Revisar el mandamiento del amor

La Santa Misa me sorprende cada día. Cada vez que participo de la Eucaristía hay algo que renueva mi corazón. Consciente de que Cristo la instituyó con el mandamiento del amor —«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. En esto conocerán que sois discípulos míos»— me obliga todos los días a revisar cómo vivo este mandamiento que viene de Jesús en mi hogar, en mi trabajo, en mi comunidad, entre mis amigos… Me cuestiono como me comporto con las personas con las que convivo, con las personas que trabajan conmigo, con aquellos que no son santo de mi devoción, con aquellas que dificultan mi día a día… Las palabras que pronuncia el sacerdote —«reconozcamos nuestros pecados»— resuenan tanto en mi interior que me obligan a bajar la mirada para pensar profundamente si camino unido con los que me encuentro en mi caminar o si, por el contrario, los voy excluyendo de mi horizonte vital. Me cuestiono si siento a todos como hermanos; incluso me pregunto si considero a los que participan conmigo en esta celebración como hermanos en la fraternidad de Dios. Y siento en cierta manera una gran desazón porque no siempre acudo con esta actitud de fraternidad que Jesús quiere de mi para celebrar conmigo la Eucaristía. Amar al prójimo que te hace bien es sencillo. Amar al prójimo que te perjudica exige mucho desprendimiento interior. Pero para que Jesús pueda celebrar interiormente contigo su Eucaristía requiere que ames al otro como Él nos ama. Así, vivir la fraternidad es vivir el gozo del encuentro con el Señor, el gozo de alabarlo, de gozar escuchando su Palabra, el gozo de elevar las manos para pedir al Padre, el gozo de dar y recibir la paz, el gozo —sobre todo y por encima de todo— de experimentar el misterio amoroso de la consagración y el gozo sublime de recibir a Cristo en la comunión.
La Eucaristía es la corona de los sacramentos. Es el anticipo de lo que acontecerá en el cielo. Es el sacramento vivo que une a la Iglesia. Siento que si no vivo en esa unidad no me puedo acercar limpiamente a la mesa del Señor porque si sólo me comporto bien con Él pero no con los demás no hay verdad en mi corazón.
La comunión no es una obra de teatro sobre la fraternidad y el amor que cada día o cada domingo se celebra en una iglesia mientras durante la jornada o la semana prima en el corazón el rencor, el desprecio, el juicio ajeno, la discusión, el enfrentamiento, la injusticia, la falta de perdón… La Eucaristía exige continuidad entre lo que acontece en la vida cotidiana y lo que se vive durante la celebración. Y, al acudir a comulgar, debo testimoniar lo que vivo en mi hogar, en el trabajo, en el vecindario, en la comunidad eclesial… O por lo menos acompañar mis pasos hacia el altar con el sincero esfuerzo de cambiar el corazón y construir un entorno donde prime el amor y se haga realidad la unidad que exige Jesús.

orar con el corazon abierto

¡Espíritu Santo, tu que lo inundas todo y sobrevuelas con tu presencia cada Eucaristía, ayúdame a vivir la Santa Misa como un memorial de caridad fraterna! ¡Que cada día sea para mi celebrar la comunión con los hermanos en torno a la Palabra de Dios y a la fracción del pan siendo testimonio de vida y de compromiso con los demás, de perdón y de reconciliación! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a ver en el pan y el vino a todos los que me rodean y poner mi vida en manos del Señor para vivirla, como Cristo y en Cristo, en amor servicial al prójimo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser vínculo de caridad para hacer realidad el mandamiento nuevo de Cristo de amar a los otros como Él nos ama! ¡Envíame, Espíritu de Dios, a hacer realidad este mandamiento de amor y que esta tarea refleje lo que significa la Eucaristía en mi propia vida! ¡Ayúdame a cuestionarme cada día cuál es la importancia que doy a la Eucaristía en mi vida, cual es el sentido de solidaridad que llevo a la práctica y no permitas que olvide que no puedo mostrarme insensible a las necesidades del hermano, especialmente de los que sufren y son frágiles! ¡Ayúdame a ser signo de unidad y vínculo de caridad con el prójimo! ¡Ayúdame a recibir con fe el Cuerpo de Cristo unido íntimamente a Él, y en Él, a Dios Padre, en el amor del Espíritu Santo y desde la Trinidad a los demás porque este es el auténtico fundamento de la comunión en la Iglesia! ¡Y a Ti, María, Madre de la Iglesia, ayúdame cada día a redescubrir el carácter central de la Eucaristía, para vivir en plenitud la comunión fraterna!

Nos unimos también en oración con esta hermosa canción sobre la Eucaristía:

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¡Levántate y anda!

En el día de ayer mi ánimo estaba apesadumbrado, cansado, fatigado por las luchas de la jornada. Hay días que el peso de los dificultades abruma. Entré a última hora en una iglesia, necesitaba descargar los fardos de los problemas que se habían ido acumulando con el paso de las horas. Sentí lo que aquel tullido que se encontró con Pedro y Juan en la oración de la hora nona en el templo. Sentado en la última fila de bancos, contemplé fijamente el sagrario. En los Hechos de los apóstoles, Pedro y Juan fijan los ojos en aquel enfermo y le dicen: «Míranos». El hombre espera recibir algo de ellos. Pero Pedro le recuerda que no tienen ni oro ni plata pero le puede ofrecer algo en nombre de Cristo. Y exclama gozoso: «Levántate y anda». En ese momento aquel tullido observa como sus miembros son restaurados, como su vida es transformada, como su corazón es transformado. Como toda su existencia es transformada radicalmente por el poder inmenso del Dios que todo lo puede. Y entra en el interior del templo lleno de alegría y de gozo alabando al Dios de la esperanza. No quería dejar de dar gracias al auténtico dador de aquel extraordinario obsequio que ha cambiado su futuro. Y, viéndome reflejado en ese hombre, por el poder que Dios ejerce en mi vida «me levanto y ando» y salgo de la iglesia descargando en Él los pesados fardos que me abruman. Le doy gracias al Padre de la misericordia pues soy consciente de que no siempre reconozco ese poder, ni acepto su infinito amor y sus gracias y todo lo que ello implica para mi vida. Y «ando» plenamente convencido de que mi día a día es un pequeño gran milagro del que no puedo más que estar agradecido. Que no me puedo acomodar en mis «yoes» y mis problemas porque sus prodigios en mi son reales y exigen de mi alabanza permanente. Cuando el ajetreo cotidiano y la monotonía del día a día te absorben, los ojos del corazón se nublan y te impiden ver con lucidez tantas gracias divinas derramadas en tu vida. Pero es en el silencio de la oración donde se enciende la luz que da claridad a las respuestas que el corazón espera. Allí es donde se siente el soplido suave del Espíritu que te señala el camino.
Las cargas cotidianas convierten al hombre en un ser tullido por las dificultades pero cada día hay un momento en que uno escucha ese esperanzador «¡levántate y anda!» que no es más que el clamor de Dios que, por medio del Espíritu Santo, te libera de los miedos interiores, te hace fuerte en las luchas cotidianas y te ofrece el impulso para afrontar lo que en la vida se vaya presentando. Todo lo que a uno le sucede es una ofrenda de amor y no puede dejar de alabar por ello al Padre exultante de alegría.

orar con el corazon abierto

¡Señor, tengo la suerte de conocerte, de sentirte a mi lado, de conocer tus caminos, de intentar seguir tu voluntad, de seguir tus enseñanzas! ¡Señor, aunque el peso de las dificultades y los problemas me abruman, tengo la suerte de que por Ti mi vida tiene un sentido, una razón de ser, porque es tu mano la que me sostiene, es tu amor y tu misericordia los que me impulsan, el soplo del Espíritu el que me da la fortaleza! ¡Gracias, Señor, porque mi corazón siente tu cercanía! ¡Gracias, Señor, porque me invitas a levantarme y andar sin miedo, sin rendirme, sin perder la esperanza! ¡Te doy gracias, Señor, porque estás conmigo para lo que venga, sin perder la confianza en Ti! ¡Te alabo, Señor, porque entre tantos obstáculos me prodigas tu amor! ¡Te alabo, Señor, porque siento tu amor, me dices que ame a los demás y me prodigo en tu amor! ¡Te alabo, Señor, porque aunque tantas veces te olvido tu no me abandonas nunca! ¡Te alabo, Señor, porque en Ti todo es amor y misericordia y todo lo que haces en mi vida es una manifestación de tu amor! ¡Señor, tengo la suerte de amarte y de conocerte por eso te alabo porque no quiero desviarme del camino que me lleva hacia a Ti y desde Ti a los demás!

Levántate y anda, cantamos para perder los miedos y acogerse a la esperanza:

Cada día de cada mes puedo dar y ser fruto del árbol de la vida

Un amigo me envía regularmente gifts con textos de la Biblia decorados con imágenes hermosas. Ayer recibí esta del Libro del Apocalipsis: «En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones». Y esta frase me invita desde que la leí ayer a una reflexión profunda.
En la historia del Génesis leemos que el Jardín del Edén albergaba en su epicentro el árbol de la vida. El fruto que ofrecía era el de la vida eterna. Cuando Adán y Eva —arquetipos del hombre actual— transgredieron la prohibición de Dios de comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal fueron expulsados ​​del Paraíso y ya no pudieron acercarse al árbol de la vida.
Esta historia dramática —porque es el nacimiento del pecado en el hombre— no describe un momento específico de nuestra historia colectiva ni traza una línea entre un comienzo idílico y un devenir lleno de conflictos y problemas sino que ilumina un aspecto fundamental de nuestra condición humana: el deseo de todo hombre de “llegar a ser como dios”, capaz de saberlo todo, de experimentarlo todo, de juzgar lo que es correcto o incorrecto, verdadero o falso y de poder actuar sin límites transgrediéndolo todo con impunidad; este deseo de omnipotencia que vive en nuestro interior pervierte la relación que podemos tener con Dios y nos lleva a considerarlo un rival, un obstáculo para nuestra ambición por tenerlo todo bajo control.
El acceso a este árbol de la vida solo será posible al final de los tiempos cuando hayamos adquirido la madurez necesaria para abrazar por completo el amor, la alegría y el gozo, la dulzura de Dios y seamos capaces de vivir relaciones auténticas, armoniosas y pacíficas entre nosotros.
El árbol de la vida representa el deseo del infinito y la eternidad del ser humano; este deseo no puede ser llenado con bienes materiales o con la satisfacción de una necesidad física. Solo puede encontrar su realización en la vida espiritual, en una relación de confianza con Dios dejándose llevar por su infinita ternura y benevolencia que, lejos de desear dominarnos desde lo alto de su cielo, está anidado en lo más profundo de nuestra vida, en lo más íntimo de nosotros mismos.
Pero si soy capaz de comer y alimentarme del árbol de la vida que es Cristo y su Palabra mediante su Santo Espíritu puedo llegar a ser como un árbol plantado, que regado por la oración, la vida de sacramentos y por mi entrega a los demás, prosperará para dar frutos y heredar la vida eterna. Si me alimento del árbol de la vida cada día de cada mes puedo dar y ser fruto. ¡Cada día de cada mes! ¡Estimulante tarea en mi camino cristiano!

orar con el corazon abierto

¡Señor, anhelo ser la raíz sana de un árbol que sea capaz de dar buenos frutos! ¡Quiero, Señor, regar mi propio árbol con Tu Palabra, con tu cuerpo eucarístico, con mi entrega total a tu persona y al prójimo! ¡Te pido, Señor, el riego del Espíritu para que me ayude a crecer en santidad y vencer mis debilidades! ¡Ayúdame, Señor, a ser un buen jardinero del árbol de la vida para que mi vida cotidiana pueda dar frutos alegres y llenos de vida! ¡Riégalo, Señor, con tu Santo Espíritu para que mi vida interior esté siempre bien abonada! ¡Señor, hazme entender que cuanto más santa sea la raíz que sustenta mi vida más santas serán también las ramas que florecen de mi corazón! ¡Te pido, Señor, que me ayudes cada día a examinar mis raíces y a comprender que el fruto que de mi vida no es obra mía sino que es consecuencia de la relación que mantengo contigo! ¡Quiero alimentarme de Ti, Señor, que eres el árbol de la vida y junto a Ti quiero alcanzar tus promesas por eso también de encomiendo a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a los miembros de mi comunidad eclesial y a toda la Iglesia entera! ¡Y te alabo, te adoro, te bendigo y te doy gracias porque te haces presente en mi vida y tu voluntad es que more contigo en la vida eterna!

La hermosa música de Vivaldi nos acompaña con este Domine ad adiuvandum:

Protectora del Pueblo Romano

El Santo Padre acude en la mañana de este domingo a la Basílica de Santa María la Mayor de Roma para presidir el traslado del restaurado icono Salus Populi Romani, es decir, Protectora del Pueblo Romano. Con motivo de algún viaje a Roma he tenido la ocasión de admirar este icono bizantino que representa la figura de la Virgen María con el Niño Jesús en brazos, obra atribuida a los primeros cristianos pues las estudios indican que es pintura sobre una tabla de madera con más de dos mil años de antigüedad. Algunos especialistas atribuyen este icono mariano al evangelista san Lucas y no son pocos los que consideran que este hermosa figura greco-bizantina se pintó sobre un trozo de la mesa en la que Jesús bendijo el pan y el vino en su Última Cena. Y como toda historia hermosa fue Santa Elena la que la trasladó a Roma junto a otro de los signos evidentes de la existencia de Cristo, la reliquia de la Santa Cruz, la misma en la que el Señor murió en el Calvario.
Este icono se puede contemplar en la Capilla Paulina. Protectora del Pueblo romano. Es decir, protectora de la Santa Iglesia romana. Protectora de todos los cristianos. María, la Madre protectora por excelencia del cristiano.
Cuando contemplas este bellísimo icono sientes la mirada de María que acoge con dulzura entre sus brazos al Niño Jesús, con eleva ligeramente el brazo derecho dando la bendición al que le observa. Madre e Hijo se miran pero observan también al peregrino que los contempla. Así es nuestra vida de cristianos, recogidos por las manos de María que nos conduce directamente al corazón de Jesús que nos bendice con su amor y su misericordia.
Unidos hoy al Santo Padre, es un hermoso día para ofrendar a María la humanidad entera, especialmente a los cristianos para que sepamos remar a contracorriente, venciendo las tormentas y dificultades que se nos presentan, protegiendo a todos aquellos que tienen necesidades y nos haga fuertes ante las debilidades de la vida.

orar con el corazon abierto

¡Te amo, Madre de Jesús y Madre mía! ¡Y te alabo como Madre del Amor Hermoso, la llena de gracia, ejemplo de virtudes y de gracias, espejo donde mirarme! ¡Tú, María, eres para mí el camino a imitar, la que mereces todos los honores! ¡Te pido, María, que desde este valle de lágrimas, a la presencia viva de tu Hijo! ¡Tu eres mi esperanza, la que me lleve hacia el camino de la santidad con la gracia y los dones del Espíritu Santo, la que me ayudes a vencer mis debilidades y mis defectos, a la que puedo acudir para paliar mis necesidades y mis anhelos! ¡Tu, María, eres la Madre que protege la Iglesia romana, cuida y protege al Santo Padre y ayúdale siempre en su difícil labor apostólica! ¡Danos a todos los cristianos, María, la alegría para caminar hacia el cielo prometido, la valentía para proclamar el Evangelio de tu Hijo, la generosidad para hacer nuestro entorno un lugar de encuentro con el hermano! ¡Como en esta hermosa imagen, María, permítenos como haces con Jesús poder tomar tu mano derecha y caminar a tu lado para yendo contigo ir confortados en la esperanza, venciendo las incertezas, corrigiendo nuestros defectos, alejándonos de las aflicciones, librándonos de las acechanzas del demonio, haciéndonos fuertes en nuestras fragilidades! ¡Acude a consolarlos, María, Madre del Salvador y de la esperanza, y conviértete en ese refugio de bondad que nos socorra en todas nuestras necesidades!

Cantamos un introito del canto a María Salus Populi:

Desde la prudencia a la adhesión

Último sábado de enero con María en el corazón. Me gusta la prudencia de María, me invita también a buscar en mi vida esta virtud que durante tantos años he tenido aparcada. Cuando el el mensajero de Dios le anuncia a la Virgen que va a engendrar un hijo y que éste tendrá un destino excepcional, en lugar dejarse arrastrar por sueños de gloria, María pone en valor estas palabras: «¿Cómo será esto pues no conozco varón?» Ante la respuesta del ángel de que «nada es imposible para Dios» María responde serena y prudentemente: «Hágase en mí según tu Palabra». Es el consentimiento de una persona prudente que no se deja llevar por una adhesión entusiasta. Su respuesta le permite probar la credibilidad del mensaje del ángel san Gabriel. Y, entonces, sabedora de lo que le ocurre a su prima santa Isabel, corre rauda a vivir con ella su experiencia personal.
Lejos de ser excesivamente inocente, María ejerce la prudencia. Ser creyente no implica renunciar a la actividad de la razón. En la vida nos desafiamos constantemente tratando de probar lo que creemos o lo que se nos pide que creamos. La fe no debe confundirse nunca con la credulidad ni la confianza con la ingenuidad.
María necesitará del entusiasmo de su parienta también para creer.
Esta historia de María e Isabel es una invitación a compartir nuestra fe, nuestra experiencia, para conversar con otros sobre nuestras dudas como muy probablemente hizo la Virgen con santa Isabel. Es imposible avanzar en la fe cuando se está solo. No se puede creer en el pequeño rincón de la vida. Si no se comparten las propias creencias o las incertidumbres con los demás se corre el riesgo de seguir ciegamente cualquier cosa y la fe acaba por apagarse y desaparecer.
Con la ayuda de su pariente, María cree con firmeza lo que el ángel le revela y se adhiere a él con el canto del Magnificat que es una alabanza que repleta de citas de las Escrituras, de este tesoro que ella, profundamente creyente, conoce a la perfección: el Libro del Génesis, el de Samuel, el libro de los Salmos, de Job, de los Profetas… No hay una sola línea en este hermoso poema que que no surja de la verdad revelada.
¿Cuántas veces uno vive la experiencia de pensar que «esta palabra ha sido escrita o iba dirigida a mí»? Esto es lo que sucedió con la joven de Nazaret; la historia de la madre de Samuel, los cánticos de los Salmos, las promesas de los profetas… todo se unió a su propia historia personal.
Ante los acontecimientos extraordinarios de su vida, ante el sorprendente anuncio del ángel, María no permaneció pasiva. Trató de entender, desde la razón humana y desde la fe, el verdadero significado de aquellas palabras; lo hizo también a la luz de la experiencia de su pueblo, de todos los testigos que la precedieron en la fe.
María es un ejemplo maravilloso para mi propia experiencia vital, para mi viaje de peregrinación, para mi camino lento hacia la santidad de la que tan alejado estoy. Por eso camino, prudente, al lado de María. Ella ilumina mi vida con la luz de Dios.

orar con el corazon abierto

Hoy mi oración es el canto del Magnificat, el canto de la alegría del alma en el Señor:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí,
su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
como lo había prometido a nuestros padres
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre
y por los siglos de los siglos. Amén.

Cantamos alegres el Magnificat de Vivaldi:

Perdonar, un acto de amor

El domingo pasado una persona que asistía a un encuentro del Espíritu Santo me comentaba que para ella el perdón era lo más difícil en su vida. Gente cercana le había provocado mucho daño y su actitud ante la vida era tan negativa que se hacía imposible ver un rayo luz para poder reconciliarse con aquellos que le habían dañado. En su fuero interno ella lo hacía todo bien. Fallaban los demás. Como en su corazón no hay amor sin ese amor perdonar es tarea imposible.
Perdonar es un acto que exige mucho amor, humildad y generosidad. Perdonar no es fácil, pero tampoco es algo imposible. Perdonar es tratar de olvidar la ofensa, como si ésta nunca hubiese existido. De esta forma perdona Dios, restituyendo a la nada todo el mal que colocamos en sus manos.
La capacidad de perdón que cada uno tiene refleja a la perfección la calidad de su vida cristiana. Si yo perdono poco, poco amo. Si he recibido mucho perdón, es que soy muy amado. Si deseo ser perdonado, también he de querer perdonar. El perdón del cristiano desconoce el rencor, las gratificaciones y los derechos, las compensaciones y las exigencias. No hemos de entender el perdón ni como un acto de solidaridad ni un mero protocolo de convivencia social y de buenas costumbres.
Y aunque el perdón sea algo difícil, hay que tratar siempre de perdonar aunque uno sepa que la razón está de su lado, aunque el otro desconozca nuestro perdón, aunque sea malinterpretado, aunque nadie lo agradezca, aunque implique incomprensión, crítica o persecución y, sobre todo, aunque implique para nosotros lo indecible. Una vez perdonado de corazón nuestro perdón se convertirá en fuente de alegría y, fundamentalmente, de libertad interior. Antes de que nosotros perdonemos ya fuimos perdonados. El mayor perdón lo recibimos, sin merecimiento alguno, sin haberlo pedido antes, en esa Cruz redentora, allí donde se gestó el mayor acto de amor de la historia de la humanidad. Así debe ser también nuestro perdón: el que es capaz de alcanzar el extremo de la cruz y del amor.

orar con el corazon abierto

¡Señor, cuánto me cuesta perdonar! ¡Por eso hoy, exclamo, Padre Nuestro, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden! ¡Señor, cambia mi corazón para que se parezca al Tuyo, rebosante de amor y de perdón! ¡Señor, te pido perdón, por todo aquello que delante de tus ojos no he hecho bien! ¡Perdón, Señor, cuando he obrado mal y he ofendido a los demás, cuando me han herido y he sido incapaz de perdonar! ¡Perdón, Señor, si he herido a alguien con mis hechos o mis palabras! ¡Enséñame, Señor, a perdonar a todo aquel me ha hecho algo con lo que yo no he estado de acuerdo! ¡Espíritu Santo, dame la fuerza para perdonar, dame la gracia de perdonar! ¡Señor, sé que el perdonar es una decisión de mi voluntad, y cuando sienta odio, venganza, ira, Espíritu Santo, dame un corazón generoso y misericordioso para perdonar! ¡En Tu Santísimo Nombre, Señor, quiero perdonar y amar! ¡Señor Jesús, aquí está mi corazón, lávame con Tu Sangre, limpia y sana todas mis heridas, cicatriza mi corazón y sálvame! ¡Señor bendice al que me hirió proque yo lo bendigo en Tu Nombre! ¡Transforma mi corazón, Jesús, pon tu corazón en el mío Señor, para que yo perdone porque así Tu lo quieres, porque es Tu voluntad!

Una canción para vivir la experiencia del perdón:

 

La actitud del más, y más y más

Con relativa frecuencia uno piensa que su vida de creyente se reduce a un sucesión de buenas obras, gestos hermosos hacia los demás, actitudes de buen samaritano; uno siente que debe ser más caritativo, más entregado, más generoso, más cordial y amable, más atento con el prójimo. Es la actitud del más, y más y más. Y con esto te quedas henchido de satisfacción. Tu orgullo interior se infla… corriendo el riesgo de satisfacer el ego de la falsa autosatisfacción.
¡Qué hermoso entonces es recordar la parábola del viñador: «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que yo os anuncié. Permaneced en mí, como yo permanezco en vosotros. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco vosotros, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada podéis hacer». La he releído hoy. Va bien recordarlo de vez en cuando para profundizarla en el corazón. Al compararse con un viñedo, Dios es como ese enólogo minucioso y sensible que cuida de sus viñedos y nosotros somos las ramas que tienen que ser cuidadas. Jesús nos ofrece otro punto de vista. No todo depende de mis esfuerzos: es el enólogo que poda y corta las ramas del sarmiento. De mi parte corresponde permanecer firmemente unido a la vid y permitir que la savia fluya en mi interior. El objetivo es “conectar” con el Dios de amor que Cristo anuncia, para abrir todos los poros de mi vida a su Espíritu, a su acción vivificadora que transforma desde lo más íntimo de mi propio ser.
Esto es lo que nos hace dar fruto: la oración, la meditación, la palabra que surge de este Evangelio que siempre nos lleva de nuevo a lo que es importante en la vida, de nuestra vida en la que el Evangelio te permite distinguir y restar lo que, en cada uno, está muerto, estéril o es superfluo. Así podado, devuelto a lo básico y esencial, uno puede crecer un poco más porque el deseo es verse liberado; sentir la sed de volverse profunda y humanamente vivificado, con la energía interior movilizada para buscar ardientemente la plenitud de la comunión con los demás y sentir en el corazón la intensidad del amor verdadera. Y, entonces sí, las buenas obras tienen un significado de autenticidad porque están impregnadas del amor de Dios, de la esencia de Cristo, de la fuerza del Espíritu. No son obras humanas, son obras bendecidas desde la plenitud del amor.

orar con el corazon abierto

¡Padre, tu eres el viñador que cuida de mi sarmiento interior! ¡Tú eres el que se ocupa de cuidar de mí; por medio de tu Santo Espíritu ayúdame a comprender todo lo que tengo que ir podando interiormente para unirme espiritual y humanamente a la vid que tanto amas que es Cristo, tu Hijo! ¡Ayúdame a que la poda sea limpia y auténtica para poder vivir en gracia, en amor y en plenitud con Jesús y ser testigo suyo en el mundo, misionero de su Palabra y testimonio de su amor! ¡Señor, quiero dar fruto pero para ello debo ser un sarmiento sano que viva siempre en unión plena contigo! ¡Dame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu un corazón vivo, alegre, lleno de esperanza, proclive al amor y a la gratitud, un corazón lleno de fuerza y abierto al bien! ¡Que los frutos que sea capaz de dar, Señor, sean verdaderas obras cristianas! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu a dar frutos abundantes! ¡Ayúdame a permanecer siempre en Ti, ser fiel a la elección que hago por Ti! ¡Para ello necesito de la gracia de tu misericordia, de tu amor y de tu perdón! ¡Que cada paso de mi vida esté impregnado del amor, de un amor que no decaiga nunca, que sea capaz de resistir a las tentaciones del abandono y a las dificultades que se presentan en la vida, que se fortalezca con la unión contigo! ¡Señor quiero ser savia nueva aferrada a la vid que eres Tú, Señor, que siempre me acompañas por el camino de la vida!

El viñador, cantamos hoy para acompañar la meditación:

Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba

He derramado lágrimas de alegría esta mañana cuando he recordado las palabras de Jesús en el Evangelio de San Marcos. Es aquello tan breve y bellísimo del: «Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba». ¡Jesús amaba a uno que había preferido lo material a seguirle a Él!
Me ha venido a la mente enseguida la imagen de un girasol. Como su propio nombre sugiere esta planta vuelca toda su figura hacia el sol; sus características flores de intenso color amarillo y su radiante corola, evocan la estrella del día. El girasol es como un símbolo de la vida del creyente que, volviéndose hacia la luz y el calor de Dios, comienza a irradiar.
¿Cómo puede uno volverse a Dios que nos convierte en seres radiantes y eliminar toda amargura de nuestros rostros? Por la experiencia de la oración y la vida sacramental. Lo que Dios nos revela en la oración, del corazón al corazón de Dios es la convicción, brillante y firme, de que Dios nos ama sin condiciones. El verdadero amor solo se puede dar gratuitamente. Si dependiera de nuestros méritos o nuestras cualidades que nos amaran llegaría un momento en el que seríamos rechazados por no estar a la altura de las circunstancias. Si deseamos esperar a ser amados de la misma manera el nuestro no es un amor verdadero sino tan solo una especie de transacción comercial. Solo un amor que no espera nos convierte en seres libres. Sólo un amor que nos aman por nosotros mismos, sin condición previa, nos puede restaurar, regenerar, sanar nuestras heridas interiores, para mí la más profunda y dolorosa de las cuales el orgullo y la soberbia.
Sin embargo, pocos amores humanos alcanzan este grado de intensidad. Es por eso que tenemos que recurrir a Dios, una y otra vez, para dejarnos ser amados en la totalidad y en la verdad, incluso hasta sentir toda la amargura, todo remordimiento, toda vergüenza. Experimentar el «Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba».
A la luz de esa mirada uno puede verse de otra manera y regenerarse interiormente, volver a despertar, regresar a su auténtica naturaleza. Solo la infinita y eterna mirada amorosa del Creador puede realizar esta sutil unión en el ser de aquellos a quienes ha creado.
He derramado lágrimas de alegría porque sí, debo confesarlo, no hay nada más hermoso que reconociendo mi miseria y mi pequeñez, «Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba».

orar con el corazon abierto

¡Señor, qué grande es tu amor y qué poco lo aprecio en mi vida! ¡Señor, te doy gracias porque me amas y después de mirarme, siento que me amas! ¡Ayúdame a transmitir al mundo ese amor que nos tienes, a inundar mi alma de tu espíritu y de tu amor, a brillar a través mío, a morar en mi vida para que todos los que se acerquen a mí sientan tu presencia, a que sientan que mi mirada trasluce tu mirar, mis palabras surgen te ti, mis gestos son los tuyos, mi actos son obra tuya! ¡Que sea luz que ilumine el mundo para que, después de haberme mirado, sienta tu amor y lo sientan los demás! ¡Ayúdame, Señor, a ser testigo tuyo, a irradiarme a través tuyo! ¡Quiero acudir a ti, Señor, para sentir tu amor profundo, para cambiar interiormente todo aquello que debe ser cambiado, para despertar de nuevo a la alegría, para ser uno en ti! ¡Me reconozco, Señor, pequeño pero gracias al amor que siento por ti mi corazón está henchido de alegría y de gozo! ¿Qué más puedo desear? ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia!

Yo tengo un nuevo amor:

El Getsemaní interior

Como Jesús también uno acude regularmente a ese lugar llamado Getsemaní, ese lugar en que Él se encontraba con el Padre. Un lugar para orar ante las situaciones difíciles en las que necesitas una especial comunión con Dios.
Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y comenzó a entristecerse y angustiarse. Estaba triste, sintiendo una tristeza mortal. Les invita a permanecer allí y a no dormirse. La situación se estaba volviendo cada vez más difícil, como nos sucede tantas veces a nosotros, cuando el panorama se ennegrece y no vemos la luz al final del túnel.
Jesús se postró en tierra y oraba para que no tuviera que vivir aquel calvario siendo consciente de que por encima está la voluntad del Padre.
Jesús abría su corazón en presencia de Dios consciente de que Él tiene para cada uno un plan, un propósito y que lo importante es cumplir esa voluntad en la propia vida.
La respuesta de Dios pasó por encima de la voluntad de Cristo. Pero como las victorias se alcanzan con la oración, Dios le permitió a Jesús soportar la prueba porque Dios está siempre con el hombre en medio de la dificultad para sostenerlo y ayudarlo.
Después de esa oración intensa, profunda y dolorosa Jesús se encontró a los discípulos dormidos. En el momento más complicado de su vida, en el sufrimiento más intenso, en la hora de la verdad, en la soledad más grande Jesús contaba solo con la presencia del Padre y el soplo del Espíritu.
Todos, detrás de nuestras máscaras, de nuestras aparentes alegrías, de nuestras sonrisas de dentífrico, de nuestro mostrarnos como triunfadores tenemos nuestro propio Getsemaní interior en forma preocupación, de desengaño, de desencuentro, de dolor que vivimos sin poder comunicar. Y estamos anestesiados por ese dolor que duerme en nuestro corazón.
Pero como Cristo en Getsemaní no estamos solos. La oración nos sostiene, el amor del Padre nos sostiene, el soplo del Espíritu nos sostiene, la esperanza nos sostiene.
Cuando uno tiene un Getsemaní donde acudir para entregar sus cargas al Padre y tiene que enfrentarte a cargas difíciles que soportar cuenta con la oración de entrega al Padre. Es una plegaria que te permite orar sin desfallecer, orar para amar lo que Dios te envía. Dios la toma con sus manos y en su fidelidad ofrece una salida.
Cuando reflexionas sobre tu propio Getsemaní comprendes cual es tu misión, llevar como Cristo tu sufrimiento y tu pobreza transformándola según la voluntad de Dios. Es la manera de abrir las puertas del cielo, esas puertas que tantas veces uno cierra a Dios en su corazón.

Getsémani n°3 (81x65)

¡Señor, quiero permanecer despierto contigo en el huerto de los olivos! ¡Quiero, Señor, entrar en comunión contigo en estas horas que todo se pone a prueba y el sufrimiento es tan tremendo! ¡Quiero unirme a Ti, Señor, en espíritu y en oración para ser capaz de comprender la grandeza de tu amor! ¡Necesito, Señor, que limpies mi corazón para que sea capaz de ver tu rostro afligido! ¡Quiero, Señor, sentirme cerca de Ti para velar contigo, para sentir tu amor, para amarte más, para aprender a sufrir, para alabar a Dios, para agradecer tantas cosas buenas que me suceden y comprender aquellas que no entiendo, para suplicar la voluntad del Padre, para escuchar el susurro del Espíritu, para no decir nada simplemente acompañándote! ¡Toca, Señor, ligeramente mi pobre corazón y llénalo de vida! ¡Te pido también, Señor, perdón porque no estuve en Getsemaní! ¡Soy de los que con frecuencia te abandonan, de los que les cuesta tomar decisiones, de los que la debilidad agrieta su vida, de los que no encuentran respuestas, de los que buscan y se tornan tristes si no encuentran, de los que la tentación les hace desertar, de los que a veces esperan de la oración y desesperan cuando no hay respuesta a sus palabras, de los que fracasan con frecuencia! ¡Pero hoy quiero mirarte, Jesús, sentarme a tu lado en Getsemaní, rezar contigo, acompañarte, arroparte, cuidarte! ¡No permitas que el miedo me aleje de Ti!

En mi Getsemani, cantamos hoy:

Sentir el aliento del Espíritu

Ayer domingo tuve la fortuna de participar como ponente en un encuentro sobre el Espíritu Santo. Una jornada bendecida por la gracia de Dios y el aliento suave y tierno del Espíritu Santo que nos llenó los corazones de todos los asistentes. Un nuevo día en el que el Espíritu de Dios lo inundó todo como hace cuando uno se abre a su misericordia.
Sentí ayer como nacido de nuevo de la tierra, modelado por las manos de Dios que nos moldea, nos da el aliento de vida y nos hace seres vivientes creados para darle gracias y bendecirle.
En todas las civilizaciones el ser humano no se reduce a su materialidad sino que es un elemento espiritual. Tiene una naturaleza biológica pero su existir es un regalo de Dios. En el Génesis, el primer libro de la Biblia, ya se nos recuerda que el hombre es de la tierra pero que está animado por el aliento divino. Sí, la vida es un regalo de Dios, una pieza de divinidad inculcada en nuestro ser. Pensarlo no solo emociona, maravilla.
Sin embargo, este aliento de vida sigue siendo solo el de nuestra respiración. Para que el hombre pueda vivir una vida en plenitud necesita de un segundo aliento. Es el Ruach, el aliento de Dios, el Espíritu de Dios. Este aliento se le concede a los que abren el corazón para degustar las cosas de Dios. Cada creyente, cada ser que busca a Dios, recibe su parte del Espíritu, esa fuerza que nos hace más llenos, más vivos, más conscientes de todo lo que sucede en nosotros y en nuestro entorno.
El Espíritu de Dios es un aliento como de viento y fuego. No es algo fijo. Es tan devastador que puede ser capaz de destruir todo aquello que se interpone en el camino de la vida: los muros que levantamos entre nosotros e, incluso, dentro de nosotros mismos; todo lo que nos convierte en seres angustiados, sufrientes, divididos, soberbios, tenso en nuestros miedos y nuestras inseguridades. El Espíritu de Dios tiene el poder de restaurar nuestra integridad.
El Espíritu de Dios tiene, además, la extraordinaria fuerza para crear unión entre los seres humanos, entre Dios y los seres humanos, entre los humanos y el mundo: sopla en todas aquellos lugares donde las relaciones humanas emergen en su plenitud; que viven en la confianza y no a la defensiva, que están abiertos a la voluntad de Dios y no restringen su amor; que son auténticos y no viven en el engaño del demonio.
El Espíritu de Dios sopla en todas partes donde, en el momento más inesperado, se rompen las cerraduras y las cadenas, se abren los corazones, se abren las manos que buscan al hermano, los enemigos se reconcilian, los prejuicios desaparecen.
Veo en la presencia del Espíritu Santo una semejanza al del soplador de vidrio: antes de convertirse en un hermoso objeto el vidrio solo es arena y cenizas, pero cuando se calienta se suaviza y animado por el soplo del artesano va tomando forma, se vuelve puro y límpido y permite que pase la luz.
Todos necesitamos ese fuego y ese aliento divino para que la materia prima se vuelva transparente. Necesitamos el Espíritu de Dios para que la naturaleza humana se transfigure.
Ayer sentí esta experiencia. Y ahora quiero hacerla permanente en mi corazón cada día de mi vida.

orar con el corazon abierto

¡Señor, envía tu Espíritu Santo para completar en mi la gran obra del Padre, para perfeccionar mi alma y llenarla de tu gracia y de tu amor! ¡Espíritu Santo, concédeme el don de la sabiduría para aspirar siempre a las cosas eternas y dejar de lado lo mundano de esta vida! ¡Concédeme también el don de entendimiento para que ilumine siempre mis pensamientos y mi mente con el fin de ver siempre la luz de Dios en mi vida! ¡Concédeme, Espíritu de Dios, el don de consejo para escoger siempre el camino correcto y que todas mis acciones agraden siempre a Dios! ¡Mi objetivo es el cielo y allí quiero llegar con mis buenos actos! ¡Concédeme el don de fortaleza para que sepa siempre llevar mi cruz junto a Jesús con entereza y confianza y saber sobrellevar todos los problemas con capacidad de superación! ¡Concédeme, Espíritu divino, el don de conocimiento para que en mi oración tenga una mayor cercanía con el Señor, para conocerlo mejor y conocerme también a mi mismo para ir creciendo cada día en perfección! ¡Concédeme el espíritu de piedad para que, a través de mi oración, lleve a los demás ternura, amor, consuelo y paz y que mi servicio sea siempre por amor a Dios, un servicio amable y generoso! ¡Concédeme, Espíritu Santo, el don de temor de Dios para amar siempre al Padre con respeto y reverencia y sea muy consciente de cuáles son los actos que pueden molestarle! ¡Dame la alegría cristiana, Espíritu divino, para que allí donde vaya me reconozcan como un verdadero discípulo de Jesús!

Espíritu Santo, llena mi vida: