La Navidad muestra la paciencia y la misericordia de Dios

Mi corazón tiene un sentimiento de íntima unión con Jesús que en breve viene a salvarnos con su nacimiento en Belén. Al mismo tiempo me permite comprender las circunstancias ambientales en las que se produjo aquel natalicio en mitad de aquella noche fría de Belén. Nació Jesús cuando el frío invierno arreciaba, en la desangelada soledad de un pesebre mísero, una imagen que te transporta en términos espirituales a la oscuridad con la que Jesús viene a este mundo. Es como si a su llegada encontrara oscuridad en nuestro corazón. Llega Jesús y se ve envuelto también en la escarcha de la frialdad ambiental como ese vacío, abandono, tristeza o desolación, que tantas veces enfría nuestro corazón. Este panorama es la oportunidad que Dios tiene para mostrar a lo que está dispuesto a hacer por cada uno de nosotros.
La vivencia del Adviento y la celebración de la Navidad compendian cada año la misericordia de un Dios que, sabedor de la oscuridad que cubre nuestro corazón, viene para traernos Su luz.
La Navidad muestra el amor de un Dios que sabe de la frialdad del hombre endurecido por la escarcha de lo exterior y viene para calentarnos con el fuego de su amor. Dios es consciente de cuánta soledad, cuánto abandono, cuánta tristeza y desolación pesa en cada corazón humano y viene a ofrecernos su amistad, su perdón, su alegría y su esperanza.
La Navidad nos muestra también la enorme paciencia de un Dios que sabe de nuestra dificultad para comprender su amor y nuestra incapacidad para responder afirmativamente y sin reservas a todo cuanto nos ofrece.
El deseo del Niño Dios en Navidad es sanar nuestro interior pero este deseo solo se puede hacer realidad cuando encuentra una voluntad firme para cambiar. En la vida hay numerosas experiencias y situaciones que no contribuyen a transformar este deseo: la enfermedad, la infelicidad, la decepción, los miedos, las incertidumbres, las ansiedades, los problemas, los sufrimientos de todo tipo.
La vida debe convertirse así en una oración sencilla y constante para que ese Dios hecho Hombre tarde o temprano manifieste su salvación.
Mientras tanto, uno crece en la conciencia de no poder vivir sin la salvación y la vida que Jesús promete con su nacimiento en Belén. ¡Llega la Navidad que es un tiempo de gran bendición que nadie puede dejar de aprovechar!

orar con el corazon abierto

¡Jesús, estás a punto de hacerte presente en el pesebre de mi corazón para traerme vida nueva y salvación, para invitarme a recorrer los caminos de la vida en santidad! ¡No permitas, Señor, que mi corazón se cierre a tus palabras, a tus actos de amor! ¡No permitas, Niño Dios, que me abone a la comodidad de la vida, a lo fácil que ofrece el mundo, a aquello que me perjudica y me separa de Ti! ¡Que este nacimiento tuyo, Niño Dios, me sierva para enderezar aquello que está torcido, a limpiar lo que debe ser barrido, a transformar aquello que debe ser transformado! ¡Vienes para nacer en el pesebre de mi corazón, Señor, y yo te pido que tomes las riendas de mi vida y me ayudes a caminar de tu lado, de la mano de Madre y con la fuerza de tu Santo Espíritu por la senda de la santidad! ¡Espíritu Santo, llévame a la tierra de paz donde more tu gracia y la serenidad que tanto deseo! ¡Para esta Navidad que se acerca deja que mis ojos se vuelvan hacia Jesús deseando nada más que su presencia sanadora! ¡Ven Espíritu Santo, arde en lo más profundo de mi corazón, abre mis ojos para que pueda captar tu plan perfecto en mi vida!

Con Felix Mendelssohn, disfrutamos hoy de estas cantatas para el tiempo de Navidad:

Vislumbrando la Navidad

Quedan pocos días para Navidad y trato de vivirla desde el corazón. Cierro los ojos e imagino la escena. El emperador César Augusto decreta que todos viajen a su tierra natal para oficializar el censo. María, en el final de su embarazo, a lomos de un burro y José realizan un largo y cansino viaje hacia Belén, la ciudad de David. En las calles de la pequeña y tranquila aldea el bullicio es incesante. En la posada no queda ninguna estancia libre donde se puedan albergar.
El carpintero se muestra nervioso. Tenso. Sufre por su mujer embarazada que, fatigada, ha recorrido un largo y pedregoso camino sin lamentarse. José sufre también por no encontrar acomodo para María. Por fortuna, el posadero les ofrece cobijo en un pesebre. Allí podrán pasar la noche. Una noche que será especial. La noche de la esperanza, de la luz, de la alegría. Eso solo lo saben José y María. Ella era consciente de que la criatura que llevaba en su vientre estaba marcada por la señal de Dios. Había sido alumbrada tras un «hágase en mí según tu palabra». Él, dubitativo, había sido avisado por un ángel y, bondadoso como era, aceptó esposar a aquella joven de Nazaret.
Esa fría noche, en la oscuridad del establo, María dará a luz a un Niño. Se preguntaron tal vez porque había tenido que nacer en aquel lugar siendo el Hijo de Dios. Pero no cuestionaron en ningún momento la voluntad del Padre. Y, José, cumpliendo la promesa hecha al ángel, le puso por nombre Jesús.
A su alrededor la vida continuaba. La gente descansaba en la posada, otros trabajaban en el huerto, otros daban de comer a los animales, otros se inscribían en el censo… todos ajenos al mayor acontecimiento en la historia de la humanidad. Solo unos pastores alertados por un ángel acudieron atónitos a alabar a Dios. Postrados ante Él, aquellos hombres sencillos le reconocieron como el Salvador del mundo, como el Hombre que iba a redimir al hombre para llevarlo a Dios.
Este relato sucede cada año desde hace más de dos mil años. Al igual que en aquel tiempo, la vida continua. Sigue su proceso a pesar de lo extraordinario del suceso que se vive en Navidad. El trabajo por obtener un salario, la limpieza de la casa, la compra diaria, el llevar a los niños al colegio, los viajes profesionales, la visita al médico, el pagar los impuestos, el educar a los hijos… No resulta tan difícil perderse la presencia de Cristo, el Salvador del Mundo, entre tanto trajín cotidiano. Pero aquella noche de Navidad, que en unos días tendrá lugar, es la oportunidad para buscar al Niño Dios y hacerlo vida en nuestra vida. Hacerlo como lo hicieron los pastores; con asombro pero con alegría, con esperanza y con humildad, con generosidad y con el corazón abierto. Hacerlo con la sencillez de lo pequeño porque Dios no se revela a los que están inmersos en el frenesí de la vida, subidos en la ola del orgullo y la complacencia, sino a aquellos que son capaces de escuchar el susurro de su voz. El Niño Dios llega al corazón del alma orante no al alma vacía, al alma que está a la expectativa, sedienta de Él y no el alma inundada por el ruido del mundo.
En esta Navidad deseo que el Niño Dios me encuentre recostado como a los pastores, alejado del trajín del consumismo y de los ruidos exteriores; quiero que me encuentre sentado en torno al fuego de la familia, de la alegría, del amor, siempre a la espera y no en el frenesí del hacer; con mucho silencio interior para saber en qué momento se produce su llamada. Y, sobre todo, quiero ofrecerle el regalo de mi adoración. Entregarle mi corazón, mi alma, mi vida y mi verdad. ¡Que mejor regalo que entregárselo todo ese Niño Dios que está recostado en el portal de Belén!

orar con el corazon abierto

¡Señor, a las puertas de la Navidad ayúdame a abrir mi corazón y estar abierto a tu llegada! ¡Necesito, Señor, que tu poder se manifieste en mi! ¡Te pido, Señor, que me llenes de la gracia del Espíritu Santo para crecer en la fe, en la alegría y en la esperanza! ¡Ayúdame a mantenerme en silencio, preparado interiormente, para que esta Navidad sea un momento crucial de mi vida! ¡Quiero obsequiarte con mi vida pero quiero que tu regalo sea tu presencia constate y viva en mi corazón! ¡Enséñame, Señor, a actuar como los pastores que permanecieron callados en adoración y oración en tu presencia para conocerte más y mejor! ¡Te doy gracias porque vienes a habitar en nuestro corazón, para enseñarnos el camino a seguir, para que convirtamos nuestra vida, para que seamos testimonios de tu amor! ¡Te acojo, Señor, con una gran alegría, con una gran paz, con una profunda esperanza porque sé que eres la luz que nos llena con la gracia! ¡Ilumina, Señor, mi camino que tantas veces esta cubierto de oscuridad! ¡Ayúdame a desprenderme de todo aquello que me sobra, lo que me aleja de Ti! ¡Te doy gracias, Señor, por tu presencia y por el regalo de la vida especialmente en estos días que vienes a nacer en nuestro corazón!

Nació Jesús, el villancico para el día de hoy:

Es en el corazón de la noche que la luz es más efectiva

La Navidad es ante todo nocturnidad. Una noche revestida de amor, una noche especial, donde un Niño nace en cada corazón…, ¡pero no deja de ser noche! Y la noche, por definición, es el reino donde impera la oscuridad.
Y en una noche fría, en una aldea en las montañas de Judea, es el lugar escogido por Dios para que nazca su hijo. De noche y en la más absoluta pobreza, «favorecido» por la «generosidad» de un posadero que ofrece a una mujer embarazada el lecho de su vaca en lugar del suyo propio.
En estas circunstancias desfavorables el bebé recién nacido que vino al mundo esa noche iba a ser bautizado como anunció el ángel Gabriel con el nombre de Jesús, que significa Dios salva, expresando a la vez su identidad y su misión pues en Jesús, Dios recapitula toda la historia de la salvación en favor de los hombres. Así, Jesús treinta años más tarde se presentará a sí mismo como la luz del mundo. Y, entonces, todo se vuelve claridad pues la razón de ser de la luz es aclarar la oscuridad.
Es en el corazón de la noche que la luz es más efectiva. Cuanto más oscura es la noche, más notable será la luz será. ¡Qué entrada más hermosa en el escenario de la vida que nacer para ser luz en el medio de la noche!
El problema es que no es fácil iluminar la oscuridad de nuestro corazón. Dios lo sabe mejor que nadie. Por eso envió a su Hijo para que fuera luz del mundo. Él ya nos había dado el sol que calienta nuestros cuerpos, que embellece nuestras vidas y persigue las sombras cada mañana. Pero a pesar de su brillo, a pesar de las luces que iluminan nuestros árboles navideños, de las velas de la corona de Adviento, hay demasiadas sombras en nuestro corazón. Pero esas sombras solo retroceden ante un nombre: el de Jesús.
Jesús quiere decir Dios salva, el Dios que nos salva de las tinieblas y la oscuridad ante las que tantas veces estamos metidos. ¿No es encender la luz del amor, la esperanza, la alegría, la paz interior, la serenidad, el mejor regalo que podemos esperar de Dios en esta Navidad?

orar con el corazon abierto

¡Niño Jesús, Emmanuel, Dios con nosotros, Dios que salva, ilumíname interiormente y haz que tu luz brille en mi corazón para que disipe toda oscuridad! ¡Envuelve, Niño Dios, tu luz en mi alma para que esté dispuesta alimentarse de Tu Palabra! ¡Dios con nosotros, tu eres la luz que ilumina mi vida porque tu amor es eterno! ¡Tu que habitas, Niño Dios, en el misterio de la luz inefable y has creado la luz, guía mis pasos para convertir mis oscuridades en luz! ¡Niño Dios, que eres la luz que brilla en la oscuridad, inunda mi corazón con tu amor para que a través de tu luz y con la fuerza del Espíritu Santo, caminar en tu luz! ¡Envía tu luz y tu verdad para que resplandezcan en mi alma, porque ya sabes de que soy tierra estéril que necesita de tu luz para dar fruto! ¡Niño Dios, derrama sobre mí las gracias del cielo y haz que llueva sobre esta tierra árida la gracia del Espíritu Santo y las fecundas aguas de la piedad, del amor, de la entrega, de la generosidad para que produzca frutos buenos y saludables en mi entorno familiar, social y profesional!

De Vivaldi, un extracto de su extraordinario y hermoso Gloria in Excelsis Deo:

Seguir el ejemplo de obediencia de san José

La duda es inherente al ser humano. San José también tuvo dudas. Pero esas dudas —¿quién podría creerse que María esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo?— son parte intrínseca del plan salvador de Dios. Y del camino de la fe. Y a pesar de su profunda turbación, la bondad de san José —el carpintero de Nazaret no tenía intención de denunciar a María, dice San Lucas— le permitió ponerse en manos de Dios.
En estos días previos a la Navidad la figura de san José cobra una especial relevancia para mi. A pesar de que tantas veces es un personaje secundario en el pesebre de la Natividad, sin su actitud valiente, fruto de la escucha interior, el nacimiento de Cristo no hubiese sido posible. San José me enseña a atender la llamada de Dios, a meditarla en el corazón, a aceptar la voluntad divina, a ser partícipe del plan que Dios tiene pensado para mi pese a los problemas, inconvenientes, adversidades, padecimientos o sufrimientos que van surgiendo en mi caminar. San José muestra que la luz de Dios ilumina siempre el camino; certifica que en la oración Dios habla directamente al corazón y que, en la escucha atenta, uno puede tomar siempre la mejor decisión inspirado por el Espíritu Santo.
En el silencio que envuelve su persona, sabemos que San José también tuvo su «hágase» ante Dios. Dijo «sí» al plan de Dios. Con ese «hágase» cumplió la voluntad del Padre y, sin cuestionar el por qué, tomó a María como esposa. ¡Qué difícil y al mismo tiempo valiente decisión!
En este día me animo a seguir el ejemplo de obediencia de san José, modelo claro de seguimiento de Jesús. Como Él, quisiera poner mi corazón en disposición de acoger todo lo que Dios quiera de mí y para mí. Con un «sí» sin dilaciones, sin postergarlo a cuando me convenga. Mi respuesta debe ser como la de san José con un «sí» obediente, ejemplarizante y motivador; un «sí» que demuestra que acogiendo lo que Dios quiere uno nada debe temer.
La obediencia de San José es ejemplar, digna de imitación, modelo para todo aquél que quiere seguir al Señor. De cómo hay que vivir, actuar y pensar conforme a los designios de Dios. ¡Guiado por mi confianza, a ti acudo San José y con todo el fervor de mi espíritu, a ti me encomiendo para impregnar mi alma de tu ejemplo motivador!

orar con el corazon abierto

¡San José, Padre amoroso, enséñame a vivir como viviste Tú, amando entre las dificultades, sirviendo entre sinsabores, adorando desde lo oculto, aceptando confiadamente las contrariedades, gozando de las alegrías, trabajando con esmero, entregándote con amor! ¡Tu fuiste, glorioso san José, un esposo y padre ejemplar, un santuario de paz interior; que sepa imitar tu ejemplo entre mi vida siempre agitada! ¡Concédeme la gracia de mantenerme en silencio ante la voluntad del Padre! ¡Ayúdame a gozar de mi nada, a aceptar mi pequeñez, a saborear mi insignificancia… solo con esto, san José, me pareceré más a Ti y me acercaré más a Jesús! ¡Ayúdame a meditar el misterio de Belén, a contemplar junto a Ti lo que Dios quiere decirme cada día, a poner mi corazón abierto predispuesto a la fe y ser capaz de responder a Dios como hicisteis Tú y la Virgen María: «Hágase en mi tu voluntad»!

Bellísima esta canción que dedicamos a la memoria de San José:

¿Que representa Belén para mi?

Mis pasos se dirigen pausados y serenos hacia Belén. Para este peregrinar hacia la cueva donde nacerá el Niño Dios no puedo ir con las cargas del año a mis espaldas. Algo tiene que cambiar en mi interior. Mi mochila debe estar ligera, sin el peso de las amarguras, el orgullo, la soberbia, los sufrimientos, los problemas, la autosuficiencia y tantas otras cosas que puedan hacer cansino el camino y que, incluso, me pueden llevar a renunciar a llegar hasta allí.
Por eso me pregunto hoy que es lo que estorba de mi vida y qué debo aligerar, que debo aparcar de mi interior para ir hacia el portal con un corazón nuevo.
El portal de Belén no es un establo donde reposa el Niño Dios. Belén es el propio corazón donde vive el Niño Dios. Belén es dar integridad a mi ser personal, a mi esencia como ser humano. Belén es mi capacidad de amar, de darme a los demás, de tener caridad y no criticar ni juzgar, de servir con generosidad, de trabajar bien por amor a Dios, de preocuparme por el prójimo, de repartir alegría y felicidad, de contagiar optimismo, de optar por el bien, de respetar la individualidad del otro, de orar hasta desfallecer, de interceder por el que sufre, de amar incluso al que no te quiere bien, de perdonar, de comprender… Belén es sentir al amor que Dios tiene por mí. Es valorar ese nacimiento del Niño Dios como un gran regalo para la humanidad. Es sentirse hijo amado de Dios.
Belén es tener un corazón abierto al amor de Dios. Un lugar abierto a la esperanza en la que no quepa la cerrazón, el bloquear las puertas para quedarse en el yo. Es abrirle al Niño Dios las puertas de par en par; es ser uno con Jesús de Nazaret, con su Palabra, con sus mensajes, con su Buena Nueva, con su Evangelio.
Belén es ser consciente de que Dios ha nacido en mi pesebre interior y se ha hecho realidad en mi propia vida. Belén es constatar, de manera maravillosa, que Dios mw necesita —¡qué aparente contradicción!— para la salvación del mundo. ¡Por eso camino hacia Belén porque sé que el Señor está presente y vivo, es realmente un «Dios con nosotros», un Dios que ha entrado en el mundo y quiere estar junto a mí acompañándome en el camino de la vida!

orar con el corazon abierto

¡Señor, me acerco al pesebre de Belén en al que te haces humilde para recibirnos en el corazón! ¡Me acerco a adorarte, Niño Dios, envuelto en pañales en la mayor humildad para aprender de Ti! ¡Te adoro, Niño Dios, por haber nacido en Belén para mostrar el gran amor que sientes por el ser humano! ¡Te amo, Niño Dios, y mi deseo es amarte cada día más, entregarme más a Ti, parecerme más a Ti! ¡Te doy gracias, Niño Dios, porque has venido a iluminar con tu presencia mi oscuridad, permíteme comprender que eres, a pesar de tu pequeñez, el Dios Amor! ¡Te doy gracias, Niño Jesús, porque eres la Paz que viene a sanar las heridas de mi corazón, a limpiarlo de rencores, orgullo, miedos, soberbia, resentimientos, heridas… haz que mi corazón de piedra se convierta en un corazón de carne, amoroso y humilde como el tuyo! ¡Hazme, Niño Dios, mensajero de tu amor, de tu paz, de tu esperanza y tu misericordia, hazme heraldo vivo de Tu Buena Buena y de Tu Palabra! ¡Concédeme la gracia, Niño Jesús, de encarnarte en mi! ¡Ilumina mi corazón, Señor, porque quiero ser también luz que ilumine el mundo para dar testimonio de tu verdad y de que has venido al mundo por nuestra salvación! ¡Niño Dios, has nacido de una Virgen pura, concédeme la pureza de intención y limpia mi corazón, mi mente y todo mi ser para que pueda ser imagen tuya en este mundo donde reina la maldad! ¡Gracias, Niño Dios, porque nos das la vida para vivirla con intensidad y rectitud, ayúdame a vivir conforme a tu voluntad! ¡Hospédate, te lo ruego, en mi corazón!

Camino de Belén, un hermoso villancico con la voz de Niña Pastori:

Gaudete! ¡Estad alegres!

El domingo que hoy vivimos, tercero de Adviento, se conoce como Gaudete! Esta palabra latina significa ¡estad alegres! ¿Y cómo podemos estar alegres entre tantos problemas que nos asolan por doquier? El Adviento es tiempo de alegría porque el Señor está cerca. ¡Muy cerca! Es la alegría de saber que en breves fechas celebraremos la llegada del Niño Dios al mundo. La grandeza de la donación de Dios haciéndose hombre, haciéndose uno entre nosotros. ¿No es esto motivo suficiente para la alegría?
Mientras que para muchos las luces que iluminan nuestras calles tiene un significado meramente comercial yo las veo desde la perspectiva de la alegría, desde el sentimiento íntimo que iluminamos nuestras avenidas para iluminar a Dios el camino hacia la interioridad de nuestro corazón. ¡Porque es aquí donde Dios quiere nacer; en el interior del corazón de cada hombre para iluminarlo con su amor!
La Navidad no rememora un acontecimiento histórico que queda reflejado en los libros de historia, algo nostálgico que hace siglos sucedió. Es el acontecimiento crucial que cambió profunda y radicalmente el devenir de la humanidad. Y ese cambio pasa por el cambio interior de cada ser humano. Cada persona está marcada por el signo del amor de Dios desde el día de su concepción, marcado por el trazo del Bautismo que te invita a una constante conversión del corazón. Y es el nacimiento del Niño Dios el que trae la luz para iluminar el corazón, la mente, el alma, el propio ser.
Gaudete! ¡Estad alegres! ¿Y cómo puedo estar alegre entre los agobios personales, los ahogos económicos, la soledad, la enfermedad, la problemas laborales, el desencuentro con algún familiar…? ¿Cómo puedo estar alegre en estas circunstancias y preparar debidamente la Navidad? ¿Cómo puedo estar alegre y transmitir esta alegría a los demás?
Haciendo en cada momento lo que Dios espera de mí. Mi alegría no puede depender de mi estado de ánimo, de mis angustias y frustraciones. Mi alegría no puede estar mediatizada por ninguna causa de cariz humano. Mi alegría está estrechamente unida a la cercanía a Dios. Mi alegría está íntimamente unida a la voluntad de Dios, al saber subsistir ante las pruebas a las que me somete la vida. Mi alegría debe convertirse en una especie de virus contagioso que se inocule en las personas que tengo alrededor. Fijando con alegría mi mirada en la eternidad, convencido de que todo lo que ocurre en este mundo es efímero, que en la alegría y el contento podré mantenerme inquebrantable con la esperanza puesta en ese Dios salvador. La alegría en el Señor debe crecer en mi interior cada día por medio de la oración, de la vida sacramental, de la entrega y el servicio al prójimo, del hacer las cosas bien por amor a Dios y a los demás. ¡Vivir alegre en el Señor para revestirme de la alegría de encontrarme siempre en gracia de Dios! ¡Y porque siempre que esté alegre seré capaz de obrar con mayor facilidad el bien y despreciaré la tristeza que gusta abandonarse en el corazón!
Gaudete! ¡Estad alegres! ¡El señor está cerca! Y en este camino de preparación tengo una maestra de la alegría: María, nuestra Madre, la mujer que te enseña cada día a vivir la alegría de la verdad, del amor, de la caridad, de la humildad, de la ternura y de la paz.
Gaudete! ¡Estad alegres porque cada día falta menos para que nazca Jesús en el portal de Belén!

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero estar alegre consciente de la importancia de este acontecimiento que vamos a vivir! ¡Ayúdame a ser mejor cristiano, mejor persona, mejor esposo y padre, mejor amigo y compañero; ayúdame a estar alegre en todo momento y vivir más para ti y para los demás con alegría en el corazón! ¡Ayúdame a abonarme a la alegría constante y a borrar de mi corazón la tristeza y la desolación, la soberbia y el egoísmo, las ataduras del pecado y el vacío interior! ¡Ayúdame a ser más constante en mi oración para que haya un verdadero encuentro contigo, Señor, que vienes a mi vida para llenarla de la alegría de Dios y darle a mi existencia un nuevo rumbo y una esperanza renovada! ¡Que mi alegría sea también motivo de compromiso para hacer realidad el reino de Dios en mi corazón! ¡Que sea un motivo para ponerme manos a la obra y crear un buen ambiente a mi alrededor, donde impere la esperanza y el amor!

Oración para encender la tercera vela de Adviento: En las tinieblas se encendió una luz, en el desierto clamó una voz. Se anuncia la buena noticia: ¡El Señor va a llegar!, preparen sus caminos, porque ya se acerca. Adornen el alma como una novia se engalana el día de su boda. Ya llega el mensajero. ¡Marana tha, ven, Señor, Jesús!

Gaudete, Cristo ha nacido, cantamos hoy en este tercer domingo de Adviento:

Parte de ese proyecto de Amor querido por Dios desde la eternidad

Tercer sábado de Adviento con María en el corazón. El Adviento es tiempo de confiar y esperar como y con María. El Adviento es tener la alegre expectativa de recibir al Emmanuel, el Dios con nosotros, un Dios que hace su entrada en la historia de la humanidad a pesar por todas las barreras que el hombre le pone para compartir las ansiedades, las alegrías, las tristezas, las esperanzas y las preocupaciones de toda la humanidad. ¡Y esta es la gran novedad del cristianismo! ¡Dios que ama tanto a la humanidad se convierte en un miembro más de este mundo a veces tan irracional!
Esta hermosa experiencia de salvación no podría haberse realizado sin el generoso y libre “sí” de María, que se puso a disposición de Dios para ser la Madre de Jesús. Un día más para contemplar a María, una joven entre tantas de Nazaret, una criatura sencilla y humilde, desprovista de una gran cultura y de familia social muy modesta. Ella podría haber empleado su libertad para, legítimamente, decirle que no a la misteriosa por no decir sorprendente propuesta del ángel Gabriel, el Mensajero de Dios. Y Dios habría respetado esta libertad, porque Dios nos quiere y nos ha creado totalmente libres, hasta el punto de que podemos decir que no y cerrarle la puerta de nuestro corazón. Sin embargo, María respondió: “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra”.
Esta respuesta de María es una adhesión libre a la voluntad de Dios, al proyecto del Amor de Dios. No se trata de un sí de conveniencia para liberarse los planes de Dios, como nos sucede tantas veces en la vida, para decir que sí para deshacernos de alguien que nos molesta, sin la libre adhesión de nuestra parte. La respuesta de María no está motivada por el temor o la aprehensión ante un posible castigo. María se acoge a la pedagogía de la comprensión. La pedagogía del amor de Dios.
El sí de María es un acuerdo libre, consciente e incondicional a un proyecto que proviene del Creador. Un Dios que no utiliza su fuerza y que no trata de imponerse a sí mismo, sino un Dios que quiere conducir a la humanidad simplemente a la salvación, humillándose y disminuyéndose a sí mismo, y utilizando nuestras libertades en la vida cotidiana.
María es consciente de que con su sí forma parte de ese proyecto de Amor querido por Dios desde la eternidad. María entendió que Ella formaba parte del pensamiento de Dios para integrar su plan de salvación. Pero María también sabe que la maternidad tendrá consecuencias difíciles de soportar en la sociedad y la cultura de su tiempo. Ella aceptó enfrentar ese peligro confiando en el Señor que nunca nos abandona cuando nos confía una misión.
En este sábado de Adviento, María surge de nuevo como el icono vivo que nos acompaña en nuestra espera de la fiesta de la Natividad. El icono de la esperanza, de la alegría y de la fe. Y hoy soy más consciente que nunca que debo obtener estas virtudes teologales provenientes de Dios para permitirle al Señor nacer todos los días, libre y confiadamente, en mi corazón.

orar con el corazon abierto

¡Me consagro en este día a Ti, Señora del Adviento, Madre de todas mis esperanzas! ¡Me confío a Ti, Señora que has sentido a Dios en tus entrañas y no lo traes al mundo para ser esperanza y salvación de Dios, apoyo espiritual y camino que ilumina la vida ¡Todo tuyo, Madre de todos mis anhelos, Tú que has recibido el poder del Espíritu para dar cuerpo a las promesas de Dios! ¡Concédeme la gracia, María, de encarnar con mis gestos, mis miradas, mis pensamientos y mis actos el Amor, signo del Reino de Dios, a todas las personas que me cruce en el camino! ¡A ti me confío, María, Señora del Adviento, Tú que has dado rostro a nuestro futuro! ¡María, Tú que contemplaste al Niño en Belén, ofréceme la ternura de Dios que tanto necesito! ¡Nuestra Señora del Adviento, Madre del Crucificado, llega a todos los que sufren y acompáñalos con su nuevo nacimiento en los brazos del Padre! ¡Nuestra Señora de Adviento, Tú que eres también el icono de Pascua, concédenos estar siempre vigilantes para acoger a Jesús con el corazón abierto! ¡María, que respondiste con un “Sí” al proyecto que el Señor tenía para la humanidad, que aprenda de ti a ser uno con el mundo de hoy y permíteme contigo clamar que”Sí” cuando Jesús se haga presente en el mundo en esta Navidad!

Ave Regina coelorum (Salve Reina de los Cielos), de Rupert Ignaz Mayr:

Dios me pide que proclame a Cristo y prepare su camino

En este tiempo de adviento tengo más conciencia de que el Señor está a punto de llegar para salvar a todos los hombres y que ofrece su palabra para la alegría del corazón. Pensamiento hermoso porque es la magnífica proclamación que hace la Iglesia de que Dios no nos olvida; al contrario, viene a nuestro encuentro para salvarnos. Depende de cada uno preparar su futuro.
Siguiendo el patrón de Juan el Bautista, hay que preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos. Me corresponde alentar mi corazón para la penitencia, estar atento y alegre al mismo tiempo, ya que «el Señor está cerca». ¡Y tan cerca!
Y como Juan el Bautista mi voluntad debe estar decidida a cumplir la misión divina. Vivir como Juan en la humildad, una vida austera y hermosa, valiente y entregada, reveladora de un espíritu de oración. Dios también me pide que proclame a Cristo y prepare su camino. La tarea es difícil: pero dado que Dios me la confía, pongo mi confianza en su ayuda infalible.
Juan el Bautista me invita a una profunda renovación interior, en cada una de mis ocupaciones cotidianas. Cambiar aquellas cosas torcidas de mi corazón. Rectificar aquellas actitudes sinuosas. Mejorar las circunstancias personales que están en penumbra. Dejar de lado las acciones en apariencia desinteresadas. Dejar de lado los intereses egoístas. Evitar autojustificarme cada vez que me equivoco. Utilizar bien el tiempo para mi propio bien y el de los demás. Tratar de no encerrarme en mis propios intereses y placeres mundanos. Hacer que mis metas sean elevadas. Es decir, rectificar para hacer mi camino una senda de rectitud para que Cristo pueda llegar a mí por el camino llano.
Es un tiempo de conversión personal pero también de oración por la conversión de las mentalidades y los comportamientos de nuestros contemporáneos inmersos en sociedades descristianizadas. ¡Hay tantas personas, cerca y lejos de nosotros, que viven como si Dios no existiera! Incluso Dios es expulsado de las estructuras y las leyes de la sociedad en nombre del «bien» de la humanidad.
Como cristiano soy consciente de que la venida del Señor es inminente. Para recibir la gracia especial del Mesías, tengo que hacer penitencia por mis pecados, corregir mis comportamientos equivocados y reparar los daños causados por mis acciones. Estas son las bellas palabras de Isaías, que salen también de los labios de Juan: suavizar las colinas, restaurar los caminos. La tibieza, la autosuficiencia, el orgullo, la confusión de la mente, el conformismo, el desánimo, la autocomplacencia… no son elementos apropiados para un cristiano que se prepara concienzudamente para la Navidad. Preparar el camino exige olvidarse de uno mismo para comprometerse a anunciar al Niño-Dios que nacerá en Belén.

orar con el corazon abierto

¡Espíritu Santo, ayúdame a enderezar los camino y allanad el sendero para que Cristo llegue a mi vida como merece! ¡Abaja en mi interior aquello que me impide allanar el camino como la soberbia y el orgullo, la vanidad y los egos, la autosuficiencia y las complacencias mundanas! ¡Permíteme, Espíritu Santo, transformar mi corazón, renuévalo y purifícalos, para que Dios pueda acercarse a él sin encontrar barreras de ningún tipo! ¡Reduce mi vida a la humildad y la modestia, para que el Niño Dios hecho Hombre llegue a mi corazón con la alegría de llegar a lo pequeño! ¡No permitas, Espíritu Santo, que mi preparación sean superficial, repleta de adornos exteriores, sino que lo que brille es mi interior! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a contribuir en esta misión desde la autenticidad de mi testimonio y desde la humildad de mi trabajo apostólico! ¡Espíritu Santo, sanador de corazones hambrientos de Dios, no permitas que cierre mi corazón al amor de Dios, escogiendo la comodidad y la autosuficiencia, lo fácil y lo que me desvía de Dios! ¡Espíritu divino, permíteme enderezar de mi vida todo lo que tiene que ser cambiado y torcido! ¡Toma, Espíritu divino, las riendas de mi vida y ayudarme a preparar las sendas para que Cristo llegue a mi corazón! ¡María, Virgen Santa, Estrella de la Evangelización, ayúdame a ser dócil a la llamada del Señor y trabajar con humildad en dar a conocer la Verdad de tu Hijo Jesús! ¡Te pido, Espíritu de Dios, que transformes también los corazones de aquellos que están alejados de Jesús, que lo han abandonado o que luchan por alejarlo de la sociedad actual!

Un motete de Navidad de Johann Stadlmayr:

«¿Dónde estás?»

El caminar es una experiencia connatural para el ser humano; somos viajeros, estamos en constante movimiento, no solo en un sentido geográfico espacial sino en el camino que nos lleva a alcanzar la plenitud.
En el tejido del mundo, nuestra vida es una aventura extraordinaria que conoce caminos fáciles pero también momentos de perplejidad, de crisis, de parón, de deseo de volver atrás, pero a través de estas etapas uno madura humana y espiritualmente.
Así, el caminar se convierte en un requisito fundamental para el hombre. El profeta Miqueas escribe que caminar humildemente con Dios es una de las dimensiones inseparables que dan forma a la experiencia humana y espiritual del hombre: «Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno y qué exige de ti el Señor: nada más que practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu Dios».
Y Dios, por medio de Jesús, se hizo humano, compañero de viaje de cada hombre que le da la bienvenida. Él, que es el Camino, nos educa para salir de la cueva egoísta que nos hace ciegos e inmóviles, nos arranca de la lógica mundana y el poder, abre nuevos horizontes y descubre que el camino de la vida no lo caminamos solos sino junto a muchas otras personas que nos pueden parecer extrañas pero que son hermanos. Es el umbral donde todo hombre realmente comienza a vivir.
Pienso que Dios cuando llamó a Adán y le dijo: «¿Dónde estás?» me lo pregunta también a mí. Cada vez que Dios hace esa pregunta, no es porque me tenga que hacer saber algo que todavía no sepa de mi. Al contrario, quiere provocar una reacción que golpee en mi corazón y dejar que quede impactado por esta llamada.
Pero Adán, se esconde y lo hace para no sentirse responsable y escapar de la responsabilidad de su propia vida. De modo que cada vez que yo me escondo, porque cada hombre somos Adán, trato de ocultarme del rostro de Dios.
Escuchar esa pregunta, lo que pone en cuestión todas las preguntas de mi vida, es tratar de comprenderme a mi mismo. Escuchar y preguntarse, son momentos esenciales en la vida de un hombre que quiera conocer y, sobre todo, conocerse sin cansarse, en un itinerario interminable.
El hombre que escucha y escucha profundamente no huye de sí mismo, sino que, por el contrario, se reconoce a sí mismo, se acepta a sí mismo, en una confrontación real y auténtica, consigo mismo. Una condición fundamental para una apertura auténtica a los demás.

orar con el corazon abierto

¡Espíritu Santo hazme ver que la vida es para mí para mí un camino de crecimiento! ¡Hazme ver, que crecer es darme cuenta de que no solo cuento yo sino que hay algo más por encima de mi, el mundo exterior que me rodea y las personas que me rodean! ¡Espíritu Santo ayúdame a caminar a tu lado para crecer humana y espiritualmente! ¡Espíritu Santo hazme ser un hombre integral, alguien que desafíe todas las dimensiones esenciales de la vida! ¡Hazme, Espíritu Santo, transitar por el camino de la autenticidad para lograr el equilibrio interior, para unir mi corazón a Dios! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de crecer con esfuerzo y empeño, para no detenerme! ¡Hazme comprender que el vivir es un éxodo continuo, un caminar que se abre hacia lo inédito que es Dios! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, que abrir mi corazón a la novedad implica dejar certezas para aventurarse a la verdad y la vida que es Jesús! ¡Hazme saber, Espíritu Santo, que el camino es un paradigma que me hace crecer en madurez! ¡Hazme por tanto, Espíritu Santo, crecer cada día para abrirme cada vez más a la realidad, a los demás, al don de mi mismo, a la responsabilidad!

Cantate Domino, motete de Navidad para acompañar la meditación de hoy:

¿Prefiero a Jesús por encima de todo lo demás?

Hoy me cuestiono: ¿A qué tipo conversión me llama el Adviento? ¡La conversión de decidir seguir a Cristo! ¡Un decisión que no es sencilla! Hay un segundo tipo de conversión que me invita a ir más allá de mi anhelo de seguir a Jesús: preferirlo sobre todas las cosas. ¡Y aquí todo se convierte en más complejo y complicado!
Entonces observo a san Juan Bautista: podría haber tenido una vida bien regulada. Su padre, Sumo Sacerdote en el Templo de Jerusalén, era un hombre influyente y respetado y su madre pertenecía al linaje de Aarón. Ambos, según el Evangelio, eran justos ante Dios. Con esta posición social acomodada, el Bautista tenía ante si un futuro prometedor pero escogió, en la pobreza del desierto y la oración, darlo todo a Dios de manera radical para convertirse en su profeta. ¿Me siente llamado a dar todo a Dios, en mi vida laical, para convertirme en un profeta de este tiempo?
Observo también a la Virgen. María gozaba también de una acomodada situación personal. Una vida tranquila. Un proyecto de boda con san José. Una vida bien regulada. Una familia estable. Pero ella prefirió a Dios antes que cualquier otra cosa.
La cuestión que se plantea en el Adviento es sencilla: ¿prefiero a Jesús a todo lo demás? Para responder a esta pregunta, basta con tomar alguno de los elementos que rodean mi vida: el trabajo, mis diversiones, la televisión, Internet, mi partido semanal de tenis, mi salida a un restaurante, mi lectura…. Y hacerme pregunta crucial: «Si Jesús me pidiera que abandone alguno de estos asuntos, ¿le diré que sí?». Con frecuencia juzgamos nuestra existencia en lo grande y nuestro corazón, henchido de orgullo, dice de nosotros mismos: «En realidad no soy tan mala persona. En definitiva, ni robo, ni mato, ni miento, me esfuerzo; peco, claro, pero mis pecado son veniales y sin importancia». Nos creemos buenos —santos, incluso— pero no nos planteamos una auténtica conversión.
Pero, ¿prefiero a Jesús por encima de todo lo demás? ¿Lo que hago, lo hago por amor? ¿Amo lo suficiente a Dios y a mi prójimo? Esta es una de las claves de la conversión a la que me invita al Adviento: preferir a Jesús a todo lo demás; amar a Jesús más que a todos los demás para que, a través de este amor, darse a los demás.

orar con el corazon abierto

¡Jesús mío, es dulce tenerte en mi corazón! ¡Aspiro, buen Jesús, a tu amor, a tu misericordia, a tu perdón! ¡Antes, Señor, te pido transformes mi corazón de piedra y lo purifiques para poder recibirte en Navidad! ¡Haz, Señor, que este tiempo de Adviento sea para mi un tiempo de espera, de esperanza, de conversión, de atenciones, de meditación, de oración! ¿Que sea, Señor, un tiempo de confianza, de fidelidad y de deseo de Dios! ¡Que se haga en mi según tu voluntad, Señor! ¡Deseo, Señor, convertirme en tu imagen! ¡Ayúdame a escuchar tu Palabra, a vivir los sacramentos, a preocuparme por los demás, a tener atención por los más necesitados, a abrirme a una vida nueva, a ser más generoso, a estar vigilante por si llamas a mi puerta! ¡Ayúdame a entrar en el Adviento para que vivas en mi corazón ¡Condúceme a la expectativa de la alegría, de la esperanza,  del compromiso para transformar mi vida y mi historia, la pequeña historia de mi mundo cotidiano, para encarnar en los desafíos de la vida cotidiana, la caridad que Dios nos mostró en en Ti, Señor Jesús ¡Ayúdame a ponerme de pie y levantar la cabeza porque sé que mi liberación está cerca! ¡Hazme comprender que la liberación es de Dios, es su palabra pronunciada en el silencio y la oscuridad de la opresión y el mal, una palabra de esperanza y alegría por la cual puedo mantener intacta la confianza en el significado último de mi historia! ¡Ayúdame a ir con la cabeza erguida, listo para escrutar de Dios las llamadas realizadas a través de la conciencia, de las personas con las que vivo y de los eventos que me suceden! ¡Hazme, Señor, preferirte a Ti antes que a todos!

Jesus está llegando, cantamos en adviento: