La pobreza que propone Jesús en Navidad

Un niño recién nacido es, ante todo, fragilidad. Su aspecto delicado intimida. Necesitas cuidarlo porque no se vale por si mismo, depende por completo del amor de los padres o de la persona que está a su cargo. En el día del nacimiento de Cristo, María y José estaban solos. No tenían familiares, ni amigos, ni vecinos, ni conocidos que pudieran ayudarles. En la pobreza de Belén, en el intenso frío de la noche, un poco de paja, un asno y un buey; en la oscuridad de aquel pesebre a las afueras de la aldea aquellos dos peregrinos no tenían de dónde sacar agua para lavar al niño, ni una estancia confortable donde calentarle. La pobreza del nacimiento del Niño Dios, un niño que nace necesitado de todo y solo reclama nuestro amor, es tan profunda y sencilla que se convierte en virtud.  En este cuadro excepcional elige Dios dar inicio a la era cristiana.
Días de fragilidad que ponen en el cuadro de la vida, en el marco de mi corazón, la imagen de que Dios es comunión de amor y que la comunión se fundamenta y necesita de la pobreza, del vaciamiento de sí para, por amor, transformarse en donación al otro.
Tiempo de recuerdo para los que más lo necesitan, en lo material y lo espiritual. Jesús, de manera voluntaria, compartió con todos la pobreza de la vida. Se hizo pobre, en la pobreza, por el ser humano consciente de que con los necesitados y desde los necesitados es factible caminar hacia una sociedad del amor.
La pobreza elegida por Jesús de manera voluntaria demuestra que Dios se pone siempre al lado del débil, del desamparado, del pobre, del necesitado. Incluso los primeros actores del pesebre de Belén son pastores sencillos y humildes que nos conquistan por su sencillez y su disponibilidad. Dios les elige a ellos para darles la Buena Nueva del nacimiento de su Hijo. Son los primeros adoradores porque su alma está bañada por el perfume efectivo del bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Cuando el corazón es pequeño, uno es consciente de la pequeñez, cuando nos sentimos orgullosos de ser lo que somos sin más pretensiones que recibir la grandeza del amor de Dios en el corazón, nos convertimos en pesebres del Niño Dios, un lugar donde Él quiere quedarse y reposar. Así, es posible trazar el camino para el otro. Somos como sus profetas, discretos y humildes. Somos luz tenue de su presencia; esa es nuestra misión.
Se trata de dar espacio en el corazón al desprendimiento del yo, a evitar estar llenos de nosotros mismos. Cuando uno se muestra satisfecho de si mismo, cuando le ocupa más el hacer que el dar, cuando no tiene cabida la necesidad del otro, no cabe entonces la necesidad de Dios. Así, la pobreza evangélica que propone Jesús en esta Navidad no tiene relación con el abandono de lo material sino en dar a nuestra vida una forma sencilla, de apertura, de vaciarse de uno mismo, de donación, en que la renuncia a lo superficial y lo innecesario, se convierta en testimonio y condición necesaria de la auténtica pobreza de la comunión. La condición de pobre, espiritualmente hablando, es condición indispensable para ser aquello que el hombre está llamado a convertirse: donación por amor.

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu me invitas en este tiempo a vivir la pobreza, a vivir y amar la pobreza del desprendimiento del yo, del abandonar la búsqueda exclusiva de lo material, del reclamar el reconocimiento de los demás, de la necesidad de consumir! ¡Con tu venida, Señor, me enseñas la importancia que tiene para ti el espíritu de pobreza, siendo desprendido aunque en mi vida no me falten los bienes! ¡A ejemplo tuyo, Señor, no permitas que mi corazón se apegue a las riquezas mundanas sino a la pobreza de espíritu! ¡Ayúdame, Señor, a mortificar mis apegos, mis comodidades, mis necesidades, mi superficialidad, mis intereses! ¡Ayúdame a saber utilizar bien los bienes de los que dispongo y vivir en la sencillez de lo cotidiano! ¡Concédeme la gracia de ser generoso, predispuesto al otro, a ser sensible a la necesidad del prójimo, a dejar que mi corazón se conmueva por la necesidad del que sufre! ¡Ayúdame, Señor, a aprender de ti, a abrir mi corazón a la caridad y la generosidad, a la donación y al amor, a dar sentido auténtico a mis gestos y mis palabras, a hacerlo todo por amor! ¡Hazme comprender, Señor, que quien escasamente siembra, con dificultad recogerá frutos, pero que siembro a manos llenas, a manos llenas recogeré! ¡Concédeme la gracia, Señor, de amar y darme a los demás con alegría para dar luz a mi alrededor! ¡Que ser la luz de tu presencia sea mi misión! ¡Ven, Señor, y no tardes en llegar a mi pobre corazón!

Cuatro bellos motetes de Francis Poulenc para el tiempo de Navidad:

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