De Belén al Calvario

La alegría de la Navidad sigue presente en el corazón. Apenas han transcurrido unas horas de la festividad en la que uno se une a los alegres coros angélicos para cantar la gloria del nacimiento. La esperanza de experimentar el sentirse amado por el Niño que ha nacido. La paz que vivifica el corazón tantas veces roto por la dificultades y el sufrimiento.
La Sagrada Familia de Nazaret nos ha recibido a las puertas del portal y ha acogido la pequeñez de nuestra vida porque esa es la más grande ofrenda que uno puede ofrecer al Hijo de Dios hecho carne. Somos como los pastores del siglo XXI, postrados con nuestra pobreza ante el portal por amor a Cristo.
Sin embargo hoy, festividad de san Esteban, a la vuelta de la Navidad, la Iglesia celebra un martirio atroz. El primer martirio de un seguidor de Cristo. ¿Quiere la Iglesia aguarnos la fiesta, que dejemos de sentir alegría por un hecho tan extraordinario? En realidad, San Esteban por testimoniar la verdad de lo que vivió padeció un muerte maritirial que le llevó a disfrutar directamente de la gloria eterna. De la tierra al cielo para toda la eternidad. De la muerte a la resurrección de la vida.
Y eso me permite comprender algo extraordinario. La recóndita cueva de Belén, espacio de vida, está estrechamente vinculada a un lugar de muerte, el monte Calvario. En Belén, Cristo viene a darse a si mismo en un mísero pesebre para el ganado, un pesebre que en realidad es trono de vida. En el monte Calvario, el trono es una cruz de madera en la que Cristo se da a si mismo para la redención del hombre. En ambos lugares Dios demuestra su amor por el ser humano dando a su propio Hijo en la vida y en la muerte. Es la enorme generosidad de Dios con el hombre. Esta es la categoría de su amor supremo.
San Esteban vivió la realidad de estos dos mundos. El amor fiel que se vive por el Cristo nacido en el portal de Belén y el testimonio de amor que se vive en el morir por Jesús. En los dos casos el núcleo es el amor. Y este es el símbolo de la Navidad. Se trata de impregnar cada acto de nuestra vida de amor. Y ese amor debe ser un amor alegre, generoso y misericordioso. Un amor que debe crecer en lo cotidiano de la vida desde lo más íntimo de cada uno para que cada palabra, cada gesto, cada sonrisa, cada mirada, cada pensamiento, cada sentimiento… sea testimonio de ese Jesús que nació para amar y murió por amor.

orar con el corazon abierto

¡Señor, Dios hecho Hombre, concédeme la gracia de tener un corazón tan ardiente como el de san Esteban, firme en la fe, lleno de amor! ¡Ayúdame a no tener miedo a testimoniar que eres el verdadero Dios! ¡Ayúdame a testimoniar el amor, la caridad, la misericordia y el perdón en mi entorno familiar, social y laboral! ¡Envíame tu Santo Espíritu, Señor, para ser testimonio de Ti, comprometido contigo, ser alma y corazón contigo! ¡Ayúdame a ser testigo en este mundo que tanto te niega de que creo en Ti, espero en Ti, confío en Ti! ¡Que mis palabras sean sabias, que mis actos sean coherentes, que mi testimonio sea auténtico, que mi anuncio sea valiente! ¡Que no tenga miedo de proclamar quien eres, Señor, Jesús, el hijo de José y de María, el Hijo de Dios hecho Hombre, que has venido a este mundo para salvarnos del pecado e invitarnos a caminar por las sendas de la santidad! ¡Dame, Espíritu Santo, el mismo valor que tuvo san Esteban para defender sus principios; que seas Tú quien me dirija y me guíe! ¡Concédeme, Espíritu de Dios, un corazón hecho para amar, una vida comprometida con el amor y unos gestos que sirvan para servir a los demás por puro amor!

Un villancico árabe para este camino hacia la Navidad:

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