitas que el desánimo me embargue antes los problemas y dificultades! ¡Ayúdame a asimilar las incertezas y ser consciente de que Dios me ama profundamente y conduce mi vida a pesar del sufrimiento y el dolor! ¡Hazme ver que cada situación que vivo es una bendición de Dios, un instrumento útil de su enorme misericordia para mi propio bien!

Y para levantar el ánimo, un ¡Celebra la vida!:

Ciudadano del cielo en la tierra

Cada día cuando escucho la Palabra de Dios en la Misa me surgen preguntas que cuestionan mi propia existencia, la realidad de mi propia vida. Las lecturas me llevan a una profundización de mi realidad como cristiano. Cuando centro mi atención en ellas en lo más profundo de mi corazón algo se remueve interiormente porque, de alguna manera, marcan parte de ese itinerario íntimo que delimita mi vida espiritual; me ayudan a crecer espiritual y humanamente y me sirven para orar después de la comunión. Aunque soy consciente de mi pequeñez en esa escucha trato de que haya un avance sereno y gradual hacia la santidad que tanto anhelo y de la que tan alejado estoy.
La santidad es la meta del camino del cristiano. Ser santo en esta vida no es sencillo. El corazón tiene excesivos apegos que te impiden progresar como realmente anhelas. Hay preguntas recurrentes que se plantea mi corazón: ¿es la santidad mi máxima aspiración? ¿A qué aspiro realmente en esta vida? ¿Me alejo con frecuencia de la Cruz de Cristo a consecuencia de mis aspiraciones terrenales? ¿Me marco ideales nobles y sueños y metas grandes? ¿Aspiro a ellas?
En ocasiones las respuestas son decepcionantes. Y lo son porque uno se deja arrastrar con frecuencia por la mediocridad y la falta de autenticidad aún cuando uno sea, como dice el apóstol Pablo, ciudadano del cielo.
¡Ciudadano del cielo en la tierra! Sí, caminamos por la vida terrera aspirando al cielo. Somos peregrinos y nuestro destino es la patria celestial. Pero esta noble aspiración no te impide dejar de lado las obligaciones y responsabilidades que tienes encomendadas. Cada uno debe mirar cuál es su meta. Disfrutar de las maravillas de esta vida, gozar de las cosas buenas que ésta nos ofrece, y ser conscientes de que la plenitud la disfrutaremos únicamente en Dios.
Así, el único que puede ayudarnos a cambiar nuestra vida es Cristo. Él es el que transforma nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa. Él es el que puede ayudarnos a borrar el egoísmo, la soberbia, la autosuficiencia y la vanidad, el considerarnos más que el prójimo, el que puede destruir la esclavitud de las pasiones mundanas y los apegos terrenales, la rutina, las envidias y los rencores… defectos todos que nos alejan de Dios y del prójimo.
¡Se trata de vivir lo que cada uno es verdaderamente: ciudadano del cielo! ¡Transformarse día a día hasta alcanzar el cielo prometido y este proceso comenzó el día mismo del bautismo!
Mi lealtad es para Dios, para el cielo. Y aunque soy consciente de que mi vida está hecha de arcilla, soy del mundo aunque cuento con la carta de ciudadanía del cielo. ¡Que esto me ayude a perseverar en la fe, fundada en fuerza del Espíritu Santo, en la humildad de Jesús y a perseverar como cuerpo de Cristo en la fidelidad de quien me llama a la gloria celestial! ¡Qué dignidad y que responsabilidad ser representante de esta ciudadanía!

orar con el corazon abierto

¡Señor, sin ti nada soy y nada puedo, nada valgo ni nada tengo; tu sabes que soy un siervo inútil pero quiero ser servidor tuyo pues soy ciudadanos del cielo! ¡Señor, hazme comprender que cualquier renuncia vital debe pasar por entregarme primero a Ti! ¡Señor, anhelo tomar opción por mí aunque muchas veces me desvíe del camino como consecuencia de mi tibieza y mi debilidad! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me de la fuerza y la sabiduría para convertirme en un auténtico seguidor tuyo sabiendo discernir lo que es mejor para mi! ¡Señor, que no tenga miedo a las renuncias mundanas y que sea siempre consciente que ser cristiano implica renunciar a cosas que pueden ser importantes pero que tienen como fin la eternidad y el encuentro con tu amor! ¡Señor, que no olvide nunca que ser cristiano no permite dobleces sino que tiene una única verdad: el encuentro contigo! ¡Señor, hazme consciente de que la santidad es un mandato tuyo, que tu voluntad es mi santificación y no permitas que me conforme a los deseos que impone mi voluntad; ayúdame a ser santo en todos los aspectos de mi vida a imitación tuya!

Ciudadanos del mundo, cantamos hoy:

Hoy mi corazón proclama a Cristo como mi Rey

Hoy domingo en la Iglesia celebramos una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, la conmemoración de que Cristo es el Rey del universo y que su Reino es el Reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia y del perdón, del amor y de la paz.
En este día mi corazón proclama que Jesús, aquel se hincó de rodillas como un vulgar servidor ante los apóstoles para lavarles los pies y que murió derramando su sangre por mí en la Cruz, es mi Rey y mi Señor. Hoy mi corazón proclama con orgullo que Cristo es mi Rey y mi Salvador, que llena mi vida con su divinidad y que me siento profundamente unido a Él, camino de verdad y de vida.
Hoy mi corazón proclama con alegría que ese Rey y Señor es la luz que guía mi camino y quiero alabarle por siempre, quiero exclamar a los cuatro vientos que a «Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos».
Hoy mi corazón proclama que siento la Cruz como el signo paradójico de su realeza y que su ley es cumplir la voluntad del Padre por amor.
Hoy mi corazón proclama que estoy dispuesto a seguir siempre a ese Rey y Señor cuyo poder no es terrenal sino divino, el poder de dar la vida eterna, de liberarnos del mal y de vencer la muerte y el pecado. Que su ley es la ley del Amor capaz de transformar los corazones para llenarlos de paz, amor y esperanza.
Hoy mi corazón proclama que ese Cristo que es mi Rey y mi Salvador es el auténtico testimonio de la entrega y que su bandera es la de la verdad y de la justicia y que seguirle a Él no me garantiza la seguridad según los criterios arbitrarios de nuestra sociedad pero me garantiza la alegría de lo que soy y la seguridad de la paz interior porque Él anida en mi corazón.
Hoy mi corazón proclama que Cristo es mi Rey y mi Salvador y que se quiere gloriar en obedecer sus mandatos y seguir su Palabra porque el fin es vivir con Él en el cielo prometido.
Hoy mi corazón proclama que Jesús es mi Rey y mi Salvador y que anhelo impregnar toda mi vida de las enseñanzas de Su Evangelio, transitando por los caminos de la humildad y la sencillez y no por los del orgullo y el egoísmo; de la virtud y la comunión con el prójimo y no por la autosuficiencia y el egoísmo; del bien y la solidaridad y no la mentira; del amor y la justicia y no la falsedad y la arbitrariedad; del servicio desinteresado a los demás…
Hoy mi corazón proclama que Cristo es mi Rey y mi Salvador y que todo cuanto realice en esta vida tiene como finalidad llevar su reinado a la sociedad.
Hoy mi corazón proclama que Jesús es mi Rey y mi Salvador que implica que mi vida esté abierta al perdón y a la reconciliación, a la aceptación humilde y sincera de lo que soy y de lo que son los demás, del respeto a la diversidad, de la comprensión de la realidad del prójimo, del olvido de mi mismo para ponerme en la piel de los demás, de no importarme ser el menos valorado si soy capaz de ver lo atractivo que atesoran los demás.
Hoy mi corazón proclama que Jesús es mi Rey y mi Salvador y que esta afirmación no deseo que quede en palabras huecas y vacías sino que sean un auténtico compromiso de amor y fidelidad a Él.
Hoy mi corazón proclama con fe alegre y rotunda que Cristo es mi Rey y mi Salvador y que tuyo es el Reino, el poder y la gloria por siempre. Porque lo creo de verdad, porque creo que mi destino es la vida gloriosa en el cielo, la plenitud del Reino donde Cristo sentado en el trono de la Cruz me espera para compartir la felicidad de la vida eterna en la que yo, pobre instrumento de su amor, podré disfrutar toda la eternidad alabándole siempre a Él junto al coro celestial.

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, te reconozco por mi Rey mi y Salvador y me comprometo a luchar como Hijo tuyo por la verdad del Evangelio, a procurar por mis medios el triunfo de la verdad y testimoniar tu realeza sagrada en este mundo! ¡Anhelo fervientemente, señor, que reines en mi  corazón! ¡Pero que reines de verdad! ¡Pero antes, Señor, ayúdame a reconocer mi pequeñez, mi miseria, mis bajezas morales, mi debilidad! ¡Límpiame con la fuerza de tu Espíritu para que puedas reinar en mi interior! ¡Espíritu de Dios, dame la fuerza necesaria para batallar cada día sin desfallecer! ¡Ayúdame a ser consciente de mi pequeñez! ¡Ayúdame a sentir con pena todo aquello que me aleja de Ti, del reino de tu Padre! ¡Ayúdame a contemplar las manchas de mi corazón para poder purificarlas en el sacramento de la confesión! ¡Oh Cristo Jesús! Te reconozco como Rey del Universo porque todo lo has creado Tú, utilízame para hacer el bien! ¡Y en este día, renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristian y muy en particular me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de tu Iglesia!

En esta festividad de Cristo Rey, un regalo de la mano de J. S. Bach. Se trata de su cantata Herr Jesu Christ, du höchstes Gut, BWV 113, (Señor Jesucristo, supremo bien):

María y la espiritualidad de lo cotidiano

Último sábado de noviembre con María, la mujer sencilla y trabajadora, en el corazón. La imagen de la Virgen, como tantas mujeres de su tiempo, se centra en sus labores domésticas, lavando en la fuente pública, cocinando, tejiendo, trabajando en el huerto,  ayudando a san José en sus tareas de carpintero, educando a su Hijo, orando en casa y en la sinagoga… Todo ello con una mirada contemplativa y una profunda carga de amor. María santifica lo más insignificante, lo pequeño de cada jornada, lo que en muchas ocasiones consideramos intrascendente y relativo. Y no solo da realce santificador a las tareas de cada día, da trascendencia a los diálogos y las miradas con los vecinos, al servicio con las personas con las que se cruza, a las visitas a sus familiares y amigos. Es la normalidad bendecida por el amor y por la gracia del Espíritu. María sabía, porque lo guardaba todo en el corazón, que Ella misma era don de Dios. En la intimidad de su corazón guardaba los secretos con los que Dios le había agraciado.
La vida de María no es más que una sucesión de pequeñas cosas hechas por amor al prójimo; es, en definitiva, la espiritualidad de lo cotidiano. El ejemplo de vida sencilla para cualquier ser humano, para cualquier integrante de una familia cristiana. María convierte la normalidad de la vida en un acto de bendición y amor a Dios.
La vida cotidiana de María fue oración callada, oración de disponibilidad, oración de entrega, oración vigilante de las cosas de Dios en su corazón, oración de servicio, oración hecha vida, oración de camino hacia el prójimo, oración del trabajo bien hecho, oración de comunicación de los misterios de Dios, oración de intercesión por el prójimo…
Este es el camino que me muestra María. Y, al igual que Ella, me propongo hacer de mi normalidad cotidiana un acto de amor a Dios y al prójimo. Santificar lo más sencillo de mi vida para hacerlo grande a los ojos de Dios, en la misma actitud que me muestra María.

orar con el corazon abierto

¡María, Madre de los sencillos y humildes, que hiciste bendita la normalidad de la vida, llévame de tu mano para ser como tu y hacer como hiciste tu en lo cotidiano de la vida! ¡Cuando veas que me aparte de los designios de Dios, ponte a mi lado para llenarme de tu gracia y cumplir la voluntad del Padre! ¡Al igual que Tu, María, mujer sencilla y humilde, ayuda a que mi corazón se abra a la escucha y a la acogida de los dones de Dios! ¡Ayúdame, María, a admirar siempre el plan de Dios en mi! ¡Enséñame, María, a meditarlo y contemplarlo todo en mi corazón para que desde mi interior brote cada día la alabanza, la gratitud, la esperanza, la disponibilidad, la entrega, la confianza y el abandono a Dios! ¡Ayúdame a impregnar los pequeños actos de mi vida de amor y de verdad! ¡Que aprenda de Ti, María, que no importa lo exterior sino lo interior de donde surgen los pensamientos, las palabras, los respiros, las esperanzas! ¡Que aprenda de Ti, María, que a Jesús no le satisfacen las acciones externas sino aquellas que surgen de un interior en el que Él forma parte! ¡Ayúdame, María, a vivir de manera extraordinaria mi vida ordinaria dejando que Dios obre en lo más profundo de mi mismo, dejándome transformar por Su presencia en mi vida! ¡Que Tu seas siempre, María, el espejo de humildad en el que mirarme! ¡Hágase en mi, María, tu amor, tu ternura, tu humildad, tu entrega, tu generosidad y tu ejemplo! ¡Totus tuus, María! ¡Todo tuyo, María!

O Virga ac Diadema, en un versión actualizada de la música de santa Hildergarda von Bingen:

 

Confianza que nace de un corazón abierto

El aprendizaje de la oración es diario debido a la desgana que tantas veces entra, el aburrimiento que para tantos supone ponerse delante del Sagrario o en la soledad de una estancia, por el desánimo recurrente en el que se encuentra el alma, por la falta de esperanza cierta o de confianza en el Señor que con tanta frecuencia uno se encuentra. Uno puede llegar a cuestionarse qué necesidad hay de pedir a Dios si éste no escucha las plegarias o no atiende a lo que se le pide. ¡Cuanta falta de fe hay en nuestro corazón mezquino y egoísta! ¡Cuanta falta de confianza en este Dios que es Amor, que es Padre, que es pura misericordia, que es dador de lo mejor para el hombre!
La confianza en Dios es un acto que nace directamente de un corazón abierto. Y cuando el corazón se abre la fe brota como un torrente de agua viva. Cuando uno experimenta en su vida la enorme bondad de Dios, siente en su alma lo mucho que a uno Dios le ama, está más predispuesto a acudir para pedir y ¡esperar! con absoluta confianza.
Suelo comenzar mi oración con una oración al Espíritu Santo para que abra mi corazón a los designios de Dios. Alguien me decía ayer, que lo hace con un acto de fe. Invoca a la fe en Dios porque cree en sus obras, confía en Él y se entrega decididamente a su amor. «Con este acto de amor, de fe y de esperanza en el Padre que espera mi súplica, mi plegaria y ve mi debilidad, ¡cómo no voy a dejar de confiar en Él para estar abierto a su voluntad!»

orar con el corazon abierto

¡Señor, me abandono en tus manos, Tú que eres el Dios que actúa en la historia del hombre y que muestras cada día los signos vivos de tu presencia en mi vida! ¡A Ti, Padre, te entrego mi vida y mi salvación y la de la humanidad entera que tanto amas porque ha sido creado por Ti! ¡Quiero seguirte, Señor, par anunciar Tu Palabra a la sociedad en la que me mueves, para hacer de mi existencia cotidiana un testimonio de tu amor! ¡Jesús, amigo, enviado de Dios, confío en Tu Palabra que es la del mismo Dios que se ha revelado por medio de Ti! ¡Quiero anunciarte al mundo que confío plenamente en Dios que eres el mismo Dios revelado y que garantizas que sus promesas se cumplen siempre! ¡Quiero hacerme uno contigo, ser comunión contigo! ¡Envía tu Espíritu sobre mí para que no me falte la fe, para no perder la comunicación con Dios, la confianza y la esperanza en Él, para aceptar siempre su plan en mi! ¡Me abandono en tus manos y creo firmemente en Ti, confíeso todas y cada una de las verdades que la Iglesia propone porque han sido reveladas por Ti, que eres la Verdad y la Sabiduría y quiero vivir y morir en esta fe!

Creo en ti, Señor, afirmamos cantando hoy:

No deseo el cautiverio voluntario de la mediocridad

Me reprendieron ayer con severidad. A nadie le gusta que le corrijan, que le llamen la atención por algo que no ha hecho bien. No pude objetar nada; quien lo hizo, tenía razón. Abro hoy especialmente el libro del Apocalipsis. En el capitulo 3 me centro en esta frase: «Yo corrijo y reprendo a los que amo. ¡Reanima tu fervor y arrepiéntete!». Esta frase es un signo de amor y de misericordia. Cristo anhela para cada uno lo mejor; es una invitación a corregir aquello que no funciona bien en tu propia vida. No quiere que nadie sea como una hoja seca marchita.
Mejorar cada día es una lucha que exige esfuerzo, renuncias y sacrificio. Se trata de que cada una de las obras de mi vida sean perfectas y hermosas a los ojos del Señor. Todas deben estar impregnadas del amor, valor esencial del corazón cristiano. El amor vence a la tibieza tanto en el campo personal como en el espiritual. Cuando la desgana vence, la indiferencia se hace presente, el no dar importancia algo redunda en la eficacia del trabajo bien hecho… uno rehuye del compromiso. Vivir en cristiano es vivir en vigilancia permanente. Es fácil caer en la tibieza sin darse cuenta. La tibieza es esa actitud de la voluntad que te lleva a la medianía, a la mediocridad, que te vulgariza y te fatiga, que produce la languidez del alma y que hace que se apodere de ti la comodidad y el hastío, que te hace ir por la vida sin brío ni vigor. Exige lucha ingente para vencerla, mucha oración y mucha Eucaristía, mucho sacrificio personal y muchas gracias del Espíritu. Todo esfuerzo exige fortaleza. Por eso el amor tiene que ser en mayúsculas. Por eso uno se tiene que caldear con vigor en el fuego que emana vigoroso del Espíritu Santo.
La vestidura blanquecina y refulgente de la que te impregnas en el bautismo deja un sello de dignidad; la dignidad de hijo de Dios, condición que uno debe mantener con el esfuerzo impoluto de la verdad. Y eso exige no vivir en la medianía. Es la fuerza del Espíritu la que te ayuda a pronunciar la palabra del abandono, la que te hace renunciar a los apegos y la mediocridad, la que te hace abandonar la pereza o la indolencia consentida, la que te libera del cautiverio de la tibieza. Lo que hace un alma cristiana firme es la esperanza en las cosas de Dios, es permitir que Dios se hospede en tu corazón cuando llama a las puertas de tu vida. Es acudir a la invitación al banquete del amor que es la Eucaristía, es ir siempre ataviado con la vestidura blanca del bautizos y es esperar con alegría la gracia del Espíritu. No deseo el cautiverio voluntario de la mediocridad. Por eso en este día, me imploro en este día el espíritu del esfuerzo de la mano de ese Cristo que me empuja hacia la santidad.

orar con el corazon abierto

¡Señor, concédeme la gracia de ver siempre en mi vida las bendiciones con las que me provees y las cosas que me has dado y no he sabido ver! ¡Hazme ver, Señor, que eres Tú el que me da la fuerza y me lleva por caminos de seguridad! ¡Me abro a tu voluntad, Señor, y quiero pisar con alegría la roca de tu Palabra y tus mensajes! ¡Concédeme la gracia de recibir la inspiración del Espíritu Santo para afrontar con valentía la lucha contra todas los engaños del mundo! ¡Entra en mi corazón, Señor; yo te abro la puerta estrecha de mi vida y antes de que entres echaré de mi interior todas las pasiones y egoísmos que gobiernan mi vida! ¡No permitas que nada terrenal me deslumbre porque quiero ser fiel a tus mandamientos! ¡Líbrame, Señor, por medio de tu espíritu de la tibieza, del conformismo y de la comodidad que me estanca y me impide progresar y que provoca daño en mi mismo y en los que me rodean! ¡Derrama, Señor, tu infinito amor y misericordia sobre mi y ayúdame a levantarme cada vez que caigo! ¡Tomo, Señor, tu palabra de que con el esfuerzo subiré los peldaños que conducen a tu Reino; sé que lo lograré con la fuerza de tu Espíritu Santo! ¡Y a ti, Espíritu Santo, inspírame siempre lo que debo pensar, lo que debo decir, cómo debo decirlo, lo que debo callar, cómo debo actuar, lo que debo hacer, para gloria de Dios, bien de las almas y mi propia santificación!

La música de hoy para acompañar la meditación:

¿Produce Dios en mi el querer y el hacer?

Tras la lectura de este texto de san Pablo —«Porque Dios es el que produce en vosotros el querer y el hacer, conforme a su designio de amor—» de la carta a los Filipenses cierro los ojos y permanezco unos instantes en silencio. La respuesta a estos momentos de intimidad personal es una pregunta profunda: ¿por qué me cuesta tanto aceptar con gratitud, alegría, esperanza y generosidad de espíritu el designio de Dios en mi vida?
¡Su designio de amor! Dios solo quiere que le permita actuar en mi vida por amor. Él quiere salvarme por amor. El me envía su Espíritu Santo por amor para que penetrando en lo más profundo de mi corazón, a través suyo, alcance la soñada santificación. Él es el que pone por amor los medios para mi salvación, no soy yo el que lograré salvarme y santificarme por mi mismo. Mi participación es necesaria, pero sin el concurso directo de Dios que envía los dones del Espíritu Santo nada lograré. Todo es fruto de la obra amorosa y misericordiosa de Dios que obra en mi para mi bien.
¡Dios produce en mi el querer y el hacer! Sólo depende de mí dar respuesta a esta voluntad de Dios. Él espera mi respuesta afirmativa, mi «hágase» personal, mi «fiat» hacia la santidad. Espera que sea antorcha de luz en la que mi pequeña persona resplandezca irreprochablemente por medio de mi santidad personal. Lleno de Su luz, repleto de Dios, resplandeciendo como una luciérnaga en medio de la oscuridad de este mundo invadido por el odio, el rencor, la violencia, la desesperación, el pecado… Esto es ser cristiano. Alguien que se deja iluminar por la luz de la Palabra. Tener la luz de Cristo, y ser su luz para otras personas sin miedo al qué dirán, sin temor a ser juzgado ni reprendido, ni cuestionado, ni apartado.
En mi vida no puede haber oscuridad. Es necesario que brille la luz de Cristo. Es indiferente que esa luz moleste a muchos. Cuanto más brille la luz de mi fe, de mi esperanza, de mi virtud, de mi carisma cristiano… más gloria estoy dando a Dios. Tratar de ser un hijo de Dios sin tacha, mostrando una razón para vivir. Dejando claro la voluntad de que la obra de Dios brille en mi. Y esa luz que es Cristo ayudará a otros a iluminar su propio camino en medio de las tinieblas en las que se mueve la sociedad. Tratar de ser un imán que atraiga a otros al conocimiento de Cristo.
Pero cuando uno acepta ser luz adquiere grandes obligaciones; requiere el saber renunciar a si mismo, a abandonar su auto complacencia personal y aceptar las exigencias de emprender el camino de la entrega hacia los demás. Exige aprender a tomar la cruz con alegría, arrancar el mal del corazón, profundizar en el camino de la virtud, del servicio, saber amar con el corazón y no con la razón, vivir en el y para el amor, renunciar a lo que a uno le apetece, actuar sin calcular, vivir con alegría y no resignación, no juzgar ni criticar, no vivir invadido por el miedo o el resentimiento de las descalificaciones ajenas, no dejar de pensar en los diferentes modos de verdad, tener amplitud de miras, ser testimonio de entrega y de caridad, disponer el corazón con una actitud positiva y abierta, ser firme en la defensa de la fe…
«Porque Dios es el que produce en vosotros el querer y el hacer, conforme a su designio de amor—»… entonces: ¿dejo que Dios modele mi modo de pensar, de hablar, de sentir, de vivir, que ilumine cada una de mis situaciones personales, mis encuentros con el prójimo, mis intereses, mis esperanzas? ¿doy respuesta afirmativa a esta voluntad de Dios? Ahora abro el corazón para buscar la respuesta en mi interior… ¿y?

orar con el corazon abierto

¡Señor, Tu eres el que produce en mi el querer y el hacer conforme a tus designios de amor! ¡Tu siempre buscas mi bien y anhelas mi salvación! ¡Tu, Señor, me invitas a un encuentro cotidiano contigo en la intimidad de la oración! ¡Gracias, Señor, por esta invitación, por esta cercanía y por tanto amor! ¡Gracias, Señor, porque no te impones con firmeza sino que me das la libertad de elegir y, a pesar, de mi miedo dar el paso o a equivocarme, a mi debilidad y mi inconstancia, te digo que sí! ¡Hazme ver siempre, Señor, por medio de tu Santo Espíritu qué es lo que deseas de mí, qué es lo que más me conviene en cada momento! ¡Hazme santo, Señor! ¡Condúceme, Señor, por el camino de la santidad para ser luz que ilumine el camino y pueda alcanzar la gloria eterna! ¡Quiero ser testimonio de Ti, querer lo que tu quieras, obedecerte para serte grato, cumplir tu voluntad por amor, amar como tu amas, sentir como tu sientes, cumplir tus mandamientos y rechazar el mal que pueda haber en mi! ¡Tu, Señor, que eres la Palabra de Dios hecho carne, ilumina por medio del Espíritu Santo, mi vida para que sea yo también luz que ilumine el mundo por amor!

Cantamos hoy Al que está sentado en el trono:

¿Cuántas veces me consagro a Dios con el corazón abierto?

Hermoso día el que nos regala hoy la Iglesia. Celebramos la Fiesta de la Presentación de Nuestra Señora en el Templo, el día en que la Virgen ofrecida por sus padres, Joaquín y Ana, en el Templo de Jerusalén se consagra a Dios para toda la vida bajo la luz del Espíritu Santo. El día en que María, a la corta edad de tres años, pone su vida sin ninguna vacilación en manos de Dios. El día en que María sacrifica su existencia al Amor de los amores. El día en que María, arrodillada a los pies del templo santo, lugar de oración, contemplación, silencio y paz, pone su alma a los designios del Salvador.
De la mano de la Virgen surgen en este día muchas enseñanzas. María me muestra que el ofrecimiento a Dios, la consagración de todo su ser y toda su existencia no es para un solo día… es para la vida entera. Miro mi interior y me pregunto: ¿Cuántas veces me consagro a Dios con el corazón abierto, con todos los sentidos de mi cuerpo, con toda el potencia de mi alma, con todas las reservas de mi ser? ¡Que gran diferencia entre mi actitud y la entrega de María! ¡Que diferencia entre la entrega plena de la Virgen y mi entrega tibia de cristiano que se compromete por la causa de Cristo pero se olvida rápidamente el ser de Él!
María me invita a plantearme también mi vocación de hijo de Dios, de analizar mi auténtica fidelidad a los designios del Padre, de ver si estoy siempre dispuesto a ponerme a su servicio, de si soy capaz de seguir con prontitud sus inspiraciones y de hacer caso a sus llamadas. Miro en lo profundo de mi corazón y contemplo mi falta de desprendimiento, de ese aferrarme a lo mundano y no a la cruz, de preocuparme en demasía por todo y no depender de la voluntad de Dios, de desfallecer al primer tropiezo y no dejarme caer a los brazos del Señor.
María me ayuda a cuestionarme si desde mi limitada capacidad busco imitarla a Ella en sus actitudes de humildad, generosidad, servicio, entrega… si junto a Ella, suelo presentar mi pequeñez al Señor, para agradarle y aprender con Ella a vivir cada día en su Divina Voluntad.
Y, sobre todo, María me recuerda que debo ser firme en la oración y en la contemplación. María saboreaba la Palabra de la Sagrada Escritura, la repasaría con amor y se deleitaría con las profecías que anunciaban el nacimiento de Jesús de la que Ella sería Madre sin saberlo todavía. Las convertiría en algo personal, íntimo, motivo de su reflexión interior. Lo importante es la riqueza interior que se genera en la oración, el encuentro con el Señor, que en el caso de María dará lugar años más tarde al más hermoso sí de la humanidad y al más sublime himno del Magnificat que pronunciarán los labios de la Madre de Dios ante su prima santa Isabel.
Esta fiesta es un canto de amor, de entrega a Dios, de encuentro con el Creador. Y yo lo quisiera vivir hoy con la misma intensidad con que lo vivió María: en la plenitud de lo espiritual, en unión íntima con Dios, Señor de la vida, de la esperanza, de la misericordia y del amor. ¡Totus tuus, María! ¡Todo tuyo, mi Dios!

orar con el corazon abierto

¡María, templo santo donde nació tu hijo Jesucristo, te ofrezco mi vida para que la eleves al Padre! ¡Quisiera sentir cada día el mismo consuelo que sentiste Tú al subir las escalinatas del templo y sentir el resuello de Dios! ¡Quisiera poner todas mis virtudes, como las pusiste Tu, al servicio de Dios, ser morada del mismo Dios en mi corazón para convertirme en auténtico testimonio cristiano! ¡Que tu ejemplo, María, me lleven a fortalecer mi alma en obediencia, en contemplación, en virtudes… para que la tibieza, el egoísmo, la debilidad no marchiten mi espíritu y me impidan crecer en autenticidad! ¡Tu, María, creciste en perfección, en santidad y en virtud y yo voy cargado de pecado, de miserias y de pequeñez, tómame de la mano para crecer en bondad y en santidad! ¡Ayúdame a consagrarme a Dios con el mismo “Sí” que pronunciaste Tú, María, cada día de mi vida! ¡Que seas para mí el modelo de fidelidad, de fe y de amor! ¡Que sepa acoger como acogiste Tu a Cristo para ofrecerlo a mi pequeño mundo por medio de la generosidad y la caridad! ¡Que Tu seas siempre, María, mi modelo a seguir y mi guía para vivir mi misión de anunciar como cristiano a tu Hijo Jesús!

Hoy celebramos también la jornada pro orántibus, para orar por los religiosos y religiosas de vida contemplativa, como expresión de reconocimiento, estima y gratitud por lo que representan, su labor evangelizadora desde la oración y el gran patrimonio espiritual de sus comunidades en la Iglesia. Los monjes y monjas de clausura nos recuerdan que el mundo vive centrado en lo material pero que todos debemos poner nuestra prioridad en Dios. Rezamos con el corazón abierto por todas las comunidades orantes de clausura y damos gracias a Dios por el hermoso testimonio de los valores de la vida contemplativa, y ponemos en manos de María, la mujer orante por excelencia, su camino espiritual y su vida de recogimiento.

La Niña María, cantamos hoy en esta festividad de María: