No deseo el cautiverio voluntario de la mediocridad

Me reprendieron ayer con severidad. A nadie le gusta que le corrijan, que le llamen la atención por algo que no ha hecho bien. No pude objetar nada; quien lo hizo, tenía razón. Abro hoy especialmente el libro del Apocalipsis. En el capitulo 3 me centro en esta frase: «Yo corrijo y reprendo a los que amo. ¡Reanima tu fervor y arrepiéntete!». Esta frase es un signo de amor y de misericordia. Cristo anhela para cada uno lo mejor; es una invitación a corregir aquello que no funciona bien en tu propia vida. No quiere que nadie sea como una hoja seca marchita.
Mejorar cada día es una lucha que exige esfuerzo, renuncias y sacrificio. Se trata de que cada una de las obras de mi vida sean perfectas y hermosas a los ojos del Señor. Todas deben estar impregnadas del amor, valor esencial del corazón cristiano. El amor vence a la tibieza tanto en el campo personal como en el espiritual. Cuando la desgana vence, la indiferencia se hace presente, el no dar importancia algo redunda en la eficacia del trabajo bien hecho… uno rehuye del compromiso. Vivir en cristiano es vivir en vigilancia permanente. Es fácil caer en la tibieza sin darse cuenta. La tibieza es esa actitud de la voluntad que te lleva a la medianía, a la mediocridad, que te vulgariza y te fatiga, que produce la languidez del alma y que hace que se apodere de ti la comodidad y el hastío, que te hace ir por la vida sin brío ni vigor. Exige lucha ingente para vencerla, mucha oración y mucha Eucaristía, mucho sacrificio personal y muchas gracias del Espíritu. Todo esfuerzo exige fortaleza. Por eso el amor tiene que ser en mayúsculas. Por eso uno se tiene que caldear con vigor en el fuego que emana vigoroso del Espíritu Santo.
La vestidura blanquecina y refulgente de la que te impregnas en el bautismo deja un sello de dignidad; la dignidad de hijo de Dios, condición que uno debe mantener con el esfuerzo impoluto de la verdad. Y eso exige no vivir en la medianía. Es la fuerza del Espíritu la que te ayuda a pronunciar la palabra del abandono, la que te hace renunciar a los apegos y la mediocridad, la que te hace abandonar la pereza o la indolencia consentida, la que te libera del cautiverio de la tibieza. Lo que hace un alma cristiana firme es la esperanza en las cosas de Dios, es permitir que Dios se hospede en tu corazón cuando llama a las puertas de tu vida. Es acudir a la invitación al banquete del amor que es la Eucaristía, es ir siempre ataviado con la vestidura blanca del bautizos y es esperar con alegría la gracia del Espíritu. No deseo el cautiverio voluntario de la mediocridad. Por eso en este día, me imploro en este día el espíritu del esfuerzo de la mano de ese Cristo que me empuja hacia la santidad.

orar con el corazon abierto

¡Señor, concédeme la gracia de ver siempre en mi vida las bendiciones con las que me provees y las cosas que me has dado y no he sabido ver! ¡Hazme ver, Señor, que eres Tú el que me da la fuerza y me lleva por caminos de seguridad! ¡Me abro a tu voluntad, Señor, y quiero pisar con alegría la roca de tu Palabra y tus mensajes! ¡Concédeme la gracia de recibir la inspiración del Espíritu Santo para afrontar con valentía la lucha contra todas los engaños del mundo! ¡Entra en mi corazón, Señor; yo te abro la puerta estrecha de mi vida y antes de que entres echaré de mi interior todas las pasiones y egoísmos que gobiernan mi vida! ¡No permitas que nada terrenal me deslumbre porque quiero ser fiel a tus mandamientos! ¡Líbrame, Señor, por medio de tu espíritu de la tibieza, del conformismo y de la comodidad que me estanca y me impide progresar y que provoca daño en mi mismo y en los que me rodean! ¡Derrama, Señor, tu infinito amor y misericordia sobre mi y ayúdame a levantarme cada vez que caigo! ¡Tomo, Señor, tu palabra de que con el esfuerzo subiré los peldaños que conducen a tu Reino; sé que lo lograré con la fuerza de tu Espíritu Santo! ¡Y a ti, Espíritu Santo, inspírame siempre lo que debo pensar, lo que debo decir, cómo debo decirlo, lo que debo callar, cómo debo actuar, lo que debo hacer, para gloria de Dios, bien de las almas y mi propia santificación!

La música de hoy para acompañar la meditación:

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