María y la espiritualidad de lo cotidiano

Último sábado de noviembre con María, la mujer sencilla y trabajadora, en el corazón. La imagen de la Virgen, como tantas mujeres de su tiempo, se centra en sus labores domésticas, lavando en la fuente pública, cocinando, tejiendo, trabajando en el huerto,  ayudando a san José en sus tareas de carpintero, educando a su Hijo, orando en casa y en la sinagoga… Todo ello con una mirada contemplativa y una profunda carga de amor. María santifica lo más insignificante, lo pequeño de cada jornada, lo que en muchas ocasiones consideramos intrascendente y relativo. Y no solo da realce santificador a las tareas de cada día, da trascendencia a los diálogos y las miradas con los vecinos, al servicio con las personas con las que se cruza, a las visitas a sus familiares y amigos. Es la normalidad bendecida por el amor y por la gracia del Espíritu. María sabía, porque lo guardaba todo en el corazón, que Ella misma era don de Dios. En la intimidad de su corazón guardaba los secretos con los que Dios le había agraciado.
La vida de María no es más que una sucesión de pequeñas cosas hechas por amor al prójimo; es, en definitiva, la espiritualidad de lo cotidiano. El ejemplo de vida sencilla para cualquier ser humano, para cualquier integrante de una familia cristiana. María convierte la normalidad de la vida en un acto de bendición y amor a Dios.
La vida cotidiana de María fue oración callada, oración de disponibilidad, oración de entrega, oración vigilante de las cosas de Dios en su corazón, oración de servicio, oración hecha vida, oración de camino hacia el prójimo, oración del trabajo bien hecho, oración de comunicación de los misterios de Dios, oración de intercesión por el prójimo…
Este es el camino que me muestra María. Y, al igual que Ella, me propongo hacer de mi normalidad cotidiana un acto de amor a Dios y al prójimo. Santificar lo más sencillo de mi vida para hacerlo grande a los ojos de Dios, en la misma actitud que me muestra María.

orar con el corazon abierto

¡María, Madre de los sencillos y humildes, que hiciste bendita la normalidad de la vida, llévame de tu mano para ser como tu y hacer como hiciste tu en lo cotidiano de la vida! ¡Cuando veas que me aparte de los designios de Dios, ponte a mi lado para llenarme de tu gracia y cumplir la voluntad del Padre! ¡Al igual que Tu, María, mujer sencilla y humilde, ayuda a que mi corazón se abra a la escucha y a la acogida de los dones de Dios! ¡Ayúdame, María, a admirar siempre el plan de Dios en mi! ¡Enséñame, María, a meditarlo y contemplarlo todo en mi corazón para que desde mi interior brote cada día la alabanza, la gratitud, la esperanza, la disponibilidad, la entrega, la confianza y el abandono a Dios! ¡Ayúdame a impregnar los pequeños actos de mi vida de amor y de verdad! ¡Que aprenda de Ti, María, que no importa lo exterior sino lo interior de donde surgen los pensamientos, las palabras, los respiros, las esperanzas! ¡Que aprenda de Ti, María, que a Jesús no le satisfacen las acciones externas sino aquellas que surgen de un interior en el que Él forma parte! ¡Ayúdame, María, a vivir de manera extraordinaria mi vida ordinaria dejando que Dios obre en lo más profundo de mi mismo, dejándome transformar por Su presencia en mi vida! ¡Que Tu seas siempre, María, el espejo de humildad en el que mirarme! ¡Hágase en mi, María, tu amor, tu ternura, tu humildad, tu entrega, tu generosidad y tu ejemplo! ¡Totus tuus, María! ¡Todo tuyo, María!

O Virga ac Diadema, en un versión actualizada de la música de santa Hildergarda von Bingen:

 

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