¿Cuántas veces me consagro a Dios con el corazón abierto?

Hermoso día el que nos regala hoy la Iglesia. Celebramos la Fiesta de la Presentación de Nuestra Señora en el Templo, el día en que la Virgen ofrecida por sus padres, Joaquín y Ana, en el Templo de Jerusalén se consagra a Dios para toda la vida bajo la luz del Espíritu Santo. El día en que María, a la corta edad de tres años, pone su vida sin ninguna vacilación en manos de Dios. El día en que María sacrifica su existencia al Amor de los amores. El día en que María, arrodillada a los pies del templo santo, lugar de oración, contemplación, silencio y paz, pone su alma a los designios del Salvador.
De la mano de la Virgen surgen en este día muchas enseñanzas. María me muestra que el ofrecimiento a Dios, la consagración de todo su ser y toda su existencia no es para un solo día… es para la vida entera. Miro mi interior y me pregunto: ¿Cuántas veces me consagro a Dios con el corazón abierto, con todos los sentidos de mi cuerpo, con toda el potencia de mi alma, con todas las reservas de mi ser? ¡Que gran diferencia entre mi actitud y la entrega de María! ¡Que diferencia entre la entrega plena de la Virgen y mi entrega tibia de cristiano que se compromete por la causa de Cristo pero se olvida rápidamente el ser de Él!
María me invita a plantearme también mi vocación de hijo de Dios, de analizar mi auténtica fidelidad a los designios del Padre, de ver si estoy siempre dispuesto a ponerme a su servicio, de si soy capaz de seguir con prontitud sus inspiraciones y de hacer caso a sus llamadas. Miro en lo profundo de mi corazón y contemplo mi falta de desprendimiento, de ese aferrarme a lo mundano y no a la cruz, de preocuparme en demasía por todo y no depender de la voluntad de Dios, de desfallecer al primer tropiezo y no dejarme caer a los brazos del Señor.
María me ayuda a cuestionarme si desde mi limitada capacidad busco imitarla a Ella en sus actitudes de humildad, generosidad, servicio, entrega… si junto a Ella, suelo presentar mi pequeñez al Señor, para agradarle y aprender con Ella a vivir cada día en su Divina Voluntad.
Y, sobre todo, María me recuerda que debo ser firme en la oración y en la contemplación. María saboreaba la Palabra de la Sagrada Escritura, la repasaría con amor y se deleitaría con las profecías que anunciaban el nacimiento de Jesús de la que Ella sería Madre sin saberlo todavía. Las convertiría en algo personal, íntimo, motivo de su reflexión interior. Lo importante es la riqueza interior que se genera en la oración, el encuentro con el Señor, que en el caso de María dará lugar años más tarde al más hermoso sí de la humanidad y al más sublime himno del Magnificat que pronunciarán los labios de la Madre de Dios ante su prima santa Isabel.
Esta fiesta es un canto de amor, de entrega a Dios, de encuentro con el Creador. Y yo lo quisiera vivir hoy con la misma intensidad con que lo vivió María: en la plenitud de lo espiritual, en unión íntima con Dios, Señor de la vida, de la esperanza, de la misericordia y del amor. ¡Totus tuus, María! ¡Todo tuyo, mi Dios!

orar con el corazon abierto

¡María, templo santo donde nació tu hijo Jesucristo, te ofrezco mi vida para que la eleves al Padre! ¡Quisiera sentir cada día el mismo consuelo que sentiste Tú al subir las escalinatas del templo y sentir el resuello de Dios! ¡Quisiera poner todas mis virtudes, como las pusiste Tu, al servicio de Dios, ser morada del mismo Dios en mi corazón para convertirme en auténtico testimonio cristiano! ¡Que tu ejemplo, María, me lleven a fortalecer mi alma en obediencia, en contemplación, en virtudes… para que la tibieza, el egoísmo, la debilidad no marchiten mi espíritu y me impidan crecer en autenticidad! ¡Tu, María, creciste en perfección, en santidad y en virtud y yo voy cargado de pecado, de miserias y de pequeñez, tómame de la mano para crecer en bondad y en santidad! ¡Ayúdame a consagrarme a Dios con el mismo “Sí” que pronunciaste Tú, María, cada día de mi vida! ¡Que seas para mí el modelo de fidelidad, de fe y de amor! ¡Que sepa acoger como acogiste Tu a Cristo para ofrecerlo a mi pequeño mundo por medio de la generosidad y la caridad! ¡Que Tu seas siempre, María, mi modelo a seguir y mi guía para vivir mi misión de anunciar como cristiano a tu Hijo Jesús!

Hoy celebramos también la jornada pro orántibus, para orar por los religiosos y religiosas de vida contemplativa, como expresión de reconocimiento, estima y gratitud por lo que representan, su labor evangelizadora desde la oración y el gran patrimonio espiritual de sus comunidades en la Iglesia. Los monjes y monjas de clausura nos recuerdan que el mundo vive centrado en lo material pero que todos debemos poner nuestra prioridad en Dios. Rezamos con el corazón abierto por todas las comunidades orantes de clausura y damos gracias a Dios por el hermoso testimonio de los valores de la vida contemplativa, y ponemos en manos de María, la mujer orante por excelencia, su camino espiritual y su vida de recogimiento.

La Niña María, cantamos hoy en esta festividad de María:

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